En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 34
90%

34

galazay

Zulzher tenía poco menos de siete soles y ya sabía que el mundo se formaba por bloques monolíticos imposibles de vulnerar, y cuya existencia se debía al orden divino de todas las cosas: estaban los espíritus superiores, quienes mandan y representan la gloria de dios; y están los demás, aquellos que ascienden solo para servir y ofrendar sus insignificantes vidas en aras de sostener la base de la pirámide.

La residencia de la familia Galazay ocupaba una de las cumbres más altas del sector elevado de Ai.

Desde sus terrazas podía visualizarse el borde bajo de la ciudad; sin embargo, ninguno de sus habitantes alguna vez se detuvo a admirar esta zona del paisaje…

ni mucho menos a meditar sobre la belleza de este.

En el interior, los muros se erigían como obras de arte más que como simples logros arquitectónicos, eran de cantera pulida ribeteada con adornos de oro, mientras que sus jardines, centrales y periféricos, reflejaban el estatus de la familia; pues dibujaban el diseño de su escudo con sus verdes contornos.

Solo estaba permitido el ingreso a familias del mismo rango y “dignidad”: Blesser, Nesher, Agnari, Bosforth, Vranqueth etc.

Y algunas ramificaciones menores de linajes puros que aún conservaban asiento en los consejos superiores del coro.

Los sirvientes bajaban la mirada al cruzarse con ellos por los pasillos, y hablaban cuando se les permitía, e incluso así, debía calcular cada palabra.

Aquella vikra la familia se preparaba para un evento de gala, sirvientes corriendo hacia todas direcciones, hermosos carruajes llegando por montones y los licores más finos fluyendo como el agua, eran de lo más normal de ver.

En esta escena, sintética y resplandeciente, Kouhen Blesser se encontraba sentado frente a él, Zulzher Galazay…

ambos tenían la misma edad, y cargaban ya, además, con el peso de sus escudos, que abrían puertas sin siquiera llamar a ellas y que cerraban bocas sin necesidad de alzar la voz.

El niño Blesser, sin cuidado alguno de sus padres, se fue directo a un jardín y ahí, sin más preocupación que el juego, comenzó a blandir su pequeña espada… Zulzher lo observaba en silencio. Con la espalda apoyada en una columna, calculaba distancias, su técnica, tiempos y debilidades.

—Mi padre dice que los Blesser nunca han perdido una guerra interna, que son los mejores generales del cielo —comentó Zulzher, acercándose a Kouhen, sin dejar de mirar la espada de madera.

Kouhen no levantó la vista. Ejecutó otro movimiento y detuvo su “arma” a centímetros del suelo.

—Y el mío dice que los Galazay nunca han necesitado ganar una sola batalla. Solo se aseguran de que, quienes libren la guerra, tengan suficientes armas para librarla. Por eso asegura que, aunque tengan un poder inmenso, se han hecho tan inútiles; pues jamás lo usan en circunstancias reales.

No había amistad entre ellos, pero tampoco una enemistad abierta.

Era casual y de un propósito que a su corta edad ya estaban educados a distinguir: el reconocimiento mutuo de dos piezas que el sistema había colocado cerca desde el ascenso.

Dos herederos que alguna vikra tendrían que decidir si se convertían en aliados, o en obstáculos.

Esa noche el comedor privado estaba iluminado solo por candelabros bajos.

La mesa era larga y estrecha. El padre de Zulzher cortaba la carne con movimientos precisos y la madre sostenía la copa con dos dedos, como si el peso del cristal fuera apenas una mera formalidad.

Zulzher tomó asiento justo en medio de ambos y, como de costumbre, observó a su padre golpear a una osada sirvienta que se atrevió a acomodar los cubiertos en el orden incorrecto.

—Aprende esto, Zulzher: hay espíritus que nacen para sostener el orden natural de las cosas y espíritus que nacen para obedecerlos —dijo el padre sin mostrar una pizca de remordimiento—.

Nunca confundas las dos cosas. Los de abajo existen para que el cielo no se detenga.

Nosotros existimos para decidir hacia dónde se mueve.

La madre asintió con un rostro lleno de orgullo.

—Y un Galazay no se inclina; ni ante un juez, ni ante un consejo, ni ante quien se haga llamar autoridad. Si alguien te exige que bajes la cabeza, recuerda que esa persona ya te ha declarado la guerra.

Zulzher escuchó en silencio, las palabras de su padre le inflaron el pecho como un gorrión, y guardó en su mente y en su corazón cada palabra con la misma precisión con la que cortaba la carne.

Unas cuantas lunas después, llegó la gran Purga… y el mundo que creció conociendo, se terminó de golpe.

Estaba escondido detrás de un biombo de madera tallada cuando los soldados entraron.

No eran boinas rojas o blancas. Eran algo peor: unidades especiales enviadas desde los coros superiores, con armaduras que no llevaban insignias visibles y movimientos demasiado limpios para ser simples ejecutores.

Su padre los enfrentó sin descanso en el salón principal mientras su madre estaba a su lado.

