En el corazón del monstruo 1. LA GOLSTADT #2
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1. LA GOLSTADT #2

Salí de entre las sábanas y saqué de debajo de la almohada la hoja con el artículo del doctor Viktor Frank. Nunca le había contado a Emily nada de lo que unía mi pasado al de aquel hombre ni por qué sentía tanta curiosidad por su trabajo.

Me levanté y caminé hacia la ventana, llena de recuerdos borrosos que me negaba a aclarar por ahora.

El suelo estaba helado, pero lo encontré reconfortante.

Al principio me preguntaba por qué algo molesto podía provocar un sentimiento u otro dependiendo de si lo escogías o te lo imponían.

Había supuesto entonces que tenía que ver con el control.

Si yo sabía que podía interrumpir esa molestia cuando quisiera, entonces era libre de disfrutarla o no.

De lo contrario, solo podía ahogarme en la incertidumbre.

Y aquello era precisamente lo que me ocurría con lo que avecinaba el día siguiente.

Carecía de control. Yo no sería la que guiara los acontecimientos, sino el destino, la suerte o la desgracia.

El viento golpeó el cristal y lo hizo temblar.

Abrí la ventana solo un poco, pero lo suficiente como para que una corriente helada acariciara el interior del dormitorio como una mano llena de púas. Emily se estremeció bajo la manta, pero no se despertó.

Admiré la noche lluviosa de Londres y paseé la mirada por la oscuridad de la calle.

El farol de gas que debía iluminar aquella zona estaba apagado.

El silencio estaba roto por un murmullo lejano proveniente de Drury Lane.

Me abracé un instante mientras buscaba algo entre las sombras y entre las voces que pudiera amenazar mi descanso. Pero no hallé nada.

Llevaba más de dos años huyendo. Cada vez que doblaba una esquina, que entraba en un recinto vacío o que el sol se ocultaba entre los edificios de Londres, mi cuerpo se encogía y se preparaba para un asalto que jamás sucedía.

Me preguntaba cada mañana al despertar y cada noche al acostarme dónde estarían aquellos que amenazaban mi tranquilidad.

Y en ocasiones, cuando me hallaba más inquieta, me encontraba deseando con desesperación que aparecieran de una vez por todas para acabar con la espera.

Tragué saliva y miré una última vez la hoja que tenía entre los dedos. Después, la rompí una decena de veces y la arrojé por la ventana. Si iba a meterme en la boca del lobo, al menos lo haría sin pruebas que me unieran a Viktor Frank.

Levanté la mirada hacia el edificio que tenía delante, hacia el enorme reloj que coronaba la cima, que marcaba en ese momento las cuatro menos cinco de la tarde, mientras me toqueteaba el colgante con forma de estrella que me había regalado Emily el mismo día que nos habíamos instalado en el cuartucho.

La escuela de alquimia de Londres era imponente. Con sus paredes de ladrillo gris y sus grandes puertas negras de roble, abrazadas por dos enormes columnas blancas de mármol, parecía la entrada a un paraíso de muerte. Al menos así era como yo la veía.

Había despertado aquella mañana con el corazón en la garganta tras un sueño lleno de gritos y sombras y tratando por todos los medios de no pensar que se trataba de un mal augurio, pero había sido en vano.

No había comido nada hasta hacía una hora, antes de salir de casa, cuando Emily había decidido que para estudiar necesitaba alimentarme, y me había obligado a comer un poco del estofado que había preparado. Me dieron ganas de vomitarlo.

Emily no comprendía cómo podía estar tan nerviosa. Yo no me había atrevido a explicárselo. Nunca lo hacía. Porque, a pesar del riesgo que suponía ponerme frente a frente con el doctor Frank, yo era, en verdad, una cobarde. Había perdido demasiado, y me negaba a perder más. Más tiempo, más vida.

—¿Qué haces aquí parada?

Me sobresalté y por poco se me cayeron los libros de entre los brazos.

Levanté la mirada hacia Emily y la ceja que tenía alzada, enmarcada por dos suaves tirabuzones dorados que siempre se negaba a peinar. Me recolocó los libros y me enderezó la espalda.

—Parece que vas a entrar a una ejecución —dijo.

—Estoy nerviosa.

—Dicen que el doctor Frank es un borde.

—Genial. ¿Quién lo dice?

Emily señaló descaradamente a un grupo de tres estudiantes que se encontraban detrás de nosotras. Le bajé la mano, cohibida.

—No señales.

—Me has preguntado.

Puse los ojos en blanco y volví a mirar hacia las puertas mientras comenzaban a caer tímidas gotas de agua.

A nuestra espalda, Bloomsbury Square estaba viva.

Decenas de carruajes pasaban en ambas direcciones, salpicando barro y llenando las calles de un suave y desagradable olor a estiércol.

El bullicio era como un ruido sordo, lejano.

Lo único en lo que podía pensar era en Viktor Frank.

—Vamos —dijo Emily.

Y comenzó a caminar para atravesar las puertas.