En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 29
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el bosque de las mıl seıscıentas hojas

Dentro de un cuarto aislado, en la central de adiestramiento para boinas blancas, Génesis conversaba con Zuzueth, su mano derecha de toda la vida, elemento de mayor confianza y de igual manera, una diestra guerrera.

—Entonces, ¿la engañaste, Génesis?

—No me malinterpretes, al igual que tú, quiero que pague por lo que ha hecho. Que tenga el más cruento merecido; pero ¿no hubiera sido mejor inculparla por algún crimen y tirarla en la celda más oscura que podamos encontrarle?

—No será necesario fabricarle delito alguno.

A partir de aquella vikra en la que por poco arruina mi vida, la he estado investigando —decía confiada, a espaldas de Zuzueth—.

Encontré que sus registros de ascensión, de confirmación, también sus exámenes de ingreso al cuerpo de boinas verdes e incluso su historial de vida hasta estos momentos, están todos alterados.

De hecho, no hay un solo registro de que haya existido en este mundo. Es un vacío. Un fantasma con uniforme.

—Eso no es posible, en verdad no puedo dar crédito a lo que estoy escuchando…

—Créelo. Yo juraría, si pudiera hacerlo, que esa información fue borrada y reemplazada por otra a propósito; por supuesto, necesitó haber contado con el respaldo de alguien con acceso a esas cosas.

—No me refería a eso, Génesis: ¿cómo hiciste para obtener esa información? —replicó Zuzueth, y el sonido de las tropas en formación comenzaba a hacerse presente—. Me impresiona ver hasta dónde eres capaz de llegar cuando un objetivo se apodera de tu cabeza.

—Está escondiendo algo, Zuzueth. No confío en ella en lo absoluto.

Así que me acerqué a personas tan poderosas como el secretario coronel Zulzher Galazay, jefe de los soldados boina roja, quien me facilitó la información e inteligencia que necesitaba a cambio de colaborar.

Por eso pedí reunirme con ella y le mentí.

Le dije que la redada sería en tres vikras.

Sabía que correría como una rata a advertir a Liberaty y yo…

solo tenía que seguir el rastro para atraparla en el acto.

Un asistente tocó la puerta, en señal de que el evento debía comenzar.

—Teniente Nesher, las tropas están listas. Ansiosas por recibir sus órdenes.

Génesis ajustó su capa blanca.

—Entonces, empecemos a escribir la historia…

En el patio de entrenamiento, sesenta soldados de la subdivisión de infantería esperaban en formación perfecta. Génesis se colocó detrás del micrófono. Su voz resonó clara, convencida y llena de fervor.

—¡Gloria y honra por siempre al TODO!

—¡¡¡Gloria y honra!!! —respondieron al unísono, en un grito colectivo que se hizo presente en toda la zona y que buscaba llegar tan lejos como el coro santísimo.

—Hoy haremos historia. Un pequeño grupo de Liberaty, la segunda organización rebelde más peligrosa del cielo se reúne en este momento en una residencia escondida dentro del Bosque de las Mil Seiscientas Hojas.

Discuten temas relacionados a su próximo aniversario.

Planean ascensos para miembros destacados, nuevos rituales paganos entre otras tantas tonterías sin sentido.

Y lo hacen mientras esparcen sus ideas anarquistas a lo largo y ancho del cielo al igual que un cáncer purulento.

Predican que los ángeles tienen derecho a pensar por sí mismos.

Que pueden cometer errores sin ser castigados.

Y —que el TODO me perdone por pronunciarlo—: que el Santo Creador es un gobernante… injusto y cruel.

Hizo una pausa. Nadie se atrevía a mover un solo músculo.

—Son herejes. Traidores malagradecidos que no merecen ser contados entre nosotros. Y en unos instantes… cada uno de ellos será neutralizado. Su descendencia enferma quedará cortada bajo el filo de su espada, queridas tropas mías.

Los soldados golpearon el suelo con el extremo de sus espadas, el estruendo producido por el metal impactando contra el mármol era como el de relámpagos en una tormenta.

Génesis alzó la voz por última vez, tan alto que su pecho se inflaba como un globo mientras arengaba extasiada, con el brazo extendido y el puño de cara al cielo:

—¡En el nombre del Supremo Creador! Que todo lo que viva, se mueva o respire, perezca ante el filo inmisericorde de nuestra espada. ¡La espada de los soldados de boina blanca!

Las tropas despegaron encendidas en una llama de fervor fanático hacia el sur, como un enjambre de luz blanca y odio.

—Esa desgraciada echará a perder todo por lo que he trabajado —refunfuñaba Amy con enfado. Viajaba a máxima velocidad en un vehículo de su regimiento, dirigiéndose hacia el bosque de las mil seiscientas hojas, rodeando la ciudad de Ai.

«Kouhen… te lo prometí. Pase lo que pase, nos volveremos a ver.

Nunca olvidaré cómo nos salvaste a Grace y a mí de ser lapidadas.

Cómo nos enseñaste que la vida todavía valía la pena aun después de haberla vivido entre desgracias.

