26
ecos del pasado
En la celda de piedra, Grace ya no distinguía el paso del tiempo. Su cuerpo era un mapa de dolores variados y su esperanza apenas alumbraba dentro de ella.
Cuando la puerta se abrió otra vez, esperó ver a Zulzher acercándose con su habitual arrogancia sádica. En su lugar entró Zeo, acompañado de dos guardias encapuchados, incapaces de hacer tanto mal si no fuera por ignorancia… pensaba ella.
—Levántate —dijo Zeo, haciéndole el gesto con la mano—. Te trasladan a una celda de máxima seguridad. Tan perdida en medio de la nada que ni siquiera las fuerzas del cielo serán capaces de liberarte. De allí no saldrás jamás.
Grace se incorporó con dificultad. Las cadenas tintinearon como una burla y sin proferir comentario alguno, hizo cuanto pudo para verse un poco mejor: se limpió sus vestiduras y se acomodó el cabello, lleno de polvo y suciedad. Ya no podía llorar.
—Por favor… —dijo ella con la voz ronca de no usarla—. Si me deja hablar con alguien… si me da esa oportunidad… yo podría explicar las cosas. No soy una amenaza para nadie… por favor…
Zeo fingió ignorarla; pero cada vez podía ocultarlo menos: el dolor que se clavaba en su alma cada vez que la veía en ese estado… cada vez que la escuchaba sufriendo.
—En este lugar las negociaciones no existen. Muévete.
Los escoltas la sujetaron por los brazos y la sacaron al pasillo. Mientras caminaban, Zeo habló en voz baja, casi para sí mismo, pero lo suficientemente alto para que ella lo escuchara:
—¿Sabes una cosa, Grace? Tu madre tenía la misma mirada cuando la llevaron detenida. Esa mirada desafiante y rebelde que en tantos problemas la metía. Igual de terca que siempre. La misma forma de apretar la mandíbula cuando sabía que estaba perdida. Dido nunca pedía perdón por lo que hacía.
Grace levantó la cabeza, sorprendida. El nombre de su madre en aquella boca le pareció como un baño de agua fría en la cara.
—¿Cómo es que tiene conocimiento de ese nombre y habla así de ella? De alguna manera, sabe bien que ella fue mi madre, dígame… ¿la conoció?
Zeo no respondió de inmediato. Siguió caminando con la mirada fija al frente, dejando ver una suave curvatura en la comisura de sus labios.
—Lo hice. Tuve la ocasión de conocerla cuando creíamos que el cielo podía cambiarse desde dentro. Compartimos ideas y momentos de los cuales jamás me desharé.
Grace no entendió del todo. Hablaba de una forma críptica, ambigua, ocultando más información de la que expresaba: los dejos de algún pasado no descrito y por poco, olvidado.
Salieron del complejo. Los transportes esperaban bajo una luz artificial que encandilaba y Grace sintió que el último hilo de esperanza se le escapaba de entre los dedos.
Entonces, justo cuando los escoltas la empujaban hacia la rampa, Zeo se detuvo a su lado…
le mostró un rostro amable y lleno de seguridad, con un halo de luz que le hizo sentir confiada, por extraño que pareciera.
Como si, a pesar de lo sucedido, el traslado a esa celda de máxima seguridad no fuera el final que ella creía.
Grace lo miró, confusa, con el corazón latiéndole demasiado fuerte.
En respuesta, Zeo hizo un gesto a los guardias y la subieron al transporte.
Las puertas se cerraron y el vehículo comenzó su avance.
Y Grace, de nuevo amordazada en la parte trasera de una de esas carrozas de seguridad, no supo si el miedo que sentía era peor que la extraña chispa de posibilidad que acababa de ver en los ojos de aquel misterioso ángel quien, de alguna manera, había conocido a su madre.
Mientras las vikras se apilaban una sobre otra, en un torbellino casi interminable sobre Grace, Amy permanecía sumida en una oscuridad densa y pesada.
Desde hacía más de 6 vikras, tras lo ocurrido con Kouhen, el cuerpo no le respondía.
Su mente flotaba entre fragmentos de dolor y un silencio impenetrable.
Brahamath, al medir el alcance y el peligro real de las redadas del Departamento de Armonía Interna, comprendió el peligro inmediato: si investigaban a quienes habían asistido al juicio, encontrarían su residencia oficial vacía, y eso sería suficiente para señalarlo como traidor.
