11 #3
Ella se mantuvo callada, alegre por ver a Amy, pero con un dejo de odio asomando por su mirada, clavada en el ángel que la acompañaba. Sonrió tan pronto como su mirada se encontró con la de este.
—Kouhen Blesser… titán del cielo. Siempre apareciendo en el momento justo. Qué conveniente.
Amy frunció el ceño, extrañada por la reacción. Pero también el aludido estaba estático, sin palabras a causa del comentario.
Catallena se acercó a Amy y la tomó de la muñeca con delicadeza, pero con una fuerza que ella sintió como una invitación sin opción a negarse.
—Ven conmigo un momento, querida. Hay algo que debes ver.
Siguió a Catallena hacia una sección apartada del orfanato. Kouhen las observó alejarse con una expresión descolocada, pero no intervino.
En un rincón oscuro, Catallena señaló a un capataz que aún respiraba entre jadeos. Era el mismo que la había golpeado en el patio, cuando cubrió el escape de Grace, el que la había metido en el hoyo más de una vez y se había propasado con ella en innumerables ocasiones.
—Míralo —susurró Catallena, con un tono dulce pero cargado de veneno—. Todavía vivo. Todavía respirando después de lo que te hizo. ¿No crees que eso es una gran injusticia?
Amy supo que algo se avivaba dentro de ella. La frustración que había guardado durante tanto tiempo salió a la superficie con la fuerza de una marea.
—¿Sabes, amiga? Me enteré de algo: que ese asqueroso sujeto, Melahniel, te persiguió por el bosque y lograste desquitarte con él; pero fue una venganza incompleta, ¿verdad?
Por eso viniste hasta aquí, porque alguien más te arrebató la oportunidad de curar tu alma, ya que no pudiste matarlo… no pudiste, querida Amy.
Catallena materializó una gran espada y sin titubeos, la deslizó en la mano de su amiga.
—Pero no tienes de qué preocuparte, linda amiga, porque aún estás a tiempo de sentir dentro de tu ser ese fuego sanador que solo la venganza puede ofrecerte. Toma lo que te pertenece, Amy. Recuerda quién eres en verdad. No una víctima. Una ejecutora.
Amy sujetó la espada con manos resbalosas. Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia a la par que, ante Catallena, la llama de su rabia se apoderaba de sus acciones. Con un grito desgarrador, levantó el arma y cortó la cabeza del capataz de un solo tajo. La sangre salpicó el suelo y su rostro.
Catallena sonrió satisfecha…
—Bien hecho, vieja amiga. Debes de estar orgullosa, acabas de hacer justicia. Bendita seas… —dijo esto último en un volumen tan bajo que Amy casi no pudo oírlo con claridad.
Luego, sin decir nada más, desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Amy regresó con Kouhen, todavía temblando a causa del torbellino de emociones y sucesos que acababa de vivir, con la espada ensangrentada en la mano.
—Volvamos, salgamos ya de este lugar —dijo él sin pronunciarse al respecto—. Ya no hay nada más que destruir aquí, y aquello que tenía que liberarse, por lo que veo, ya se ha liberado.
De vuelta en el diario vivir dentro de la comunidad, y en vista de la dura realidad por la cual su pequeña sociedad atravesaba, fue Amy quien solicitó primero ser entrenada de manera personal por Kouhen, que aceptó la petición.
Posterior a eso, Grace se les uniría en el entrenamiento y así, el vínculo entre los tres se fortaleció como ninguno otro. Kouhen era su maestro de vida al darles consejos, su mentor en defensa personal, y también, su protector y modelo a seguir. Una guía para Grace, y un propósito para Amy.
Cada vikra, nuevos perseguidos llegaban para encontrar refugio del imperio mientras que, en equivalencia, las necesidades iban en aumento, provocando que las incursiones fueran cada vez más y más frecuentes.
El asunto escaló hasta que su actividad criminal llegó a oídos del coro santísimo, el más cercano al TODO y habitado por los doce arcángeles.
Era ya tanto el material robado del paraíso, que el mismo Uriel tomó la determinación de bajar desde lo alto de su gloria para fungir en el rol que alguna vez había sido suyo como protector de Edén.
Desde entonces, el ambiente cambió radicalmente a uno de desesperación, pues ya no había guerreros dispuestos a la batalla, o vivos, para hacer frente a Uriel.
De modo que hubo que tomar medidas urgentes, y en cuanto se supo que Kouhen, junto con dos experimentados guerreros habrían de ir al paraíso en unas pocas vikras, no hubo duda alguna en ellas.
Se aproximaron a Kouhen y se ofrecieron como voluntarias para formar parte de la reducida expedición.
—¡Jamás vuelvan a mencionar locura semejante! —espetó Kouhen con autoridad.
—Pero ¿por qué dices eso? —replicó Amy.
—Porque de ninguna manera estaría yo tan demente como para mandarlas directo a su muerte. Uriel no tendrá misericordia de ustedes, aunque sean tan jóvenes.
Se les acercó y dijo:
—Antes preferiría que esta comunidad libre se quemara entera, a perderlas. Así que espero que me entiendan. Y aunque agradezco su desinteresada oferta de ayuda, no van a acompañarme. Ustedes son muy importantes y no correrán ningún riesgo mientras yo esté aquí para evitarlo.
Sin mediar otra palabra, se retiró volando, sintiendo en su corazón que quizá… se estaba equivocando en su manera de actuar.