31
la galatea
Grace regresó a la mansión cuando el cielo todavía conservaba un resto de claridad.
Entró por la ventana de su habitación con la Galatea apretada contra el pecho, como si temiera que alguien pudiera arrebatársela incluso allí.
Se quitó la capucha, se dejó caer de rodillas sobre el suelo de madera y permaneció inmóvil largo rato.
Respiraba tan profundo como le era posible, contando cada inhalación para no perder el conocimiento.
Las manos le temblaban y por poco deja caer la esfera al piso…
no sabía si esta podía romperse (apenas había escuchado el nombre de aquella cosa), o si reaccionaría de alguna manera extraña si entrara en contacto con alguien más que no fuese ella.
De modo que, sin pensarlo mucho, la escondió debajo de su cama.
Un total de tres vikras pasaron antes de que se atreviera a usarla.
Durante ese tiempo apenas comió. Respondía a Brahamath con monosílabos y aunque siempre se conducía con amabilidad y cortesía, su mente estaba perdida en otro mundo.
Se encerraba en su habitación y miraba la pequeña esfera rosada durante horas, sintiendo cómo pulsaba con una constancia casi reconfortante.
Sabía que una vez que la asimilara, la información recibida, fuera la que fuera, no podría ya devolverse al silencio.
Y estaba consciente también de que Zeo había entregado su libertad…
o su vida, para que ella pudiera escucharla.
Al final de este periodo de introspección en solitario (pues decidió enfrentar esto en la intimidad de su persona), el vacío que Kouhen había dejado, sumado a la reciente falta de su amada hermana durante las vikras que no llegaba a casa, y sus deseos por arreglar las cosas, regresando a su vida anterior… terminaron por convencerla.
Se sentó en el borde de la cama, se desabrochó la túnica con dedos torpes y descubrió el escudo familiar reposando en el lado izquierdo del pecho.
La Galatea brilló más fuerte al acercarse a él, como si reconociera el lugar al que pertenecía.
Grace la colocó sobre el trazo de su escudo e de inmediato dio inicio el proceso.
La esfera se hundió en su piel con una lentitud dolorosa y un escalofrío se hizo sentir, una sensación de frío, como un líquido que le recorría el cuerpo, se apoderó de ella sin producir dolor, solo la extrañeza de sentir esto por primera vez.
Después vino una presión intensa, como si alguien estuviera abriendo espacio dentro de su mente a la fuerza.
Por un instante creyó que se iba a desmayar sobre la superficie de su cama.
Y entonces, llegó a ella como un golpe repentino…
la voz de Zeo lo llenó todo, tan nítida y entendible que juraría que se encontraba en la misma habitación, hablándole de frente.
Si cerraba los ojos, descubrió cómo pasaba frente a ella, como si el reverso de sus párpados fuera la tela sobre la cual se proyectan imágenes, los recuerdos de Zeo vistos desde su perspectiva.
Veía a Zeo tal cual como si disfrutara de una película.
Estaba sentado en la silla frente a su cama, con la espalda encorvada y las manos juntas.
Hablaba en voz baja para que nadie más en su entorno lo escuchara.
Grace no podía responderle o interactuar con la visión; solo podía ver como una mera espectadora.
La imagen de Zeo se puso de pie y de pronto, una fuerza le arrastró, junto con el capitán, hacia la profundidad de los recuerdos más íntimos de este. En todo momento, Grace escuchaba de fondo la voz de su narrador mientras presenciaba las terroríficas escenas que le describía.
Doy comienzo esta confesión sin saber si alguien extraño llegará a oírla sin permiso; sin embargo, si he sido bendecido y estas palabras han encontrado el camino hasta ti, Grace, significa que no logré permanecer con vida el tiempo suficiente para decírtelas yo mismo.
Perdóname por eso y por presentarme ante ti en estas cobardes circunstancias.
Mi nombre es Zeo, y durante más de veinte soles serví en el D.A.I.
; también conocido como el Departamento de Armonía Interna.
Pero para los ciudadanos de a pie, el nombre era distinto, lo llamaban: el lugar donde los rebeldes dejan de tener nombre.
Nosotros preferíamos no llamarlo de ninguna forma. Solo trabajábamos y cerrábamos la boca.
Presencié la tortura de cientos de mis congéneres…
tal vez de miles. Muchos de ellos grandes seres dignos de admiración, héroes de guerra y compañeros leales de batalla.
Incluso, familias enteras… a hombres y mujeres de Liberaty.
A restos del viejo E.R.I.S. A células tan pequeñas que ni siquiera merecían un archivo propio.
Los colgaban de las alas hasta que las plumas se desprendían en mechones ensangrentados y les rompían las extremidades, una por una, para que el dolor no los agotara demasiado pronto.
Les inyectaban vibraciones impuras hasta que su propia esencia se descomponía desde adentro.
