En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 22
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procesıón de sangre y furıa

Calor implacable y viento escaso; barrios grises y olores invasivos; ciudadanos vagando y mercaderes robando.

Cada paso que daban atravezando Liber pesaba como una loza en sus espaldas sobre un camino que pacería no tener fin.

Pero debían soportar el ritmo al caminar; pues volar a medio día, seguro que las mataría.

—Y ahora, ¿por dónde? —preguntó Amy, mostrando la lengua y andando a rastras—. Tardamos media hora para cambiarnos de ropa y partir, además de otra media hora que llevamos caminando. Tenemos apenas una por delante.

—No debes preocuparte —respondió Grace, un tanto aliviada.

Detuvo el paso y le señaló sonriente. Amy levantó la cabeza para ver el enorme anuncio que pomposo anunciaba:

BIENVENIDOS AL SECTOR ALTO DE CIUDAD DE LIBER.

—Te lo dije, conozco muy bien esta ciudad. Lo que nos queda es caminar cerca de dos kilómetros en dirección noreste.

—Esas son excelentes noticias. Significa que llegaremos a tiempo —respondió entusiasmada.

Conforme se adentraban, ríos bien nutridos de ciudadanos se reunían unos con otros, concentrándose en muchedumbres impresionantes a la vista.

“Muerte al perro traidor. Muerte al perro traidor”, se escuchaba por las calles.

Echaron un vistazo a la vuelta de la esquina y a no menos de un kilómetro de su destino, divisaron miles de ángeles volcados en un frenesí indescriptible, avanzando hacia las puertas de Exodus, observable a la distancia.

—No imaginé que hubiera tanta basura en el cielo —confesó Amy con honestidad, mirando de cara a los ciudadanos y abriendo los brazos hacia ellos. Sus lindos ojos verdes combinaban tan bien con sus expresiones de enfado, que nadie a su alrededor pensaría mal de ella.

»No puedo soportarlo —gruñó entre dientes—. Son animales. Cada uno de ellos merece más la humillación y la muerte que Kouhen.

Grace la sujetó del brazo, intentando calmarla. Pero era tarde. Un vendedor ambulante, con la cara roja de excitación, agitaba látigos y bolas metálicas con púas afiladas.

—¡Deprisa, compren sus armas contra el traidor! ¡Lancen estos objetos a su rostro y vean su sufrimiento! No pierdan la oportunidad de mostrar su lealtad al imperio y compren cuanto antes sus armas, antes de que se acaben. ¡Y que su sangre corra por cada traición!

Tan pronto como alcanzó a escuchar este anuncio, Amy divisó el local que vendía estas cosas; uno entre decenas iguales. Observó con rabia al jorobado y vulgar comerciante rodeado de compradores contentos y no pudo evitar actuar, abalanzándose furiosa hacia él.

—¡Hipócritas! Todos ustedes son unos imbéciles que no merecen seguir viviendo. ¡Los odio a todos!

—Amy, por favor… no llames la atención ahora.

Estamos cerca de llegar. Por más que lo odies, debemos aprovechar que la gente esté distraída con esto, porque con tantos ojos por todos lados, corro el riesgo de que alguien vea el color real de mis ojos.

Hay ángulos y perspectivas desde las que no me protege el cristal de mis lentes.

—Tienes razón, Grace, discúlpame por estos arranques que nos ponen en riesgo a ambas. No es mi intención meternos en problemas. Me controlaré más.

“¡Su atención! —anunciaban los alto parlantes—. A continuación, iniciaremos esta festividad: la procesión de Kouhen Blesser, un cáncer que se acaba con la muerte de este desgraciado. ¡Abran las puertas!” —mandó la voz y la multitud aulló embriagada de locura, la felicidad brotaba a borbotones y el espectáculo comenzó cuando las puertas abrieron.

Una fila de soldados marchando formó una valla de seguridad. A esto le siguió el acto de apertura, en el que seis fornidos ángeles salieron de la biblioteca tirando de un carruaje, mientras los asistentes arrojaban todo tipo de objetos pesados y filosos hacia el condenado.

—¡Kouhen… Kouhen! ¡Venimos a salvarte! ¡Por aquí… Kouhen! —gritaban con fuerza.

Sus gargantas amenazaban con desgarrarse con cada llamado mientras corrían a lo largo de la ruta planificada, esquivando y empujando…

forcejeando y jadeando. Entre tanto, las pesadas bolas puntiagudas llovían por montones.

Muchas rebotaban al colisionar contra los barrotes de la jaula; no obstante, un considerable número de ellas lograba colarse de entre los reducidos espacios en la reja para dar en el blanco.

—Es triste, pero me avergüenzo de llamarlos mis hermanos. No tienen ni la menor idea de lo que está pasando. Lo único que hacen es encontrar la excusa para mostrarse como son por dentro.

Meditó Kouhen durante aquellos momentos, contemplando con desagrado los rostros burlones de sus congéneres.

—¡Kouhen… Kouhen! —escuchó el sonido de su nombre y las vocecitas le parecieron familiares.

—No… no es posible.

Afinó su visión para purgar de entre la multitud que le vituperaba y con algo de esfuerzo, alcanzó a distinguirlas, agitando los brazos y dando saltos frenéticos para hacerse visibles a su mirada.

—¡Váyanse de aquí! ¡Fuera… fuera! —gritaba con preocupación.

