En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 31 #2
81%

31 #2

Podrás bajar a la Tierra y, si el destino tiene alguna piedad que yo no conocí, tal vez traer de vuelta a quien amas; pues escúchame bien, Grace Galikary: si logras reunir los siete, tu poder se igualará al que tuvo la compañera original y tendrás la potestad de abrir o de cerrar la barrera de Enoc a tu antojo.

Pero debes saber que los Kibas no están libres.

Están fundidos en el alma de siete seres humanos de capacidades extraordinarias, por lo que tendrás que encontrarlos, mirarlos a los ojos y pedirles que te entreguen lo que llevan dentro.

Algunos tal vez lo hagan por voluntad y sean benevolentes contigo.

Otros… no lo sé. El miedo hace cosas extrañas a los seres humanos…

Y no serás la única que los busca —dijo esta parte y, como Grace pudo bien observar, hizo que Zeo cambiara aún más el tono a uno de máxima preocupación, sus expresiones faciales demandaban de ella expectación ante lo que él estaba por advertirle—.

Hay un tercer grupo de ángeles, ellos residen en su mayoría en la tierra, aunque los hay también escondidos en el cielo.

Ellos no son demonios, y tampoco son ángeles celestiales, se hacen llamar, los Despojos: son aquellos que fueron desterrados después de la caída de Lucifer, pero que no pelearon a su lado.

El cielo los expulsó después de una lista en la cual, 360 familias fueron inculpadas injustamente de alta traición.

El Infierno los rechazó. Vagan sin hogar y odian al TODO con una pureza que todavía me estremece recordar.

Ellos también quieren una Sagriari entre sus manos, necesitan los Kibas para materializar sus deseos de venganza.

Si decides bajar… tendrás que caminar entre tres fuegos: el cielo que te caza, los demonios que te desprecian y los despojos que querrán usarte hasta que no quede nada de ti.

Ahora te diré por qué me atreví a todo esto…

Cuando era joven, pertenecía a una pequeña organización rebelde, casi invisible.

Allí conocí a una hermosa e inteligente presencia angelical; su nombre era Dido…

tu madre. Era brillante y original en todo lo que hacía, vestía y pensaba; pero también bastante terca…

generosa hasta la imprudencia con aquellos que consideraba sus amigos.

Nos enamoramos con la torpeza y la intensidad de quienes creen que el mundo puede ser moldeado con las buenas acciones.

Llegamos a hablar de formar una familia.

De escapar juntos a algún rincón olvidado del tercer coro donde nadie nos buscara y forjar ahí un futuro juntos; aunque de un momento al otro, la realidad me golpeó en la cara…

Llegó Adriano. No lo había conocido hasta hace poco, pero no paraba de hablar de él cada vez que podía hacerlo, parecía estar bajo un hechizo que nunca pude deshacer. Ella lo eligió, y yo no supe cómo odiarla. Solo supe cómo quedarme quieto mientras el suelo se abría bajo mis pies para devorarme.

Soles más adelante, cuando ya servía a Zulzher, los Nesher se me acercaron. Me ofrecieron un trato tan directo como cruel: información sobre la Sagriari recién ascendida, lealtad secreta hacia ellos… y a cambio, perdonarían la vida de Dido.

Acepté.

Por eso no existe registro de su ejecución. Por eso… ella sigue viva.

Pero no como ángel. Como Kouhen, su espíritu fue reciclado y ahora camina por la Tierra como un alma humana, con otro nombre, otra vida, sin memoria de lo que alguna vez fue, o la hermosa hija que alguna vikra le hizo feliz.

No sé dónde está, ni mucho menos qué rostro tiene ahora… solo sé que todavía respira; así que, si decides usar lo que te he dado, tal vez un día la encuentres también. Tal vez no.

Perdóname por todo el dolor que no supe impedir, y el que te he provocado en aras de mantenerte con vida.

Y si algún día logras recuperar a Kouhen…

dile que el traidor que una vez fue su enemigo también quiso, a su manera torcida, resguardar la brillante sonrisa de la mujer que cada uno juró proteger.

Esta es mi última confesión.

Úsala como mejor te parezca, Grace. Hija de Dido Galikary.

La voz se apagó.

Grace permaneció sentada en el borde de la cama después de que su conciencia regresara a la realidad. La Galatea ya no existía. Solo quedaba un calor leve y constante en el centro de su pecho, justo donde el escudo había terminado de absorber la esencia de Zeo.

Las reacciones llegaron en su debido orden: primero fue el temblor; después, la dificultad para respirar y finalmente, una sensación extraña de no poder procesar, como ella hubiera querido, la magnitud del secreto del cual ahora era poseedora.

No solo era la hija de Dido y Adriano; tampoco era solo la Sagriari que el imperio quería borrar con fanático ahínco.

Era el reflejo de algo mucho más poderoso…

un ser primordial. Algo que el Demiurgo había asesinado y descuartizado para quedarse solo con el poder…

y ahora contaba con la información de los fragmentos, y su posible localización, en el mundo de los seres humanos.

Kouhen estaba del otro lado de una barrera que solo ella podía intentar romper.

Su madre caminaba por la Tierra sin recordar ni siquiera su nombre; Amy seguía perdida en su propia guerra interna y ella…

ella tenía que decidir si bajaba a un mundo donde tres bandos distintos querrían usarla o destruirla.

Se abrazó a sí misma y apoyó la frente contra las rodillas.

Durante soles había creído ser solo una joven cuyo propósito había sido recuperar a su familia e intentar vivir feliz.

Ahora sabía que esa posibilidad ya no existía.

Lo que le quedaba era una deuda con aquellos seres amados que lo habían perdido todo a causa de estar cerca de ella.

Una guerra se libraría en aras de capturarla, de controlarla para usarla como un arma contra el cielo. Y todo por el simple hecho de haber ascendido con esa apariencia… con esa firma de vibración tan particular.

—¿Acaso no hay más Sagriari aparte de mí? —se preguntó—. Debe de haber más, sin duda, pero… ¿están todas ellas en la Tierra? ¿Las perseguirán también como a mí? ¿Cuántas habrá aún con vida?

Pero no había espacio para tan triviales preguntas, debía actuar decidida, con convicción.

Cuando por fin levantó el rostro, sus ojos violetas estaban enrojecidos, pero secos. Se quedó mirando la oscuridad de la habitación durante un largo rato, sintiendo el peso nuevo que le habían dejado en el pecho.

Ya no podía fingir que no sabía.