Yo asistía a los verdugos y les supervisaba en la mayoría de aquellas sesiones. Al principio vomitaba después de cada una, cuando nadie me estaba viendo. Después ese sentimiento de pesadez se fue diluyendo hasta casi desaparecer… ya solo anotaba. La mano ya no me temblaba.
Hubo un ciudadano al que todavía recuerdo con claridad; se llamaba Maél y pertenecía a Liberaty.
Tenía una hija pequeña a la que no había visto en tres soles…
recuerdo que siempre me hablaba contento de ella cada vez que le regresaba la consciencia…
jamás permití que el castigo se extendiera a ella.
Durante cinco vikras él se negó a hablar.
En la sexta, cuando le hicieron sentir que las alas se le desprendían, empezó a escupir nombres.
Entre sollozos, entre ruegos para que lo mataran de inmediato, mencionó algo que no estaba en ningún interrogatorio, habló de: “La Hermana partida”.
Decía que el cielo no siempre había pertenecido solo al TODO.
Que alguna vez existió otra presencia… y lo repitió varias veces, como si necesitara que alguien más lo guardara antes de dejar de existir.
Lo mataron al amanecer… yo anoté sus palabras y no las reporté…
Hubo otra prisionera, una anciana que había pertenecido al E.R.I.S.
original. Murmuró durante tres noches seguidas la misma frase, como una oración invertida: “El Demiurgo mató a su Esposa y se quedó solo con el Trono”.
Lamentablemente no supe nada más de ella; pues me enteré de que, tras mis reportes, decidieron matarla junto con su escudo entero…
Fui un verdadero monstruo, una pesadilla para mis propios hermanos.
Y hacía estas repugnantes cosas porque, en parte, el rechazo de tu madre me había dejado un agujero tan hondo, que prefería llenarlo con cualquier otra cosa.
Dido me eligió primero. Después eligió a Adriano.
Ese dolor se convirtió en la cadena que me ató al
D.A.I. y así; cada confesión que escuchaba era una forma torpe de no pensar en ella; cada grito ajeno era un poco menos de espacio para el mío.
Pero que esto no sea una cobarde e infantil excusa; también lo hacía porque siempre me atrajo el conocimiento que nadie quería tocar.
Mientras los demás solo buscaban nombres y ubicaciones, yo reunía fragmentos…
preguntaba por mitos que parecían haber sido arrancados de la memoria colectiva.
¿Por qué las Sagriari nacían siempre con las mismas características imposibles?
Poco a poco, sin reportar nunca nada, fui juntando pedazos de una verdad que nadie más parecía dispuesto a enfrentar…
supongo que, para mis hermanos, la ignorancia les había brindado cierto dejo de felicidad.
Alguna vez en el tiempo, ubicada entre la creación y la anunciación del hijo, existió una era que nadie en el cielo recuerda.
La borraron… la sellaron, o dejaron que se pudriera en el olvido.
No lo sé. Pero en esa era primordial, el ser que hoy llaman “El TODO” no estaba solo; tenía una compañera.
Un espíritu hermano, hembra, complementario.
Ella era quien gestaba mientras que él era quien ordenaba. Juntos creaban en perfecta armonía.
Ese espíritu, al que todos adoran como Dios… no es Dios. Es en realidad un Demiurgo; un creador intermedio. Poderoso, sí… terrible y poderoso; pero no el origen primero y último de todas las cosas.
En algún punto (las confesiones nunca coincidieron en el motivo), el Demiurgo eliminó a su compañera asesinándola a sangre fría y posterior a ello, su cadáver fue desmembrado, seccionado en ocho partes.
Siete de aquellas se convirtieron en lo que ahora llamamos los Kibas del TODO, mientras que la octava parte tuvo un destino diferente: se fusionó con la voluntad del verdadero Dios, cuyo nombre nadie que yo haya interrogado conocía.
Esa fusión permite que, bajo ciertas condiciones que nunca logré comprender, la conciencia de aquella compañera primordial se refleje en la naturaleza de un ángel en el cielo.
Esa compañera, de igual naturaleza, tamaño y poder que el TODO mismo, era mujer. Pelirroja y de ojos violetas… se podría decir que ella fue la primera de ustedes, la Sagriari original.
Por esa razón las Sagriari nacen siempre con los mismos rasgos y características en su físico…
por eso son tan pocas y su belleza parece casi una ofensa para el resto de nosotros: están reflejando dentro de sí, y al mundo que las rodea, una belleza que existía antes de que el cielo se volviera propiedad del Demiurgo.
Y este es el motivo por el cual nadie más, ni en el cielo, el infierno o la Tierra, puede reunir los Kibas; ya que no son solo poder, son partes del cuerpo de este maravilloso ser, y tú… tú eres el espejo donde esa esencia todavía puede reconocerse a sí misma.