En el corazón del monstruo 2. UN AVE MONSTRUOSA
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2. UN AVE MONSTRUOSA

U N AVE MONSTRUOSA

La alquimia era una materia particular. Yo había nacido con el interés impreso en mi sangre, otros habían aprendido a amarla tras escuchar palabras o nociones, el resto del mundo la conocía, y solo unos pocos la temían. Tal vez con razón.

Eran muchas las cosas que podían hacerse a través de ella.

Si empleabas bien los símbolos, sacrificios y mezclas, una persona casi podía convertirse en Dios.

El doctor Viktor Frank era de los pocos que se habían atrevido a traspasar ciertas líneas entre lo moralmente aceptable y lo que no.

Y por eso era reconocido, por sus trabajos controvertidos, la mayor parte desconocidos para el público y para el Consejo que se encargaba de controlar los límites.

La ley para la alquimia era severa, y saltársela suponía un crimen que podía conducir incluso a la pena de muerte.

Solo uno de sus experimentos había sido popular en su día, aceptado a regañadientes por el Consejo debido al avance que podía suponer para la medicina.

Había sido publicado por una revista de ciencia: la creación de un pájaro, al que bautizaron como Prometeo, a partir de restos de otras aves.

El doctor Frank se había ocupado de diseñar el animal, de coser y tejer carne y plumas, y, una vez formado, de darle vida.

En la revista no se indicaba cómo lo había hecho, pero no hacía falta ser muy listo para intuirlo.

La alquimia usaba el equilibrio de la naturaleza para dar lo que requerías.

Y el equilibro en cuestiones de vida tenía el nombre de muerte.

Quizá por eso algunos habían decidido rechazar lo extraordinario de su trabajo para, en su lugar, tachar al doctor de monstruo.

La revista no se había atrevido siquiera a lanzar aquella hipótesis en su artículo, pero sí había hablado sobre los posibles símbolos que podría haber empleado el doctor para lograr aquella hazaña.

Aquel era uno de los motivos por los que había decidido arrancar la hoja y guardarla para releerla y sacar conjeturas.

Emily y yo habíamos barajado varias, y distaban mucho de las suyas.

Para mí, lo más sencillo habría sido grabar un uróboros en el círculo donde se realizaría la transmutación o en la jaula donde crecería el ave. El símbolo de la serpiente mordiéndose la cola representaba el ciclo infinito de muerte y renacimiento. Estaba segura de que habría sido eficaz.

Emily había sido más retorcida. Había dicho que si lo que se buscaba era la transformación, lo ideal habría sido emplear el símbolo del azufre, que estaba asociado con el alma y la transformación.

Grabado en el recipiente donde se fusionarían las partes del ave, a Emily le resultaba imposible que aquella idea no hubiera funcionado.

En lo que sí habíamos coincidido ambas era en el origen de la tinta con la que se debían dibujar los símbolos.

La sangre del sacrificio. Para dar vida, el doctor Frank debía de habérsela quitado a otro ser vivo.

Emily estaba segura de que las aves que habían conformado a Prometeo habían sido cazadas por el doctor, que había mezclado sus sangres en un bote y que las había empleado después para la transmutación. Yo no había podido negárselo.

—La clase ha sido introductoria —dijo Emily mientras tomábamos asiento en una mesa al fondo de Lion, la taberna que frecuentaban los estudiantes y profesores de Golstadt—. Pero el profesor Stone es bueno en la materia.

Era un lugar oscuro, de paredes, techo y suelo de madera desgastada.

Disponía de una única ventana, que daba a Bloomsbury Square, por lo que se encontraba el espacio inundado de candelabros con velas prendidas.

Olía a vino y marisco principalmente, aunque por la zona de la barra predominaba el olor a cerveza.

Estaba hasta arriba de gente, casi toda de pie, entre charlas animadas.

Emily y yo éramos de las pocas que habían decidido tomar asiento.

—Nosotras sabemos cosas que quizá el resto de los estudiantes no.

Me cubrí los brazos con la capa y miré alrededor, buscando. El profesor Stone se encontraba con otros colegas en una esquina de la barra. Uno de ellos debía de ser el doctor Viktor Frank.

—¿Quieres acercarte? —me preguntó Emily.

—¡No!

—Estaría bien conocer al doctor antes del laboratorio.

El tabernero apareció para tomarnos nota. Guardamos silencio hasta que nos sirvió vino en dos vasos de latón. A Emily le pareció una ordinariez. Se llevó el vaso a los labios y bebió todo el contenido de golpe, sedienta.

—Fascinante —dijo una voz junto a nosotras. Edward se encontraba de pie, con la postura relajada y una sonrisa torcida, mirando a Emily—. ¿Puedo unirme a vosotras?

—¿Para qué? —respondió mi amiga.

Yo puse los ojos en blanco y le di una patada por debajo de la mesa.

—¿Sabes quién es el doctor Frank? —le pregunté a Edward mientras señalaba el grupo de profesores con la cabeza.

Él negó con la cabeza y carraspeó antes de responder.

—Nunca le he visto —dijo.

—Llevas un trimestre en la escuela —dijo Emily, escéptica.

Edward se frotó el mentón.

—Ya, bueno, entra y sale de su laboratorio por una puerta secundaria, no por la principal —respondió—. El laboratorio siempre permanece cerrado cuando él está dentro. Y, además, no hay ninguna imagen suya por ninguna parte.

—Y no has sentido curiosidad nunca como para sentarte a esperar frente a esa puerta secundaria.

