19
el orfanato de lıber
No había pasado mucho tiempo; el esfuerzo había sido menor al esperado y por fortuna, nadie los perseguía a la distancia.
—Ya estamos bastante lejos —dijo Kouhen un tanto aliviado, habiéndose detenido después del fatigoso escape—. Además, te mereces un buen descanso. Puedo ver lo exhausta que te encuentras.
—En verdad lo estoy. No sé volar, y aunque tengo mucha práctica para correr, no estoy preparada para hacerlo por tanto tiempo.
Avanzaban con calma y sin un aparente fin cuando divisaron a lo lejos la silueta de un pequeño bosque de árboles escarpados, al cual se adentraron, una vez hubieron llegado.
—Es muy raro que un bosque luzca así de fúnebre. Es posible que el TODO haya bloqueado su flujo de energía y por esa razón se presente tan falto de vida.
—Puede que te resulte extraño. Lo cierto es que, para Grace, cientos de otros huérfanos y para mí, estuvo siempre muerto, vacío y maldito —declaró Amy, mostrando en su rostro un aire de resignación.
Y desde la punta de los marchitos árboles se vio por fin aquella construcción que fungía de límite con el bosque.
—Respóndeme esto —preguntó Kouhen mientras caminaban entre matorrales—: esa ocasión… cuando vinimos por primera vez juntos hasta este lugar…
—Sí, ¿cómo podría olvidarlo? —respondió Amy, dispuesta a seguir escuchando.
—Apareció de pronto una de tus amigas. Fuiste con ella a un cuarto separado y después, desapareció por completo mientras que tú, regresaste temblando… con manos ensangrentadas. ¿Qué sucedió ahí?, es decir… esa joven no te hizo algo malo, ¿verdad?
—Catallena es una de esas amigas que, aunque no esté siempre a mi lado, sé que aparecerá cuando la necesite —replicó Amy, sonriendo—.
Si quieres saber qué pasó, te diré que me confesó haber matado con sus manos a un par de capataces.
Estaba triste y apenada, pero, por supuesto, haber matado a un par de asesinos no es algo de lo cual estar apenado. ¿No lo crees?
Respondió Kouhen la pregunta de Amy con un frío ademán de condescendencia.
—Hemos llegado —anunció Kouhen—. Entremos ahora o alguien podría escucharnos.
Cuando entraron, una oscura atmósfera los recibió, un silencio absoluto que solo se rompía con el aliento de los ahí presentes. Todo lucía desgastado: el techo y las paredes estaban al borde del colapso, en tanto que las puertas, las ventanas y compartimentos estaban sin excepción inservibles.
—Nunca he entendido cómo funcionan las cosas en el cielo —externó de pronto Amy, mientras sostenía el adorno cristalino en la mesa de la recepción—.
Es extraño y curioso a la vez, pero, conversé con unos cuantos reclusos de este orfanato, y algunos me contaban historias sobre el mundo corrompido e imperfecto de los seres humanos, en la tierra y, cuando lo analizo, nuestro mundo y el suyo no parecieran ser tan diferentes.
—Son aún muy jóvenes y por ello, no comprenden por completo la naturaleza de lo que las rodea —respondía al caminar a lo largo del pasillo que conecta con los dormitorios—.
Como sabrás, el mundo que habitamos es el tercer cielo, donde los espíritus leales al TODO conviven vikra a vikra; sin embargo, incluso este mundo se divide en tres coros angelicales:
»El primero de ellos se ubica cerca del Creador, y es habitado por seres extraordinarios cuya naturaleza y habilidades nos son, en su mayor parte, desconocidas.
Tú y yo vivimos en el tercer coro, alejado en comparación a los otros dos del poder directo del TODO de la misma forma en la cual los planetas se posicionan cerca o lejos de su estrella, y acorde a eso, es la cantidad de energía solar que reciben…
Llegaron hasta la puerta del dormitorio “3-F”, aquel que las resguardó durante su estancia. Amy abrió para dar paso y la habitación continuaba intacta: ocho catres ordenados en dos grupos de cuatro, separados el uno del otro por casi dos metros de distancia.
Por instinto ella eligió el mismo que por un sol y medio le perteneció a Grace, así que con mucho cuidado la recostaron sobre la superficie del catre, la cobijaron con un delgado cobertor que ahí había y acomodaron su largo cabello para que terminara de descansar.
Al hacerlo, la vista de Amy se dirigió a una inscripción que ya había conseguido olvidar. Justo por encima de la puerta se podía leer:
A aquel que se ama, se corrige con vara.
Esto evocó en ella un sinfín de vivencias dentro del centro de adopción, la mayoría relacionadas a golpizas.
—¿Son así las cosas en los otros coros?, es decir, Grace y yo…
pasamos por experiencias horribles aquí —decía con una expresión de dolor interno—.
¿Sabes? A pesar de que me hice la fuerte, le rogué porque no pasara, pero no me hizo caso.
¡No me hizo caso, Kouhen! —tartamudeaba entre palabra y palabra, pues se le veían los esfuerzos por soportar el llanto.
