30 #2
—Esos tres tipos de allá afuera… apenas sabían pelear…
¿sabe? Apuesto que yo misma los pude haber neutralizado sin salir herida.
Me parece que su defensa es endeble de su lado izquierdo y desperdicia muchos movimientos para soltar un solo golpe.
Aun así, agradezco mucho que me defendiera de esa forma; pero…
¿por qué me está ayudando? Apenas nos conocemos…
en muy lamentables circunstancias, he de decir.
Zeo se dejó caer en una silla rota, presionando la herida con la mano. Por un momento pareció dudar. Luego levantó la vista y la miró a los ojos.
—Te he estado protegiendo más veces de las que podrías imaginar. Y sé que ahora te parecerá que digo tonterías sin sentido, en especial por lo que ha pasado… pero escucha…
Hizo una pausa involuntaria, como si cada palabra le costara trabajo decirla.
—Fui yo quien filtró la información para que los Nesher te sacaran del centro de detención antes de que Zulzher te llevara.
Fui yo quien abrió el camino la noche que Amy y tú escaparon de la prisión.
Aunque supe de tu ubicación en la comunidad desde el principio, Zulzher recibía de mí solo reportes de fracaso.
Cada vez que él estuvo a punto de atraparte…
yo estaba ahí, moviendo las piezas en otra dirección.
—Sin embargo, fueron soldados amarillos quienes llegaron; seguro que ante ellos sí nos delató.
Engañó a Kouhen y permitió mi arresto, y aunque haya evitado que Zulzher me llevara desde el centro de detención, como dice, de todos modos, me llevaron por el mandato de una tal familia Nesher.
Entonces, ¿qué diferencia hay si de todas formas ha buscado arruinarme la vida a mí y los míos?
¿A eso le llama protección? —cuestionó tajante, alzando una ceja y limpiando con su ropa los lentes que había podido salvar.
—Tú conoces muy bien a Zulzher Galazay, Grace, ese maldito está desquiciado y de hecho, no dudó en torturarte por vikras.
Grace se recogió de hombros, bajando la mirada en una muestra de rechazo a esas palabras que le afectaban, que quería reprimir a toda costa.
—El coronel te matará de una manera u otra.
Si te quita tu poder, morirás, si te entrega a su superior, te matarán también.
Al menos la familia Nesher, si bien, son locos sin remedio, se guían por las leyes y no podrían llegar a esos extremos de crueldad contigo…
por eso preferí que ellos te tuvieran y desde ahí, planear cómo rescatarte. ¿Me entiendes ahora?
—Así que, entre dos males, eligió el menor. ¿Por qué? —repitió—. ¿Por qué arriesgar tanto por alguien como yo?
Zeo bajó la mirada hacia el suelo polvoriento.
—Porque tu madre… Dido… ella fue alguien muy especial en mi vida. Y porque tú… eres un reflejo fiel de su imagen… por supuesto, sin esos bellos colores que adornan tu cabello y ojos.
El nombre de su amada madre de nueva cuenta siendo pronunciado por ese oficial del imperio golpeó a Grace de frente.
Ese alto espíritu, siempre vestido de manera formal e impecable, que si bien, había sido neutral e indiferente con ella las pocas veces que convivieron, se presentaba ahora con un porte distinto, más suelto, más sincero y genuino.
Quiso responder con mil y un preguntas que le cruzaban en la mente a la velocidad del rayo, pero antes de hacerlo, Zeo levantó una mano, pidiéndole silencio; pues había sonidos a lo lejos.
Retomaron luego la conversación con mayor cautela.
—Pero eso es solo una parte de lo que venía a decirte. Hay algo más importante que debes saber esta noche. Sobre lo que eres. Sobre lo que significan las Sagriari en realidad —repuso Zeo en un tono tan bajo, que apenas y podía distinguirse de un ronroneo.
Grace se tensó. Aún no estaba segura de cómo reaccionar.
—Lo que estoy a punto de explicarte lo he obtenido a lo largo de soles enteros de investigación, y por más que me apene decirlo: miles de interrogatorios que el D.A.I.
ha hecho a rebeldes de todo tipo y organizaciones; aunque aún hay muchas piezas faltantes en lo que sé.
Se acomodó en su asiento, tragó saliva y se preparó para la gran noticia:
»Las Sagriari… ellas… ustedes, no son en realidad la raza de la que se habla y condena en la profecía.
Eso es un invento del imperio en su necesidad de crear un chivo expiatorio perfecto.
Necesitaban a alguien a quien temer, alguien que justificara el control y la violencia. La verdad es muy distinta.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz, aunque no había nadie más en la casa.
—Las Sagriari son ángeles extremadamente raros; pues poseen una vibración tan pura, que se asemeja a la del propio TODO.
Por eso el imperio las cazó. No porque una de ustedes fuera a derrocarlo por maldad…
sino porque solo una Sagriari tiene la capacidad de sentir, localizar, activar y reunir dentro de sí… los Kibas del TODO.
