22 #2
—¡Niña insolente! Aprenderás de mala gana a respetar a tus superiores —decía el tipo, golpeando a Amy mientras su hermana presenciaba el aberrante acto.
Este fue el detonante para que Grace reuniera el coraje necesario para actuar.
Comprendió muy bien que no cabría esperar la ayuda de nadie más sino solo de ellas mismas y sus seres amados.
La sociedad estaba en su mayor parte podrida.
Era una bota inmisericorde que, al menor descuido, ansiaba por pisarte la cabeza contra el suelo y hasta la asfixia.
Así que, si no quería una hermana muerta en la calle, Grace debía actuar con algo más… contundente.
Sin hacer ruido, caminó hacia el ofensor, se posicionó a sus espaldas y concentró su energía en la palma derecha de la mano hasta obtener un fuego de un vivo color azul. Posó su mano sobre la espalda baja del extraño y de inmediato algo extraño, jamás antes visto en la ciudad, comenzó a pasar.
Los pocos cobardes que caminaban cerca pudieron ser testigos, con horror, de lo que Grace lograba con su peculiar técnica.
Las puertas del juzgado se cerraron con un crujido ominoso. Zulzher Galazay avanzó solo, caminando con esa elegancia que siempre lo había caracterizado. Su capa roja ondeaba ligeramente, y su sonrisa era amplia, casi jubilosa, como un cazador que ha acorralado a su presa más esquiva.
La jaula se detuvo. Kouhen, encadenado y cubierto de sangre plateada, levantó la cabeza con esfuerzo. Sus ojos por fin se encontraron.
Durante un segundo eterno, el tiempo pareció retroceder. Dos niños que una vez compartieron risas y sueños en los jardines de sus poderosas familias. Dos jóvenes que sobrevivieron juntos a la purga, huyendo de las llamas y las espadas mientras sus hogares ardían.
—Kouhen… —susurró Zulzher, recordando mil y una vivencias relacionadas con ese nombre—. Mi viejo amigo. No dimensionas cuánto he disfrutado imaginando este momento.
Kouhen escupió sangre y le cuestionó con amargura.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo es posible que te muestres tan despreocupado después de lo que hiciste? Tu familia fue tan perseguida durante el Karang Lumpúr como la mía, y las otras 358 de la lista.
Zulzher se acercó a los barrotes y lo miró con nostalgia. Lo despreciaba con desdén, pero le guardaba algo de respeto.
—Porque a diferencia tuya, yo elegí sobrevivir.
Cuando nuestras familias fueron masacradas en esa purga de la que hablas, hice lo que tú no tuviste el valor de hacer: me plegué ante el poder.
Trabajé para seres cuyo poder supera nuestra imaginación.
Así me gané el perdón. Y con él, la oportunidad de recuperar todo lo que alguna vez, de manera injusta, nos quitaron. ¡Nuestro honor!
Sujetó a Kouhen por la ropa a través de los barrotes y lo sacó de la jaula con violencia brutal, lanzándolo al suelo de piedra. Luego comenzó a cortarlo un poco, disfrutando cada jadeo de dolor.
—Devuélveme mis poderes —gruñó, pisándole el pecho—.
El Vibratio Dominum es mío por derecho de sangre.
Tú me lo robaste como el ladrón cobarde que siempre fuiste.
Me engañaste cuando más confiaba en ti, ¿recuerdas?
¿Cómo fingiste ayudarme, amigo mío? Cuando éramos jóvenes, después de tantas adversidades superadas, juntos.
Durante un operativo militar me convenciste de entregarte mi poder y, así, por más que lo intentaran, no podrían llevárselo.
¿Aún te acuerdas de las palabras que me dijiste en aquella ocasión? Porque yo sí.
»“Sabes que lo que el imperio busca es erradicar las técnicas más poderosas”.
Me decías mientras yo estaba aterrorizado, al otro lado de una celda.
“El TODO teme un nuevo levantamiento armado. La luz hermosa por poco gana la guerra y lo hizo porque contó con la ayuda de las familias más poderosas, aquellas que poseen las mejores habilidades”.
“Si te obligan a extraer tu habilidad, no encontrarán nada, y aunque seas un Galazay, no tendrás valor para ellos y te dejarán ir”
»Esas y más razones vacías me decías para engañarme, maldito ladrón —reclamaba Zulzher mientras pateaba a Kouhen con fuerza.
Olvidó por completo la elegancia con la cual se conducía y lo castigó como un vil peleador callejero.