Entonces Kouhen le extendió su brazo para confortarla y decirle:
—Cosas como las que lamentablemente vivieron aquí, son más comunes en este coro. Y debes de saber que, si puedo verte ahora a los ojos, es porque entiendo el dolor que causa la maldad de esta sociedad.
Sostuvo sus manos y le compartió:
—La vikra en la cual mis padres fueron asesinados pude escapar hacia la casa de mi familia gracias a un amigo, que me salvó. ¿Y sabes qué sucedió después? —preguntó, y ella hizo un gesto de duda e interés con su cabeza.
»Cuando llegué, había soldados blancos en cada esquina y mi hogar estaba destruido.
Escondido detrás de un árbol, escuché cómo se burlaban de lo sucedido.
Presumían el uno al otro quién había matado más integrantes de mi familia y se reían al hablar de los más pequeños, de cómo lloraban al sentir sus espadas en sus cuellos.
Quería matarlos, pero era muy joven entonces…
—Y así fue como te convertiste en el último integrante de tu familia, el único que sobrevivió, ¿no es verdad? Imagino que ese dolor te orilló a tomar venganza por cuenta propia durante muchos soles.
—Pero eso cambió cuando las encontré. Desde entonces he decidido protegerlas en contr… —pronunció estas palabras y de pronto un fuerte dolor en el pecho le aquejó, cayó de rodillas y soltó un agudo quejido.
—Kouhen, ¿te encuentras bien? —exclamó preocupada, sosteniéndole por los hombros, ayudándole a ponerse de pie.
—Salgamos de aquí, no quisiera molestar a Grace, retrasando su recuperación.
Llegaron hasta la recepción de la C.A.R.A. y se sentaron ambos en los sofás color rojo, uno enfrente del otro.
Un taburete en el medio les separaba. Un haz de luz atravesaba el cuarto por las hendiduras de las ventanas y por espacio de cinco minutos no existió palabra alguna hasta que por fin ella decidió romper el silencio al decir:
—No tienes por qué fingir, sé que los dolores que experimentas son causa de las dos elevaciones que te he hecho. Y eso será solo el comienzo, pues como tú mismo lo has dicho, aumentarán en intensidad y darán paso a una dramática baja en tus niveles de energía.
Desvió la mirada, dirigiéndola al piso.
—Cuando eso suceda tú…
—Ya lo sé, es muy posible que acabe con mi vida, pero te he prometido que haré lo que sea para evitarlo, no tienes de qué preocuparte.
—Excelente, entonces también debes tomar un buen descanso y reposar tu cuerpo, tienes que estar preparado para lo que vendrá.
—Me temo que no descansaré aquí, ni junto a ustedes por ahora, querida Amy.
—No… no entiendo a qué te refieres, ¡explícate por favor!
—Sé que prometí protegerlas… y lo he cumplido hasta ahora: liberé a Grace de un destino horrible y ya se encuentra aquí de nuevo, contigo; sin embargo, en el proceso he cometido un sinfín de actos imperdonables.
—¡No es así! Todos y cada uno de esos ángeles lo tenían muy bien merecido, recuerda que ellos querían asesinar a una inocente solo por lo dicho por uno de sus profetas.
—¡Nunca vuelvas a decir eso! Nadie merece ser eliminado de este mundo o de cualquier otro. Y lo que ellos pretendían hacer con Grace yo lo hice con ellos, así que soy más culpable que esos a los cuales desprecias.
—Eso no es verdad. A ti no podría maldecirte porque fuiste una víctima inocente.
Ese mismo sistema de cosas que acabó con tu familia, es el mismo que capturó a Grace, también inocente, para matarla.
Tú evitaste que se repitiera el ciclo, Kouhen.
Mataste a buena parte de los asesinos. Eso no es motivo de vergüenza, ¡es justicia!
—¿¡Y qué hay de los daños y destrozos que provoqué en el trayecto?! Iré a entregarme, Amy, y planeo hacerlo justo en este momento —sentenció Kouhen. Acto seguido, se levantó con esfuerzo y caminó lento hacia la salida.
—No puedo creer lo que escuché. ¿Acaso piensas que te perdonarán solo por ir a entregarte? ¿O es que planeas abandonarnos a las dos a nuestra suerte después de lo que has hecho para rescatarla?
Kouhen enmudeció, pero se detuvo para recibir los reclamos, luego reanudó el avance. Amy corrió para darle alcance y girarle la espalda de un jalón.
—Contéstame ahora: ¿cuál fue la promesa que nos hiciste la misma vikra que nos conocimos? ¡Juraste que nos protegerías!
—¡Así es! Y esa promesa de protegerlas me incluye a mí también.
Entiende que la vikra de hoy he cometido tantas barbaries que por el momento no estoy en condiciones para acompañarlas; pues lejos de ser su protección, estarán en un mayor peligro a mi lado.
Las autoridades estarán buscándome sin escatimar en tiempo o elementos.
Y esa es una carga adicional que me niego a heredarles.
Lo único que quise para ustedes fue una vida tranquila y pacífica donde pudieran ser felices.
Se miraron unos cuantos segundos en medio de forzadas sonrisas cuando Kouhen rodeó a Amy con sus brazos, la apretó con fuerza contra su pecho y ella no pudo resistir devolver el gesto.
