En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 13
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el cıelo está hueco

La luz iluminaba en el salón principal de la corte y rebotaba sobre los candelabros, las estatuas y los relieves en los muros, hechos del oro más puro jamás cincelado. Casi como si el mismo sol fuera un jurado más, o un atento espectador en aquel histórico acto sin precedentes.

Y aunque se nos enseña que no hay un mejor lugar para el júbilo que en los coros angélicos, el panorama que para aquella infortunada ingrata se entretejía, le auguraba tanta parcialidad, mentira y podredumbre como en cualquier tribunal corrupto en el mundo de los seres humanos.

—¡Su atención! —gritó el contendiente, similar a un fiscal—.

Este es un momento crucial para nuestra raza de inmortales; pues justo ahora, mi voz dará pie a la sentencia más importante desde los juicios al padre del pecado.

Hoy, tendré la dicha de acabar con el ser más horroroso que haya tenido la miseria de contemplar.

Cual hábil orador y maestro sofista, este formal ángel, de nombre Miriel, supo captar la atención de su auditorio.

—¡Eres una bestia infernal! Tu sola existencia ofende nuestra condición divina y con cada respiro profanas nuestro aire.

Los seres de tu especie fueron ya detectados por el profeta, Rabamael, como protagonistas en el fin de la civilización y es entonces, a mi parecer y el de todo el pueblo del tercer cielo, este proceso inútil para juzgar a criaturas como tú, siendo evidente la sentencia que mereces: ¡ser asesinada!

La sala estalló. Gritos de: “¡Mátenla!” y “¡Monstruo de cabellos de sangre!”, llenaron el ambiente. Algunos se levantaron de sus asientos, otros escupían al suelo.

Grace permanecía sentada, con la espalda recta y la mirada baja.

No temblaba,ni lloraba. Su rostro era una máscara de resignación ylas maldiciones le eran tan familiares como el latido de su propio corazón.

Había aprendido, a la fuerza, que el odio de los demás no siempre dolía. A veces solo cansaba.

Sus ojos eran hermosos y deslumbrantes, poco comunes aun entre los bellos ángeles. Reflejaban cual cristalino estanque los sentimientos de su dueña. Tanto así, que congelaban al irreverente Miriel, espíritu de mediano rango y alas retocadas de bronce cuya tarea consistía en privarla de su vida.

Una orquesta de aciertos estéticos engalanaba su rostro: su piel era suave y tersa como la fina seda, tan clara como la leche en su estado más puro; mientras que sus labios culminaban su línea con una cierta forma felina que dotaba a su boca de un mágico encanto.

Pero este ejército de perfección era liderado por el fulgor que quemaba en sus ojos, faros de luz incandescente que paralizaban a todo aquel que se atrevía a contemplarlos.

“¡Saquen a esa maldita de aquí! ¡Mátenla, y que se pudra en el infierno!”

Seguían los cánticos a la discordia e incluso podía verse a los mismos jurados deseosos por matar a la transgresora con sus propias manos. Simulaban a los lobos, o a perros hambrientos de carne fresca.

El juez Brahamath, un ser enorme de barba dorada y ojos como de metal fundido, golpeó el martillo con fuerza. El sonido retumbó igual que un trueno.

—¡Ordeno que se callen! ¡Regresen cuanto antes a sus asientos y traten de no comportarse como animales mientras lo hacen!

Un ser de verdad poderoso ostentaba el título de juez, y aun su sola imagen evocaba fuerza.

—Ustedes me avergüenzan. Confieso que por comportamientos como este es que dudo que seamos superiores a los seres humanos. ¿Qué es lo que diría… o callaría, un humano cualquiera si presenciara este infantil circo de idiotas que están protagonizando…?

—¡De ninguna manera permitiré que un espectáculo de esta calaña continúe bajo mi mando! Ahora, Miriel, más vale que aprendas a contener esa venenosa lengua tuya o de lo contrario, deberé enjuiciarte a ti en lugar de esta jovencita.

