En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 29 #3
75%

29 #3

—Estamos solo usted y yo. Por ahora los escombros van a retrasarlos un poco, pero esa loca, y los que la acompañan no se quedarán con la idea de que han acabado con nosotros.

Van a venir a buscar y no pararán hasta ver nuestros cadáveres.

Si andamos hacia el norte, donde el follaje es más espeso, quizá se retrasen un poco… aunque nada es garantía. Andando.

Se adentraron hacia las profundidades del bosque. La oscuridad era casi total. Solo el débil brillo natural de sus cuerpos los guiaba. Cuando por fin se detuvieron a recuperar el aliento, Amy se giró hacia él. Su voz salió muy débil.

—Dígame una cosa: ¿en verdad solo ustedes seis, en todo este coro, poseían ese dichoso secreto?

El anciano soltó un suspiro de cansancio, casi triste.

—El secreto que se les da a los miembros… eso es basura. Máximas del Portador de Luz. Técnicas prohibidas. Cosas que podrían hacer temblar incluso a Gabriel. Pero basura, comparadas con lo que teníamos preparado para usted.

Amy sintió un frío recorrerle desde los pies y hasta la cabeza.

—¿Qué… quiere decir con eso?

El sabio se acercó a ella, tocó su escudo e hizo una corta oración antes de confesar. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—Desde hace más de tres soles… incluso cuando usted estaba encerrada en la C.A.R.A. de Liber… la vigilamos. Esperábamos su renacimiento. La cuidamos desde la distancia hasta que estuviera preparada.

Amy retrocedió un paso. El corazón le latía con fuerza.

—¿Preparada para qué, exactamente?

—Ese escudo que lleva ahora en el pecho es falso. Lo sabemos. Pero el anterior… el que usted cree que era el original de su familia… también lo es. La familia a la cual en realidad pertenece es tan única e imponente, que el cielo entero alguna vez se inclinó bajo su escudo.

—¿De qué está hablando? —su voz mostraba inseguridad, no conseguía pronunciar una oración completa—. Lo que dice son patrañas. Yo sé quién soy. Antes de Brahamath mi escudo era…

—No mienta. No a nosotros. Los recuerdos de su infancia, de su ascenso, de sus padres… son borrosos, ¿verdad? Como si alguien hubiera pasado un paño húmedo sobre un dibujo a carboncillo.

Amy se llevó las manos a la cabeza. Un dolor agudo le atravesó las sienes como una aguja al rojo vivo. Imágenes confusas aparecieron intrusivas detrás de sus párpados: alas negras extendidas y una voz profunda llamándola hija.

—Esta información… Catallena y los demás quisieron guardarla hasta que usted estuviera lista, en tres vikras, durante la celebración de nuestro aniversario. Pero ya no hay tiempo. La sangre que corre por sus venas es la más importante y poderosa que jamás ha pisado este cielo.

Usted pertenece a la familia real de…

—¡¡¡CÁLLESE!!! —gritó Amy. El grito le desgarró la garganta. Se sujetó la cabeza con ambas manos, las uñas se clavaron en el cuero cabelludo hasta casi sangrar—. ¡No diga ese nombre! ¡No pronuncie esa familia! Está… prohibido… ¡no lo sé! ¡No lo sé!

Cayó de rodillas. El bosque giraba. Dentro de su cráneo, dos voces se superponían: la de la niña que creía ser y otra, autoritaria, que murmuraba desde un abismo de oscuridad: Recuerda quién eres.

—Usted y su familia son la razón por la que Liberaty se separó de un E.R.I.S. podrido e infiltrado —continuó el sabio, arrodillándose frente a ella con urgencia—. Porque aún creemos en su regreso. En el poder infinito que poseen.

Amy se balanceaba adelante y atrás cubriéndose la cabeza. Lágrimas tibias le corrían entre los dedos. Sentía que su cuerpo no le pertenecía del todo. Que algo dormido bajo su piel empezaba a despertar y a empujarla hacia fuera.

—Alguien… en un punto del tiempo que todavía no hemos logrado encontrar… le robó la mente. Modificó incluso su apariencia y por poco logra hacerla desaparecer entre la muchedumbre. ¿Lo comprende ahora?

Ella no respondió. Solo gemía, con los ojos cerrados con fuerza, como si pudiera empujar las palabras y las memorias hacia fuera de su cráneo antes de que la destrozaran por completo.

Entonces cayeron las flechas. Cientos de ellas.

Era una lluvia letal de metal clavándose por doquier.

Una atravesó el cuello del anciano provocando que la sangre brotara a borbotones y Amy, sin ningún otro sentimiento que el de proteger con su vida aquel secreto que se le revelaba…

esa luz de verdad que se le presentaba como una luz de estabilidad a la cual aferrarse, lo sostuvo con cuidado mientras se desplomaba.

—No… no puede morir ahora —dijo ella, retirando la flecha con manos dubitativas—. Dígame… ¿qué prueba tiene? Necesito saber quién soy. De dónde vengo. Por favor…

El sabio intentó hablar, pero solo logró un gorgoteo. Su última mirada fue de urgencia y de algo parecido a esperanza.

—Huye…

Cuando Génesis y Zuzueth llegaron al claro, iluminadas por las antorchas de sus soldados, solo encontraron el cadáver del anciano y un rastro de sangre que se perdía entre los árboles más densos. Amy ya no estaba.

Corría a ciegas por el bosque, con las manos aún apretadas contra la cabeza, mientras las voces dentro de ella gritaban en lenguas que no reconocía… y que, sin embargo, sentía como propias. El sufrimiento ya no era solo corporal. Era la sensación de una identidad rompiéndose en dos partes.