—¿Que nos larguemos, dijo? No sé lo que opines tú, Grace, pero no caminé tanto ni he pasado por lo que he pasado tan solo para saludarlo desde lejos y darle la espalda. Vamos, tenemos que rescatarlo de una vez por todas.

Seguían empujando a la gente para mantener el paso, cuando de pronto, sucedió.

Amy recién hacía a un lado a un rabioso ciudadano… y lo vio: un rechoncho, horrible espíritu frente a ella. Soltaba enfermizas carcajadas ante la proximidad del carruaje. La saliva le escurría de su puntiaguda lengua y sus ojos se tornaban blancos de maldad.

Fue entonces cuando Amy lo atestiguó como en cámara lenta: él sostenía en su mano derecha una de esas bolas metálicas con espinas, esperó paciente el momento justo en el que la jaula estuviese en una adecuada posición y preparó el cuerpo para su mejor lance.

Kouhen estaba distraído, mirándolas a ambas con impotencia y no pudo prevenirse de lo que a continuación el despreciable sujeto llevó a cabo.

Lanzó su artefacto con despiadada fuerza y cual proyectil, marcó su trayectoria por el aire ante el atento seguimiento de Amy…

y aquella bola penetró a través de los barrotes.

Amy lo vio todo, incluso aquellos gemidos de alegría soltados por el maldito cuando supo su hazaña realizada con éxito.

—¡Le di, le di! Le he rajado la cara a ese cerdo. Jajaja, el bastardo se lo tenía bien merecido.

Y alzó el puño al cielo en señal de victoria.

—¡MISERABLE! —exclamó desde lo más profundo de su ser. Perdió total control sobre sus acciones, mandó el sentido común, junto con su uso de razón de paseo y procedió a actuar como sus entrañas le dictaban.

Como si fuera un instinto en ella, se lanzó hacia adelante. Golpeó y empujó a todo el que se le interponía para, en menos de un minuto, conseguir estar frente al ciudadano.

Entonces su pie derecho se topó con una de esas malignas pelotas tirada sobre el piso y sin dudarlo, levantó el arma, tomándola en su palma izquierda. Apretó el puño hasta el punto de hacerse doloroso el acto de siquiera sostenerla, pero no le importó:

—Disculpe, señor —dijo tocándole el hombro para captar la debida atención. Una vez que hubo volteado, ella continuó—: quizá quiera también lanzarle esta otra bola a Kouhen.

De inmediato, Amy le propinó un golpe devastador. Le hundió la mano en la cara de tal manera que, como fichas de dominó, cada persona cercana a él cayó como una tabla. El sujeto perdió el conocimiento y con un rostro desfigurado, quedó tendido igual que un difunto.

—¡¿Qué hiciste, Amy?!

Grace se apresuró a sostenerla del brazo, la bola se deslizó de su mano lastimada y recorrieron con su mirada el entorno, notando los estragos de lo hecho por Amy en su arranque de furia: los ciudadanos quienes habían presenciado lo ocurrido, las miraban ya con una inquisitiva, malsana curiosidad.

—Salgamos ya de aquí… rápido —intervino Grace, hablándole a su hermana sin mover la quijada, sonriendo a los amables ciudadanos, dando pasos cuidadosos hacia un lado y dejando que se atendiera al caído para retirarse con Amy.

Y gracias a esto, pudieron salir ilesas de ese embrollo evitando un mayor altercado.

Agradecieron al TODO por tal bendición, Amy respiró en un rincón alejado de la calle y continuaron determinadas con lo suyo. Seguían pacientes el lento andar del carro, que a poco estaba de finalizar su camino, a unos 200 m de distancia.

—¡Ahí está! Tenemos que llegar antes de que se nos adelanten demasiado. Encontraremos cómo escabullirnos y esas puertas no nos dejarán afuera.

—Sí… como tú digas —confirmó Grace con renovado brillo en los ojos.

Aceleraron el paso al ver cada vez más cercana su llegada al edificio del juzgado. Tan solo dos calles las separaban de su meta; pero el destino quiso impedirles la materialización de su felicidad, ya que, sin el menor aviso, un ángel apareció desde la intersección de la calle, derribando a Amy.

—Al fin te alcancé, estúpida mocosa.

Se trataba del tipo con la cara destrozada, quien hervía en deseos de revancha.

—Mira cómo me has dejado, ¡no te perdonaré esto jamás! Por esa razón vine hasta aquí —vociferó colérico y levantó a Amy, tomándola de la ropa—. ¡Para regresarte con intereses lo que te atreviste a hacerme!

—Bájala, abusivo ¡Suéltala ya! ¡Suéltala!

Grace arremetió con un certero codazo en la zona del abdomen, pero fue lanzada por los aires. Y aunque se incorporó rápido del golpe, había un hecho que no podía ignorar, algo de lo cual, hasta ese momento no había visto, o quizá no había querido analizar:

«Un ciudadano corriente nos propina una paliza en medio de la vía pública, a dos jóvenes en desventaja, con mucha menos fuerza y capacidad para defendernos. ¿Es que nadie piensa ayudarnos?».

Pensó poniéndose de pie un tanto adolorida, refiriéndose a los pocos transeúntes pasando de largo cual fantasmas… ignorándolas. Como si no se tratara de un hecho indignante, como si fuera hasta cierto punto, algo cotidiano para ellos.

—Son unos hipócritas, no entiendo qué es este lugar lleno de salvajes al que llaman cielo —admitió Grace, decepcionada.