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un cıelo sın glorıa
El trayecto que recorrieron por el pasadizo no fue agradable, pues más que un túnel de seguridad, para el juez y su familia, era una cloaca con agua podrida, moho y basura acumulada a lo largo de decenas de soles.
La humedad dificultaba la respiración y una extraña bruma hacía pegajosa la piel.
Por fortuna, en un corto espacio de tiempo, llegaron hasta unas escaleras de servicio y, empujando un bloque falso de concreto, accedieron al recibidor de la oficina de Brahamath.
—Estoy lastimada, cansada por haber combatido con una oficial boina blanca y ahora, apesto a cañería —exclamó Amy con cierto aire de resignación mientras se quitaba algo similar a la brea de su hombro izquierdo. Brahamath dejaba pasar a Grace y se preparaba para cerrar la entrada.
—Y aún no amanece siquiera, hermana —remató Grace con humor, contenta por volver a una nueva misión con ella, reviviendo los viejos tiempos.
—Eso es una gran noticia para nosotros —dijo el juez, sin perder por un solo segundo la concentración; pues era él quien dirigía la expedición—.
Contamos con aproximadamente una hora más para movernos con relativa seguridad.
Si amanece antes de que lleguemos, no podré mandarlas a la Tierra. Debemos apresurarnos.
Salieron a una avenida secundaria y cruzaron en dirección al límite sur de la ciudad, con rumbo directo a su objetivo. La Central de Escaleras se levantaba ahí, en el punto exacto donde el plano espiritual rozaba el terrenal.
Existen solo siete centrales de este tipo, una por cada ciudad del tercer coro; son el único medio legal para atravesar la barrera de Enoc y llegar al mundo de los mortales.
Están ahí como medio de transporte para los ángeles mensajeros, encargados de difundir los deseos del Creador a sus hijos y de ayudar a aquellos humanos que, con fervor y obediencia, obedezcan al TODO.
A la distancia parecía una enorme y lujosa central de autobuses terrestre, no tenía adornos innecesarios y contaba solo con planta baja.
Era una estructura ancha, de muros lisos que cumplía a cabalidad con su función como punto de tránsito.
Las puertas principales estaban cerradas todavía; el turno diurno no comenzaba hasta que el cielo estuviera iluminado.
—No se distraigan, y en todo momento, quédense junto a mí. Porque no haya mucha gente caminando a esta hora no significa que no puedan descubrirnos, niñas —advertía Brahamath mientras cruzaban la calle hacia la central, mirando hacia todos lados como un paranoico desconfiado.
—Oye… Grace y yo hace mucho que no somos unas niñas —respondió Amy, relajada y caminando con ambas manos detrás de la cabeza—. Yo soy toda una oficial… boina verde, al menos; y mi hermana, ella sabe pelear muy bien… ¡les pateó el trasero a dos oficiales boina blanca! No es así, ¿querida Grace?
—Exageras, hermana, aún no soy tan buena —replicó ella, subiendo los hombros y con una sonrisa—.
Y, por cierto, ya que sacas el tema, esa chica…
una de las que asaltó la mansión… Génesis.
Ella mostraba tener un odio en particular hacia ti.
Gracias al TODO no se enteró que soy tu hermana, de lo contrario, quizá hubiera puesto más empeño en capturarme —la miró alzando una ceja de manera inquisitiva—.
¿Qué le pudiste haber hecho para que se comportara así?
—Pues… nos conocimos en una ocasión muy extraña… cuando te saqué de prisión… luego nos reencontramos en mi graduación como cadete boina verde y… tuvimos buena química. Eso es todo…
—¿Solo eso? ¿Estás segura? —respondió Brahamath, dando la espalda, pero atento a la conversación—. Te recuerdo que, de manera legal… al menos, eres mi hija… y no te imaginas toda la información que me llegaba acerca de ti, de tus andadas, y en especial… con esa tal Génesis.
—¡¿Es eso cierto, Amy!? —remató Grace con una sonrisa, dando un codazo en las costillas de su hermana, apenada y, contrario a su naturaleza, sin nada que decir—. Pero qué bien guardado que lo tenías…
—La… las cosas no son como las están imaginando… ustedes dos… entrometidos. Fueron en realidad bastante más complejas… verán…
—Hemos llegado —interrumpió el juez de pronto; pues ya estaban frente a las puertas del recinto—. A partir de este punto, quiero que sean mucho más cuidadosas, ¿de acuerdo?
Brahamath usó una llave maestra, confiada solo a personalidades de su estatura social, y el mecanismo cedió de inmediato.
Dentro, la sala principal se abría en un espacio alto y despejado.
El piso era de un material que reflejaba las figuras solo a medias, como si no terminara de decidir si era sólido o no.
A los lados se abrían túneles enmarcados con imágenes en movimiento de las regiones humanas a las que conectaban: costas, sierras, ciudades densas, islas; pero también naciones enteras y regiones geográficas.
