En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 17
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el últımo blesser

Alzó su espada apuntando al cielo, mostró una sonrisa de sobrada confianza y ordenó orgulloso:

—¡Hazazel, Marco! —bramó Semeth, el capitán boina roja, con la voz cargada de fanatismo—. Prepárense para pelear. Ustedes serán los primeros en atacar a ese traidor.

Los dos jóvenes soldados intercambiaron una mirada aterrorizada.

Eran inexpertos, apenas salidos de la academia, y sabían que enfrentarse a un espíritu de las potestades era una sentencia de muerte.

Aun así, las órdenes eran órdenes. Abrieron sus alas con palmas sudorosas y se elevaron con espadas listas…

—¿Qué están esperando, llorones? —escupió Semeth—. Atáquenlo ahora mismo o los acusaré como traidores al cielo!

Kouhen los miró con una mezcla de lástima y resignación.

—Perdónenme por lo que estoy por hacerles —dijo con tristeza.

Extendió el brazo. Una oleada de vibraciones recorrió su cuerpo hasta concentrarse en la mano y un solo pulso de energía salió disparado.

Los dos jóvenes apenas tuvieron tiempo de abrir los ojos antes de que la luz los envolviera.

No hubo gritos. Solo un destello cegador y silencio.

Sus cuerpos se desintegraron en partículas que se disiparon en el viento.

Semeth palideció.

—Los… los asesinó. En un parpadeo.

Kouhen desapareció de su vista.

—¿A dónde se fue el maldi…?

Kouhen reapareció a su espalda, espada en mano, y lanzó un golpe descendente con furia controlada.

El choque de los filos resonó como un trueno.

Semeth retrocedió, pero Kouhen no le dio respiro.

Cada estocada era precisa, cada movimiento cargado de la experiencia de innumerables batallas.

Semeth era hábil, pero el abismo entre ellos era evidente.

Ambos eran diestros en el arte de la espada; sin embargo, el uso de poder, la velocidad y los niveles de energía favorecían poco a poco a Kouhen.

Al embarnecer el combate, incontables cortadas y golpes lograban colarse en la defensa de Semeth.

Muy pronto le llovieron puñetazos en la cara, codazos en la espalda o cortes en las extremidades que le causaban un profundo daño.

Fue entonces cuando Kouhen decidió terminar su obligado encuentro golpeando a Semeth con un fulminante puñetazo en la zona de la quijada.

Combatían en el aire en ese momento, así que el impacto le arrojó al piso, que vibró producto de la desastrosa caída y que terminó por demoler los restos del viejo kiosco en el centro de la plaza.

Kouhen descendió a muy baja velocidad, respirando con calma.

—Esto ha costado más esfuerzo del que esperaba. Debo irme ya, antes de que Amy se preocupe demasiado por nosotros.

Se volvió hacia Grace, pero un llamado lo detuvo:

—¡Detente!

Kouhen miró hacia su lado derecho y observó al autor de aquel mandato. Se trataba del juez Tanahsiel, quien, acompañado de dos guardias, llegaba desde el destruido juzgado de Ai. Casi al instante, ambos hicieron contacto.

—No lo creo… —admitió—. De niño crecí admirando las hazañas de tu familia durante la guerra. Su honor, su poder… ahora agradezco ser un Nesher, fiel servidor del Creador, y no un traidor como ustedes.

Desenvainó su espada con un movimiento por demás vistoso, hecho para relucir la hoja de su arma.

—Yo mismo maté a Zefiel Blesser, a Mila Blesser y a Delión Blesser con esta belleza. Y ahora tengo frente a mí al último de los tuyos.

Kouhen soltó una carcajada amarga y cargada de desprecio.

—¿Y qué se supone que debería sentir ante esas palabras?, ¿algún tipo de miedo o sobresalto? ¿Debería sentirme intimidado? Sé mejor que nadie que tu familia lideró la caza de supuestos traidores durante la gran purga, donde mis amigos y mis familiares murieron a espada…

»Y quizá tú mismo eliminaste a tres de los míos, pero…

¡vamos! Tú y yo sabemos que el arcángel Miguel los dotó con energía extra y armas que rompieron las nuestras.

Sin eso, tu familia hubiese sido lo que es ahora: una banda de debiluchos, arrogantes idiotas que descansan sobre una fama que no es real.

—La profesión que he elegido seguir me obliga a combatir contigo con el fin de apresarte, como delincuente que eres —respondió Tanahsiel—.

