En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 24
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sentencıa

Brahamath, Grace y Amy se encontraban frente al imponente tribunal de Liber.

El edificio se alzaba como un monumento de granito blanco, erguido con orgullo bajo la luz eterna del cielo.

El célebre juez se acercó a la puerta principal tras haber superado el primer círculo de seguridad.

Un cuarteto de guardias los recibió, observándolos con recelo.

—Digan ahora, hermanos de espíritu: ¿cuál es su deseo al venir hasta las puertas de este santo recinto? —preguntó con tono formal uno de ellos.

—Soy Brahamath Pastori —respondió el juez—, protector y difusor de las eternas leyes del TODO.

Este tribunal estuvo bajo mi mando durante treinta y un soles, antes de asumir el cargo en Ai.

Ahora me presento junto a mis acompañantes solicitando que nos permitan entrar con la mayor prontitud posible.

Los guardias intercambiaron miradas. El mismo quien había hecho la primera pregunta, y que parecía ser el líder, inclinó la cabeza con respeto.

—Sus palabras son ciertas. Es una bendición estar frente a tan respetable juez.

Abrieron las puertas e invitaron al grupo a pasar. Sin embargo, el guardia añadió cauteloso:

—Debo advertirle que, si su intención es presenciar el proceso contra Kouhen Blesser, quedará algo decepcionado. Solo llegarán a la parte final del juicio. Las pruebas y testimonios presentados indican que será declarado culpable sin remedio.

Grace y Amy sintieron un frío que les recorrió la espalda. El nudo en el estómago de Grace se apretó tan fuerte, que el aire en su pecho se le escapó en un ahogo involuntario.

—Debemos llegar cuanto antes al estrado —insistió Brahamath—. ¿En qué salón se lleva a cabo el proceso?

—En la sala de David, su señoría —respondieron los cuatro, retomando su posición original de guardia.

—Muchas gracias. ¡Síganme! Es por este camino.

Avanzaron a paso veloz por los elegantes pasillos del edificio.

El eco de sus pasos resonaba en los altos techos decorados con elegantes relieves.

Recorrieron salas de huéspedes, habitaciones destinadas a la valoración de delitos, salas para la práctica de la oración y distintas estancias para juicios presenciales. Cada segundo perdido era una tortura.

Al entrar a la sala de David, el espectáculo que las recibió las golpeó como un puñetazo.

—¡Kouhen! —exclamaron las dos al unísono.

Él estaba postrado en el centro del salón, con las muñecas y las alas amarradas, esperando su sentencia.

Parecía exhausto, con el rostro magullado y la ropa rasgada, pero levantó la cabeza al oír sus voces.

Sus ojos se encontraron con los de Grace por un instante que pareció eterno, cargado de dolor y de una despedida que ya se veía venir.

—Está demasiado lejos… no puede escucharnos bien desde aquí… —dijo Amy, desesperada por no perder más tiempo.

—Ustedes quédense quietas —ordenó Brahamath—. Iré con mi colega para retrasar el veredicto. No es posible que hayan avanzado tanto sin otorgarle una defensa institucional. Esto es una vergüenza.

Brahamath rodeó el salón con paso decidido, repasando en su mente cada argumento que usaría para persuadir al juez y defender a Kouhen.

Pero tan pronto como se acercaba a su destino, una sensación recorrió su espina.

Se detuvo de golpe y en contra de cualquier pronóstico…

sintió la misma presencia que antaño había enfrentado, cuando su amada fue capturada y desterrada. La misma que había destruido su vida.

Intentó dar un paso más hacia el frente, pero sus extremidades dejaron de responder.

Una fuerza que no lograba comprender se apoderó por completo de su cuerpo.

Esa misma presencia maligna lo estrangulaba y detenía el movimiento de sus piernas con gran poder, de modo que, de un momento a otro, quedó congelado en medio del pasillo…

Mientras tanto, Amy no pudo esperar más. La impaciencia y el miedo la consumían como un incendio descontrolado. Dejó a Grace atrás y avanzó sola hacia la rejilla divisoria.

—¡Déjenme pasar! —advirtió, empujando a los guardias con vehemencia—. Soy invitada de honor del juez Brahamath. ¡Quítense de aquí!

Avanzó veloz y sin mirar atrás por el pasillo. Entonces distinguió a Brahamath congelado en una posición de trote, como si el tiempo se hubiera detenido solo en él. Amy se acercó curiosa, pasó su mano por enfrente y al no obtener respuesta, lo abofeteó un par de ocasiones.

—Juez… muévase… oiga…

Pero entonces escuchó voces provenientes de una sala contigua, voces que a lo lejos podrían pasar como cualquier conversación corriente; pero en alguna parte de su memoria, le pareció reconocer ambas voces muy bien.

Se acercó sigilosa, pegando la espalda a la pared, y lo que vio a través de la puerta entreabierta la dejó helada.

