En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 18 #2
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Apenas aterrizaron, se dividieron en equipos de búsqueda, barrieron el perímetro y lograron encontrar sin demasiado esfuerzo a Semeth.

Este se encontraba recargado sobre una retorcida banca, no emitía sonido alguno y se limitaba a tocarse con su brazo derecho el hueco donde debería estar su izquierdo.

—Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Se puede mover y poner de pie?

No obtuvo respuesta. La soldado se acercó para verificar su estado, se arrodilló y extendió el brazo para tocarle la frente, pero al hacerlo, sintió cómo buena parte de su fuerza vital se transfería al moribundo Semeth.

—¿Qué acaba de suceder? —preguntó de inmediato, observándose ambas manos un tanto desconcertada.

Entonces observó, detrás de una enorme pila de rocas, un brillo intenso e inusual como para pasarlo por alto.

Se levantó para avanzar hacia el brillo que capturó su atención y con curiosidad, pero también con cautela, se aproximó con su espada desenfundada y al hacerlo, pudo casi distinguir la silueta de dos ángeles dentro del destello…

—Mirya, aquí estás —dijo palmeándole el hombro el compañero al cual había solicitado por ayuda.

—¿Qué haces aquí si es que nuestro colega herido se encuentra por allá?

Dio la espalda al resplandor para responder:

—Él no atraviesa una situación delicada, pero… esa luz tan poderosa. Quise investigar lo que era… —¿Una luz, dices? ¿De qué estás hablando?

Miraron ambos hacia donde ella señalaba.

—Espera… juraría que allí brillaba una luz bastante intensa.

—No debes de jurar en vano, Mirya. ¿Acaso no sabes que esa es una ofensa que requiere sanción? Ya, ayudemos al compañero y da gracias al TODO porque solo yo escuché tu mentira.

Ambos regresaron al cumplimiento de sus deberes, dejando ir en el acto la oportunidad de seguirle la pista al fugitivo Kouhen y sus acompañantes.

El sector alto de Ai era un mundo aparte.

Aquí, las torres de plata y cristal se elevaban como dagas hacia el cielo eterno, y cada superficie brillaba con un lujo que los humildes mensajeros del sector bajo solo podían soñar.

Tronos y principados caminaban por avenidas inmaculadas mientras que el aire parecía cargado de superioridad divina.

En el corazón de este paraíso artificial, se alzaba el Cuartel Central de los Boinas Rojas, un coloso que dominaba el horizonte. En el piso dieciocho, un sargento corría por los pasillos como si el mismo infierno lo persiguiera, esquivando guardias y funcionarios que lo miraban con reproche.

—¡Insolente! —gruñó uno de ellos, pero el sargento no se detuvo. La noticia que llevaba ardía en su pecho. Valía la pena cualquier reprimenda. Valía incluso la muerte.

Llegó frente a una puerta doblemente reforzada y tocó con insistencia, controlando apenas el temblor de su muñeca.

—Adelante —respondieron del otro lado.

El sargento entró e hizo un saludo militar impecable.

Zulzher Galazay estaba sentado tras un escritorio de mármol negro, rodeado de dos regentes de ciudades importantes.

Su presencia llenaba la habitación: alto, de cabello negro impecable y ojos dorados.

Una sonrisa cortés adornaba sus labios, pero todos sabían que era solo una máscara.

—No pensé que fueras tú —dijo Zulzher con indiferencia, sin siquiera levantar la vista del documento que fingía leer—. Como puedes observar, estoy en una reunión importante. Desaparece de mi vista.

—Secretario coronel Zulzher, le prometo que esto es de suma importancia…

—¿Acaso escucho que un insignificante sargento me desobedece? No me importa lo que tengas que decir. Puede esperar. ¡Fuera!

El sargento tragó saliva y, reuniendo todo su valor, habló:

—Se trata de un código 036, genuino.

El silencio que siguió a esta simple oración fue extraño, ambos regentes se miraban entre sí sin idea de lo que aquello significaba, y por qué la noticia le había causado tal impresión al coronel.

Zulzher levantó la mirada con incredulidad, con los ojos como platos, brillando con un interés sombrío y oculto.

Se disculpó con los regentes y los acompañó hasta la puerta, cerrándola con delicadeza.

