15
la sombra del olvıdo
«Por favor, Amy, cuídate mucho. No olvides el lugar donde nos veremos y, ¡vive el TODO en mí!, que cueste lo que me cueste, sacaré a Grace de allí». Rememoraba Amy estas palabras una y otra vez, suspirando con resignación.
Quería ir con él, demostrar su fuerza a todo aquel que se atreviera a interponerse entre ella y su hermana. Pero ya con el plan hecho, y habiendo cedido a la petición de Kouhen, no había nada más por hacer.
Cuando Kouhen despegó con destino al juzgado, y la calma regresó a las ruinas, Amy se sentó entre los escombros. El viento arrastraba ceniza y recuerdos. Y entonces, sin previo aviso… llegó la grieta.
La visión que comenzó a arrastrarla hacia su propio interior lo hacía con tal fuerza, que le fue imposible anclarse en la realidad.
Ya no era una niña. Era alta e imponente, con dos pares de enormes alas que, de solo verlas, asustaban.
Su cabello oscuro caía como una cascada sobre sus hombros y en sus ojos ardía un rojo profundo.
Estaba de pie en el patio del orfanato, pero no como víctima.
Los cuerpos de los capataces yacían desmembrados a sus pies.
Catallena apareció a su lado, sonriendo satisfecha. Orgullosa.
—Recuerda quién eres —susurró, acariciándole el rostro—. No eres la huérfana lastimera que ellos fabricaron. La sangre que corre por tu cuerpo es de luz divina.
Las imágenes se fragmentaron. Vio una guerra celestial.
Alas negras contra alas blancas y fuego cayendo del cielo.
Miles y miles de escudos chocando el uno contra el otro y un sinfín de banderas y estandartes con escudos familiares de cada lado.
Ningún bando daba un solo paso hacia atrás; la carnicería era horripilante de presenciar.
Por encima de este gran océano de cadáveres y guerreros, flotando sobre sus cabezas, vio a un ser de presencia asfixiante extendiendo la mano hacia ella desde un trono de jaspe rojo.
—Amy… —llamó una voz lejana, como un eco cuya vibración pudo sentir hasta sus entrañas… Era la voz de la niña que creía ser—. ¡Amy, despierta! Ella te mintió, ¡te manipuló a su antojo para quedarse con todo lo que por derecho es tuyo!
Sangre, gritos… libertad, y Catallena, junto con más espectros a su alrededor, ofreciéndole una espada todavía caliente, una espada que reaccionaba a su toque. Palpitaba como si estuviera viva y reclamara venganza.
—Justicia. Ellos te quitaron todo. ¡Recupéralo!
—exigió una voz proveniente de la pesada arma y después, hacia el final del viaje por su mente, la espada le dirigió, como volando en una proyección (atravesando nubes, bosques y ciudades en un segundo), hasta el punto exacto en el cual todo cuanto podía ver se había reducido a un cuarto frío y vacío.
Solo una luz tenue iluminaba a un ángel. Estaba inmóvil y de espaldas a ella, pero por su complexión y cuerpo, pudo adivinar que se trataba de una mujer: alta, fuerte, de un porte elegante, con cabello apenas tocando sus hombros y del color que adquiere la sangre una vez seca.
Ese fue el momento cénit de su peculiar visión.
Sus sentidos se centraron y magnificaron para retratar al ángel frente a ella.
El pecho le retumbaba tan fuerte, que podía sentirlo tamborileando desenfrenado.
Las manos le sudaban y, de algún modo, supo desde el principio que ya conocía de algún lado a ese espíritu.
Comenzó a caminar hacia ella, y mientras lo hacía, la espada viva que sostenía en su puño izquierdo le comunicaba solo sentimientos de odio y resentimiento a su corazón; además de la certeza de que, sea lo que sea que estuviera pasando, esa persona al frente… era la culpable.
Alcanzó a la figura apenas iluminada, era más alta que ella y despedía una fragancia dulce y reconfortante.
Cuando colocó su mano sobre el hombro de esta, le pareció que sería imposible darle la vuelta; pues la sentía tan fuerte como un roble.
Ciertamente, por más odio que sintiera en su corazón hacia este personaje, no podía evitar sentir admiración y respeto por un ángel femenino de tan mayúscula presencia; pero no podía evitar lo inevitable, con el pecho a punto de explotar y cada parte de su ser implorando por saber la verdad, le volteó por el hombro para ver su rostro…
Despertó. Abrió los ojos de golpe. Su cuerpo temblaba sin control. Se miró las manos, esperando verlas cubiertas de sangre, pero solo encontró suciedad y raspones.
—Estoy perdiendo la cabeza… —confesó con una risa sarcástica —. Me estoy quebrando en partes como una vasija vieja.
Se levantó con dificultad. Kouhen le había dado instrucciones claras: encontrarse en las afueras de Liber, en las ruinas de una antigua torre de vigilancia abandonada.
Tenía que caminar por largo tiempo y sin detenerse.
No podía quedarse ahí esperando como un animal herido, por lo que, ignorando de momento lo sucedido, y quizá a modo de distracción para no reponer en ello, comenzó con su recorrido.
El trayecto a través de la comunidad destruida fue largo y doloroso.
Cada paso levantaba polvo de lo que antes fueron hogares.
Juguetes rotos, ropa quemada, manchas oscuras que no quería identificar.
