En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 33 #2
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—Sin embargo… si bajan hasta ese mundo… no podré protegerlas desde aquí. Una vez que crucen la barrera usando una escalera, estarán solas hasta que logren volver.

Amy le respondió con una seguridad propia de un espíritu viejo y experimentado.

—Nada malo habrá de pasar, porque somos poderosas. Podremos cuidarnos bien, lo juro.

Grace no apartó los ojos de Brahamath.

—Y no vamos a volver con las manos vacías, eso también es seguro.

Brahamath respiró hondo. Aún estaba empecinado en encontrar un argumento mejor, pero no lo encontró.

—Recojan solo lo que puedan cargar sin llamar la atención y que no las entorpezca —dijo cediendo por completo—. En cuanto estemos listos, bajaremos al pasadizo. No tenemos margen para dudar otra vez.

Grace miró una última vez el jardín destrozado, la fuente y las manchas plateadas. Pensó también en su dormitorio y el patio de entrenamiento, todo lo que había sido su refugio durante varios soles acababa de convertirse en una trampa mortal con fecha de caducidad.

Amy ya se había dado la vuelta hacia la casa, con el paso de quien no piensa en trivialidades como detenerse. Brahamath se quedó un segundo más solo en el jardín, antes de seguirlas.

Les quedaban las últimas horas de la noche.

Y la certeza de que, cuando llegara la luz del TODO, ya no habría forma de deshacer lo que estaban a punto de llevar a cabo.

El otrora orgulloso e imponente castillo Bosforth ya no existía.

Catallena fue la primera en posarse sobre lo que quedaba del perímetro frontal.

Detrás de ella bajaron Bassel, Zélene Lederman y los pocos miembros de Liberaty que todavía respondían al llamado.

El lugar que les recibió era un esqueleto negro, las torres se habían derrumbado sobre sí mismas y los muros exteriores estaban abiertos en varios puntos, como si alguien los hubiera partido a golpes.

El suelo crujía bajo las botas con restos de madera carbonizada y piedra agrietada por el calor.

Muchos de ellos dieron gritos y vociferaron maldiciones contra los atacantes… contra el imperio.

Ofendidos por lo que consideraron una profanación a su movimiento, caminaron atentos entre los escombros.

Bassel se detuvo junto a lo que había sido la entrada principal y pasó los dedos por una viga torcida, la madera se deshizo en polvo negro.

Más adelante, uno de los más jóvenes levantó un trozo de tela quemada que todavía conservaba el color apagado de un escudo familiar; pero no había ya nada que hacer…

lo dejó caer sin decir nada. No olía a combustión reciente, pero tampoco a abandono.

Había algo intermedio, como si la destrucción todavía no hubiera terminado de asentarse.

Zélene se adelantó hasta el centro de lo que una vez fue el salón principal, donde los jerarcas se reunían para la toma de decisiones.

El piso estaba agrietado y tan manchado de tizne que los bellos diseños de la cantera pulida ya no se distinguían bien.

Se arrodilló. Apoyó ambas palmas abiertas sobre la piedra negra y cerró los ojos.

—¿Qué está haciendo la señorita Lederman? —cuestionó un nuevo alto rango de Liberaty en cuanto se percató de lo que pasaba, y fue Catallena, siempre dispuesta a compartir conocimiento, quien ofreció respuesta:

—Como miembro del escudo Lederman, ya en peligro de extinción, Zelene puede recrear, en forma de luz holográfica, los sucesos ocurridos en un lugar determinado hasta un máximo de cinco vikras de distancia hacia el pasado…

—Silencio… —intervino la misma Zelene—. Y no se muevan, que me desconcentran.

Al instante, el escudo de su familia respondió.

Una luz blanca, fina al principio, empezó a filtrarse desde el suelo. Primero fueron manchas difusas; después tomaron forma. El salón vacío se llenó de figuras translúcidas que se movían con la rigidez de un recuerdo forzado a repetirse.

Se vio el momento en que las puertas cedían.

Soldados de boina blanca entrando como bestias en formación y colegas de Liberaty intentando organizarse demasiado tarde.

Alguien caía cerca de la escalera principal, otro intentaba arrastrar a un herido hacia un pasillo lateral.

El fuego aparecía después, avanzando por las vigas altas, iluminando los rostros con un resplandor que ya no existía en el presente.

Estudiaron, entre todos, cada parte de la recreación hasta que lograron distinguir a Amy.

La actividad de la joven los orientó hasta el espacio donde solía estar la torre principal.

Suspendidos en el aire, vieron a Amy escapar con los sabios por la puerta secreta mientras que Génesis intentaba derribar la puerta.

Vieron también el destructivo ataque de la Nesher, razón por la cual, la torre principal no existía más.