Pese a eso, debo confesar que la sangre llama y me obliga a lanzarme contra ti y no detenerme hasta que por mi espada se deslice la última gota vital de tu cuerpo.

Pudo también observar, debajo de él y sobre el césped, dos cuerpos inmóviles: al maltrecho soldado Semeth, apenas moviéndose sobre el césped y un cuerpo cubierto por una tela blanca.

—Tristemente confirmo que fuiste tú a quien vi sobrevolando el juzgado de Ai.

Hiciste todos esos destrozos para extraer a esa niña y llevártela lejos.

¡Marco, Sandino! —llamó a sus hombres—. Perdonen por lo que estoy por ordenarles.

Esa de allá, es Grace. Kouhen hará hasta lo imposible con tal de llevársela, oponiéndose a la ley.

Les encomiendo combatir contra él y darme tiempo suficiente para cumplir con mi tarea antes de que yo mismo les ayude a derrotarlo.

—Como usted diga, señoría —respondieron al unísono.

Partieron veloces para intervenir en el conflicto, al tiempo que Tanahsiel descendía de los aires hacia las víctimas.

Apresurado, se postró a un lado de la manta y sin pérdida de tiempo se dispuso a retirarla, sin embargo, Marco ya había caído inconsciente a unos metros, mientras que Sandino luchaba por su vida tratando de quitarse de la garganta la mano de Kouhen.

—Desgraciado, si esto sigue así, tendré que pelear antes de lo previsto. Es posible que no pueda terminar con mi cometido.

Se preparó para afrontar al guerrero, pero el soldado Semeth, poniéndose de pie, le interrumpió diciendo:

—Señoría. Usted preocúpese por terminar su misión, llévese a ese monstruo.

Levantó su enorme espada y la colocó en su lugar.

—Yo me encargaré de ese sujeto. Me ha humillado al vencerme tan rápido y prometo que en esta ocasión será él quien me las pague. ¡No hay tiempo que perder! Sáquela de aquí ya mismo.

Con premura en cada uno de sus movimientos, Tanahsiel se colocó a un lado de la joven, cubierta con el manto blanco.

Cuando comenzó a retirarlo, innumerables caireles de cabello rojizo se desparramaban sobre sus dedos. En ese momento pudo apenas analizar su rostro.

—Es difícil creer que sostengo a aquel demonio, miembro de la raza maldita que terminará por exterminarnos. Como Nesher, tengo la obligación de cumplir con el deber de erradicar a cada pecador… aunque sea una tierna criatura.

Mientras tanto, unos metros más arriba, el combate entre Semeth y Kouhen había llegado a su final con un vaticinado resultado: el pecho de Semeth siendo atravesado por la espada doble filo de Kouhen.

Asegurándose en no herirlo de muerte, extendió su mano sobre el derrotado y de la misma forma como lo hiciera con Hazazel y Marco, un cúmulo de energía desintegró el brazo izquierdo de Semeth, que poco a poco fue perdiéndose en el ambiente.

El soldado perdió sus fuerzas, desplomándose de inmediato, lastimado de gravedad y humillado.

—¡No se la van a llevar! —gritó al ver cómo el juez sostenía a Grace, acomodándola en su espalda y aumentando ya sus vibraciones en un claro intento por despegar veloz.

—Lo lamento, pero no permitiré que te la lleves desapareciéndola por otros tres o cinco soles. Debemos de comprobar la validez de los dichos del profeta en un juicio, con un debido proceso.

—Estoy cansado de esas tonterías —admitió furioso—.

Juzgar a cualquiera sin siquiera conocerlo, guiándose del argumento de alguien más para definirlo como malvado o peligroso, como justo o venerable; esas cosas me tienen enfermo y siendo sincero, juez de Ai…

¡el cielo habrá de arder en llamas antes de que permita que te lleves a Grace de mi lado!

Su semblante cambió al de un guerrero imponente y le sentenció diciendo:

—¡Aléjate de ella ahora mismo!

Posterior a esto, lanzó una enorme masa de energía en forma de hongo que caía como un meteorito a su objetivo en tierra.

—¿Qué es eso? —murmuró Tanahsiel.

La técnica de Kouhen impactó de inmediato sobre la zona, generando al instante una deslumbrante luz, tan fuerte y enceguecedora, que borró al momento la visibilidad de todo lo que se encontraba rodeando el perímetro de aquel sitio y por un par de minutos, la luz permaneció en el lugar, convirtiendo el panorama de la vieja plaza en un blanco absoluto y paralizante.