—Todo va a estar bien —decía en voz baja—, tienen lo necesario para protegerse entre ustedes. Me quedo tranquilo.
Al mismo tiempo que le confiaba estas palabras, alzaba su mano izquierda a la altura del cuello de ella…
—Sin importar lo que pase o cuánto tiempo nos tome, regresaré cuando menos lo imagines. Viviremos grandes aventuras, libres y sin miedo, como lo soñamos —susurró esto y de inmediato la golpeó con una precisión quirúrgica en la nuca.
Ella solo pudo dar un corto suspiro de confusión antes del impacto; pero sin uso de fuerza, Kouhen la desmayó.
—Discúlpame, pero por ahora, ese futuro que queremos es más lejano si permanezco con ustedes.
Después de dejarla recostada a un lado de Grace y con sus vibraciones al borde del colapso, se las arregló para salir del lugar, levantándose en vuelo para desaparecer entre las hojas del bosque.
El gran sanatorio de la ciudad. Donde los ángeles con alguna dolencia, heridos de gravedad o con ciertas bajas en los niveles de su vibración, acuden a ser atendidos y curados.
En una de las habitaciones destinadas para la rehabilitación, el famoso juez Brahamath recibía su última ración de energía Vril, de una naturaleza tan pura, que se obtenía directamente del Creador.
Era la base de multitud de tratamientos y curaciones, tan poderosa y rápida, que a pesar de sufrir múltiples contusiones que por poco cortaron su vida, se encontraba a nada de salir a propio pie.
—Con esta dosis sus heridas habrán sanado casi por completo, podrá irse a su casa. Le recomiendo que termine de descansar y cuando sienta que es oportuno, tome sus cosas y se aliste para partir.
Recomendaba y daba instrucciones el sanador, con un semblante pacífico y sosteniendo entre sus frágiles dedos toda clase de artilugios de curación, desconocidos para el hombre. Este ángel de apariencia senil se acercó a Brahamath, confesándole con confianza:
—Lamento mucho lo que tuvo que pasar en ese juzgado por culpa de aquel monstruo.
Así siempre ha sido desde que tengo memoria.
Recuerdo a unas pocas Sagriari, pues gracias al TODO, aparece una casi cada 100 o 200 soles, pero cada vez que una toca algo, se destruye.
Son como un hoyo negro andante que absorbe cualquier rastro de armonía a su paso.
Brahamath guardó las apariencias ante un comentario tan común en su sociedad, mostró cortesía y regresó a su cama para preparar sus cosas.
“¡Rápido, preparen las herramientas, vamos a llevarlo al área de tratamiento intensivo!”
Se escuchaba a las afueras de la habitación, en el recibidor.
De pronto el ambiente enloqueció y todo tipo de sanadores aparecían apresurados, dirigiéndose a las puertas de entrada. Brahamath, invadido por la intriga, salió tan pronto como se sintió listo para partir a ver qué es lo que con tanta premura acontecía.
Vio cómo dos camillas pasaban de largo por el pasillo en donde él se encontraba, custodiada cada una por un cuarteto de médicos, gritando instrucciones a diestra y siniestra.
—Esas personas están devastadas —comentó discreto, acercándose al par de oficiales boina verde que llegaron junto a los implicados, en función de escolta.
—Jóvenes soldados, ¿saben quién soy yo? —preguntó con autoridad y los soldados respondieron afirmativamente, pues, como uno de ellos diría: sería un crimen no reconocerlo…
»Muy bien, entonces podrán decirme con exactitud qué es lo que pasó con esos dos, ¿no es así?
—Ellos son personalidades de la ciudad: uno es el jefe de la guardia personal del secretario coronel Zulzher Galazay, su nombre es Semeth Zagal; mientras que el otro es el juez Tanahsiel Nesher, su colega.
—Están en esa condición —continuó el segundo elemento—, porque acaban de tener un encarnizado combate con Kouhen Blesser.
Aquella noticia había captado la atención de Brahamath, así que fomentó que siguieran con su informe…
—Los reportes que nos han llegado hablan de una masacre, por poco no salen con vida del parque Tishilo. Y es que, al parecer, fue Kouhen el culpable de los destrozos en el juzgado de la ciudad.
—Es impresionante lo que me cuentan, pero díganme: ¿qué fue lo que pasó después?, quiero decir, ¿saben dónde se encuentra Kouhen y la Sagriari? —preguntó atónito, ante lo cual, ambos se miraron entre sí, extrañados por la pregunta.
—¿Es que no está enterado? El pueblo no lo sabe aún, es información restringida; pero Kouhen logró escapar junto con el monstruo y una acompañante más, no identificada. Sin embargo, hace no mucho tiempo ese traidor se entregó él mismo a las autoridades, en la vecina ciudad de Liber.
Sin externar sus sentimientos ni sus verdaderos pensamientos, Brahamath, después de pensar un poco y procesar la información compartida, se limitó a agradecer al par de oficiales, desear la pronta recuperación de los implicados y retirarse del sanatorio, con una misión por cumplir.