1. LA GOLSTADT
L A G OLSTADT
Pasé los dedos por el desgastado borde de la hoja, donde el nombre D R.
V. F RANK se había impreso con tinta negra y precisa.
Las finas vetas del papel verjurado apenas eran ya visibles.
No sabía cuántas veces había leído aquel artículo de la revista científica que había robado de la biblioteca del museo.
Había arrancado la hoja sin ninguna vergüenza y me la había llevado escondida en el retículo.
Hacía ya catorce meses de aquello. Me había aprendido de memoria varios de los párrafos.
—Cuatro.
Di un respingo cuando la nariz de Emily asomó por encima de mi hombro para ver qué me tenía tan abstraída. Me di la vuelta y escondí la hoja a mi espalda.
—¿Qué?
Alzó una ceja.
—Hoy es la cuarta vez que la lees, Marshel.
—Se dio la vuelta para terminar de guardar sus cosas en el baúl—.
Mirarás al doctor Frank igual que a esa hoja cuando lo tengas delante.
—Se frotó la nuca—. Me resulta curioso que cuanto más lees ese artículo, más interés tienes en conocerlo.
La gente suele hacer lo contrario. Alejarse y llamarlo monstruo.
Quise responder que lo que me incitaba a estudiarlo era precisamente la razón por la que lo rechazaban, pero me contuve para evitar entrar en un eterno debate cobre moralidad.
En su lugar, me limité a dejarme caer en la vieja cama que compartíamos, con la hoja entre los dedos, y miré el cuartucho que había sido nuestro hogar durante un año entero.
Las paredes, de yeso agrietado, se habían escamado más con el pasado invierno, y el techo bajo, lleno de humedades, comenzaba a ahogarme.
Solo había una ventana cubierta con una tela deshilachada que, llegado ya octubre, dejaba pasar más frío que luz.
Había sido una convivencia dura en aquel pequeño espacio, pero nos había permitido ahorrar para el cambio que estábamos a punto de dar.
Cuando cerró al fin el baúl y abrimos la puerta del cuarto, ninguna de las dos miramos atrás para despedirnos. Guardé la hoja de la revista en mi retículo y ambas bajamos con cuidado con el pesado baúl a la calle.
El mozo de cordel ya se encontraba en la entrada cuando salimos.
Emily había visitado temprano a la señora Smith, del cuarto opuesto al nuestro, que conocía a un hombre de confianza que hacía a veces de mozo.
El tipo en cuestión era delgado, pero cargó el baúl en la carretilla como si pesara la mitad.
Nos cobró tres peniques por arrastrar aquel trasto una milla, entre Percy Street y Russel Street, mientras Emily y yo caminábamos por delante.
Apenas tardamos veinticinco minutos en llegar y, a pesar de no estar incluido en el precio, el hombre nos hizo el favor de subir el baúl hasta el rellano de nuestro piso, algo que Emily le agradeció con medio penique.
—Pues ya está —dijo cuando nos quedamos al fin solas.
Y, sin preámbulos, sacó la llave del retículo y abrió la puerta.
Lo primero que nos dio la bienvenida fue la luz del día.
A pesar de estar bajo el cielo encapotado de Londres, el espacio no necesitaba una lámpara de aceite prendida, al contrario que el cuartucho.
La ventana daba a Russel Street, y ninguna cortina entorpecía el paso de la luz.
Lo segundo que me hizo suspirar de alivio fue la presencia de dos camas, en lugar del único jergón delgado que habíamos compartido tanto tiempo.
Estaban cubiertas por sábanas y mantas que olían a jabón y no por edredones remendados y ásperos.
Una cómoda, en el lado opuesto junto a un viejo espejo de pie, nos serviría para guardar la ropa, y unos estantes, para los utensilios de alquimia.
Ya no tendríamos que bucear en el baúl para encontrar nuestras cosas.
Además de todo aquello, disponíamos de una chimenea recatada, un pequeño brasero junto a la ventana, un barreño, una mesita y dos sillas algo ennegrecidas.
Emily se sentó en una cama.
—Es cómoda.
Habíamos planeado todo aquello dos semanas después de conocernos en la biblioteca del Museo Británico, hacía ya un año y nueve meses.
Recuerdo que aquel día yo tenía sobre la mesa varios libros sobre alquimia y química que estaba estudiando, uno de ellos del doctor Frank sobre conceptos básicos para la creación de elixires.
Ella se había acercado con curiosidad. Me había dicho que estaba también interesada en la materia y me había facilitado un tomo que profundizaba en el uso de los símbolos de transmutación e inscripciones alquímicas, algo que por aquel entonces yo desconocía.
Viktor Frank hablaba sobre ello en su libro, pero no los definía.
Ese libro me había resultado increíblemente útil.
Habíamos estado tras eso intercambiando conocimiento hasta que nuestra relación había terminado por estrecharse y convertirse en una gran amistad.
