28 #2
—Conozco a la perfección dónde ese detestable grupo de malagradecidos e imbéciles se reunirá; así que despídete de tus amiguitos, Amy. Porque en tan solo tres vikras, Liberaty será solo una nota al pie en la historia.
Mientras tanto, en el sector alto de Ai, la residencia de Brahamath brillaba bajo la luz dorada del TODO.
El jardín de casi dos kilómetros cuadrados se extendía como un pequeño bosque privado: abedules plateados, un estanque cristalino y un claro circular de pasto y piedra destinado al entrenamiento. Allí, dos figuras se enfrentaban.
Grace atacaba con determinación feroz. Su espada cortaba el aire en arcos imperfectos pero cargados de intención. Brahamath esquivaba con la elegancia de alguien que había combatido en guerras reales. Cada vez que ella fallaba, él corregía con voz firme:
—Más rápido. No dejes que el hombro se adelante al filo. Tu brazo izquierdo sigue siendo tu punto débil. ¡Corrígelo o te lastimaré de verdad!
Ella gritaba de frustración. Sus ataques se volvían cada vez más desesperados hasta que, en un arrebato de hartazgo, lanzó un tajo tan amplio que cortó por la mitad el tronco de un abedul. El árbol cayó con un estruendo ensordecedor.
—¡Ya no puedo! —exclamó, dejando caer la espada—. No consigo ni tocarte.
Brahamath guardó su propia arma y se sentó en el césped, se retiró el peto de entrenamiento y reposó su fornido cuerpo debajo de otro árbol.
Se limpió la cara con su misma capa y la invitó al extender la mano abierta en señal de que hiciera lo mismo.
El viento movía las hojas. El agua del estanque chocaba con delicadeza contra las piedras, produciendo deliciosas melodías de tranquilidad.
—No te subestimes tanto —dijo el juez con ánimo jocoso—. Cuando llegaste aquí, hace tres soles, ya sabías pelear… y eras buena desde entonces. Kouhen les enseñó el estilo de los Blesser. Ese estilo no se olvida.
Grace se abrazó las rodillas y miró al cielo.
—Háblame de ellos… me refiero a esa familia. Actualmente solo sé que eran famosos, algún tipo de héroes o leyendas caídas en desgracia sin merecerlo. Kouhen siempre evitaba el tema cuando le preguntaba, su rostro entristecía y no deseaba seguir indagando. Aunque quiero saber más.
Brahamath guardó silencio un momento, invocaba cada recuerdo a su disposición y analizaba cada palabra.
—Era una de tantas familias poderosas que habitó el cielo, y de entre todas ellas, el escudo Blesser era…
especial. Cuando yo era joven, los niños de otras familias soñábamos con ser como ellos.
Justos. Brillantes. Los mejores herreros y forjadores de armas que el cielo haya conocido.
Eran capaces de producir el armamento más impresionante que puedas imaginar: lanzas capaces de dar en el blanco sin importar a dónde se apunte, yelmos que otorgaban invisibilidad al portador, escudos que desviaban ataques, antes de que ocurrieran y espadas que absorbían la vibración de sus oponentes.
Las pocas armas que aún quedan con su firma son rarísimas, y verdaderos tesoros entre los rebeldes. Son reliquias prohibidas.
Grace lo escuchaba con la atención de quien busca un pedazo de su propia historia.
—Cuando estalló la gran guerra, los Blesser fueron uno de los escudos que no se unieron a la Luz Hermosa, es decir, ni uno solo de sus integrantes lo hizo, lo cual fue poco común. Sus hazañas los convirtieron en líderes morales para muchos. Y eso… a mi parecer, fue su condena.
Brahamath miró hacia el estanque, como si viera algo más allá del agua.
—Setecientos soles después de la guerra ocurrió algo que casi nadie recuerda, porque fue enterrado.
Una vikra el cielo se oscureció de golpe.
Ángeles en las calles gritaban de dolor, se golpeaban la cabeza contra los muros, hablaban en lenguas que nadie entendía.
Fue como si algo hubiera roto el orden natural.
Grace sintió un escalofrío, ya que jamás había escuchado algo igual.
—Poco después llegó el Karang Lumpúr, conocida también como La Gran Purga.
Una lista negra con trescientas sesenta familias.
Las acusaron de ser agentes dobles de la Luz Hermosa.
No hubo juicios, no hubo pruebas… solo ejecuciones, incluidos los niños.
Muchos lograron huir a la Tierra. Otros…
solo desaparecieron. La familia Blesser fue una de las más destruidas, y su nombre se convirtió en sinónimo de traición.
Grace apretó los puños sobre las rodillas.
—Así que… Kouhen siempre cargó con ese estigma… sin merecerlo.
Brahamath asintió convencido.
—Sí. Él debía ser un niño para ese entonces…
Grace se levantó de golpe y recogió la espada del suelo. Su mirada ya no era la de una joven frustrada, sino la de alguien que había decidido algo irreversible.
—Entonces mejoraré. Hasta que sea capaz de traerlo de vuelta. Hasta que podamos demostrar que su familia fue injustamente perseguida. Con tu ayuda, Brahamath… lo conseguiremos.
El juez la observó en silencio durante unos segundos. Luego soltó una risa paternal.
—Debes saber una cosa: los Blesser eran grandes maestros de la espada. Tú… todavía tienes un largo camino. Tal vez deberías considerar el arco.
Grace se sonrojó y le lanzó una mirada de indignación fingida.
—¡Ni de broma! El arco es lo último que usaría. ¡Parecería sacada de una novela juvenil gastada!
Ambos rieron. El sonido se perdió entre los árboles del jardín, mientras el refrescante viento soplaba en un cielo que, en ciertas ocasiones como esa, no se sentía tan asfixiante.
Pero a solo unas calles de distancia, en su base militar, Amy miraba por la ventana de su habitación…
—Tres vikras. Tres vikras para salvar todo… o perderlo para siempre.