Con una férrea voluntad y un esfuerzo monumental, que le dejó los brazos al borde del colapso, cargó a la inconsciente Amy a través de rutas ocultas.
Llegó al sector alto de Ai cuando la luz apenas cambiaba de tono.
Allí, detrás de los muros de su mansión personal, abrió una compuerta secreta, usada por él cuándo debía esconder su amor prohibido con otra Sagriari.
En una habitación cómoda, y hasta lujosa, la depositó durante este difícil periodo de recuperación. Cerró las persianas y cambiaba vendas y curaciones con regularidad, esperando un despertar que todavía no llegaba.
Las noches pasaron. Amy no abría los ojos. Solo soñaba. Experimentaba un fractal complejo de imágenes dentro de su cabeza: sueños lúcidos, visiones o recuerdos reprimidos, todos ellos juntos, sin orden, lógica ni coherencia.
Llegaban como relámpagos detrás de sus párpados.
Primero, un campo de batalla que no pertenecía a ningún mundo conocido.
Alas negras se extendían sobre un horizonte corrompido por columnas de humo blanco.
Ella (no la joven huérfana, sino algo de regia presencia y de porte sobresaliente), caminaba entre filas de legiones que se plegaban al pasar.
Sus manos sostenían un arma cuya imagen y naturaleza jamás habría podido imaginar.
A su lado, montando un grifo de fuego azul, una figura menor, reía en una frecuencia que dolía en los oídos: Semiramis, la más pequeña, “el pecado”.
Más lejos, un hermano de mirada espectral que no hablaba nunca, y otra hermana de cabello oscuro y corto, portando una armadura forjada con 7 láminas de acero: Hécate, “la mentira”.
Entre ellas tres había un vínculo que no necesitaba palabras, una complicidad que sobrevivía incluso al estruendo de la guerra.
Luego, el combate. Legiones se lanzaban convencidas de su causa contra un impenetrable muro de luz cegadora.
Armas de hierro lanzando rayos y catapultas de fuego.
Ella gritaba órdenes que el viento se llevaba antes de que terminaran de pronunciarse.
Veía a sus hermanos caer uno tras otro, sus cuerpos disolviéndose en partículas que el cielo rechazaba.
Soldados valientes y tenaces que ofrendaban sus vidas por un ideal inmortal: “Libertad”.
Veía a su padre alzar la mano por última vez antes de desaparecer entre llamas blancas que no quemaban, sino que borraban.
Y ella quedaba. Sola. De pie sobre el campo vacío, con el sabor de la derrota en la lengua y la certeza de que alguien, desde lo oculto, había reescrito el final para que solo ella permaneciera.
Las imágenes se repetían. Cada noche un poco más nítidas. Cada vez un poco más dolorosas. Hasta que, en la madrugada de una vikra como cualquier otra, Amy por fin abrió los ojos.
Cuando fue consciente de su realidad y su entorno, dio un profundo suspiro, y notó que el pecho aun le dolía, como si vidrio molido llenara sus pulmones.
Intentó levantarse de la cama, pero no pudo hacerlo; así que, sin más opción, regresó a su posición, tapándose con sus manos el rostro mientras sollozaba, pensando en lo que había pasado.
La habitación estaba a oscuras. En completo silencio.
Sabía que estaba al cuidado de Brahamath…
lo intuía. Había escuchado su voz durante su letargo y por ello, no se alarmó, pero, conforme sus sentidos se acostumbraron a la oscuridad, se percató de que no estaba sola.
Varias figuras encapuchadas rodeaban el lecho.
No se movían. Solo esperaban. Amy intentó incorporarse, pero el cuerpo pesaba como plomo.
Una de las figuras dio un paso adelante y se quitó la capucha con un movimiento lento.
Catallena Agnari.
—Por fin despiertas, amiga —dijo con voz fraterna—. Ya habías dormido por demasiado tiempo. Recibiste tantos golpes como un saco de papas. Qué lamentable…
Amy retrocedió contra el cabezal con los ojos abiertos de sorpresa; pues bien podía reconocer a su amiga en aquella figura encapuchada, pero no parecía la Catallena que conocía, más bien, era su versión adulta.
Otros dos seres se descubrieron el rostro.
Una mujer de cabello plateado y ojos grises que parecían haber visto demasiadas batallas: Zelene Ledderman.
Un hombre de rasgos finos, mirada intensa y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda: Bassel Cinecy.
