20
vıentos de traıcıón
En el interior del Cuartel Central de los Boinas Rojas, Zulzher Galazay estaba de pie frente a la ventana panorámica de su oficina, con las manos entrelazadas a la espalda, repitiendo en su memoria una y otra vez la conversación:
«Los soldados amarillos llegaron primero, señor. Destruyeron el asentamiento irregular y capturaron a la Sagriari. La llevaron a un juicio exprés en Ai. Alguien… Kouhen Blesser… la rescató durante el proceso».
Permaneció inmóvil durante varios segundos. Luego, un leve gesto de satisfacción escapó de sus labios. Regresó a su cómodo asiento y se tronó los nudillos con el propósito de contener el alud de emociones que experimentaba. Sus ojos dorados brillaban con excitación.
—Kouhen Blesser… —disfrutó el sonido de cada sílaba del nombre como un dulce—.
El último de esa estirpe de traidores decide salir de su agujero; lo busqué por todas partes los últimos 150 soles, y cada vez que estuve a punto de atraparle, se escurría de mis manos.
Pero ahora ha aparecido de repente… y lo ha hecho justo con la niña que yo necesito.
Qué ironía tan deliciosa. Sin perder tiempo, mandó a llamar a uno de sus asistentes, a quien, sin voltear a mirarlo…
como si apenas existiera, le ordenó diciendo:
—No quiero que hagas preguntas, y tampoco quiero negativas al respecto. Si hay alguien indispuesto, oblígale a asistir. Reúne a todos los soldados bajo nuestro mando en el patio central. Ahora.
El patio del cuartel era un vasto cuadrado de granito, rodeado de columnas y estandartes rojos.
Cientos de soldados boina roja formaban filas perfectas, rígidos y silenciosos.La tensión era palpable.
Zulzher apareció en el balcón elevado, flanqueado por Zeo y otros tantos altos mandos bajo su jerarquía.
Su presencia solo podía provocar miedo, rechazo, u odio.
Más de la mitad de los suyos deseaban matarlo, y lo harían si tuvieran la oportunidad de hacerlo; pero estaba bien posicionado dentro de la organización.
—¡Pongan atención! —espetó Zulzher. Su voz resonando con fuerza hacía vibrar los muros del salón—.
Después de todo este tiempo buscándola sin éxito…
después de que su ineptitud interceptando una carroza le permitiera escapar de nuestros radares, la Sagriari fue localizada.
¡Pero no por nosotros! Soldados amarillos se nos adelantaron como perros hambrientos…
sí, pero perros más eficientes y leales que ustedes.
Luego, el traidor de Kouhen Blesser se la llevó delante de nuestras narices.
Un murmullo de terror recorrió las filas. Zulzher los miró con desprecio.
—Tantas fallas encadenadas. Tal nivel de ineficacia en un cuerpo de supuestos profesionales…
solo puede significar una cosa: hay un traidor entre nosotros filtrando información continuamente.
Alguien permitió que nuestros enemigos llegaran primero y se enquistaran en esta misma base mientras se burlan en nuestra cara. Y yo… odio a los traidores.
Después de un breve momento, les instruyó a que se formaran en diez filas bien definidas. Sus hombres ya intuían lo que estaba por suceder; pero, un tanto trémulos, acataron órdenes sin más. No tenían otra opción, la desobediencia se pagaba con muerte directa.
Cada una de las filas se enumeró del uno al diez y tragaban saliva cada vez que, como se les instruyó que hicieran, confirmaban su número en voz alta.
Durante el proceso, acompañado de colegas del mismo rango, Zeo mantuvo la compostura.
No podía evitar imaginar lo peor… Conocía a su jefe, le había visto hacer cosas indecibles a seres inocentes tan solo por la vanidad de un simple capricho; pero, sin importar qué…
lo difícil que sería presenciar lo que estuviera por venir, debía permanecer inmutable.
Por su parte, Zulzher se inclinó sobre la barandilla, disfrutando del silencio.
—No voy a mentirles —anunció en voz alta—.
Quisiera exterminarlos a todos, pero soy muy misericordioso para eso, así que les daré una oportunidad…
solo una. Si el traidor o los traidores dan un paso al frente ahora, les mostraré mi infinita piedad; pues mataré solo a ese o esos individuos, y los demás vivirán.
Pero si nadie se presenta… aplicaremos el diezmo a la vieja usanza y uno de cada diez de ustedes pagará con sangre la traición de sus hermanos; así será equitativo: justos y pecadores; culpables e inocentes, morirán por igual. La decisión está en ustedes.
El patio se llenó de murmullos ansiosos y números susurrados. Conocían al coronel, y de lo que era capaz cuando se encendía su ira. No permitía fallas. Zulzher esperó, tamborileando los dedos sobre la barandilla.
