27 #2
—Fue un golpe de suerte por parte de Liberaty, señor.
No hubo indicios previos. Llegamos lo más rápido posible; pero la Sagriari ya no estaba cuando alcanzamos la celda.
Todo esto nos lleva a concluir que, como consecuencia de que la Sagriari y su aparición se hicieron del dominio público, este grupo rebelde decidió apostarlo todo en un único y bien coordinado ataque para hacerse con ella.
Todavía desconocemos cuáles serían los intereses o el uso que le darán a… Grace, coronel Galazay.
Zulzher caminó a paso lento frente a ellos, deteniéndose delante de Zeo. Su mirada dorada se clavó en él como un cuchillo.
—Qué conveniente —murmuró tan bajo, que parecía un ronroneo—. Siempre llegas un poco tarde, Zeo. Siempre con la explicación perfecta. ¿No te lo parece?
La tensión se volvió tangible. Semeth apretó la mandíbula. Birmania no parpadeó. Zeo mantuvo la compostura, aunque una gota de sudor resbaló por su sien.
Zulzher dejó ver esa mueca, aquel gesto con la boca y arqueando la ceja.
No era una expresión normal, era el aviso de un psicópata.
El mismo aviso que mostró en la vikra cuando, sin dudarlo, ejecutó una fila completa de soldados en el patio.
La misma que usó mientras torturaba a una niña por mera ambición.
—Pueden retirarse —ordenó de pronto—. Todos… excepto tú, Birmania.
Zeo y Semeth salieron. La puerta se cerró con un suave clic.
Zulzher se quedó mirando a Birmania durante varios segundos, disfrutando del endurecimiento de su expresión. Luego se acercó hasta quedar a poca distancia.
—Sé que quieres el puesto de Zeo —dijo sin rodeos, con voz sedosa—.
Lo has querido desde la vikra en la cual llegaste al D.A.I.
No lo niegues. Te he visto mirarlo. He analizado tu comportamiento y tu expediente, vienes de un escudo mediocre…
mitad de ellos traidores, mitad de ellos héroes…
me pregunto, ¿de qué lado de la familia estás tú, Birmania?
—¡Vive el TODO en mí! —declaró ella con voz marcial, en posición militar y haciendo el saludo imperial, levantando el puño derecho al cielo—. ¡Que no hay nada más en mi alma, que fervor por el imperio, señor!
Zulzher rodeó su escritorio y se sirvió una copa de vino oscuro y, fiel a su costumbre, no le ofreció nada a ella… apenas y le dirigía la mirada.
—Zeo me miente. Lo siento en la forma en que habla, en la forma en que muestra incomodidad cada vez que giro órdenes… más de lo normal. Odio que me mientan. Odio aún más perder. Y hoy… he perdido.
Bebió un sorbo lento y dejó la copa sobre el mármol de su escritorio, cerró la botella y entrelazó las manos, apoyando ambos brazos sobre la superficie del mismo.
—Quiero que lo sigas. Cada paso, cada reunión, cada susurro; a donde sea que vaya y con quien sea que se encuentre. Si descubres que es el traidor que sospecho… no lo mates. Tráemelo vivo. Quiero mirarlo a los ojos mientras le explico, con detalle, cuánto tiempo va a tardar en morir.
Se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta casi un siseo.
—Y si lo haces bien, Birmania… el puesto de Zeo puede ser tuyo.
Junto con todo lo que eso implica. Es un gran paso en tu carrera y tendrás en tus manos las decisiones del D.A.I.
en el tercer coro. Serás el orgullo de tu escudo…
y con tu aporte, los miembros de tu familia serán un poco más respetables ante la sociedad, y el imperio.
Birmania inclinó la cabeza con precisión militar, pero por dentro, cada palabra del coronel sonaba como una maravillosa melodía.
—Como ordene, señor.
—Bien, eso es justo lo que esperaba escuchar de ti. Ahora sal. Y no me falles. Ya sabes lo que les ocurre a quienes me fallan.
Birmania salió sin mirar atrás. Cuando la puerta cerró, Zulzher se quedó solo en su oficina. Su mueca de satisfacción desapareció y apretó la copa hasta que el cristal crujió entre sus dedos. Había odiado perder desde que era niño. Y esta vez, alguien iba a pagar por ello.
En la mansión del juez Brahamath, Grace yacía conectada a aparatos médicos. Luces suaves parpadeaban al tiempo que tubos de energía Vril se insertaban en sus brazos. Su cuerpo estaba destrozado, pero su espíritu aún más.
Amy estaba sentada a su lado, con las manos y el cuerpo tiritando.
—No puedo… no puedo seguir así, Grace —susurró, con la voz entrecortada—.
Cada vez que cierro los ojos veo lo que te hicieron.
Cada cicatriz. Cada grito que no pude impedir porque no estuve ahí para ti como te prometí.
¡Es imperdonable! Necesito ser más fuerte y sé que para eso es necesario saber quién soy…
de dónde vengo. Es necesario recuperar el poder que me robaron…
y por supuesto, deseo matar más que nunca a ese maldito de Zulzher Galazay con mis propias manos.
Grace intentó hablar, pero solo salió un gemido débil. Amy se inclinó y le besó la frente.
—Te visitaré. Siempre. Pero ahora… tengo que irme. Hice una promesa que no puedo defraudar. Y yo… necesito convertirme en alguien que pueda protegerte de verdad. Seré tan poderosa que podré traer a Kouhen de vuelta y todo regresará a ser como era antes, ya lo verás, querida hermanita… ¡lo juro!
Se levantó. En la puerta se detuvo un momento, sin mirar atrás.
—Te amo, Grace. Tu compañía, tu cariño y tu inocencia, es lo único seguro que tengo, con lo que puedo contar, y no te perderé.
Luego desapareció en la noche.
Grace se quedó al cuidado de Brahamath, conectada a los aparatos que la mantenían estable. Lágrimas silenciosas resbalaban por sus sienes mientras miraba el techo blanco de la habitación.