10
kouhen
Aduras penas consiguieron llegar al sector medio de Ai, y aunque grandes maravillas se alzaban ante sus ojos, poco o nada importó. Estaban exhaustas a causa de todo lo vivido. El peso de los golpes, el miedo constante y la imagen de Melahniel aún latía en sus mentes como una herida abierta.
La siguientes vikras fueron arduas. No contaban con lujos ni excesos, pero sobrevivían con lo básico.
Recogían comida del piso cuando nadie miraba, bebían de las fuentes públicas con disimulo y se cubrían del frío apenas con lo poco con lo que contaban: mantas sucias, ropa raída y la calidez de sus propios cuerpos abrazados.
En cierta ocasión, se sentaron sobre un par de cajas vacías con la intención de desconectarse por un momento de su situación cuando notaron que, frente a ellas, al pasar la avenida, había un edificio en construcción.
Pusieron en práctica sus habilidades de comunicación para solicitar un puesto de trabajo y contra todo pronóstico, pudieron conseguirlo como ayudantes de constructor.
Era un trabajo duro, pero les permitiría continuar con lo esencial de forma honrada y, sobre todo, segura.
Una luna completa transcurrió de esta manera.
Sin embargo, sucedió que mientras Grace transportaba tablas pesadas de un punto a otro del andamio, concentrada en no tropezar, su casco se deslizó y cayó al vacío.
Estaba tan absorta en su tarea que no se dio cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
Los potentes rayos de luz del TODO caían implacables sobre ella, iluminando su largo cabello suelto.
El tinte negro que había aplicado con tanto cuidado había desaparecido casi por completo y ahora su natural rojo intenso brillaba como llamas vivas bajo el sol.
En cuestión de segundos, los trabajadores la rodearon.
Susurros llenaron el aire. Algunos señalaban con dedos temblorosos, otros, huyeron despavoridos.
Unos pocos cayeron de rodillas, orando al Creador para que los protegiera del demonio que había aparecido entre ellos; así que comenzaron a lanzarle rocas.
Un proyectil le acertó en la espalda baja, arrancándole un agudo quejido.
Los ángeles se lanzaron contra ella con consignas religiosas. Grace corrió hacia donde Amy trabajaba, en el área del comedor, con el corazón a punto de estallar. No hizo falta explicación. Detrás de ella, como una ola de basura arrastrada por el viento, venían decenas de atacantes lanzando rocas.
Las ataron de piernas, alas y brazos. Las arrastraron hasta el exterior y las arrojaron como dos costales a las profundidades de una zanja.
La alegría de la multitud era desbordante. Escupían, lanzaban consignas de odio y alabanzas al Creador. Los “divinos hijos del cielo” se organizaron rápido y decidieron no esperar a las autoridades; pues el descubrimiento del demonio les pertenecía. Nadie les arrebataría esa gloria.
Antes de proceder con la ejecución, un sacerdote se posicionó al frente y comenzó a leer pasajes sagrados, citando a la Sagriari como un ser lleno de maldad. Su voz resonaba con fervor dogmático mientras lanzaba plegarias, animando a los verdugos a cumplir la voluntad divina.
—¡Detengan lo que están haciendo! —irrumpió una voz potente desde atrás de la turba.
Todos se volvieron. Un ángel de presencia imponente se abrió paso entre la multitud, su porte era el de un guerrero legendario.
De cabello castaño rizado reluciente, alborotado y tan solo un poco largo, hacía recordar en actitud y regia belleza al David, de Miguel Ángel.
Con espada flameante y alas divinas como las del gran arcángel, pero con la actitud de un férreo, justo guerrero atemporal.
Ni siquiera los soldados más bravos y experimentados se le asemejaban en algo.
Pasó de largo sin que nadie osara detenerlo. Su espada arrastraba por el suelo, reflejando la luz del TODO. Llegó hasta los verdugos, a orillas de la zanja.
—Si lanzan esas losas —dijo amenazante—, yo les aseguro que sus cuerpos sin vida caerían primero a tierra.
