En el corazón del monstruo 1. LA GOLSTADT #3
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1. LA GOLSTADT #3

El vestíbulo del edificio era extraordinario.

Con el suelo de mármol negro y el techo abovedado de piedra gris, mostraba un aspecto elegante y pulcro aunque, en cierta medida, siniestro.

Las vetas del mármol se me antojaron raíces capaces de arrastrarse entre la multitud y atrapar los tobillos de los estudiantes que no dieran la talla, y una enorme araña que coronaba el centro del techo estaba sostenida por una cadena pesada que parecía chillar cada vez que la puerta se abría y el frío entraba.

Tenía las velas encendidas, y desprendían un humo con olor a cera vieja.

Frente a las puertas de entrada, unas enormes escaleras de madera barnizada y oscura ascendían hasta la segunda planta, perfiladas por un pasamanos del mismo material que el suelo, recorrido por las mismas censoras raíces.

A izquierda y derecha, solo había puertas que daban a aulas y laboratorios, separadas por emblemas alquímicos grabados en cobre bruñido.

Parecían haberlos limpiado de forma rigurosa para el comienzo del cuarto trimestre.

Todo estaba lleno de estudiantes.

La mayor parte de ellos eran hombres jóvenes de entre veinte y veinticinco años.

No había apenas mujeres. De hecho, aparte de nosotras, solo veía a cinco más, y todas hablaban entre risas junto a la puerta correspondiente al laboratorio 003, con elegantes vestidos, tan diferentes a la sencillez de los nuestros.

Emily se dirigió al aula 102, en la planta superior, y yo fui tras ella.

Nuestros zapatos sobre el mármol salpicaban el bullicio de sonido a cada paso.

Yo me encontré de pronto evitando las vetas como si fueran veneno, alejada del pasamanos.

Emily, por el contrario, miraba alrededor con curiosidad.

Al llegar, cogió el picaporte de la puerta para abrir sin llamar. Estaba cerrada.

Acercó el rostro al cristal traslúcido que ocupaba la mitad superior de la puerta. Tras él, podía apreciarse de forma difusa un aula vacía y sus muebles, asientos, escritorio del profesor, etcétera.

—El profesor Stone no ha llegado aún —dijo una voz a nuestra espalda.

Emily y yo nos dimos la vuelta al unísono.

Era un joven estudiante de unos veinte años, alto y esbelto.

Sus rasgos suaves lo hacían encantador, su pelo castaño, revuelto, acariciaba unas lentes pequeñas y cuadradas que descansaban a mitad de su nariz.

Unos ojos marrones nos observaban por encima de ellas con curiosidad.

—No os había visto nunca —dijo.

—Somos nuevas —respondió Emily.

Los labios del chico se alargaron como si tuvieran vida propia.

—Soy Edward. —Le tendió una mano a mi amiga—. Este es mi segundo trimestre.

Los años académicos en Golstadt estaban divididos en cuatro trimestres, cada uno diferente al anterior en cuanto a clases y profesores, y los alumnos podían empezar cuando quisieran y en cualquier orden, dado que los conocimientos impartidos no dependían de otros previos.

Teníamos un profesor para la teoría y un profesor para la práctica en el laboratorio.

Este era el primer trimestre para nosotras, y habíamos decidido empezar por el cuarto porque el profesor de laboratorio sería el doctor Frank.

Emily estrechó la mano de Edward con cierta cautela, como si temiera que el contacto fuera a quemar su piel. Se presentó con poca labia y, después, yo hice lo mismo.

—¿Comenzáis los estudios este trimestre por Stone o por Frank? —nos preguntó Edward, acomodándose bajo el brazo el único cuaderno que llevaba consigo. Después, descansó su espalda en la pared de enfrente.

—Frank —respondió Emily.

El chico abrió la boca para decir algo más, pero el profesor Stone hizo su aparición y, seguido de cerca por otros estudiantes, abrió la puerta del aula y se internó en ella.

Emily dio la espalda a Edward sin despedirse y tomó asiento en primera fila.

Apenas me dio tiempo a contemplar el aula mientras la seguía.

—Ha sido agradable —dije, acomodándome a su lado. Nunca antes había conversado con alguien que no fuera Emily, algún encargado de la biblioteca o un mercader.

—Tiene la voz ronca —respondió ella mientras abría un cuaderno.

Me arrimé un poco, intrigada.

—¿Y qué pasa con eso?

—No pega con su sonrisa.

—¿Qué...? —Parpadeé, confusa—. ¿Qué tiene que ver?

Se encogió de hombros.

Edward se abrió paso con sencillez entre la gente y decidió sentarse detrás de Emily. Se inclinó hacia delante y nos habló. A partir de ese momento, no pude evitar prestar atención al sonido de su voz. Maldije a Emily y sus extrañas apreciaciones.

—¿Sabéis qué elemento controla Stone? —preguntó mientras el profesor abría su maletín en el escritorio.

El profesor Stone era en persona idéntico al rostro retratado en su bibliografía, un hombre mayor, de pelo blanco y mirada compasiva.

Sus movimientos eran serenos, y transmitía con ellos una tranquilidad reconfortante.

Abrió un libro con suavidad, acariciando antes el lomo, y paseó sus dedos por los párrafos, quizá buscando algo.

Emily volvió su cabeza. Contempló a Edward un momento que me resultó eterno.

—¿Es una pregunta por desconocimiento o para saber si nosotras estamos al día? —preguntó con curiosidad sincera.

Edward se frotó el mentón y sonrió.

—Qué borde.

Después, se echó hacia atrás, con un gesto divertido, y dirigió la mirada al profesor, a la espera de que comenzara la clase.

Emily me miró.

—¿Qué he hecho? —susurró, confusa.

Yo negué con la cabeza y sonreí.

—Nada.

Emily se encogió de hombros y preparó su pluma. La clase comenzó inmediatamente después.