Me levanté de la silla cuando empezaron a debatir sobre el respeto a la privacidad.

Edward tomó asiento sin prestar atención a mis movimientos mientras su mirada se fijaba en Emily, que no parpadeó ante la intrusión de nuestro compañero ni ante mi repentina desaparición.

Me deslicé entre la gente, intentando no llevarme ningún golpe.

Todos eran más altos que yo, incluso las pocas mujeres que había.

Nadie parecía reparar en mí y en mi esfuerzo por salir de la taberna.

Cuando casi había alcanzado la puerta, me volví de nuevo hacia el grupo de profesores.

Y, entonces, choqué con algo que casi hizo que me cayera al suelo.

Pero una mano rápida me sostuvo antes de que eso sucediera.

Me quedé sin aliento cuando levanté la mirada y me topé de lleno con unos ojos marrones, oscuros y profundos, completamente inhóspitos.

—Lo... lo siento —dije.

Él me soltó. Y, sin decir nada, caminó hacia el extremo más cercano de la barra, un rincón solitario, en penumbra, junto a la pared, y allí se hundió en sí mismo mientras el tabernero le servía sin que él tuviera que pedirle nada, sin intercambiar ni una sola palabra.

Comprendí ante esa escena que era un cliente habitual allí y habitualmente callado también.

La curiosidad rodeó la boca de mi estómago como una mano apretando una pelota.

Me quedé allí, contemplándolo. Era un hombre que debía de rozar los treinta años, de aspecto cansado que en absoluto restaba atractivo en él.

Por alguna razón, me resultó atormentado.

Su mirada estaba clavada en el fondo del vaso, pero él parecía hallarse mucho más lejos.

De pronto, como si me hubiera sentido, dirigió los ojos hacia la puerta. Hacia mí.

Abrí y salí apresuradamente de la taberna.

El frío de Londres me golpeó en la cara, alborotándome el cabello hasta esparcir mechones castaños por todo mi rostro. Me aparté el pelo como pude, encarando el aire, y me envolví en la capa. Sentí abrirse la puerta a mi espalda un segundo después.

Cuando una mano me tocó el brazo, me sobresalté y me aparté de golpe.

—Soy yo.

Emily arrugó el ceño. Yo suspiré con alivio, llevándome una mano al pecho.

—Me has asustado.

—Eso empieza a ser habitual.

Agité la cabeza.

—Estoy cansada. Me voy a casa. Pero tú puedes quedarte.

Emily miró hacia atrás.

—Ese chico ha dicho que los estudiantes que ya han dado clase con el doctor Frank dicen que es un hombre rígido y poco cercano. Entra, imparte la lección y se va. —Se quedó pensando—. También parecía bastante nervioso hablando del doctor. A ese chico le incomoda ese hombre.

—Edward.

Emily parpadeó.

—¿Qué?

—Ese chico se llama Edward. Y Stone ha hecho lo mismo. Impartir la lección y marcharse.

Emily se encogió de hombros.

—Eso le he dicho yo. —Comenzó a caminar—. Nos ha invitado al vino.

El paseo hasta casa era largo, pero carecíamos de dinero suficiente como para permitirnos la libertad de tomar un carro cuando quisiéramos.

Nuestra entrada a la escuela había sido gracias a una beca, y el dinero que nos permitía sobrevivir lo habíamos ahorrado durante nuestro tiempo en la biblioteca del museo, que nos había dado un trabajo además de acceso completo a las estanterías de alquimia.

Durante ese periodo, habíamos adquirido aquella vieja habitación junto al museo.

Hasta entonces, yo había logrado instalarme como institutriz en una casa junto al Támesis, algo que me había permitido hacerme con varios vestidos y posesiones.

Yo era joven, pero mi pasión por la lectura me había otorgado conocimiento de todas las materias.

Me gustaba enseñar, pero prefería aprender.

Había dejado por ello mi cargo en cuanto había salido una nueva oportunidad.

Atravesamos la enorme avenida Holborn y nos dirigimos hacia la izquierda. El cielo, cada vez más oscuro, nos incitaba a caminar más rápido, pero descubrimos que, a pesar de apresurarnos, el trayecto daría la bienvenida a la luna antes de que pudiéramos alcanzar la puerta de casa.

Emily me agarró de la mano y viró hacia Drury Lane, la calle que daba nombre al teatro y daba acceso a Russel.

A las ocho, bajo un cielo ya negro, todo estaba siniestramente solitario y silencioso.

Drury Lane solía tener mucha vida nocturna, debido precisamente a las obras teatrales, pero aquella noche no había un alma.

Lo único que ocupaba la calle era la niebla que reptaba por los bordes del empedrado.

Me aferré a la mano de Emily, que tantas veces me había entregado para calmar mi miedo, y traté de no pensar.

Solo un canto rompió el vacío. El canto de un pájaro, extraño y desafinado. Mientras Emily abría la puerta, me giré para buscarlo entre la penumbra. Allí, a lo lejos, acomodado en la rama de un árbol, un ave de colores apagados me miraba como si pudiera verme realmente. Ver quién era yo.

Di un paso al frente, intrigada, y el ave echó a volar hacia nosotras.

Antes de que sacudiera sus alas y se elevara hacia las nubes hasta desaparecer, pude apreciar su aspecto con claridad. Alas de buitre, pico de loro, patas de halcón, plumas de paloma.

Aquel pájaro no podía ser otro que Prometeo.