En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 33
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ınterludıo

Un sentimiento de derrota y desánimo comenzó a permear en el juez y las jóvenes. Estaban heridos, lastimados y, sin embargo, la pena de sus cuerpos maltratados palidecía con el pesar que experimentaban ante lo que acababa de ocurrir.

Grace se había sentado en el borde de piedra de la fuente central.

La quemadura del pecho le ardía mucho, cada inhalación le recordaba el impacto de la luz provocada por las técnicas de Génesis.

Amy estaba a dos o tres pasos de ella, caminaba dando vueltas, de un lado al otro y no se detenía, frotaba las muñecas como si todavía pudiera sacudirse la pelea y Brahamath, por su parte, permanecía de pie junto a las manchas de líquido vital derramadas a lo largo y ancho de su propiedad, con la mirada fija en el punto donde las dos invasoras se habían elevado.

Fue Amy quien habló primero.

—Por más que lo pienso… esto que acaba de pasar… lo que hicieron… no tiene mucho sentido que digamos.

Sus dos interlocutores, en estado de shock, tanto como ella misma, le vieron con rostro de sobresalto, incrédulos y con el mismo deseo compartido de encontrar algún significado a lo acontecido.

—Quiero decir, piénsenlo un momento: Génesis siempre ha sabido que vivo aquí —siguió ella, deteniéndose al fin frente a Brahamath—.

Cualquiera en esta ciudad lo sabe por lo famoso y prestigioso que es “El juez Brahamath Pastori”, en Liber.

Ellas bien pudieron haberme esperado en cualquier esquina, cualquier vikra…

interceptarme en cualquier punto del trayecto hacia este lugar, mi casa.

En cambio, aparecen de repente en un asalto furtivo, de noche, rompen tu campo de fuerza y entran como si las leyes no existieran.

Sobre todo, Génesis, cuya familia adora las leyes casi tanto como al TODO mismo.

¿Por qué harían tal cosa tan arriesgada?

Brahamath analizó cada palabra con cuidado. Sus argumentos tenían lógica, se concentró en revivir en su imaginación cada minuto del accionar de ambas, y fue así como llegó a una conclusión propia:

—Porque no venían solo por ti.

Grace alzó la cabeza. Completó la idea del juez como si la hubieran ensayado en conjunto o sus mentes estuvieran sincronizadas…

—Venían por las dos, ese era su objetivo. Y si se atrevió a hacerlo de esa forma tan descarada… es porque se sentían seguras de hacerlo sin consecuencias. Alguien les abrió el camino para actuar con libertad. Alguien con poder e influencia para hacer realidad algo como eso.

Amy soltó una pesada mueca de condescendencia, dejó salir un suspiro corto y frunció la boca con ironía.

—Zulzher… ese maldito coronel que te torturó, y me quitó mis poderes.

—Es la única explicación que tiene sentido —dijo Brahamath—. Él necesita a Grace. Con la mitad de su técnica familiar todavía dentro de ella, su mayor ambición sigue incompleta.

—Es verdad —musitó Grace, con la cabeza baja y abrazándose a sí misma—.

Durante el tiempo que él me tuvo cautiva…

tor… torturándome, pude al menos conocerlo un poco.

Él desea recobrar el honor y el prestigio que alguna vez tuvo por medio de su familia.

No creo que él comparta la ideología del E.R.I.S.

ni tampoco posea alguna intención de seguir al imperio o a alguien más que a él…

—En efecto, ese maldito tipo no es otra cosa que un megalómano cruel y ególatra —completó Amy.

—Y la razón por la cual me torturó, fue para experimentar conmigo…

experimentar cómo hacer para retirar de mí su poder, sin matarme en el intento.

Lo que quiero decir es que, él nos necesita a ambas para entregarnos a alguien a quien llama “ella”; sin embargo, si toma la suficiente confianza, no le importará matarme para completar su poder, aunque eso signifique la guerra con sus superiores…

Grace se quedó callada un momento. El peso de la Galatea todavía le quemaba por dentro. Las palabras de Zeo no se habían ido del todo.

—Además, hay algo que no les he dicho todavía… Los dos se volvieron hacia ella.

Grace apoyó las manos en las rodillas. Le costaba encontrar el tono adecuado para lo que estaba por venir.

—Me reuní con el capitán Zeo hace un par de vikras.

Las cosas no salieron como lo esperado y alguien lo arrestó…

no volví a saber nada de él después de eso —apuntó haciendo un paréntesis en la conversación, mirando con tristeza al piso—; pero gracias a él pude escapar.

Y antes de que se lo llevaran, me dio una Galatea.

En ella había grandes porciones de memoria.

Suya. Y otras cosas. Cosas que reunió durante años escuchando cientos de confesiones en el D.A.I.

Amy se cruzó de brazos. Esperando… reprimiendo el impulso por regañar a su hermana por el imprudente accionar.

Grace empezó despacio, tanto como fuera pertinente teniendo en cuenta lo que estaba por venir.

Les habló de la era perdida, aquella que nadie recordaba.

Del ser al que llamaban el TODO y de la compañera que una vez estuvo a su lado.