Cuando estuvieron solos, su expresión cambió por completo. Se sentó de nuevo, cruzando las piernas con elegancia, y señaló la silla frente a él.

—Un código 036 —repitió en voz baja—. Más te vale que no estés jugando conmigo, sargento. Suficiente insolencia fue irrumpir aquí delante de dos regentes. Si ellos supieran lo que en realidad hacemos en esta organización…

Dejó la amenaza suspendida en el aire…

—Habla. Y reza porque me interese lo que me vas a decir.

El sargento se sentó, sudando.

—Mi señor Zulzher, se trata de la Sagriari. La niña que desapareció de nuestros radares hace más de dos soles.

Zulzher se inclinó ligeramente hacia adelante, como un lobo oliendo sangre.

—Esa ratita escurridiza… Zeo me ha reportado fracaso tras fracaso todo este tiempo. Es una piedra en el zapato que ya me está cansando.

—Me temo que las cosas se han salido de control, señor. Fue localizada en un asentamiento irregular de parias al borde del paraíso. Pero no fuimos nosotros quienes la encontraron. Soldados amarillos destruyeron el lugar y la llevaron a un juicio exprés en Ai.

Zulzher se quedó muy quieto, chocando sus dedos contra la superficie del escritorio… El ritmo iba en aumento y el sargento tragaba más saliva. Luego, con deliberada lentitud, tomó su copa de vino para lanzarla furioso contra la pared, donde estalló en mil pedazos.

—¡¡¡Tiene que ser una maldita broma!!! —rugió, levantándose de golpe—.

¡Ahora todo el imperio lo sabe! Si esto se me escapa de las manos, mi posición dentro del E.R.I.S.

estará comprometida. ¡¿Cómo carajos es posible que esto me esté pasando a mí, al poderoso miembro de la familia Galazay? ! ¡Yo soy un prodigio! ¡Yo no pierdo!

Se detuvo de golpe y respiró profundo para recuperar la compostura. Cuando habló de nuevo, su voz era de nuevo contenida:

—Por favor… continúa…

—Como usted ordene: mientras se desarrollaba el juicio con normalidad, alguien irrumpió violentamente y, en contra de cualquier pronóstico, llegó hasta la Sagriari… y la rescató llevándosela lejos.

—Espera un momento, déjame ver si te entendí bien: ¿dices que un solo espíritu destruyó un complejo custodiado por decenas de militares y se llevó consigo la pieza que necesitamos para nuestros planes?

¿Así como si nada? ¿Como si los ángeles que custodiaban ese histórico e importante lugar no fueran más que niños jugando a ser soldados?

El sargento afirmó la pregunta del coronel, aterrorizado.

—Fue… fue Kouhen Blesser, señor. Nuestros espías en el área no tienen ninguna duda de ello. La firma de energía no deja lugar a ninguna duda.

—Vaya, vaya… Kouhen Blesser… —mostró la lengua y saboreó cada letra en el nombre—. El último de esa estirpe de basura. Después de tanto tiempo escondiéndose como una cucaracha, decide salir a la luz… y lo hace escapando con la niña que yo necesito.

Se acercó al sargento y lo sujetó por el hombro con fuerza. Sus uñas se clavaban en el malafortunado mensajero.

—Excelente trabajo. Me has dado la mejor noticia en soles enteros. Encuentra a Kouhen y a la Sagriari. No los pierdas de vista ni un instante. Quiero estar enterado de cada movimiento, cada escondite, cada aliento que tomen.

El sargento hizo una reverencia profunda y salió casi corriendo.

Cuando la puerta se cerró, Zulzher se quedó meditando. Su sonrisa se amplió hasta mostrar los dientes. Se sirvió otra copa de vino y la levantó en un brindis glorioso hacia el cielo.

—Al fin llegó esa vikra… —pronunció orgulloso—. Eso que me robaste, Kouhen… estoy a punto de recuperarlo. Y esta vez, no solo te quitaré a esa niña por quien decidiste salir a la luz. Te voy a dejar sin nada, justo como un vil ladrón como tú, se merece.

Sus ojos brillaban con odio genuino. El odio de quien ha esperado una vida entera para destruir a su enemigo.