Cumpliste tu palabra de protegernos… lo hiciste incluso a costa de tu vida en el cielo; y yo te regresaré ese favor, lo juro».

Con estos pensamientos en mente llegó a los adentros del bosque.

La luz se alejaba hacia la vecina ciudad de Gidae y el ambiente oscurecía cuando, de entre la maleza, distinguió el lugar de reunión: un castillo construido por los primeros colaboradores de Lucifer, con la finalidad de agrupar a los rebeldes librepensadores; de piedra labrada a mano y un total de 2,360 m² de fortificación, usados para propósitos similares a los de origen.

Pocos eran los espíritus congregados en aquel momento.

El aniversario de la organización estaba cerca y los altos rangos alistaban el itinerario del evento.

Amy se apersonó hasta los cercos de seguridad e ingresó corriendo a la fortificación; llegó hasta la entrada del salón principal e ingresó a toda prisa.

Al interior, sentados a lo largo de una gran mesa, se hallaban dieciocho jerarcas del movimiento debatiendo entre ellos. Ninguno era de tipo guerrero, solo ángeles de capacidades administrativas. Estos se exaltaron con el violento abrir de puertas y fijando su vista en Amy, le gruñeron molestos.

—Amy. ¡¿Qué estás haciendo?! —cuestionó uno de ellos, quien en seguida se levantó de su asiento para atender a la chica. La sujetó del hombro y la dirigió a un cuarto contiguo.

Al esperar por alguna respuesta, observó a la joven agitada, afectada por algo; de modo que decidió tranquilizarla con un beso, que ella respondió antes de apartarse.

—¿Por qué llegaste de esa manera a interrumpir la junta? ¿Acaso quieres poner en riesgo tu ascenso en la celebración?

Examinó a detalle el aspecto de Amy.

—Dime: ¿qué rayos haces portando ese uniforme de soldado verde? Pones en riesgo tu labor de informante al ser así de descuidada.

—Bariel, de eso es de lo que venía a hablar, y contigo quería comenzar a hacerlo. Hay algo muy urgente que debe saberse sin demora…

—Muy bien, muy bien, pero por favor salgamos de aquí, no quiero que alguien te corte la cabeza por alguna de tus locuras —mencionó bromeando y salieron hasta los jardines traseros.

Caminaron hasta la parte con menos vigilancia, bajo unos arcos de piedra—.

Ahora sí, dime de qué se trata esta broma de mal gusto.

Mejor será que te vayas y te quites eso que llevas puesto o no solo no te darán el ascenso, hasta te podrían juzgar como a una espía.

—Cambiar mi vestimenta es lo que menos importancia tiene. Quiero que me lleves ante el consejo de los seis sabios en este instante o de lo contrario, todo estará perdido.

—¿A qué te refieres?

—En tres vikras llegará hasta este lugar un escuadrón de boinas blancas. Acabo de enterarme y vine tan rápido como pude. Porque créeme, ellos no dejarán nada al marcharse, ni siquiera un ladrillo sobre otro. Esto es muy urgente; así que tienes que creerme.

—Jamás he dudado de tu sinceridad, creo en ti.

Alguien debió haber brindado la información para dar con la ubicación correcta.

Llegó la hora en la cual esos ignorantes han decidido borrar a nuestro movimiento.

Los seis sabios se encuentran en un importante ritual, debes ir con ellos para advertirles de esto.

Recorrieron presurosos los bellos jardines del castillo, cuidadosos por no llamar la atención ni alebrestar a los ahí presentes.

Subieron hasta la cima de la torre principal, donde dos guardias custodiaban unas colosales puertas de bronce retocado; pero unos minutos bastaron para exponer la situación, y acceder.

—Hermosa luz de la aurora, estrella del medio día…

que conoces los secretos del universo y posees la llave de nuestra victoria sobre el gran carcelero.

Que en tu mano izquierda cargas la redención de nuestros hermanos, sumergidos en la ignorancia, y el poder falso del demiurgo gotea como sangre derramada de tu justa y diestra espada, ven pronto, que a tu lado seremos conducidos a la eterna iluminación —recitaban meditabundos en la oscuridad, entre las danzantes llamas de un círculo de velas convenientemente colocadas.

Por respeto al ritual, Amy esperó, y fue hasta la finalización de los rezos cuando capturó la atención de unos cuantos de ellos.

—¿Qué podría ser tan importante como para venir en medio de nuestro acto solemne de preparación e interrumpirnos de tan vulgar manera? —cuestionó uno.

—Grandes sabios, portadores de la verdadera luz —respondió ella—.

Les solicito de manera respetuosa que se adelanten o se pospongan las festividades de la celebración solar, pues, de alguna manera, los soldados blancos se enteraron de nuestros planes.

Dentro de tres vikras, ellos vendrán hasta aquí y…

Explicaba con premura, pero un repentino escándalo irrumpió en el ambiente: era el sonido de metales impactando entre sí, árboles siendo derribados, cadenas y gritos.

—¡Esa tipa es una maldita! ¡Me engañó! —gritó furiosa—. Tenemos que salir de aquí cuanto antes.