No podía contener toda esa furia que había estado guardando por decenas de soles…
»Te creí. ¿Y cómo no iba a hacerlo si eras mi amigo, si escapamos juntos de la muerte y sobrevivimos compartiendo el pan y la desgracia desde niños?
Me liberaron, tal como dijiste; pero en cuanto a ti, miserable, escapaste con la técnica de mi familia y nunca más volví a saber de ti… hasta hace unas vikras.
Exigía a punta de golpes y tortura; pero tan pronto como Zulzher lo levantó para soltarle algún otro impacto, notó en su pecho la ausencia de una marca. Tan sorpresiva fue su reacción, que Zulzher suspendió sus castigos, arrojó a Kouhen dentro de la jaula y le preguntó desconcertado:
—¿Dónde está?, estoy seguro de que no la tienes. ¿Por qué no la tienes? ¡Contesta!
—¿De qué estás hablando, amigo mío? —respondió sarcástico.
—No quieras burlarte de mí, sabes que me refiero a la marca de la familia Galazay; es una señal inequívoca de quien posee nuestra habilidad para controlar la vibración del espíritu. Deberías de tenerla junto al sello de tu familia, pero no está. ¿¡Qué hiciste con mis poderes!?
Kouhen, tendido en el suelo, tosió sangre, pero mantuvo la mirada firme.
—Te vi cambiar, Zulzher. Aunque siempre tuviste impulsos egoístas, conforme fuimos creciendo, lo hicieron también tus deseos y ansias de recobrar, a través del odio, el estatus social que antes teníamos.
La venganza que anidaba en tu corazón tomaba de a poco el control y la maldad te estaba convirtiendo en algo peor que los que nos destruyeron.
»Esos sentimientos negativos no serían un problema en un ciudadano de baja categoría; pero tú, con ese poder descomunal y destructivo de los Galazay, eras una amenaza seria. No podía permitir que usaras ese poder para seguir matando.
»A pesar de ser mi único amigo, y tal vez por eso, no podía permitir que siguieras cayendo por el abismo en el cual te habías metido; por lo que, con todo mi dolor, te quité la herramienta que te permitiría cometer más atrocidades y desaparecí por el bien de todos…
pero no debes preocuparte, querido amigo, porque ese poder tan maravilloso lo entregué a quien de verdad lo merece.
A dos niñas que tú y los tuyos habrían destruido sin piedad.
Zulzher se quedó congelado un instante. Luego, una sonrisa lenta, terrible y satisfecha, se extendió por su rostro. Sus ojos dorados brillaron con un placer casi religioso.
—Dos niñas… —repitió en voz baja—. Grace… y su amiguita, ¿verdad? La Sagriari y esa otra mocosa.
Soltó una risa discreta que creció hasta convertirse en una carcajada genuina, llena de deleite.
—¡Qué divina providencia! La misma niña que debo vigilar, la pieza central de mis planes es quien ahora lleva mi poder, junto con su fiel perrita guardiana. Es… perfecto. El destino tiene un sentido del humor exquisito. Siempre se reserva los mejores actos para el final.
Se agachó junto a Kouhen, lo levantó por el cuello y lo acercó hasta que sus rostros estuvieron a centímetros de distancia.
—Gracias, viejo amigo. Me has ahorrado mucho trabajo.
Recuperaré mi poder… y de paso me llevaré a las dos.
Imagina lo que podré hacer con la Sagriari y el Vibratio Dominum corriendo de nuevo por mis venas.
Derrotaré a todos aquellos quienes se han atrevido a darme órdenes y me convertiré en algo mucho mayor que cualquier dios de este cielo podrido, y podré traer de vuelta el honor perdido de mi familia.
Kouhen lo miró con repugnancia. Tenía un ojo cerrado por los golpes y respiraba con esfuerzo.
—Estás enfermo, Zulzher. No has cambiado en nada.
Zulzher lo miró con crueldad y lo lanzó de nuevo contra los barrotes.
—Tal vez. Pero soy un enfermo que está a punto de ganar en este podrido y retorcido juego llamado cielo. Y soy lo suficientemente paciente como para saber mover mis piezas en el momento adecuado, sin precipitarme.
Se limpió las manos con un pañuelo blanco y ordenó a los guardias con un gesto elegante:
—Llévenselo. Asegúrense de que llegue vivo al juicio. Quiero verlo sufrir un poco más antes del final.
Mientras arrastraban a Kouhen hacia el interior, Zulzher se quedó mirando su figura ensangrentada con una sonrisa satisfecha.
«Esta vez no escaparás, Kouhen. Ni tú… ni ese poder que me robaste. Y mucho menos las dos niñas que ahora lo llevan».