Grace frunció el ceño, confusa.
—¿Los… Kibas?
—Es correcto, Grace. Siete orbes de energía Vril pura.
Tanto como el Creador mismo. Están esparcidos por la Tierra, y si consigues reunirlos, tendrías el poder suficiente para derribar la Barrera de Enoc con facilidad…
esa pared invisible que el TODO levantó para impedir que cualquiera no autorizado suba al cielo.
Entonces… podrás traer de vuelta a Kouhen.
Grace sintió que el aire se escapaba de su pecho.
—¿Cómo es posible que yo pueda hacer algo así?
—Porque tu vibración es la única compatible con la de estos orbes. El resto de nosotros apenas podemos tocar un Kiba sin empezar a desintegrarnos. Tú… tú puedes contenerlos dentro de ti.
Zeo metió la mano ensangrentada dentro de su capa y extrajo una pequeña esfera de luz rosada, del tamaño de un puño. Pulsaba con un vibrar tranquilo y constante, como un corazón vivo.
—Esto que ves aquí, es una Galatea. Contiene parte de mi esencia mental… recuerdos, conocimientos, mapas, advertencias. Todo lo que necesitas saber sobre los Kibas y sobre cómo empezar a buscarlos.
Extendió la mano hacia ella, ofreciéndosela.
Grace miró la esfera. Estaba a punto de tomarla cuando la puerta de la casa se abrió de un golpe violento. Birmania Valharal entró como un torbellino, la espada ya desenvainada. Detrás de ella, dos soldados boina roja bloqueaban la salida.
—Zeo, viejo amigo mío —dijo un tanto decepcionada; pero contenta—. Qué predecible eres, esperaba que me la pusieras un poco complicada.
Zeo, que estaba junto a la joven, en la sala, se levantó de un salto, empujando a Grace hacia un hueco entre los muros derruidos.
—¡Escóndete!
Birmania avanzó con lentitud deliberada, disfrutando el momento.
—Nuestro querido coronel Zulzher tenía razón. Todo este tiempo… traicionándonos por una mujer desaparecida. Y ahora por su hija. Qué patético resultaste ser después de todo, capitán.
Grace, agazapada detrás del muro, escuchó cada palabra. La referencia a su madre le impactó de nuevo, pero esta vez, iba acompañada de la confirmación definitiva a lo que le había dicho Zeo: la había estado protegiendo no solo por ella misma, también por Dido.
La pelea fue breve y cruel, cargada por completo hacia un solo lado.
Zeo luchó con la desesperación de quien sabe que ya no tiene nada que perder. Cada golpe era un intento de ganar segundos. Pero Birmania era más precisa. Un corte profundo le abrió el pecho. Otro le destrozó la pierna izquierda. Zeo cayó de rodillas.
Birmania lo miró desde arriba, sin una sola emoción en el rostro.
—Por el momento no te haré sufrir más; pues el coronel quiere matarte con sus propias manos. Deberías sentirte privilegiado. Lo usual es que, a los traidores como tú, los decapitan sin honor.
Zeo, con la respiración entrecortada y la sangre corriéndole por la comisura de los labios, giró la cabeza hacia el lugar donde Grace estaba escondida. Con la última fuerza que le quedaba, deslizó la Galatea por el suelo.
La pequeña esfera rodó en cámara lenta, sin ser detectada por nadie hasta detenerse junto a los pies de Grace.
Ella la recogió con ambas manos, temblando de miedo; pues las habilidades de Birmania le parecieron fuera de su alcance. Birmania no se dio cuenta de nada. Hizo un gesto a sus subordinados.
—Llévenselo. Y registren cada rincón de este vecindario. Quiero estar segura de que no hay ningún testigo. No toleraré cabos sueltos, caballeros.
Grace se pegó más contra la pared, conteniendo la respiración. Escuchó el arrastrar del cuerpo de Zeo, el sonido de las botas alejándose y el chirrido de la puerta al cerrarse.
Cuando el silencio regresó por completo, se atrevió a salir de su escondite.
La casa estaba vacía. Solo quedaba la mancha de sangre y el eco de las palabras que todavía resonaban en su cabeza.
Se arrodilló en el centro de la habitación y miró la Galatea que brillaba entre sus dedos.
Toda la verdad que Zeo había arriesgado su vida por entregarle.
Toda la información sobre lo que realmente era.
Apretó la esfera contra el pecho, ylas lágrimas llegaron silenciosas y calientes.
Había muchos sentimientos encontrados que buscaban una salida.
Demasiada información le había sido revelada y en la palma de sus manos, de forma tan repentina como no pudo haber imaginado, sostenía por fin un camino de salida hacia la consecución de su sueño: el rescate de Kouhen, la limpieza de su nombre, de su propia condición de Sagriari y; además, sentía el ya irreparable sentimiento de averiguar más sobre Zeo, y el pasado no revelado de su amada madre.