—Algunas cosas han cambiado desde la última vez que vine — apuntó Brahamath, mirando los mapas arriba de cada puerta de entrada—. Antes, los territorios de Norteamérica eran administrados por Adelet, pero hace tan solo un sol eso cambió, y es Ai quien lo hace.
—¿En verdad? —expresó Grace, abriendo los ojos con sorpresa—.
Siendo sincera, a raíz de este repentino torbellino de acontecimientos no había meditado sobre esto de las conexiones con la Tierra; pero vaya que si es una gran bendición eso que dices; pues podremos continuar con la misión sin problemas.
—Eso quiere decir que… —cuestionó Amy.
—Así es, los Kibas del TODO se encuentran ubicados ahí. Por la información del capitán Zeo, de la cual no dudo, la mayoría de ellos está en cierto país llamado México, que está en la parte norte del continente conocido como América.
Con esta información no hubo duda en su siguiente paso.
Recorrieron la central de arriba abajo hasta que Amy localizó la entrada que buscaban, aquella en cuyo marco se exhibía orgulloso el territorio de la nación mexicana.
Avisó del hallazgo y se apresuraron corriendo hacia la entrada, sus rostros desbordaban felicidad, sonreían dando brincos, movidos por un sentimiento de esperanza renovada.
Por fin, nada las detendría en su misión de regresar a Kouhen y vivir felices.
Libres.
No alcanzaron a cruzar el centro de la sala.
De pronto, la oscuridad reinante dentro de la central (atenuada solo por el brillo de sus cuerpos), desapareció al ser todo el lugar alumbrado casi por completo.
Una luz potente comenzó a alumbrar desde lo lejos y de inmediato, Grace identificó lo que estaba pasando.
Era como aquella vikra en el bosque; recién saliendo de la C.A.R.A.
, la luz se intensificó hasta alumbrar tanto como un reflector y los vidrios vibraban hasta casi quebrarse.
Cada fibra en la naturaleza de Grace se tensó, sus ojos se agudizaron y apretó los puños porque sabía lo que estaba por suceder… y sucedió.
El coronel Zulzher Galazay arribó a la escena asaltando cualquier noción de paz, armonía o ilusión de éxito.
Las puertas de la central se abrieron de par en par y ante los tres sorprendidos invasores, se mostró como un verdadero semi dios.
Brillaba de pies a cabeza con un fulgor color rojo que le hacía moverse sin tocar el piso, sus ojos radiaban fuego como dos carbones ardientes y una onda de energía lo rodeaba junto con vibraciones que hacían temblar la estructura entera.
Iba ataviado con su uniforme de gala, con un peto dorado luciendo su escudo y la espada flameando en su mano derecha.
Avanzó levitando con ambos brazos extendidos hacia ellos y dijo en un tono casi casual:
—Nos volvemos a encontrar, Sagriari. Pero es lamentable que esta sea la última vez… al menos para ti; pues hoy mismo habrás de morir en mis manos. ¡Vaya honor!
Sin pensarlo, Brahamath se colocó entre él y las dos jóvenes.
—Al túnel, las dos. ¡Ahora!
Grace dudó en obedecer… Amy no. La tomó del brazo con fuerza y la arrastró hacia el pasaje que ya habían elegido y, por fortuna, las compuertas eran automáticas; les dieron paso apenas se aproximaban a ellas.
Tan pronto como estuvieron en la cámara interior, el túnel se cerró detrás con un sonido pesado, metálico.
Del otro lado había un interruptor para trabar la puerta, y Amy no dudó en bajarlo de inmediato…
quizá eso les daría un par de minutos más.
Desde dentro, los golpes del combate se escuchaban amortiguados, como si vinieran de debajo del agua.
Brahamath no esperó a que Zulzher hablara otra vez. Materializó su espada y avanzó, cargado de energía a tope, con el filo listo para matar.
El primer choque sacudió la sala, Zulzher recibió el corte de lado y respondió con un golpe de energía que mandó al juez varios metros atrás.
Brahamath rodó, se puso de pie y volvió a cargar con furia.
Tenía soles de pelea encima y se notaba en la forma en que medía distancias, y en cómo usaba los espacios; pero la diferencia de poder era evidente desde el segundo intercambio.
El Vibratio le daba a Zulzher una contundencia en cada golpe que el juez no podía igualar.
Cada impacto suyo dejaba marcas en el piso, las paredes empezaron a agrietarse e incluso un trozo de techo cayó cerca de una de las entradas laterales.
Brahamath logró herirlo una vez en el costado, lo bastante profundo para que Zulzher retrocediera un paso… y otra más en el hombro, que le hizo soltar un resoplido de irritación. Ninguna de las dos heridas lo detuvo, solo pareció molestarlo.
—Eres tan insignificante —gruñó Zulzher, apenas cansado y limpiándose la ropa, sacudiendo el polvo—. Un ser tan irrelevante… que no mereces que siga jugando contigo; así que espero que hayas disfrutado tu vida, juez de Ai, porque hasta aquí es donde llega…