En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 23 #2
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Lo miró a los ojos y remató diciéndole en el tono más cálido del que pudo disponer:

—Quizá las cosas no puedan volver a como estaban antes, y su amada se haya ido, pero tiene la oportunidad de escoger, entre seguirse lamentando por lo que no hizo para defenderla, o darlo todo por evitar que un ángel, víctima de las cosas como usted, pase por lo mismo que sufre vikra a vikra.

No puede ya salvar a su Sagriari, pero la vida le está dando la irrepetible oportunidad de salvar a otra, y está aquí, parada frente a usted.

—De acuerdo —dijo Brahamath, movido por los argumentos de la joven de ojos verde jade—.

Las llevaré hasta allí. Soy un juez respetado por la comunidad y no necesito ningún permiso para ingresar al edificio con cuanto invitado desee.

Iremos los tres hasta el juicio contra Kouhen y luego, lucharé porque se le haga justicia y su condena sea lo menor posible.

—Vi que giraron hacia la derecha, por aquella calle —comentaban entre sí tres habitantes de la ciudad, quienes habían estado siguiéndole el paso a Brahamath y compañía.

La mayoría de sus hermanos eran demasiado débiles, muy lentos para seguir el rastro. De baja categoría e imposibilitados para volar. Pero ellos no. Ellos se sentían poderosos. Elegidos.

—Daremos muerte al traidor que protegió al demonio de cabello rojo —gruñó el más corpulento de ellos, tronando los nudillos.

—Partiremos por la mitad a ese desgraciado, y después de una bien merecida paliza para la Sagriari, la entregaremos a las autoridades. Seremos los más grandes héroes de esta tercera era.

Los tres aceleraron el paso, con expresiones salvajes en sus rostros. Llegaron a unas cuantas casas de su objetivo y se aproximaron con cautela al lugar donde Brahamath había entrado. La procesión había vaciado los alrededores, dejando las calles silenciosas.

De pronto, cuando avanzaban impetuosos a su destino, un aparente peatón apareció en la esquina anterior a la casa.

Estaba coronado con una ornamenta vistosa y grande, digna de miembros distinguidos de la sociedad, seres que jamás pondrían un solo pie en ningún sitio del tercer coro.

Vestía ropas simples, como cualquier habitante común de la zona.

Los tres tipos alzaron la voz con arrogancia:

—¡Oiga, usted! ¿Qué está haciendo por aquí? ¿Acaso no sabe que un demonio anda suelto por las calles?

—Lo mejor será que se largue —añadió otro con desprecio—. Un espíritu de tan baja categoría no haría otra cosa que estorbar. Regrese a su casa y haga las cosas aburridas a las que están acostumbrados los suyos.

El transeúnte se detuvo y sin prisa alguna se giró hacia ellos. Cuando habló, su voz fue como un trueno lejano, de un poder apabullante que hizo vibrar con su sola potencia las paredes aledañas:

—Ustedes tres, insignificantes formas de vida, dejarán de ser. En este lugar terminará su existencia, ángeles indignos.

Entonces, con un gesto elegante y casi ritual, se retiró la hermosa corona que portaba. El campo de vibración que la revestía se desvaneció, revelando su verdadera apariencia.

La sorpresa que tuvieron que procesar ante lo que aparecía frente a ellos fue difícil de encarar.

De la regia corona se elevó una llama de fuego que danzaba sobre la cabeza del poderoso ángel.

Era un espíritu femenino de una belleza notable.

No llevaba armadura de batalla ni vestimenta de gala, solo un fino manto púrpura que fluía como noche líquida y una cinta dorada en su cintura.

Sin embargo, su solo cuerpo despedía energía pura; ondas de poder que distorsionaban la realidad a su alrededor.

Los múltiples adornos dorados y piedras preciosas incrustadas en sus alas indicaban que se trataba de un ser de alta jerarquía, proveniente del coro santísimo.

—Q… qué… ¿qué ha dicho? —tartamudeó uno de ellos, todavía incapaz de reaccionar.

Aquellas fueron sus últimas palabras.

Sin dar ningún aviso, la angelical presencia colocó las palmas de sus manos abiertas una frente a la otra, a la altura del pecho.

Una bola de luz cegadora se formó en el centro.

Con unas pocas palabras pronunciadas en un idioma resonante, el primero de los tres ángeles fue absorbido como polvo dentro de la esfera, pidiendo ayuda hasta que su voz se extinguió por completo.

—¡Por el amor del TODO! ¡¿Cómo es que hizo eso?! —exclamó desconcertado el segundo de ellos, retrocediendo.

—¡Es un demonio! ¡Vámonos de aquí! —aulló el tercero, moviendo sus alas y piernas con desesperación, pero fue inútil.

La presencia volvió a susurrar, y como cenizas que se desmoronan al viento, los dos restantes fueron aspirados también, sus cuerpos se disolvieron en partículas de luz que desaparecieron en la esfera brillante.

Se quedó sola en la calle vacía. Con un gesto casi aburrido, integró la brillante esfera a su pecho, absorbiendo la esencia de sus víctimas.

—Tenía cierta esperanza de que fueran un poco dignos, pero no resultaron ser más que patéticos habladores —murmuró para sí misma, con una voz fría que parecía provenir desde más allá de su garganta—.Es lamentable ver que, de esta clase de desperdicio, el cielo esté lleno a reventar.

Sus ojos, de un violeta profundo, se entrecerraron mientras contemplaba la casa donde Brahamath había entrado con las dos jóvenes.

—Es imposible, impensable siquiera pensar que todo lo que he construido hasta ahora se ponga en peligro por desperdicios como esos. Pero da igual, de todas formas, muy pronto todo esto dejará de existir.

Una expresión de satisfacción asomó por sus labios. Luego, con un batir de alas silencioso, desapareció entre las sombras, dejando atrás solo un leve rastro de energía que se disipó en el ambiente.