Siguieron con su labor de inteligencia, y la escena cambió de nuevo.

Ahora estaban en lo profundo del bosque circundante.

El sabio aparecía de rodillas, ya herido, con una mano presionando el costado.

Frente a él, la figura más pequeña de Amy.

El anciano hablaba con urgencia… se le veía forzar las palabras.

No se oía nada, pero el movimiento de los labios era claro: le estaba revelando la verdad sobre su pasado.

Después, venía el final.

Una flecha atravesaba el cuello del sabio y el cuerpo se desplomaba sobre el piso. Amy retrocedía un paso, después otro, y desaparecía de la recreación como si hubiera salido del alcance de la memoria del lugar.

La luz se sostuvo un segundo más y luego se disolvió.

Zélene abrió los ojos.

—Hasta ahí llega —dijo—. Las firmas de energía llegan hasta aquí. Más no puedo.

Catallena no se había movido. Miraba el espacio vacío donde el sabio había muerto.

—Es posible que el anciano le haya dicho todo a sabiendas de que no iba a sobrevivir —murmuró—. Quizás aún no estaba preparada para ese conocimiento, al menos no por completo, si saben a lo que me refiero.

Bassel, un ángel musculoso, de cabello corto, azulado y muy apuesto, se pasó una mano por la nuca, con el gesto de alguien estresado.

—De todas formas, el plan era revelárselo todo en la celebración.

Por eso nos abstuvimos de decirle estos tres soles…

para esperar a que estuviera más estable y psicológicamente preparada.

Que pudiera sostener la información con nuestra ayuda.

Así que debemos confiar en que, le hayan dicho lo que hayan dicho, ella está bien.

Un ángel de alas grises, uno de los pocos que había sobrevivido a la redada, habló desde atrás:

—Entonces hay que buscarla ya. Si ya sabe parte de su pasado y origen, el resto no puede quedarse a medias, se desestabilizará sola.

Zélene se giró hacia él con dureza.

—¿Y si vamos a la casa del juez de Liber y nos ven? Tendríamos que lidiar con Brahamath, y con la Sagriari. El imperio ya tiene motivos de sobra para moverse en su búsqueda. ¿Quieres darles más razones para que ahora estén enfocados en nosotros?

—Y si no vamos —replicó Bassel, alzando un poco la voz—, ella se quedará con solo fragmentos. Con lo que ese espíritu alcanzó a compartirle antes de morir… y eso es peor. ¿O prefieres que lo descubra sola y nos culpe después?

Catallena intervino. Su voz fue serena, pero cortó el intercambio de raíz.

—Ella ya empezó a recordar. No del todo; pero lo suficiente. Pude verlo en sus ojos.

Bassel la miró de reojo.

—Tienes razón en una cosa —dijo un poco relajado, soltando un suspiro—.

Que haya empezado a procesar parte de la verdad no es tan malo que digamos.

Era inevitable. Pero es justo por eso que el peligro real empieza ahora.

Una vez que se abre esa puerta, ya no se cierra.

Lo que el sabio le dijo… y lo que todavía no le hemos dicho…

es solo el comienzo. Si sigue tirando del hilo, va a llegar a lo que fue, a lo que le hicieron, y a lo que nosotros le ocultamos durante soles.

Zélene cruzó los brazos. Se limpiaba las manos del hollín y el polvo.

—Entonces, ¿qué propones, Bassel? ¿Dejarla sola con eso? ¿Esperar a que se consuma mientras nosotros discutimos aquí entre cenizas?

—No —respondió él, dando pasos en señal de regreso a casa—.

Propongo que seamos cuidadosos. Que no lleguemos como un ejército a la puerta de Brahamath.

Que alguien vaya, quizá solo uno de nosotros, y que le digamos lo que necesita saber ahora…

no todo de golpe. Porque si le soltamos el peso completo cuando todavía está tambaleándose, la perdemos.

Y si la perdemos a ella, perdemos cualquier posibilidad de lo que viene después.

Sin contar el hecho de que seguro que nos matan si eso pasa.

Catallena levantó la vista. Sus ojos se clavaron en Bassel.

—Yo iré, debemos aprovechar el tiempo que pasamos juntas en ese asqueroso orfanato. Actualmente yo soy el único rostro de nosotros que ella tiene por confiable; además, en todo este tiempo, ninguno de ustedes se ha acercado lo suficiente como para ser su amigo. Me dan vergüenza.

Bassel sostuvo su mirada más tiempo del necesario. Parecía querer objetar. Al final solo asentó, como quien cede un terreno que no quería soltar.

—Ve, pero no la presiones. Si tira del hilo demasiado rápido, se quebrará, y si se quiebra… no sé si podremos volver a juntar lo que quede.