Cuando la prestigiosa escuela Golstadt de alquimia de Londres, de la que el eminente doctor Frank era profesor, había anunciado en los periódicos la oferta de diez becas para estudiar, Emily había propuesto presentarnos.
Nos habíamos encerrado en aquel cuartucho barato y habíamos decidido ahorrar para dedicarnos en cuerpo y alma a la alquimia si conseguíamos la beca.
Habíamos tenido que pasar tres exámenes teóricos y tres prácticos que nos habían resultado tremendamente básicos y aburridos tras tanto tiempo entre libros.
Emily se había quejado de la poca dificultad con la que habíamos entrado.
Esperaba que la Golstadt, una vez dentro, nos retara con algo mucho mayor.
Abrimos el baúl y comenzamos a sacar las cosas y a colocarlas.
Lo primero que comprobé fue que la caja de mis elixires estuviera intacta.
Los frascos parecían haber sobrevivido al movimiento, solo uno tenía una pequeña grieta superficial, pero el líquido no se había derramado.
Cerré de nuevo la caja y la dejé sobre la cómoda, accesible.
Cuando llegó casi la hora de almorzar, Emily me propuso ir a buscar algo de comer mientras ella terminaba de colocar todo.
Así que me envolví en mi capa, cogí el retículo y cuatro peniques, y me dispuse a caminar sola por las calles adoquinadas, dejando atrás la nueva residencia.
El frío del otoño era penetrante, casi puntiagudo, y a los pocos pasos empecé a sentir las manos entumecidas.
Me alegré al escuchar enseguida el bullicio que provenía del mercado de Covent Garden, a esas horas más vacío que por la mañana temprano.
Cuando llegué, el ambiente seguía impregnado de olores conocidos, pan tostado, carne especiada y frutas.
No era la primera vez que visitaba aquel lugar, a pesar de estar más lejos del cuartucho.
Habíamos meditado mucho acerca de la localización del nuevo dormitorio durante varios días, entre el teatro Drury Lane y Covent Garden, mayormente por el ruido y por la lejanía de la escuela, que antes nos quedaba tan cercana, junto al Museo Británico.
Pero, después de visitar la zona, las dudas se habían disipado.
No había tanto ruido, y, en días lluviosos, regresaríamos de la compra por las mañanas sin calarnos hasta los huesos y sin echar a perder la comida.
Admiré el mercado en silencio. Varios puestos estaban ya vacíos, otros recogían, y solo unos pocos continuaban ofreciendo los restos del día.
Me aproximé a un vendedor de tartas que aún tenía sobre la bandeja algunas empanadas de carne (y, sospechaba, patata para engordar la mezcla) tibias, con la masa dorada y resquebrajada por el frío.
Me ofreció dos por tres peniques y, una vez pagadas, envolvió ambas en papel encerado.
Cuando regresé a casa, Emily ya tenía todo bien dispuesto y los vestidos para el día siguiente, estirados sobre la mesa, entre dos mantas, una por encima y otra por debajo.
—Se están planchando —fue lo único que dijo mientras se levantaba de la cama y dejaba a un lado el libro que estaba leyendo. Se acercó a olisquear lo que llevaba en las manos—. ¿Qué y cuánto? —preguntó.
—Dos empanadas de carne, tres peniques.
Le di el bulto de papel encerado y me deshice de la capa y el retículo.
Me acerqué con curiosidad a la mesa. Emily había pintado con hollín un triángulo en las mantas (el símbolo del fuego), lo había rellenado solo un poco, indicando así el grado de temperatura, y añadido una fina línea paralela a uno de los lados para especificar que lo que las mantas tenían entre manos era una tela delgada.
Había empezado a usar la alquimia para quitar arrugas de la ropa desde que se había quemado un dedo con la plancha de hierro de cinco libras de peso que solía emplear en el cuartucho.
Como la alquimia requería equilibrio, había decidido enfriar la lumbre para calentar las mantas.
—¿Por qué el vestido celeste? —Arrugué la nariz—. Es el que menos me gusta.
—Esta empanada de carne sabe más a patata que a carne —respondió, ignorándome. Ya había empezado a comer.
Pasamos el resto de la tarde leyendo y preparándonos para el comienzo de las clases del día siguiente y, después, cenamos los restos de empanada que habíamos dejado y nos acostamos, exhaustas.
Encontré desagradables, por algún motivo, el olor a limpio de mi ropa de cama y el mullido colchón.
Estaba tan acostumbrada al malvivir de nuestra antigua residencia que había dejado de sentir lo a disgusto que me encontraba en ella.
Pensé que acogería el cambio radical con placer, pero me sorprendió encontrarme de pronto sintiendo desagrado.
Las emociones eran algo extraño, y cuanto más trataban de comunicarse conmigo, menos las comprendía.
La única que era capaz de distinguir con claridad y entender era el miedo, pues aquel era el único que me había acompañado toda la vida.