En el corazón del monstruo 3. EL DOCTOR VIKTOR FRANK
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3. EL DOCTOR VIKTOR FRANK

E L DOCTOR V IKTOR  F RANK

Soñé con el endemoniado pájaro toda la noche.

¿Qué hacía allí? Por algún motivo, mis nervios estaban alborotados y yo estaba absolutamente paranoica.

¿Me había seguido? ¿Cómo me había encontrado?

¿Quizá lo había atraído de alguna forma?

Había estudiado sobre él tanto tiempo que había perdido la cuenta de las horas que había echado en ello.

Me froté los ojos y tomé asiento en el laboratorio. Emily, a mi lado, no parecía haber sido consciente de la de veces que me había levantado de la cama durante la noche. Estaba fresca como una lechuga.

Volví la mirada a Edward, que se encontraba en el otro extremo del laboratorio, compartiendo puesto con un par de estudiantes.

Cuando habíamos llegado, ya estaba acomodado.

Había alzado una mano para saludarnos, un gesto que yo había repetido con amabilidad.

Emily, por el contrario, había entrado distraída buscando un lugar para sentarnos, por lo que solo se había percatado de su presencia cuando me había visto gesticular.

Al llevar la mirada al fondo del laboratorio, Edward le había guiñado un ojo.

Ella había respondido con un inexpresivo giro de cabeza.

Me acomodé en el asiento para volver a mirar al frente. Primero, a nuestra mesa, llena de frascos, de líquidos, de piedras, cosas que ya había analizado nada más sentarme. Después, a las puertas que daban acceso al laboratorio, una desde el pasillo y otra desde el despacho del doctor.

La mano de Emily se posó en mi rodilla mientras leía un apartado de un libro relacionado con algunas de las piedras que teníamos delante. Me di cuenta entonces de que estaba moviendo la pierna frenéticamente.

Me detuve al instante y abrí el mismo libro, que usaríamos durante las dos próximas horas. El autor era Bruce Kent, personalidad reconocida por sus estudios sobre los elementos, tierra, agua, fuego y aire, y su uso en la alquimia. No era un tema que me apasionara.

Sentí una puerta abrirse de pronto, y se me tensó todo el cuerpo.

El sonido llegó desde la izquierda, el lado opuesto a la entrada principal al laboratorio.

Las voces que charlaban animadamente quedaron de pronto silenciadas.

Los pasos que se aproximaban al escritorio y a la pizarra eran lentos, pero seguros.

Me atreví a levantar la mirada del libro cuando se detuvieron.

Me quedé sin respiración.

El mismo hombre contra el que había chocado en la taberna abría un maletín con dedos ágiles y precisos. Sacó un par de pliegos y se volvió hacia la pizarra, donde escribió su nombre con letras mayúsculas y elegantes: V IKTOR F RANK .

Casi me caí de la silla.

—Es joven —dijo Emily, sorprendida.

Llevé las manos al cuaderno para aferrarme a algo, a cualquier cosa, y golpeé sin querer unos tubos de ensayo, que chocaron unos con otros, provocando un suave tintineo que, bajo ese ruidoso silencio, parecieron golpes a un gong.

Los ojos del doctor Frank se clavaron en mí.

Arrugó el ceño, yo me hundí en el asiento. Solo fui capaz de recuperar la postura cuando su mirada, más fría, se centró en los pliegos y comenzó al fin la lección. Hoy trabajaríamos con el aire.

En la alquimia, el aire podía emplearse para separar elementos, los más ligeros de una sustancia más densa.

Se introducía el líquido en un frasco, se evaporaba lo que deseábamos separar a través de un símbolo, y después, esa sustancia en forma de vapor caía por un canal hasta otro frasco para volverse denso de nuevo.

La clase me pareció eterna, pero no tenía nada que ver con el tema, a pesar de no ser de mi agrado, ya que, en palabras del doctor Frank, la verdad, todo resultaba fascinante.

Si me pareció que duraba años fue por la lucha interna entre mirarlo a él o al trabajo que estábamos llevando a cabo Emily y yo.

Cuando llegó el descanso, salí apresuradamente del laboratorio para visitar el aseo.

Me senté a un lado de la letrina y respiré hondo.

Entonces, el dolor apareció como una fuerte ola, impactando primero en mi nuca.

Me llevé las manos al cuello y apreté los labios para no gritar.

Caí de rodillas inevitablemente mientras el calambre me recorría la columna vertebral como un puñal abriéndome en canal.