—Última oportunidad —dijo con un tono cruel—. Quien dé un paso al frente será culpable para mí, y el resto… perdonado. Ahora, contaré hasta tres y cuando termine, tomarán su decisión —sentenció mostrando una mueca de disfrute, lo hacía cuando jugaba con sus subordinados—. ¡Comenzaré!: uno… dos… t…
Varios soldados, pálidos y sudorosos, dieron un paso adelante. Algunos eran jóvenes apenas salidos de la instrucción. Otros, veteranos reputados con familias. Sus rostros mostraban resignación y terror; pero no podía distinguirse en ninguno de ellos la deshonra de quien ha cometido una traición.
Zulzher bajó hasta donde se encontraban, recorrió de un lado al otro la formación y el sonido de sus botas impactando contra el granito hacía de la experiencia algo insoportable; tanto así, que los soldados, aquellos al frente, apenas y podían sostener su postura con decoro.
De repente, los señaló con su dedo enguantado.
—Valientes… o idiotas; aunque la mayoría de las veces resulta ser lo mismo. Su coraje y sacrificio no serán olvidados. ¡Pongan atención!: todos los que tengan los mismos números que estos hombres… quedan perdonados, junto con ustedes quienes dieron el paso al frente, por supuesto.
Un suspiro colectivo de alivio recorrió las filas.
Pero la sonrisa de Zulzher no daba espacio para la tranquilidad mental. Tan pronto como perdonó decenas de vidas, dijo:
—Ahora… los soldados del número de donde nadie dio un paso al frente.
Sepárenlos. Ahora mismo. Los del número 4 fueron arrastrados al centro del patio entre gritos y forcejeos.
Zulzher se les apersonó mirándolos con desprecio.
Se detuvo frente a un soldado joven del mismo número 4, apenas un muchacho.
—Dime, chico… ¿tienes miedo? —preguntó con falsa preocupación.
El joven asintió, temblando.
—Bien. —Zulzher desenvainó su espada con un movimiento fluido—. Deberías tenerlo.
Sin más preámbulos, atravesó el pecho del primero.
Luego caminó hacia el siguiente y le quitó la vida de un solo tajo.
La sangre plateada salpicó el granito negro.
Los gritos de agonía llenaron el patio mientras Zulzher ejecutaba a los condenados uno por uno, sin prisa, disfrutando cada corte, cada gorgoteo…
Cuando terminó, limpió la espada en la capa de uno de los muertos y miró al resto de sus hombres.
—Que esto sea una lección indeleble para ustedes: la traición se paga con sangre; la debilidad, también. Regresen a sus puestos… y recuerden que yo siempre estoy mirando.
Más tarde, en su oficina, el coronel se sirvió una copa de vino oscuro y miró a Zeo, que permanecía de pie frente a su escritorio con la espalda demasiado recta.
—Los Nesher están detrás de esto. No tengo duda alguna de ello —dijo Zulzher sin rodeos, dando un sorbo lento—.
No es coincidencia que un Nesher fuera el juez del tribunal de Ai.
Tienen un infiltrado en nuestras filas. Quizá sean muchos, pero por lo menos, hay uno con las conexiones suficientes y las credenciales para enterarse de algo tan importante, como la aparición de la nueva Sagriari, alguien… digamos… de mi círculo de confianza.
A la vez que hablaba, Zulzher pudo notar cómo los dedos de su subordinado se tensaban un poco, apenas perceptible, al igual que su cuello.
—Encuentra al traidor, Zeo —continuó Zulzher, acercándose hasta quedar a solo unos centímetros de su rostro—.
Y cuando lo hagas… tráemelo vivo. Quiero mirarlo a los ojos mientras le arranco las uñas una por una, mientras le rompo las alas, pluma por pluma, y le explico exactamente por qué va a suplicar por la muerte.
Zeo tragó saliva haciéndose el disimulado. Dio el saludo oficial tan firme como el más leal de los elementos y respondió diciendo:
—Así se hará, mi señor. No tenga dudas de que no descansaré hasta traer hasta su presencia al traidor.
Cuando Zeo se dio la vuelta para marcharse, Zulzher habló una última vez, deteniendo su paso a mitad de la puerta…
—Y Zeo… solo para que lo tengas presente y lo compartas con tus colegas; pues quiero que quede claro: si descubro que el traidor está en mi círculo cercano…
te prometo que su muerte será la más larga y creativa que haya visto este cielo.
Todo lo que has visto hasta ahora no será nada en comparación a lo que haré.
Cerró la puerta tras de sí. Por primera vez en mucho tiempo, su mano temblaba sin control.