De cómo esa compañera fue destruida, partida en pedazos, y los siete fragmentos que quedaron —los Kibas— orbes de una pureza tan alta que solo alguien como ella podía sentir y reunir.

Y de que esos fragmentos no estaban en el cielo.

Estaban en la Tierra. Dentro de siete seres humanos.

Si lograba juntarlos, podría abrir la Barrera de Enoc, llegar hasta Kouhen, y tal vez, hasta dar con el paradero de su madre. Compartió con ellos el mismo mensaje esperanzador que el capitán le contagió a ella. Era una oportunidad sin precedentes y que, era seguro, no se repetiría.

Cuando terminó de confesarse, ambos contenían la respiración, no se movían y yacían paralizados de tal forma, que el agua de la fuente parecía más ruidosa. Brahamath fue el primero en reaccionar.

—¡De ninguna manera!

La sentencia del juez fue tajante, sin espacio para discusión. Propia y esperable de alguien de su profesión.

—Si lo que en realidad estás pensando es escapar hacia el planeta tierra… ¡no! No voy a mandarte a ese lugar completamente desconocido para ti. No después de esto.

Amy dio un paso hacia él.

—Entonces, ¿qué es lo que deberíamos hacer? ¿Nos quedamos aquí sentadas esperando a que lleguen los escuadrones dentro de unas horas? ¿Esa es tu solución?

—Buscamos otra vía. Yo puedo entregarme. Puedo decir que las obligué. Puedo…

—Puedes mentir —lo cortó Amy—. Y cuando mientas, igual van a venir por nosotras después de un tiempo, una vez que, tras indagar más, lleguen otra vez a la verdad. Porque la ubicación de mi hermana ya no es un secreto. Génesis se encargará de gritarlo a los cuatro vientos.

Brahamath levantó la voz por primera vez.

—¡Ustedes no entienden lo que implica bajar! El mundo de abajo no es solo peligroso. Es distinto. Las reglas cambian ahí… es un mundo donde habitan seres tan malignos como los más terribles demonios infernales. Y yo ya dejé ir a alguien importante en mi vida una vez… no pienso volver a hacerlo.

Grace se puso de pie. Le flaqueaban las piernas, pero no retrocedió.

—Su compañera de vida —dijo en voz baja—. Por eso tiene miedo, ¿no es así?

Él no negó nada. Solo desvió la mirada, mostrándose igual de intransigente con su lenguaje corporal.

—Señor Brahamath, no sabe cuánto le agradezco al cielo por habernos encontrado a un ser tan bondadoso como usted, y el TODO sabe que jamás podré compensar lo que ha hecho; pero debe entender que nosotras, no somos ella —insistió Grace—.

Yo no estoy esperando a que me rescaten.

Amy tampoco. Si bajamos, es porque es la única forma de que no nos atrapen al amanecer.

Y porque ahí abajo está Kouhen, mi madre, y la única posibilidad real de que nuestras desgracias no hayan sido en vano.

Amy se colocó junto a Grace, casi sin pensarlo. La voz de ella se moduló, pues al igual que Grace, sentía un profundo agradecimiento y cariño genuino por el juez de Liber.

—Además, no vamos a separarnos, ella me cuida a mí y yo a ella. No será una huida en el fondo. Será una misión: despertamos a Kouhen, reunimos lo que haya que reunir y subimos. Punto.

Brahamath las observó a ambas. Su corazón estaba dividido, atrapado entre lo que quería proteger y lo que la razón le decía: que era la mejor opción posible.

—Si salimos por la puerta principal, es seguro que nos detienen antes de llegar a la esquina. Debe de haber vigías rodeando la propiedad. Se asegurarán de que nadie entre o salga hasta el amanecer, cuando lleguen las legiones del imperio.

En un acto de cariño, Grace se acercó a él para abrazarlo; después de todo, era una de esas bendiciones en su vida, como sus padres, como Christell y por supuesto, como su hermana Amy.

—Entonces, señor juez… ¿conoce alguna otra forma de salir de este lío?

Hubo un momento tenso cuando Brahamath cerró los ojos. Parecía estar aceptando algo que le costaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Hay un pasadizo —dijo al fin—. Lo construyeron cuando me nombraron juez. Conecta esta casa con el sótano del juzgado; los jueces principales de cada ciudad tienen uno igual y es por seguridad en caso de emergencia. Casi nadie sabe que existe y si lo usamos, evitaremos la calle.

Amy no esperó en preguntar por impulso.

—Y una vez ahí, ¿qué haremos?

—Nos movemos hasta la central de escaleras de la ciudad. Es el único punto desde el cual se puede descender desde el cielo y hasta el planeta tierra, debido a la barrera de Enoc, no existe otra forma. El proceso no es sencillo, pero es viable.

Grace miró el cielo. Todavía estaba oscuro, pero el tono ya había cambiado. El tiempo se les estaba viniendo encima.

—No se diga más —apuntó Amy, quien, al igual que Grace, poseía el suficiente ánimo como para ignorar sus heridas y continuar con su nueva misión—. Entonces hay que hacerlo ahora.

Brahamath las observó. En su rostro asomaban el miedo, la culpa y una resignación que le pesaba en los hombros.