En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 25 #2
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—Tiene razón —respondió Grace con una voz apenas audible—, no sé nada sobre las dinámicas sociales, o los placeres que tuvo que haber tenido siendo parte de una familia así.

Sin embargo, ese conocimiento sobre asuntos de alcurnia, su pasado, el honor y la gloria que su familia tuvo antes de desaparecer…

realmente no sirven de nada, son cáscaras huecas sin valor.

Está obsesionado con alcanzar el poder para regresar a un pasado muerto; así solo va a terminar destruyéndose a sí mismo.

El fin último de nuestra existencia, es encontrar, experimentar y mantener la felicidad en nuestras vidas, sin importar el costo…

todo lo demás es accesorio. Eso es en lo que yo creo.

—Me sorprendes, niña, y debo decir que admiro hasta cierto punto tus palabras.

Es así como piensan los mediocres y perdedores; sin embargo, sin esa postura propia de ignorantes holgazanes, no habría población pobre para limpiar nuestras calles, para lustrar nuestro calzado o para morir por nosotros en conflictos; por lo cual, respeto un poco tu posición…

especialmente teniendo de frente a quien mató a tus padres.

Lamentablemente, lo que deseas es un sueño muy lejano para una Sagriari; pues es verdad que ustedes nacen ya malditas.

¿No me crees? Tan solo haz memoria, Grace —dijo casi paternal—. Todo lo que tocas, se destruye.

Ella no contestó; pues quería escuchar lo que estaba por venir. Él continuó, imperturbable, como si estuviera impartiendo una importante lección:

—Empecemos: tus padres, muertos por protegerte; Christell, la anciana, muerta por acercarse a ti; el orfanato, quemado; la comunidad que te acogió, arrasada; Kouhen Blesser…

desterrado… convertido en un simple ser humano.

¿Ves ahora el patrón? No eres una maldición accidental.

Eres el catalizador. Donde tú estás, la muerte llega, y ahora…

yo estoy aquí para asegurarme de que el ciclo continúe.

Grace asimiló el mensaje perfectamente… ya había analizado ese patrón, pero ahora se lo confirmaba alguien más. Las lágrimas se escaparon a pesar de ella. El dolor físico se mezclaba con algo peor: la certeza de que, de alguna forma, él tenía razón.

—Escúchame, no es necesario continuar con esto.

Y por ello, solo veo dos caminos a tomar contigo: extraigo la porción del Vibratio Dominum que se aloja en tu alma…

sin que mueras, y te entrego junto con tu amiga, como prometí que haría…

ella estará feliz con su premio, me dejará de molestar y prepararé por fin un golpe interno para quedarme con el E.R.I.S.

Por otra parte, la segunda opción es igual de mala para ti, Sagriari —continuó Zulzher, inclinándose más cerca—.

Porque si las cosas siguen como hasta ahora, tendré que apostar mis cartas arriesgándolo todo en un movimiento, te mataré, sacaré por la fuerza mi poder y me enfrentaré inmediatamente después a la líder suprema del E.R.I.S.

en el cielo. Será un choque de dioses donde solo el más poderoso, habrá de tomar el poder absoluto.

—Así que, como puedes escuchar, lo tengo todo planeado, y tu destino, de una forma u otra, ya está sellado. Mejor sería que me dijeras dónde está tu amiga. De este modo, se acelerarán las cosas y no tendrás que sufrir por tanto tiempo. ¿Qué te parece mi bondad para contigo? ¿Me dirás dónde está?

Grace se acomodó tanto como fue posible en su lugar, y le respondió encarándolo, con aquellos bellos ojos que tantas desgracias le seguían generando…

—No sé dónde está mi hermana. Y aunque lo supiera… tenga por seguro que no se lo diría.

Zulzher suspiró, como decepcionado de un niño terco.

La sesión de aquella vikra fue peor que las anteriores.

Las vibraciones no solo torturaban: buscaban.

Se filtraban por su alma a través de canales de energía, intentando aislar la mitad del Vibratio Dominum y arrancarla.

Grace sintió que se desgarraba por dentro y Zulzher no se detuvo hasta que ella se desmayó.

Cuando despertó, él ya no estaba. Solo Zeo permanecía junto a la puerta, mirándola con una expresión que reflejaba arrepentimiento.

Horas después, dentro de su despacho, Zulzher giró instrucciones al capitán Zeo:

—Ya ha pasado demasiado tiempo y los medios convencionales no funcionan, claramente esa Amy está muy bien escondida, y está siendo ayudada por ese juez, con quien la vieron acompañada.

Ordena a tu Departamento de Armonía Interna que proceda.

Cateo de todas las familias que estuvieron presentes en el juzgado.

Cualquier acto sospechoso se considera traición.

Resistencia se responde con encarcelamiento y escarnio físico.

No quiero medias tintas. Quiero miedo. Quiero que sepan que nadie está a salvo.

Que haya tanto miedo que nadie se atreva a proteger sospechosos de esconderla.

—Cualquier información de Amy debe ser estrictamente reportada a ti, y tú me la harás llegar inmediatamente.

Solo manda a elementos que estén con nosotros, en E.R.I.S.

, deben ser de la mayor confianza, Zeo. No quiero que este asunto de la Sagriari se salga más de control de lo que ya está. ¿Entendido?

Zeo inclinó la cabeza en señal de obediencia.

—Como ordene, señor.

Se retiró con marcialidad; pero cada vez menos firme en sus ademanes.

En sus ojos había algo que no era indiferencia.

Era el brillo de una determinación renovada, dormida desde hacía ya mucho tiempo, y que por fin dejaba salir a flote.

Tenía una misión entre manos, y nada ni nadie podría impedir que esta vez, tuviera éxito.

Esa misma noche, las calles de Liber se llenaron de botas. Los soldados del Departamento de Armonía Interna, o D.A.I., por sus siglas (boinas rojas, armaduras negras, escudos familiares brillando) entraron en los barrios como una marea negra.

No tocaban a las puertas, las derribaban con cargas de energía concentrada que hacían estallar la madera y la piedra.

Familias enteras eran sacadas a la calle a punta de lanza.

Niños lloraban, aferrados a las piernas de sus mentores.

Quienes que intentaban resistir, caían por un golpe limpio, con sus alas rotas y arrastrados por el suelo como trapos sucios.

En una casa cercana al tribunal, un ángel de rango medio intentó esconder a su compañera detrás de un armario.

Los soldados lo encontraron en menos de un minuto.

Lo arrastraron al patio, lo obligaron a arrodillarse y lo arrestaron frente a los vecinos.

Ella fue llevada a interrogatorio. Nadie volvió a verla.

En otra calle, un grupo de jóvenes que había protestado durante la procesión de Kouhen, fue rodeado.

Uno de ellos levantó las manos en señal de rendición…

le encadenaron de las alas, brazos y piernas, y lo dejaron en el suelo mientras el resto era cargado en carros que zumbaban como insectos furiosos.

Otro chico de apenas trece soles intentó correr; pero un soldado lo alcanzó, lo levantó por el cuello y lo lanzó contra una pared.

El sonido del impacto fue breve. El silencio que siguió, eterno.

Los agentes del D.A.I. entraban, registraban, confiscaban.

Cualquier objeto que oliera a disidencia: un libro, una pluma de aspecto extraño, un amuleto de familia antigua o literatura de origen no identificable era destruido en el acto.

Las casas que resistían eran quemadas hasta que solo quedaban cenizas.

Brahamath, lejos de allí, en la casa segura, pudo presentir el cambio que se avecinaba, que comenzó desde el momento que decidió ayudar a Grace.

El caos se extendía por Liber como una plaga.

Y él, con Amy aún inconsciente, sabía que el tiempo se les acababa para impedir que la misma historia de su juventud, con su amada Sagriari, se repitiera con Grace.