En el corazón del monstruo
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ENERO
El cielo estaba cubierto ya de nubes de tormenta.
La luz de la luna, tras aquella densa capa, era apenas un halo capaz de atravesar solo los hilos más finos que tejían ese techo.
No resultaba suficiente para alumbrar la extensión de tierra empapada que alcanzaba el horizonte.
La luna no iluminaba aquella noche, sino los relámpagos.
La lluvia, fuerte y constante, y el ruido de los truenos parecían galopar al mismo ritmo que el caballo que avanzaba veloz por el páramo con un hombre a sus lomos, que sostenía su sombrero con una mano mientras azuzaba al animal en una dirección clara.
El horizonte no era más que una línea recta, pero, al cabo de unos minutos, fue surgiendo, como si naciera de la tierra, la forma difusa de una casa.
Cuanto más se aproximaba, esta fue dibujándose con mayor nitidez entre la negrura y la incesante lluvia.
Las paredes estaban construidas a partir de ladrillo rojo, y una única puerta angosta daba paso al interior desde una esquina de la fachada. No había una sola ventana.
El hombre alcanzó el lugar y bajó del caballo sin que este se hubiera detenido por completo aún. Admiró un momento el cielo y entró sin llamar.
El pequeño rellano estaba completamente vacío, a excepción de una lámpara de gas que aguardaba prendida y colgada en un gancho junto a la entrada.
El hombre la cogió y caminó por el único pasillo que daba paso a las dos solitarias puertas que había al final, haciendo esquina una con la otra.
Dudó al llegar allí. Por un momento, llevó la mano a la puerta que quedaba frente a él, pero, inmediatamente después, corrigió el movimiento y abrió la habitación que quedaba a su derecha.
Dejó la lámpara en la primera mesa que encontró, cerró tras él, y, quitándose el gabán y el sombrero, que lanzó a cualquier lado, encaró una extraña maquinaria.
Se trataba de una palanca rodeada de engranajes por los que pasaba una cuerda robusta que zigzagueaba entre ellos hasta un agujero pegado al techo en la pared que daba a la otra habitación.
Echó un vistazo a un reloj de bolsillo, que marcaba en ese momento las diez y cincuenta y nueve minutos y esperó a que el segundero llegara al pico más alto.
Entonces, bajó la palanca y liberó el primer engranaje.
La acción activó una cadena de movimientos, donde los engranajes fueron rodando, haciéndose girar los unos a los otros y comenzando a tirar de la cuerda poco a poco.
Al otro lado de la pared, se escuchó el movimiento de más engranajes y, después, el chirrido de unas bisagras que parecieron abrir un boquete en el techo de la otra habitación, pues el sonido de la lluvia pasó de escucharse de forma lejana a liberar un eco sobre un suelo de madera.
El hombre solo tuvo que esperar un segundo cuando el estruendo de un trueno hizo temblar las paredes. Un rayo golpeó algún lugar de la otra habitación. Después, silencio. Susurros. Pasos.
Y gritos.