En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 30
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la hıja de dıdo

Birmania Valharal detestaba los lugares sucios.

Pocas cosas le enfadaban tanto como manchar su pulcro uniforme blanco…

Era el orgullo de su familia. La puerta de salida de los Valharal hacia el retorno a la cumbre social, y la aceptación imperial.

Y por esa razón, todo cuanto hiciera bien valía la pena, y ya había recorrido demasiados lugares inmundos para su gusto.

Primero el mercado del sector medio, donde interrogó a un traficante de información que temblaba cada vez que ella cruzaba las piernas.

Después, una taberna clandestina cerca de los muros de Ai, donde un mensajero boca floja confesó haber visto a Zeo reunirse con figuras sospechosas tiempo atrás.

Luego, los archivos de la antigua comunidad de Kouhen, donde los registros habían sido “extraviados”; la caverna de Christell y su tumba, el centro de detención, todo lugar donde Zeo estuvo fue milimétricamente seguido por Birmania.

Cada pista era pequeña. Cada testimonio, incompleto. Pero ella era paciente cuando el premio valía la pena; tenía un objetivo fijo y no se permitiría fallar.

La última parada fue la prisión de máxima seguridad. El prisionero de la celda 63 era un antiguo soldado amarillo. Estaba ahí por aceptar sobornos y robar posesiones de los rebeldes todavía con vida durante el asalto a la comunidad. Birmania se sentó frente a él sin quitarse los guantes.

—Soy toda oídos… habla ya y no hagas que pierda mi tiempo. Este lugar me enferma —dijo sin más.

El sujeto dudó. Ella inclinó apenas la cabeza, y él comprendió que la duda no era una opción.

—Lo vi esa noche… el capitán Zeo. Quizá pensó que la celda de a un lado estaba vacía, o quizá fue debido a la prisa que mostraba; pero no tuvo cuidado y lo presencié.

No solo permitió que la pelirroja escapara, estaba en compañía de una mujer, no pude verla bien por la falta de luz; pero puedo asegurarle que ellos abrieron la celda con sus propias manos.

Después, mató a sus compañeros para abrir camino.

Yo estaba escondido detrás de los barrotes de mi celda.

—¿Abrir camino a quién? ¿Quién se llevó a la Sagriari? —preguntó con su máximo grado de atención…

—Los atacantes. Quienes sean que hayan llegado a destruir la prisión. Fueron ellos quienes se la llevaron, y estoy seguro de que aún la tienen, sargento Valharal.

Birmania permaneció junto con el prisionero unos momentos más, quería estar bien segura de haber obtenido todo cuanto aquel desdichado excolega tenía por darle.

Luego se puso de pie, alisó su capa, dio un respetuoso apretón de manos e incluso, prometió hacer lo posible por ayudarle en su situación. Su ánimo era inmejorable.

—Ya te tengo en mis manos, Zeo. Y de esta no te vas a escapar.

Salió de la prisión con paso ligero. Finalmente, después de un arduo y diligente trabajo, sus resultados le aseguraban el éxito rotundo en su labor.

En la residencia de Brahamath, Grace llevaba nueve vikras sin dormir bien.

Los mensajes habían comenzado de forma casi inocente.

El primero llegó envuelto en una hoja de abedul, lanzado desde el muro del jardín.

El segundo lo trajo un ave de plumas multicolores que se posó en el alféizar de su ventana y dejó caer un pequeño pergamino, antes de desaparecer entre las nubes.

El tercero fue un halcón del paraíso que se deshizo en chispas al tocar la piedra, dejando solo un papel chamuscado en los bordes… y el patrón se repetía.

Siempre el mismo texto, escrito con una caligrafía precisa y elegante:

Sé cómo traer de vuelta a Kouhen Blesser. Si deseas escucharme, ven a la Plaza de los Robles Caídos, a la tercera hora de la noche. Ven sola. Cubre tu cabello y tus ojos.

Grace los había leído una y otra vez, hasta memorizarlos.

Cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Kouhen en la jaula de cristal, la luz azul que se lo llevó, la promesa que nunca pudo cumplir.

Se sentía culpable cada vez que ponía el suficiente esfuerzo en rescatarlo sin lograr nada.

Cada vikra que no pensaba en él, un sentimiento de vacío le carcomía el alma.

Brahamath le había repetido mil veces que no saliera sin escolta, que siempre le mantuviera informado de cada salida que planeara; pues el cielo seguía buscando a la Sagriari. Que cualquier movimiento imprudente podía costarles incluso la vida.

Pero la esperanza era más fuerte que el miedo. Era un sentimiento que la rebasaba y por más que quiso controlar, ignorando los mensajes, terminó por ceder a sus sentimientos.

Esa noche, cuando la residencia quedó en quietud, Grace se cubrió el cabello con una capucha oscura, se colocó un nuevo par de gafas, más efectivas y… a la moda, y escapó por la misma compuerta por donde el juez había ingresado a Amy más de tres soles atrás.