Zulzher estaba de pie, hablando con una figura etérea de energía oscura que flotaba frente a él.

La entidad proyectaba una presencia sofocante y pesada.

No era antropomorfa, sino más bien como una masa de oscuridad alta y delgada en la cual solo un bulto en la parte superior, que, podría considerarse, era la cabeza, se distinguía.

—¡No termino de comprender! —admitió Zulzher, paseándose de un lado a otro como un animal enjaulado—. ¿Por qué no puedo ir directamente hasta donde ellas están y quitarles lo que por derecho me pertenece? Ese poder es mío. ¡Mío! Ese maldito de Kouhen me engañó. ¡Y lo sabes!

»Ahora me entero de que se los regaló a esas mocosas como si le hubiera pertenecido, dice que fue para protegerlas de las injusticias.

¿Puedes creerlo? Justifica como una virtud el acto pecaminoso del robo, el engaño, la mentira y la traición.

Es una ofensa tan grande y en tantos niveles que debe ser saldada con sangre. Y eso es justo lo que haré.

—La Sagriari es de una importancia vital para lo que planeo.

Aparece una de ellas cada cien o doscientos soles, y ya no tengo ni paciencia ni tiempo para seguir experimentando —respondió el ente—.

Y de su compañera, lo que ella significa para mí, no es de tu incumbencia saberlo.

Ellas son intocables por ahora. Acabo de deshacerme de tres tipos que pretendían hacerles daño, y lo mismo te pasará en el instante en el que tú, o alguno de tus soldados, se atreva a ponerles una mano encima y les haga daño antes de que yo dé la indicación para hacerlo.

La presencia lo enfrentó y le dijo en advertencia:

—Si quieres seguir viviendo como lo has hecho hasta ahora: con comodidades, poder, riqueza y… libre, mejor haz lo que te mando. Sabes muy bien que yo…

Amy sintió que la rabia le nublaba la vista. Estaban negociando con su vida y la de su hermana como si lo hicieran con mercancías; así que, sin pensarlo dos veces, irrumpió en la sala con un grito de furia.

—¡Zulzher!

La extraña presencia se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, como un dejo de niebla, no sin antes observar a Amy con detenimiento, como si la reconociera.

Por su parte, el villano posó su mano en la empuñadura de su pesada arma, sorprendido al principio, pero tan pronto como dio cuenta de quién se trataba, esbozó una sonrisa satisfecha en su rostro.

—Vaya, vaya… la perrita guardiana de la Sagriari. Qué oportuna ha sido esta sorpresa. ¿Viniste sola a salvar la historia, pequeña?

Amy no respondió con palabras. Se lanzó contra él con toda su rabia acumulada, impulsada por el poder que Kouhen le había dado.

Sus puños volaron con velocidad y fuerza sobrehumana.

Zulzher bloqueó los primeros golpes, riendo, pero pronto la pelea se volvió feroz y caótica.

Amy atacaba sin control, con patadas y puñetazos cargados de dolor y desesperación.

Zulzher respondía con precisión, disfrutando del momento.

—Eres fuerte —se burló mientras esquivaba un golpe y le propinaba un codazo en las costillas que la hizo retroceder—. Reconozco que tienes habilidades que van más allá de tu edad. Pero no es suficiente. Porque no sabes cómo usar mi técnica de la forma correcta.

Amy cargó de nuevo. Por un instante pareció que lo tenía acorralado, pero Zulzher era más experimentado y mucho más despiadado.

En un movimiento rápido y brutal, extendió la mano y la clavó en el pecho de Amy, la aprisionó contra una de las paredes y lentamente fue hundiendo sus dedos sobre el escudo de ella, que comenzó a brillar en un verde intenso.

Ella gritó de agonía cuando sintió cómo una parte de su esencia (la mitad del Vibratio Dominum que Kouhen le había confiado), era arrancada sin piedad, de manera violenta de su cuerpo.

La sensación fue no menos que traumática, como si un órgano le fuera arrancado de las entrañas. Amy cayó de rodillas, jadeando y tosiendo, con lágrimas de impotencia y humillación corriendo por su rostro. Se sentía vacía, rota, con una parte de su alma ausente.

Zulzher retrocedió, carcajeando con placer sádico mientras sentía el poder fluir en él como un torrente renovado de energía que regresaba a sus venas. Sus ojos brillaban con un nuevo fulgor.

—Gracias, niña —dijo, flexionando los dedos como si saboreara el poder recién adquirido—. Esto es justo lo que necesitaba. Ahora… el viento sopla más a mi favor. Pronto recuperaré todo mi poder y nadie se atreverá a darme una sola orden. ¡Nunca más!

Amy intentó levantarse, pero sus piernas fallaron. Las lágrimas caían sin control.

—Devuélvemelo… eso… me lo confió Kouhen —susurró con voz quebrada—. Ese poder… no es tuyo…

Zulzher se inclinó hacia ella, arqueando la ceja con desprecio.