Sentía la piel abrirse y sangrar. Todo ardía y las vértebras se retorcían como los engranajes de una cadena oxidada.

—No... No...

Apoyé las manos en el suelo mientras me doblaba con un gemido. Me había dejado el elixir en el laboratorio, en el morral. Apreté los ojos con fuerza y me obligué a levantarme, sin aliento, mientras un chillido de dolor trataba de abrirse paso por mi garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Un espasmo me llevó contra la pared antes de poder salir a la multitud. Mi columna se retorció de nuevo y pareció empezar a fracturarse poco a poco.

«No es real —me dije—, no es real».

Respiré hondo de nuevo y me deslicé entre el gentío para llegar cuanto antes al laboratorio.

Me dejé caer en el marco de la puerta, con los dientes apretados, y me asomé para comprobar que no había nadie.

Después, entré con prisa, cerré la puerta, y me apresuré a coger el morral.

Rebusqué con ansiedad entre las cosas, empezando a temblar.

La cabeza me dio vueltas, el suelo comenzó a inclinarse.

Cuando encontré al fin el frasco, abrí el tapón y me lo llevé a la boca con urgencia.

Di dos tragos largos como si fuera el antídoto de un veneno que estaba a punto de matarme.

Me dejé caer al suelo, sin fuerzas, mientras el dolor remitía, provocándome otro espasmo.

Tragué saliva y cerré los ojos un momento.

Solo un momento, mientras cerraba el tapón para guardar lo que quedaba de elixir.

Sabía que Emily me estaría buscando, pero necesitaba descansar.

Maldije mi estado, mi condición, y una chispa de odio iluminó mi mente.

Siempre ocurría igual, un odio ferviente ante el dolor, hasta que este desaparecía por completo, y entonces, olvidaba todo el daño que me habían causado.

—Señorita Allen.

Me levanté de golpe, trastabillando con la silla y la mesa, y oculté por instinto el frasco a mi espalda. El doctor Frank me observaba desde la primera línea de mesas con un gesto que no supe identificar. Me encogí sin poder evitarlo.

—Doctor —dije con un hilo de voz. Sus ojos me estudiaban, alterándome por completo. Tardé un par de segundos en percatarme de que sabía mi apellido—. ¿Cómo sabe mi...?

—Conozco a mis alumnos —respondió, distraído.

Se dio la vuelta hasta darme la espalda y ocupó su asiento en el escritorio.

Su mirada se centró en los pliegos—. Los conozco antes de que entren a mi laboratorio.

—Miró un instante hacia el lugar en el que hacía un momento estaba tirada, después, regresó a su texto—. ¿Qué hacía en el suelo, señorita Allen?

Yo continuaba paralizada en el sitio. Terminé diciendo una verdad a medias.

—Me he... caído.

—Caído —repitió. Cogió su pluma y apuntó algo en uno de los pliegos.

Su voz era monótona, fría. Fui incapaz de intuir qué le llevaba a preguntar.

No parecía curiosidad, ni preocupación. No parecía absolutamente nada.

Eso me inquietó. No respondí y empecé a caminar con cautela hacia la puerta, como si un paso en falso pudiera hacerme terminar en un oscuro pozo.

Su voz me interrumpió antes de que pudiera alcanzar la salida.

Sentí el frasco temblar entre los dedos.

—Ha estudiado alquimia antes —dijo.

Me volví con cuidado.

—Sí.

—¿Por qué?

No me miraba, así que me tomé un momento para buscar algo que decir mientras trataba de recuperar la serenidad.

La verdadera razón estaba descartada como respuesta.

El doctor Frank jamás debía saber la verdad.

Ni por qué había comenzado a estudiar la materia, ni por qué tenía un interés particular en él y en su trabajo.

Tragué saliva y apreté con más fuerza el frasco.

—Me gusta lo desconocido —dije finalmente con un hilo de voz.

Él detuvo su escritura. Pero su mirada continuó fija en la punta de su pluma.

—Lo desconocido —dijo— es en ocasiones peligroso, señorita Allen. —Después, se inclinó sobre su pliego para seguir escribiendo y cerró así la conversación.

Yo reculé despacio. Lo contemplé, los mechones de cabello oscuro que caían sobre su frente, los dedos fuertes que sostenían la pluma con suavidad, su piel clara, sus pómulos marcados, su barba incipiente, su figura recta.

Lo contemplé y lo contemplé, hasta que salí por la puerta y cerré, haciéndolo desaparecer al fin de mi vista.