Acto seguido, liberó una técnica. Un destello repentino envolvió el lugar, y como por embrujo, cada ángel perdió las fuerzas en sus miembros. Las losas cayeron al suelo con estruendo. Los presentes se derrumbaron, incapaces de sostenerse.
El sacerdote, con sus extremidades temblando, preguntó con teatralidad:
—¡¿Qué poder es ese?! ¡¿Quién eres tú?!
—Soy uno de esos ángeles que gustan de pensar por sí mismos —respondió él, retirando su capa—. Y por esa causa, soy un maldito en este mundo, perseguido por el escudo que orgulloso me representa.
Los presentes quedaron petrificados al ver su rostro.
—Mi nombre es Kouhen —declaró—, superviviente de la legendaria familia Blesser. Estirpe de ángeles de fuego, generales valientes, armeros leales y los más grandes líderes del imperio entero.
El sacerdote escupió con desprecio.
—Entonces sabes que todos esos títulos han quedado en el pasado distante; pues ahora solo son una mancha en las páginas de la historia. Una pandilla de traidores que el imperio tuvo a bien exterminar.
Kouhen sonrió confiado. En control absoluto de la situación.
—La opinión de un clérigo no merece mi atención. Tan solo la suficiente para decirte que te quites de mi camino.
Despedazó en un santiamén a cuatro ángeles, mismos que habrían de lapidar a las jóvenes y bajó tranquilo hasta ellas. Las miró con compasión, como si él mismo hubiera estado en una posición semejante y sin más, las desató al instante.
Amy, aún aturdida, lo encaró desconfiada.
—¿Es eso cierto? ¿En verdad eres el último de los Blesser?
—Al menos en el cielo... lo soy —respondió Kouhen, ayudando a Grace a incorporarse—.
Y tú… es obvio que eres la razón de este embrollo —comentó fijando su atención en Grace, quien recién se quitaba cinta adhesiva de una de sus alas y acomodaba sus gafas, ya rotas—.
Ese cabello rojo, esos ojos… Eres la Sagriari de nuestros tiempos.
Estoy seguro de que esa es la estúpida razón por la cual estos sujetos estuvieron a punto de lapidarlas…
»Pero no tienen por qué temer. No conmigo. Y si así lo deciden, estarán seguras en un sitio donde muchos ángeles perseguidos, malditos como nosotros tres, encuentran cierta tranquilidad.
Amy entrecerró los ojos incrédula.
—¿Confiar en ti... así nada más... solo porque sí?
—Amy, no te comportes así con él... recuerda que nos está salvando la vida —susurró Grace, un poco apenada.
—Eso no tiene relevancia real —replicó Amy, mirando a Kouhen con dureza—. Mejor para mí hubiera sido que Melahniel me matara a lo que me hizo. A veces la muerte es un buen descanso. La vida, en cambio, suele ser tormento continuo para muchos.
Kouhen la observó con profundo respeto. Analizando con cuidado cada una de sus palabras, y su manera particular de ver la vida.
—En su momento, no pude haber estado más de acuerdo contigo —dijo—. Eso mismo creía yo cuando tenía tu edad; pero, a diferencia tuya —recogió su espada de entre la arena y se la ofreció—, yo no tenía un arma como esta en mis manos para defenderme.
Con los oficiales acercándose y la multitud recuperando fuerzas, Kouhen colocó el filo de su espada bajo su propia garganta.
—¿En verdad sientes en tu corazón que soy una amenaza para ti y para tu hermana?
Amy dudó solo un instante. Luego le retiró la espada.
—No tenemos otra opción que creerte. Aunque prefiero la muerte, sería egoísta pretender que lo mismo aplica para mi hermana. Iremos contigo. Pero si intentas algo extraño, aunque sea lo más mínimo contra alguna de nosotras… Tu familia, ahora sí, estará extinta. ¿Me entiendes?
—Yo seré el primero en ofrecer mi vida si en algo llegasen a sentirse ofendidas.
Una vez sellado el acuerdo, los tres salieron de la zanja. Kouhen se preparó para partir volando, pero antes se volvió hacia la multitud que apenas se reponía de aquella técnica.
—Ignorantes y miserables —dijo con voz potente—.