Ante la amenaza, el contendiente se aplacó y siguió su discurso en un tono distinto:

—Ahora toca a ustedes tomar la decisión más importante que hayan concluido. Esta sentencia marcará el futuro inmediato de cada uno de nosotros para siempre. Y aunque ella se nos presente como una joven inocente, también estoy consciente del peligro que alguien con sus capacidades representa…

—Respetable jurado, les pido que no se dejen llevar por esa bella apariencia suya. Recuerden las palabras de nuestro profeta hace ya cientos de soles, y lo cito:

Ciertamente, llegará la hora cuando su insaciable sed de sangre y destrucción rebase su capacidad de temple. Y sin la menor duda, esta indeseable raza arrebatará tantas vidas inocentes como inmensa es su podredumbre de alma.

Después de recordar al profeta, hizo una pausa y prosiguió:

—¿Entienden ahora cuál es el peligro de que alguien de esa descendencia permanezca entre nosotros?

Esas vidas inocentes de las cuales Rabamael habló, podrían ser las de mi familia, las de toda nuestra ciudad o…

¿por qué no?, las vidas de ustedes también.

Lo único que estoy pidiendo es que cumplan con los mismos mandamientos que juraron proteger.

¡Eso es todo! Y sin importar qué tan inofensiva se nos presente la amenaza, tienen la obligación tanto de detenerla como de erradicarla.

¡Eliminen a esta escoria! Por favor, asegúrenos el futuro espléndido y brillante que nos depara el TODO. Muchas gracias.

—Ahora quiero que me escuchen —advirtió tajante el juez, de nombre Brahamath—.

Como deben de saber, en un proceso acusatorio normal, el siguiente paso a seguir es la defensa de la imputada por conducto de su propio contendiente defensor.

Por desgracia, la naturaleza extraordinaria que presenta una situación como esta ha hecho que ningún ángel en el cielo sea capaz de prestar servicio, cuando menos fingido, para una joven que yace temerosa frente a ustedes…

»Yo mismo, en mi labor de juez, he jurado proteger las leyes que el TODO ha dictado a sus hijos.

Y siendo que dicho juramento incluye también casos como este, quiero decirte a ti, de frente y con mi convicción intacta —dijo él, volteando a verla—, que este juicio no será la excepción.

Pues, ¡vive el TODO en mí! que, si ninguno de estos cobardes se atreve a darte su apoyo como tu contendiente defensor, yo mismo lo haré por ti.

A la par de los acontecimientos en el juzgado de la ciudad de Ai; en los barrios más humildes, la vida se conducía con entera normalidad, apartada de aquel bullicio.

—¿Te has enterado de lo que sucede en el centro? —expresó con entusiasmo un precario vendedor de alimentos a su cliente, dentro del mercado de la comunidad.

—Algo se ha escuchado ya, aunque no lo sé con exactitud, dime pues: ¿qué es lo que sabes?

—¡Al fin, amigo mío! Han capturado a ese demonio asqueroso, último de su raza. Podremos vivir en paz, ya que no crecerá para destruirnos. ¡Nuestra especie ha sido salvada!

—No es tiempo de apresurarnos. Estaremos tranquilos cuando hayan mutilado al engendro ese y le decapiten en la plaza central, como nos anunciaron que harían —respondió su cliente con singular entusiasmo.

En ese instante un comprador, a unos metros del lugar, dejó caer sus provisiones al escuchar la conversación. El estruendo de los víveres cayendo al piso llamó la atención y ambos le miraron con extrañeza, porque el tipo lucía un porte encorvado y una manta que cubría su aspecto.

—Bueno… como te decía, sé de muy buena fuente que justo hace unos instantes capturaron a aquel desagradable monstruo y…

—¡¡¡Maldita sea!!! —gritó el extraño a todo pulmón. Aumentó sus vibraciones y despegó del lugar en un parpadeo.

—¿Quién era ese?, vuela como un auténtico desquiciado— comentaban sincronizados.