Ninguno de los dos pidió clemencia, ni intentó negociar al ser capturados.

Zulzher no se atrevió a asomar la cabeza, solo escuchó. El choque de metal, las órdenes cortas y el momento en que la resistencia de sus padres empezó a ceder. Cuando por fin miró a través de la rendija del biombo, ya los habían derribado.

El padre escupió sangre sobre las botas del oficial que lo sujetaba. Levantó la cabeza con dificultad y lo miró a los ojos hasta el final.

—¡No me arrodillaré, maldito campesino! Si nos vas a matar de cualquier forma, ¿cuál es la diferencia en cómo lo harás? Porque yo, yo sí tengo aún mi honor intacto incluso en este momento. Así que mi compañera y yo decidimos morir de pie. ¡Un Galazay no se postra ante nadie!

La madre hizo lo mismo. No gritó ni suplicó. Prefirió morir de pie, con la espalda recta, mirando a quienes la mataban como si todavía tuviera autoridad sobre ellos.

Zulzher no salió de su escondite. Se quedó inmóvil, con los dedos clavados en la madera tallada, observando.

En ese momento entendió algo que ninguna enseñanza de su padre había contemplado: el sistema que le habían enseñado a dominar también podía devorarlos a ellos.

Las reglas no protegían a los Galazay por derecho divino; solo los protegían mientras fueran útiles o temidos…

los más temidos de todos, tanto como el poderoso imperio.

La lección no se borró. Se fortaleció en cada momento de su vida.

Cuando los soldados terminaron y el salón quedó desolado, Zulzher siguió escondido mucho tiempo después de que se fueran.

No soltó una sola lágrima por la pérdida lamentable de su familia.

Solo repitió para sí mismo las últimas palabras de su padre, una y otra vez, hasta que dejaron de ser un recuerdo y se convirtieron en una doctrina personal: ¡Un Galazay no se postra ante nadie!

Nunca más agacharía la cabeza ante nada ni nadie. Aunque el precio de no hacerlo se saldara con su propia sangre.

El guardia lo llamó por segunda vez antes de que Zulzher reaccionara.

—Coronel, disculpe usted la intromisión, pero lo están esperando abajo.

Zulzher parpadeó. El recuerdo de la casa de su infancia, de la alta alcurnia y de la sangre de sus padres sobre el piso del salón, se disolvió con lentitud.

Volvió a estar de pie frente a la puerta blindada conducente a la cámara inferior.

Bajó las escaleras de piedra sin siquiera pensar de más sobre aquello que, de seguro, le esperaba.

Cada peldaño le devolvía el eco de sus propios pasos y a cada segundo, su paciencia se terminaba.

La sala lo esperaba igual que siempre. Tapices oscuros, antorchas fijas en los muros y tronos vacíos. En el centro, sobre la silla principal, se hallaba un nuevo títere; también ataviado con ropajes de monarca y tan muerto como el anterior… era el cadáver de Zeo.

Era un tétrico cascarón vacío. En él habitaba solo el control externo que lo mantenía erguido, con los ojos abiertos y la boca entreabierta.

Zulzher lo había entregado como ofrenda después de haberlo capturado como traidor al E.R.I.S.

Ahora servía de intermediario. Un muñeco tan útil como un guante, y nada más.

La voz que salió de esos labios muertos no era la de Zeo. Respondió la misma presencia femenina cuya energía proyectada le hacía retumbar el pecho:

—Te has tomado tu tiempo en venir a encararme. No sé si sentirme ofendida, o directamente furiosa por esta falta.

Zulzher se detuvo a tres pasos del trono. El orgullo le pesó en la nuca antes incluso de doblar la rodilla. El gesto le quemó por dentro a la vez que cada fibra de su educación gritaba en contra de lo que estaba haciendo.

«Un Galazay no se postra», pensó con dolor y odiaba en fuego encendido al maldito de Kouhen Blesser.

Sus padres habían muerto de pie, escupiendo sobre las botas de quienes los mataban. Y sin embargo ahí estaba él, con una rodilla en el suelo frío, traicionando a su propia sangre… escupiendo a su recuerdo. ¿Por qué? Porque todavía no tenía el poder completo para dejar de hacerlo.

—¿Trajiste las dos piezas que te pedí? —preguntó la voz.

—Me temo que no, señorita.

La tensión que vino después fue desesperante.

—Hablamos de dos jóvenes: una de ellas, por lo que se sabe, no tiene una psique estable, y la otra es una Sagriari que apenas empieza a entender cómo funciona el mundo.

¡Es una maldita niña! Y se te escapan como si fueras un principiante, un verdadero inútil sin remedio.

¿Cuántas oportunidades más crees que te voy a dar, Zulzher?

Cada palabra le entraba como un golpe directo y en su mente seguía apareciendo la imagen de sus padres muriendo de pie. El recuerdo de tantas enseñanzas que le formaron, del legado de su escudo alguna vez temido y respetado… terminaron por gatillar algo dentro de él.