Respiré entonces, con el corazón ya apaciguado, y fui en busca de Emily.

Me pasé el resto de la clase pensando. El doctor Frank no me había preguntado si había estudiado alquimia antes. Lo había afirmado.

Comprendí, mientras continuaba su lección, que, a pesar de que parecía no prestar atención a nadie, sí que analizaba lo que había en cada mesa.

Emily y yo nos movíamos entre los frascos y símbolos como peces en el agua.

Destilamos Azoth sin problema, como habíamos hecho decenas de veces en nuestro cuartucho cerca del museo.

El líquido azulado del que habíamos partido —mercurio líquido mezclado con topacio— había generado un suave vapor celeste con olor a brisa marina, y había terminado solidificándose en una campana de cristal con la forma de una pequeña esfera dorada, traslúcida y vibrante.

Después, la esfera se había desintegrado en el aire.

Solo el uso de un símbolo en la campana habría hecho que una esencia como aquella permaneciera allí.

El Azoth era tan valioso como complejo de tratar.

Tenía infinitas cualidades mágicas, y pocos conocían la forma de capturarlo.

Emily y yo jamás habíamos logrado que permaneciera en el dichoso contenedor más de dos minutos.

El doctor Frank concluyó la clase una hora después del descanso. Y, tal y como había asegurado Edward el día anterior, recogió sus cosas y se marchó en silencio sin siquiera despedirse. El laboratorio pareció recuperar la luz que su presencia había apagado en parte.

—¿Qué piensas de él? —le pregunté a Emily.

—Es imponente —opinó mientras se cruzaba la bandolera en el hombro.

—Sí —dijo Edward, que se había acercado a nosotras mientras el resto de los estudiantes comenzaban ya a salir del laboratorio—.

Realmente imponente. —Suspiró, casi con amargura y, después, miró nuestra mesa y señaló la mezcla azul para hablar después con premura, como si quisiera alejar de la conversación la reciente presencia del doctor Frank—.

¿Por qué creéis que ha usado el topacio para destilar Azoth?

—Porque si hubiera usado sal negra y alguien hubiera sido capaz de sacar el Azoth de ahí, probablemente habría ocurrido una desgracia —respondió Emily.

El Azoth era una sustancia particular. Dependiendo de los ingredientes, podías obtener un tipo u otro con unas propiedades u otras. El Azoth que nos había exigido obtener el doctor Frank era inocente. Lo único que podría haber causado es lucidez en mentes cerradas.

Emily empezó a caminar hacia la salida sin decir nada más, con la mirada de Edward puesta en ella.

Yo sentí de pronto la necesidad de aguardar un momento.

Aceleré el paso y le pedí que se marchara sin mí.

Ella miró hacia la puerta por la que había desaparecido el doctor y, después, se encogió de hombros.

Edward aprovechó la repentina decisión que había tomado para acompañarla en mi lugar.

Una vez sola, dudé. No debería hacer lo que estaba a punto de hacer.

Pero la curiosidad... La curiosidad era un bicho que picaba.

No pude evitar tratar de aliviar esa sensación dirigiéndome al escritorio del doctor.

En ese laboratorio solo él impartía clase, por lo que cualquier cosa que hubiera en aquellos cajones tenía que ser suya.

Me temblaron los dedos cuando abrí el primero.

Rebusqué entre los papeles, nerviosa, mirando de vez en cuando la puerta que empleaba el doctor para entrar y salir de allí.

Cuando no encontré nada sobre el experimento Demiurgo, continué con el siguiente cajón.

Se me escurrieron varias veces los pliegos, terminando algunos en el suelo.

Cuando concluí la búsqueda sin resultados, recogí todo torpemente y me mordisqueé la uña del pulgar.

Imaginaba que los datos de aquel experimento no estarían en un lugar tan accesible, si es que aún los conservaba. Tal vez custodiaba algo en su despacho. Me froté la frente.

Me consideraba una persona realmente hábil para ocultar información, pero no tanto para mentir.

Dos veces había tenido que buscar una respuesta a preguntas peliagudas aquella tarde con el doctor Frank, y las dos había sentido el corazón en la garganta cuando había considerado engañarlo.

Había terminado por soltar medias verdades.

Si quería entrar en ese despacho, necesitaba encontrar una excusa real. Por suerte, tenía decenas de dudas de alquimia, y el doctor Frank era la opción idónea para resolverlas.