Kouhen arribó hasta la comunidad, a la casa desde donde había partido esa misma mañana. Sus extremidades temblaban y el miedo invadía su mente.

—¡Grace… Amy! —llamaba por todas partes con desesperación mientras corría de arriba a abajo, apartando y arrojando cuanto se interponía en su búsqueda—. No puedo creer que se las hayan llevado —repetía furioso, escudriñando a detalle cada pequeño espacio, esquina o escondrijo.

Cansado, se detuvo para cubrirse el rostro con las manos. Estaba a punto de darse por vencido cuando alcanzó a escuchar una débil voz a lo lejos:

—Se la han llevado… se la han llevado… —anunciaba Amy, maltratada, sucia y hasta golpeada.

Voló hacia ella, apenas se percató de su presencia, para sostenerla entre sus brazos.

—¿Te encuentras bien? ¿Qué es lo que te hicieron?

La abrazó a su pecho y la joven, aunque aliviada por verle, tomó las ropas de este para expresar:

—En un instante llegaron como rayos desde el horizonte un grupo de soldados amarillos, eran doce o quizá quince de ellos.

Se veían aterradores y sin ánimo para conversar.

Escondí a Grace al verlos, ¡lo juro! Sin embargo, entraron por la fuerza y comenzaron a destruir lo que veían.

Yo estaba escondida detrás de un muro, pero terminaron por encontrarme.

Aquí hizo una pausa en su relato para respirar profundo. Después de recobrar el aliento, continuó:

—Una vez que me encontraron me hicieron su prisionera, decían maldiciones contra mis padres y me humillaban como huérfana que soy.

Uno de ellos se hartó de las palabras y comenzó a golpearme contra el mismo muro en el cual me escondía de ellos.

Querían que les revelara la ubicación de Grace; pero…

¡vive el TODO en mí! que nunca dije dónde estaba mi hermana.

—Entonces, ¿cómo la encontraron? —preguntó intrigado.

—Ella misma se entregó. Salió de su escondite al escuchar las agresiones a las que era sometida. Cuando se retiró el manto y reveló su identidad, esos soldados la tomaron, llevándosela de aquí. ¡Por favor perdóname, no la defendí lo suficiente! ¡Perdóname!

—Eres tú quien debe perdonarme. No debí haberlas dejado solas por tanto tiempo. Fue una imprudencia de mi parte que solucionaré de inmediato.

Su voz le transmitía tanta paz, que al paso de unos minutos se puso de pie. El joven recargó sus manos sobre los hombros de Amy para decirle después:

—Ahora quiero que vayas y te limpies un poco el rostro, ¿quieres?

—aconsejó con delicadeza y ella aceptó. Pero tan pronto como se apartó para asearse, hirvió en una ira tan viva que por poco no pudo contener.

No podía permitirse mostrar su rabia frente a Amy o gritar las maldiciones que cruzaban por su cabeza.

Lo único que se permitió, fue golpear eufórico el ya resquebrajado piso sobre el cual se encontraba.

Lo hizo tan fuerte como pudo, al punto de casi pulverizar sus puños.

—¡Malditos! Deben estar juzgándola en uno de sus tribunales.

Juraba una venganza memorable reservada para esos perros descorazonados (como los llamaba), y dibujó una sonrisa en su rostro; pues había maquinado una idea que satisfacía sus sentimientos de revancha…

—¡Listo! Ya estoy limpia, ¿no lo crees?

—Es verdad, te ves mucho mejor —respondió con disimulo. Fijó su mirada en ella y le advirtió en un tono más serio que el anterior:

—Lo que estoy por pedirte va a parecerte peligroso, incoherente y hasta estúpido, pero no admitiré preguntas o negociaciones al respecto. Promete que harás lo que te diga sin dudar un solo segundo y accederás. Esto es por mí y también para salvar a tu hermana.

Mientras pronunciaba estas palabras, rechinaba los dientes e hipnotizaba a Amy como la serpiente al ratón.

—¡Sí, lo prometo! Anda, no demores más y dime: ¿qué es lo que tengo que hacer?