En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 14
34%

14

las ruınas de la justıcıa

Después de treinta minutos de receso, el recinto se preparaba para la última sesión del juicio.

—¡De pie! —ordenó uno de los guardias—. Recibamos al honorable juez Tanahsiel, de la prestigiosa familia Nesher, quien, en reemplazo del juez Brahamath, habrá de presidir el juicio de ahora en adelante.

Entonces ingresó a la habitación el nombrado juez provisional, silenciando al auditorio.

—Bendiciones, amados hermanos. Es un privilegio para mí participar en un caso tan excepcional. Pero, si me lo permiten, es turno de presentar la defensa a la acusada. Por favor, tráiganla.

Grace apareció escoltada por cuatro guardias fornidos. Las cadenas en sus muñecas y tobillos tintineaban con cada paso, pesadas y frías contra su piel.

—Demos la bienvenida al contendiente defensor —anunció Tanahsiel—. Asignado al caso #136127, del orden de las potestades, ángel Brahamath, de la familia Pastori.

Brahamath entró sin la toga negra ni los collares dorados que solían conferirle dignidad. Su expresión era seria, casi pétrea, pero sus ojos buscaban a Grace con una compasión que contrastaba con el odio que llenaba la sala.

—Bendiciones, hermanos míos —comenzó, sin preámbulos innecesarios—. Empecemos desde la raíz de esta historia, con la única finalidad de dar luz sobre las sombras del quizá y honrar así a la luz de la razón.

Se acercó a la niña, se atrevió a mirarla a los ojos y, con una mirada desafiantemente amable, le preguntó:

—Hola, linda. ¿Podrías decirnos a los presentes cómo te llamas?

El auditorio apuntó su mirada como un misil hacia ella. Grace, con mucha más pena que indignación, respondió en una voz apenas perceptible:

—Grace… me llamo Grace Galikary, señor.

—Muy bien… —expresó Brahamath, volviéndose hacia la sala—. ¿Acaso uno solo de entre ustedes se había siquiera molestado en conocer el nombre de aquella a quien pretenden matar? Porque puedo asegurar que nadie lo sabía.

»Su nombre, como ella misma lo ha dicho, es Grace.

Y parece obvio, pero como se podrá observar se trata de un espíritu femenino.

Quien además cuenta con once soles de existencia desde que fue ascendida a este plano.

¡En efecto!, no es otra cosa que una niña.

Y el hecho de tenerla aquí sentada siendo acusada como si se tratara de alguien mayor es en sí una severa violación a una de nuestras leyes.

Mas no veo a uno solo de los presentes preocupado por este hecho, sino que hasta parecen disfrutar rompiendo las reglas en aras de castigar a alguien que ni siquiera sabían cómo se llama…

»La culpa que ella carga sobre sí, es haber nacido dentro de una raza de ángeles tan escasa y única, que fue el blanco de una visión profética de Rabamael.

Un ángel a quien no se prestaba atención.

Predijo la rebelión del portador de luz y nadie le hizo caso, lo tomaron como a un tonto y hasta lo encarcelaron por difamación.

Cuando Luzbel se reveló con un tercio de nuestros hermanos apoyándolo, se sintieron tan culpables con él, que no dudaron en tomar estas otras palabras suyas como una verdad incuestionable…

»Díganme ahora: ¿ven semejante nivel de maldad en esta criatura?

Ella se encogió de hombros, en un acto de timidez.

—Hemos descargado en ella y en las que ha habido antes, un comportamiento tan estúpido, que ni el mundo de los humanos sería capaz de perpetrar.

Al instante, sacó un pequeño libro con el título: “Profecías y visiones diversas”.

—Y esto, causado por la interpretación errónea de palabras aquí contenidas, que considero primordial leer con detenimiento para tenerlas frescas en la memoria.

Pidió autorización al juez, quien asintió intrigado.

—De esta forma dice el pasaje #33 del libro de profecías y visiones, en su capítulo 7, versículos del 1 al 4:

01 —Que, si llegara el momento, grandes inmortales, en el cual naciese entre ustedes, alguna de cabellos de sangre y radiante aspecto, ¡teman ciertamente!

02 —Ya que con su atractivo aspecto tentarán a los bienhechores al mal y harán correr sus pies presurosos a la sangre inocente.

03 —Con su azul mirar derribarán a todo bienaventurado de entre ustedes. ¡Pues entiendan que son hijas del contrario y destinadas a nuestro peor desastre, están!

04 —¡Échenlas! Las hijas del alba no tendrán ningún tipo de comunión con nosotros. El trono opuesto una regirá, y su amargo corazón será la vergüenza de todo aquel que mire su horroroso ser.

Una vez terminó de leer el pasaje, cerró dramático el pequeño libro.

—La descripción que acabamos de escuchar encaja con las características de mi defendida. Es innegable que su belleza llega a superar a lo descrito, pero ¿con qué más nos encontramos al seguir leyendo? “Una de cabellos de sangre…”.

»Podemos observar de igual manera que ella cuenta con una tonalidad en su cabello de tal naturaleza, que pareciera fuego lo que pinta, a modo de corona, en su cabellera.

En su ingenuidad, Grace asentía silenciosa a las descripciones físicas de su persona.

»¡Sin embargo!, si continuamos leyendo el texto, en el versículo número tres, dice:“Con su azul mirar derribarán a todo bienaventurado de entre ustedes…”.

Lentamente se acercó a la acusada.

—Si bien, estos ojos son impresionantes; de acuerdo con la descripción deberían ser, en efecto, de color azul. En cualquiera de sus múltiples tonalidades, pero azules. La realidad es que sus ojos no son azules, sino más bien son violeta. Y eso, hermanos míos, cambia todo.