Nombres que no recordaba, pero que le producían malestar en lo profundo de su mente. De alguna manera, le eran familiares…
—No temas —intervino Catallena, sin acercarse más—. Por ahora, lo que debes saber es que nosotros somos Liberaty. Aquellos quienes andamos por el verdadero camino, el original, quienes seguimos a la sangre real. Hemos esperado tu regreso más soles de los que podrías pensar.
Amy miró de uno a otro, confusa, desubicada, con la respiración entrecortada; pero en ningún momento sintió miedo por lo que estaba pasando, pues había una sensación interna de confianza.
En alguna parte de su alma, sabía que aquellos seres no le harían ningún daño…
—¿Qué quieren de mí? ¿Por qué están ustedes aquí?
Zelene dio un paso adelante, con cautela, y respondió amable a la pregunta:
—Fuimos hermanos de fuego, cubrimos nuestras espaldas en muchas ocasiones durante largas batallas. Luchamos a tu lado cuando el cielo aún no había decidido qué bando merecía quedarse. Antes de que te convirtieran en esto.
Posteriormente, con tacto, Catallena explicó lo que había ocurrido con Grace (tenían espías infiltrados en todos lados, incluso en la celda donde estaba hecha prisionera): la captura en el tribunal, las sesiones de tortura de Zulzher, el intento sistemático de arrancarle el poder restante, el hecho de que la joven seguía viva solo porque el coronel aún no había decidido matarla.
Amy escuchó atenta, y a cada palabra que reportaba Catallena, con cada nueva noticia que recibía sobre el paradero de su amada hermana, su sangre hervía en deseos de venganza; el dolor en su pecho desaparecía para dar lugar al fuego que comenzaba a quemar dentro de ella.
Cuando la historia terminó, su rostro se encontraba lleno de furia y determinación.
—Todos ustedes, que vinieron hasta aquí…
tienen que ayudarme a sacarla —dijo casi en un tono de mandato—.
No la conocen, y tal vez para ustedes no es importante; pero ella es mi hermana.
La única familia que me queda y la única oportunidad viviente de demostrarle a ella, y a mí misma, que soy capaz de cumplir con mis promesas. Es todo lo que tengo en el cielo.
—Tienes razón en eso. No nos importa la Sagriari Grace —respondió Catallena con una frialdad que no admitía discusión—. Pero el secretario coronel Zulzher, es otra historia.
—Queremos que el coronel nos guíe hasta la ubicación de quien sea que está controlando al E.R.I.S. y mueve los hilos aún por encima de él; sin duda se trata de alguien de poder e influencias fuera de lo ordinario —agregó el ángel Bassel—. Por eso estamos aquí.
Zelene se arrodilló junto al lecho. Su voz se suavizó.
—Podemos hacer un trato si tú así lo deseas.
Te ayudaremos a rescatar a Grace. Usaremos nuestros recursos de inteligencia, contactos y nuestro poder.
A cambio, cuando todo esto termine y la joven Sagriari encuentre su libertad, te unirás a Liberaty.
Estarás bajo nuestras órdenes para actuar sin hacer preguntas.
Haciéndolo por puro instinto, Amy miró a Bassel. Él asintió una sola vez, sin sonreír. El gesto le costaba más de lo que estaba dispuesto a mostrar.
—Acepto —sentenció Amy, después de meditarlo—. Pero si me traicionan… si la dejan morir… no habrá lugar en el cielo donde puedan esconderse de mí. Uno a uno, los iré encontrando a todos ustedes y personalmente haré que se arrepientan. ¿Me comprenden?
Catallena sonrió con alegría. Fue esta vez una sonrisa genuina, sin nada malicioso que esconder.
—Hermoso… eso suena más como a la guerrera que una vez conocí.
Zelene colocó ambas manos sobre las sienes de Amy y cerró los ojos.
Una técnica mental, precisa, se filtró a través de la piel como un veneno.
Amy sintió un calor repentino en el pecho.
El dolor de las heridas se atenuó. La debilidad comenzó a disolverse y en pocos minutos pudo sentarse sin ayuda.
El cuerpo aún no era el de antes, pero ya no era el de una joven convaleciente.
El escudo de su familia brillaba bajo su piel.
Era una técnica con efecto temporal, pero suficiente para otorgarle una gran vitalidad recorriendo toda su persona.
—Es solo un desbloqueo parcial —advirtió Zelene—. No durará para siempre. Pero te bastará para lo que viene.