Amy caminaba arrastrando los pies como una sonámbula, luchando contra las voces que aún resonaban en su ella como ecos a veces muy lejanos, a veces fuertes y claros.
—Soy Amy. La hermana mayor. La que protege a Grace… esa soy yo, y nadie más —decía para sí misma en un intento por desvanecer la nube de confusión en su interior.
«Eres mucho más. Y ellos te lo robaron todo».
Estaba tan concentrada en su guerra interna, que no escuchó los pasos que se le acercaban peligrosamente hasta que estuvieron demasiado cerca…
Dos soldados amarillas rebuscaban entre los escombros, movían trozos de madera, vaciaban cajones y hacían a un lado cadáveres. Una era adulta, de expresión dura y cabello recogido. La otra, a su lado, era muy joven, con el rostro aún lleno de inocencia que contrastaba con el uniforme.
—Date prisa —dijo una mientras metía joyas y objetos de valor en un saco—. Estos rebeldes se veían como vagabundos, pero vaya si tenían más de lo que parecía.
La aprendiz hacía caso, ayudaba a su jefa, pero lucía nerviosa.
—Disculpe. ¿No deberíamos reportar estas cosas? Si algún colega o superior nos llegara a ver…
—No seas ingenua. Nadie se preocupa, ni va a venir por estos muertos. Es más valioso aquello que puedan traer encima, que sus mismos cuerpos.
Amy se escondió detrás de una pared derruida, conteniendo la respiración. Sabía que debía quedarse quieta. Kouhen se lo había advertido. Pero cuando las dos soldados terminaron de saquear y comenzaron a alejarse, una miró hacia donde ella estaba escondida.
—Espera… hay alguien ahí —dijo, entrecerrando los ojos—. ¡Oye tú! Quien quiera que seas. Si sales ahora, no diremos nada, pero si te escondes como una rata, llamaremos refuerzos. Hay una recompensa por cualquier rebelde vivo que podamos capturar; así que mejor sal con nosotras…
Tras escuchar las advertencias, Amy optó por no reaccionar; pues apostó por ahorrar energía y problemas…
quizá así, si no respondía, pensarían que fue un error y se retirarían sin más, y pareció funcionarle.
Ella ya percibía el sonido de las botas derrapando en la arena alejándose cada vez más.
Debería dejarlas ir en paz. Era lo inteligente. Era lo seguro.
Pero entonces la voz regresó, clara y contundente dentro de su cabeza:
«No dejes que escapen. Ellos son los mismos que se llevaron a Grace, y que condenaron a Kouhen».
Su visión se nubló por un instante. La confusión en su mente no le daba tregua. Dio un paso fuera de su escondite, casi sin querer y las soldados se giraron, alarmadas.
La adulta soltó el saco y materializó una espada corta, pero cuando Amy dio otro paso, uno más decisivo, una oleada de energía comenzó a crepitar alrededor de sus manos, un poder que ni ella misma entendía, la soldado palideció.
—¿¡Qué carajos es eso!? —gritó, sujetando a la joven por el brazo—. ¡Vámonos de aquí!
Ella huyó a toda velocidad, abandonando el botín y a su compañera sin mirar atrás.
La soldado, apenas en su primera luna de trabajo, intentó seguirla, pero tropezó con un trozo de madera y cayó de espaldas. Gateó hacia atrás, con los ojos cristalinos.
—Por favor… soy nueva… solo hago lo que me dicen que haga… ¡no me mates! ¡Tengo una hermana pequeña! ¡Por favor!
Amy se le acercó como en trance. En su mano izquierda había aparecido, sin que ella recordara siquiera cómo materializarla, una espada de energía roja, aquella que palpitaba con vida propia. Se detuvo sobre la chica, que sollozaba y temblaba sin parar.
La voz de Catallena rugió dentro de su cabeza, más fuerte que nunca:
«¡Hazlo! Como hiciste con el capataz. Ellos no merecen piedad. ¡Mátala!».
Amy levantó la espada. Su brazo flaqueaba. La punta brillaba a centímetros del pecho de la joven…
«El capataz… sí lo merecía —pensó Amy, con la psique fracturada—. Me hizo daño. Me tocó. Me quebró en mil pedazos. Pero ella… ella es solo una niña. Como yo. Como mi hermana Grace…».
La espada bajó unos centímetros y luego volvió a subir. Lágrimas corrían por el rostro de Amy.
—No… —susurró, hablando directo a la voz en su cabeza—. Ella no es como él. Ella no me hizo nada…
La chica aprovechó el momento de indecisión y se arrastró hacia atrás, se puso de pie y huyó corriendo entre las rocas.
Amy se quedó allí, con la espada de energía disolviéndose en su mano. Cayó de rodillas. El temblor se volvió incontrolable y se abrazó a sí misma, meciéndose hacia adelante y hacia atrás mientras las voces luchaban dentro de su cráneo.
—¿Quién soy? —sollozó—. ¿Soy Amy? ¿Soy… la hija de alguien más? ¿Por qué quiero matar? ¿Por qué me siento tan bien cuando lo pienso…?
Se quedó ahí varios minutos, respirando con dificultad, hasta que poco a poco la niebla se disipó.
La presencia de Catallena se difuminó hasta convertirse en un sonido lejano.Se limpió la cara con un trozo de tela sucia que humedeció en un charco, vomitó un poco y se levantó sostenida de lo que pudo encontrar.
Tenía que llegar al punto de encuentro. Kouhen y Grace estarían esperándola.