—¡Cierto! —interrumpió Miriel, al levantarse de su asiento—. ¡Pero eso puede darse a multitud de interpretaciones! Los ojos azules son raros, la visión se refiere a seres únicos…

—¡Orden, orden!

Golpeó su martillo el juez.

—Compórtate o me veré en la penosa necesidad de sacarte de este recinto. Así que es mejor que esta sea la última vez que interrumpes los argumentos de Brahamath y el proceso en general.

Pero apenas Tanahsiel lanzó esta advertencia, se escuchó a las afueras del salón el estruendo de muchos vidrios cayendo, además de cuatro detonaciones, cada una de ellas tan cerca que iluminaron el juzgado.

Todos se levantaron de sus asientos y el evento se pintó de anarquía. Siluetas de soldados se veían cruzar en formación a través de los vitrales, y a juzgar por los sonidos de espadas chocando y las explosiones de energía, una guerra acababa de declararse justo al otro lado del recinto.

Tanahsiel y Brahamath, como los soldados que eran, se pusieron de pie y sin pensarlo se prepararon.

Materializaron sus armas e intentaron calmar al auditorio, instándolos a no salir por nada.

Con la urgencia a tope y aún con aullidos de muerte en la atmósfera, se coordinaron para salir con sus armas empuñadas.

Cuando estaban por abrir las enormes puertas de entrada, una nueva explosión impactó sobre el muro exterior, derribando a quienes se hallaban sentados en la parte oeste.

El choque fue suficientemente letal como para matar a docenas de asistentes entre gritos de dolor.

El complejo entero se estremeció desde sus cimientos y los lujosos candelabros al interior se desplomaron sobre aquellos que yacían aturdidos sobre el mármol.

—¡Tanahsiel! Yo iré por Grace para resguardarla —exclamó Brahamath—. Es probable que hayan venido por ella; mientras tanto, sella las entradas y confirma qué es lo que causa los impactos de energía.

—Por supuesto, llevaré a dos custodios conmigo —replicó Tanahsiel, con igual autoridad—. Entre tanto, Miriel, quiero que reúnas a los sobrevivientes en el centro de la habitación. Apártalos de los muros. ¡Rápido!

—S… sí —respondió temeroso, sin embargo, al intentar cumplir con el encargo, entró en pánico y terminó por huir despavorido, corriendo para la salida de emergencia y escapar.

Una vez hubo abierto, un estallido acompañado por fuego golpeó a Miriel de tal forma, que lo borró de la existencia en un segundo. La explosión penetró su onda expansiva dentro de la sala, barriendo con la entrada y quienes ahí se encontraban.

Entre tanto, el grupo comandado por Tanahsiel llegó sin contratiempo a la parte frontal del recinto, donde debido al estallido que acabó con Miriel, la fachada se encontraba destruida y en escombros hasta el tercer piso.

—No entiendo. ¿Dónde estarán aquellos que han provocado esto? —comentó intrigado uno de los custodios.

—¿Dónde están, de igual modo, los pobladores de los alrededores? —secundó el restante de ellos.

Ante estos argumentos, Tanahsiel meditó un poco, rodeando el edificio de extremo a extremo con su atenta mirada.

Tras un detallado razonamiento, el juez reconoció a alguien muy a lo lejos y exclamó:

—¡Fue una trampa! ¡Atacará por detrás!

—¿Te encuentras bien, niña? —preguntó Brahamath a la joven.

—Sí, estoy bien. Gracias.

—Es una masacre. Todo está carbonizado —dijo sobresaltado—. Aquí no ha quedado nada.

Y a no ser por cuatro jurados apenas conscientes, así era. Dio un profundo suspiro y colocó su mirada en una empolvada Grace, abrazando sus rodillas, en un peldaño del estrado.

De forma repentina y en medio del sepulcral silencio, Brahamath escuchó desde las afueras del juzgado: “¡Fue una trampa! ¡Atacará por detrás!”

—¿Por detrás ha dicho?

De pronto un extraño sonido, penetrante al oído y mejor descrito como un molesto zumbido, llamó su atención.

—Grace, posiciónate donde pueda verte.

El zumbido aumentó tanto de intensidad que agrietaba la pared y Brahamath, con su última reacción de lucidez, no pudo más que expresar con un inapropiado rostro de sobriedad y resignación:

—No cabe duda, tanto en la tierra como en el cielo, la ignorancia es la raíz y el tronco de todos los males.

Con una tenue sonrisa en sus labios, el justo ángel Brahamath fue golpeado por la más devastadora de las explosiones hasta el momento, que tuvo su origen al lado opuesto del muro y que, tras el ataque, quedó destruido.

El edificio comenzó a crujir en sus cimientos, al tiempo que trozos enteros del techo caían por doquier.

El gran edificio del tribunal, imponente emblema de la ciudad de Ai, estaba por derrumbarse, sepultando con él a los asustados sobrevivientes en los pisos superiores; a Brahamath, inconsciente en el centro del salón, cubierto hasta el pecho por escombros y a una inocente de aparentes dieciocho años humanos quien, desorientada por el impacto, no podía más que formular dentro de su golpeada cabeza:

—Dios, ¿en qué te ofendí para que me maldigas de esta manera?

Y como si esas palabras dictaran su esperada sentencia, al poco tiempo los soportes del edificio terminaron por vencerse. El tribunal se derrumbó sin más remedio ante una multitud de paralizados habitantes que desde lejos, lloraban por lo ocurrido en aquel histórico acto sin precedentes.