La Plaza de los Robles Caídos estaba casi desierta. Los árboles muertos se alzaban como esqueletos sobre construcciones también marchitas y abandonadas. Solo una figura envuelta en una capa gris esperaba bajo el arco roto de lo que alguna vez fue una fuente viva y concurrida.

Grace se acercó con cautela, pues, aunque ya no era la misma niña indefensa de antes, aún podía sentir cada parte de su anatomía vibrar tan fuerte, que temía que el extraño pudiera oírlo.

—¿Eres tú… el que envió los mensajes? —susurró.

La figura asintió.

—Te agradezco por haber venido a este encuentro —le dijo el tipo, desde la seguridad de una máscara que le cubría el rostro—.

Temía que esta oportunidad se perdiera y no escucharas lo que tengo por compartir; pero no tenemos mucho tiempo.

Lo que voy a decirte puede cambiar para siempre tu futuro, no es ninguna broma.

Y por un breve momento de ilusoria confianza, el extraño sintió conveniente comenzar a compartir aquel gran secreto ahí mismo, en una banca de esa abandonada plaza.

Para sorpresa de nadie, el sonido de botas y el zumbido de vibraciones se acercó por la avenida principal. Un contingente mixto de elementos verdes y rojos barría la zona con antorchas y espadas desenfundadas. Grace sintió que el estómago se le encogía.

El aún desconocido la tomó del brazo y la arrastró hacia un callejón estrecho, oscuro, lleno de cajas rotas y olor a humedad. Se agazaparon detrás de un montón de cajas de madera mal apiladas.

Durante unos segundos solo se escuchó su respiración entrecortada, sus alientos casi se combinaban y aunque se sentía incómoda, no podían moverse ni un solo centímetro. Luego, justo detrás de donde se escondían de la ley imperial, aparecieron ellos.

Tres ángeles de aspecto ruin, con alas desgarradas y miradas corrompidas por la indigencia, los habían visto entrar al callejón. El más grande mostró al instante sus dientes amarillentos.

—Mira lo que el viento nos trajo: una pareja de inocentes conejitos. Tan inocentes y tontos como para meterse en esta madriguera.

Se acercó a Grace y, de un movimiento brusco, le arrebató los lentes para apreciarla mejor. Al ver el destello violeta de sus ojos, su sonrisa se ensanchó.

—¿Una Sagriari? ¡Maldita sea! ¡Qué buena suerte la que hemos tenido, amigos míos! Si la entregamos, vamos a ser muy famosos. ¡Viviremos en el sector alto como celebridades! —dijo extasiado el maleante, mostrando al mismo tiempo un enorme cuchillo…

El extraño encapuchado se interpuso sin decir una palabra. Desenvainó una espada corta y se lanzó hacia adelante.

La pelea fue rápida y sucia. El desconocido se movía con la precisión de alguien entrenado, pero había desesperación en cada golpe.

Protegía a Grace con su propio cuerpo. Recibió un corte profundo en el costado y otro que le abrió el brazo, aunque no retrocedió.

Cuando el último maleante cayó al suelo, jadeando, el espíritu se tambaleó.

La capa se le resbaló del hombro y la máscara de tela que le cubría el rostro cayó sobre el pequeño charco de sangre. Grace quedó paralizada al instante.

—¡Eres tú!… ¿Zeo…? —expresó ella con una mezcla extraña de sentimientos en su interior.

Estaba molesta con él, por no ayudarla durante las sesiones de tortura impartidas por el coronel.

No era más que un villano cruel que traicionó también a Kouhen al tener la oportunidad, y que la mandó a encarcelar a una fría celda con una mirada inexpresiva; pero…

¿ahora, la estaba ayudando? O tal vez… ¿había caído en una trampa del enemigo?

Pero ya no podía retractarse, la decisión estaba tomada y ahora ella podía protegerse.

¡¿Cuánto más si el tipo ya estaba malherido? !

Él tosió descontrolado, llevándose una mano temblorosa a la herida del costado. La sangre se filtraba entre sus dedos.

—No hay tiempo —dijo con voz ronca—. El ruido que hicimos atraerá a las tropas que rondan por aquí. Ven.

La tomó de la muñeca y la condujo hacia una casa abandonada a pocos metros del callejón. La puerta, podrida por el tiempo, cedió con un empujón. Entraron. Se apoyaron contra la pared, intentando recuperar el aliento.

Cuando estuvieron seguros de no haber sido seguidos, Zeo se apresuró en curar su herida: tomó mantas limpias guardadas en una recámara y se hizo un torniquete en el brazo, y aunque Grace ofreció su ayuda, aún no estaba segura de si aquel a quien tenía en frente era un amigo, o un enemigo.

Entonces, cuando Zeo se tranquilizó, Grace fue la primera en romper el hielo.

Lo miró con detenimiento, con un rostro serio y confiado; mientras las motas de polvo flotaban entre ellos, señaló la herida del ángel y con sus ojos violeta posados sobre el rostro de Zeo, le dijo: