25
el suplıcıo de los justos
Con tanta prisa como jamás había tenido, Brahamath empujó la puerta de la casa con el hombro y entró a tientas, cargando a Amy como si pesara el doble de lo que realmente era.
La joven en realidad era bastante liviana, pero el peso real era otro: el de la derrota, el de haber fallado miserablemente otra vez y el de saber que Grace había quedado atrás.
Cerró con el pie y se apoyó un segundo contra la madera, respirando con la boca abierta.
Afuera, las sirenas lejanas del tribunal aún saturaban el aire de Liber. La escena era como de pesadilla.
La casa a la cual llegó no era lujosa o espaciosa, sino algo más bien, discreto.
Estaba más lejos, en un barrio de constructores humildes donde nadie preguntaba lo que no les incumbía y las ventanas daban a callejones estrechos.
Dejó a Amy sobre una vieja cama, le acomodó el cabello castaño y le cubrió las heridas con lo poco que tenía: ungüentos, vendas hechas de tela rota y compresas caseras.
Ella no se movía. Solo respiraba, débil, luchando cada segundo por permanecer apenas viva.
Brahamath se quedó de pie un momento, mirándola.
Luego se acercó a la única ventana que daba al callejón.
El cristal estaba sucio, manchado de soles de descuido.
A través de él, el cielo de Liber seguía siendo el mismo, aquel que desde joven él reconocía como normal, donde las cosas están tan podridas que parecía que el TODO había dejado de mirar hacia abajo… quizá, nunca lo había hecho.
Apoyó la frente en el vidrio y con el tranquilizante sonido del cristal crujiendo, seguro ya de que nadie los había seguido ni los vigilaba, cerró los ojos. Pensó por un momento… «La figura».
No lograba sacársela de la cabeza. Esa presencia que lo había paralizado en la sala de meditación, una masa de energía oscura que no pertenecía al cielo.
Era la misma que había hecho desaparecer a su amada compañera.
La misma que ahora protegía a Zulzher tras bambalinas y que, de alguna forma, tenía un renovado interés en Grace.
Brahamath abrió los ojos. Una solitaria gota de sudor se deslizó por su mejilla y se perdió en la barba. Los recuerdos le atormentaban.
—¿Hasta cuándo? —susurró al vacío—. ¿Hasta cuándo voy a seguir llegando tarde? ¿Perdiendo en el camino a aquellos a quienes les prometo mi protección?
No hubo respuesta. Solo el silencio de la casa y el lejano tumulto de la ciudad que seguía celebrando la caída de Kouhen Blesser como si hubiera ganado una guerra.
Y aunque el ambiente festivo sugería otra cosa, lo que el juez presentía desde sus entrañas era lo opuesto: muerte, destrucción y un cambio radical en las cosas que duraría por siempre…
Grace abrió los ojos y no reconoció el techo, la cabeza le dolía mucho y seguía sintiéndose desorientada. Por momentos, su mente bloqueaba lo ocurrido con Kouhen…
Estaba recostada en un lugar de piedra gris, sin adornos, con una única lámpara de Vril que parpadeaba débilmente en una esquina, proyectando sombras que se movían como si danzaran con vida propia.
Aquel triste calabozo olía a metal oxidado y humedad, sentía a cada momento ráfagas de aire frío y, además, algo casi perceptible: los restos de energías ajenas que habían pasado por ese lugar.
Intentó moverse y sintió el peso de las cadenas en las muñecas, los tobillos y las alas.
No eran de hierro ordinario. Vibraban ligeramente.
Estaban sintonizadas con su propia energía para mantenerla agotada, para impedir que el resto del Vibratio Dominum se despertara del todo.
La celda era pequeña: una plancha de piedra, un cubo de agua turbia y nada más. A través de una rejilla alta, entraba un hilito de luz artificial que no cambiaba nunca. No había cambios abruptos de luz ni de oscuridad. Solo el mismo tono gris que parecía absorber el tiempo.
Se sentó con dificultad, apoyando la espalda en la pared. El hombro aún le dolía del forcejeo en el tribunal. Pero el dolor físico era lo de menos. Por dentro, ella estaba destruida… «Soy débil… inútil».
El pensamiento llegó solo, como siempre.
«Inútil. Si hubiera tenido más poder, Kouhen estaría conmigo… si hubiera resistido, Amy no habría…».
Cerró los ojos y las imágenes se amontonaron sin orden: el martillo del juez, la expresión de Kouhen al mirarla por última vez, el grito de Amy cuando la arrastraban.
Todo se destruía a su alrededor. Siempre.
Como si ella fuera el centro de una maldición que no entendía.
Y aunque toda su corta vida había estado luchando, resistiendo contra la idea de sí misma como poco menos que un cáncer, le parecía que, al final de cuentas, esas cosas bien podrían terminar siendo ciertas…
Pasaron horas… o vikras, ya no sabía distinguir.
El cuerpo empezó a doler de inmovilidad.
La sed se volvió un animal que le arañaba la garganta y en medio de ese suplicio, la puerta se abrió con un chirrido largo y deliberado.
Zulzher entró primero. Caminaba con la misma arrogancia de siempre, pero ahora había algo distinto en él: aún más confiado, poseía un aura de energía que le hacía brillar con mayor intensidad que sus congéneres.
Detrás de él, venía Zeo, retraído y con la mirada perdida en el horizonte, como si prefiriese no estar ahí.
El coronel se detuvo frente a ella y le palmeó agradablemente el hombro. Un gesto de quien ya ha ganado y solo está disfrutando el proceso.
—Saludos, pequeña Sagriari. Espero que hayas amanecido bien… o quizá ya es de noche. Aquí el tiempo es lo de menos.
Grace no se inmutó con el saludo; pero sí le lanzó una mirada retadora. Sus ojos violetas, aunque cansados, aún guardaban un resto de desafío y de rencor tan poco usual en ella, que despedían un brillo singular.
—Tengo autorización —continuó él, paseándose por la celda, tocando las paredes con la yema de los dedos—.
Autorización para llevarte ante la presencia de un ser como jamás en tu irrelevante vida habrías soñado con conocer.
Pero no voy a hacerlo todavía. No hasta que tenga también a tu amiguita.
Me refiero a tu mascota, o tu escudera, la tal…
Amy, ¿verdad? La que se cree tan fuerte.
La que no murió cuando le quité mis poderes.
Se agachó hasta quedar a su altura. Sus ojos dorados soltaban chispas.
—Pero, mientras mis subordinados traen a esa Amy… y no dudes que lo harán… vamos a hablar del poder que llevas dentro de ti.
Extendió la mano y señaló el escudo de Grace, justo donde latía el resto del Vibratio Dominum. Ella se tensó, pero no pudo apartarse.
Las cadenas lo impedían…
—Está ahí. La siento. La mitad que ese ladrón de Kouhen te regaló. Es un poder tan grande y único, que el cielo entero se esforzó por erradicarlo. Porque en las manos correctas, puede hacer frente hasta al ángel más encumbrado. Y lo quiero de vuelta… La primera sesión fue larga.
Zulzher no usó cuchillos ni fuego. Usó vibraciones.
Las enviaba directamente a su centro espiritual, haciendo que cada átomo gritara como si estuviera ardiendo por dentro.
Grace se arqueó sobre la plancha, mordiéndose los labios hasta sangrar; pues de ninguna manera iba a suplicar.
La experiencia fue digna de la inquisición: era como si le estuvieran arrancando hilos de su propia esencia, uno por uno.
Zulzher esperaba. Cuando ella casi perdía el conocimiento, se detenía, la dejaba recuperarse un poco… y volvía a empezar.
—¿Sabes algo? Estoy de hecho experimentando contigo.
Lo natural es morir después de arrancar así una técnica…
es un pedazo de alma, al final de cuentas.
Pero recientemente descubrí que, en seres extraordinarios, esto podría no ser así —le dijo en un momento, casi con ternura—.
Amy no murió porque no es lo que parece, hay algo extraño en ella que le hace distinta a su manera.
Pero tú, aún no sé si morirías. Y yo no quiero una niña muerta entre mis manos…
todavía; mucho menos una Sagriari. Así que vamos a hacerlo despacio. No importa si esto nos toma vikras…
En ocasiones, su mano derecha, Zeo, lo acompañaba. Permanecía junto a la puerta, inmóvil. Solo miraba. Sus ojos no delataban nada, pero cada tanto su mandíbula se tensaba. Y en este interminable tormento pasaron las vikras, hasta que Grace dejó de contarlas.
Cada vez que Zulzher entraba, el cuerpo de ella temblaba antes de que él dijera una palabra. El miedo se había instalado más profundo que el dolor. Empezó a dudar de su propia resistencia. Empezó a creer que, de verdad, era tan débil como todos decían.
En una de las sesiones, Zulzher se sentó a su lado como si fueran viejos conocidos, aunque Grace agitaba su respiración a causa del miedo, en esta ocasión, Zulzher no le hizo nada.
Se limitó a pasear en la celda, mirar por el pequeño recoveco de luz e incluso probó la comida que le daban en un traste sucio.
El coronel se sentó suave y delicadamente en la orilla de la plancha…
—¿Sabes?, contrario a lo que puedas pensar, no me gusta tenerte aquí; pero hasta no tener a tu amiga, no puedo entregar lo que prometí…
es decir, el paquete completo. Si así lo hiciera, seguro que esa tipa me hablará como si fuera un tonto, dándome órdenes y corrigiendo mis planes —decía estas cosas y su rostro se tornaba rojo de la rabia—.
¿Te imaginas? Un miembro de la familia Galazay recibiendo órdenes.
¡Es un pecado imperdonable! Nosotros éramos la familia más temida y respetada…
cada vikra que paso bajo sus pies cometo un pecado imperdonable contra mi sangre, ¿comprendes?
Le quitó la mordaza para que pudiera responder.
—Pero ¿qué puede entender de estas cosas una niña de clase baja, de un escudo tan insignificante que el imperio tuvo problemas en identificar?