Animales de granja todos ustedes. Espero que alguna vikra en el futuro caiga la venda de sus ojos y se vean a ustedes mismos como en realidad son.
Me llevaré con los míos a esta joven, la Sagriari apocalíptica de la profecía.
Me refiero a aquella temible bestia que, según sus fantasías, habrá de derrocar al TODO, emperador.
Envolvió a las jóvenes en su aura de energía y se elevaron con la velocidad de un relámpago.
El poder de Kouhen era sobresaliente. Había colocado sus palmas desnudas contra su propio pecho, aumentando exponencialmente sus niveles de vibración. Se movieron dentro de una burbuja por los cielos de la ciudad con la misma prontitud que lleva a una libélula cruzar volando un campo de fútbol.
Llegaron hasta los límites inferiores de Ai, y contrario a lo que ellas creían como algo imposible, salieron de la urbe hacia la inmensidad del universo.
Ahí, a lo lejos, pudieron atisbar la esfera celeste que es el planeta tierra, mundo corrompido de los seres humanos.
Entre nuestro planeta y el tercer cielo (visto desde la distancia como un enorme cono), se conectaban una especie de hilos luminiscentes qué, como darían cuenta después, eran escaleras para mensajeros; y por debajo de estas, se observaban dos pequeños satélites tan solo un poco más pequeños que la luna, siendo en dirección a uno de ellos, de hermosa apariencia, hacia donde se dirigieron.
Conforme más se acercaban, aún envueltas en el aura de Kouhen, reconocieron un lugar de características solo apreciables en un sueño.
Un jardín que se perdía a la vista, sin defecto alguno.
Ríos de agua cristalina recorrían el bello e inmenso campo alfombrado de verde, bañando con un agradable rocío los frondosos árboles frutales que a sus orillas crecían.
A la vez que rodeaban el jardín (pues atravesarlo no podían), divisaban toda clase de animales salvajes; numerosas clases de aves, felinos, caninos, paquidermos e insectos.
Cada uno conviviendo con su semejante, ignorando por completo la cadena alimenticia y actuando cual dóciles gatitos con otra especie de habitantes.
Eran unos cuantos miles de ellos, parecidos a los ángeles, aunque no poseían alas para volar.
Llegaron así hasta el lado oculto del diminuto planeta.
Se trataba de un área con apenas algo de vegetación, escondida en las profundidades de un gran cañón y protegida también por ángeles, aunque de un semblante distinto, más descuidado y hasta improvisado.
Estos recibieron a Kouhen con un respetuoso saludo.
Entraron al valle escondido en el cráter, en el cual se hallaba una modesta comunidad llena de casas, avenidas y hasta uno que otro edificio, tallado todo de la misma piedra mineral, por lo cual su infraestructura, si bien mucho más humilde y rudimentaria que cualquier otro sitio, tenía su propia belleza al pintarse de un color rosado uniforme.
—Sean bienvenidas a la comunidad —dijo Kouhen, extendiendo sus brazos en señal de amable recibimiento.
Fueron bien acogidas por aquella casi desconocida sociedad, tan pequeña que, como no tardaron en enterarse, estaba conformada por no más de 3600 individuos, siendo cada uno de ellos un perseguido por el poder imperial.
Eran infractores a la ley por el delito de divulgación de ideas contrarias al TODO, ideólogos, pensadores, filósofos o estudiosos de los acontecimientos históricos.
Pero también había familiares inocentes, miembros de estirpes malditas, designadas así por la lista negra que el imperio había redactado.
Ayudaban con tareas básicas de limpieza y remoción de escombros, y llegaron así a entender la actividad comercial de principal importancia: El robo de todo tipo de comida y de materias primas del paraíso.
Existían reducidos escuadrones conformados por quienes tenían cierta experiencia militar.
Estos ángeles, bien entrenados y pertrechados, eran liderados por Kouhen.
Burlaban a los guardias para infiltrarse saltando las murallas, escapaban de la vista de las almas humanas y extraían cuanto les fuera posible: animales sagrados, agua limpia, frutas, metales y la tan preciada madera.
Grace y Amy se vieron de inmediato envueltas en el ambiente de heroísmo exacerbado hacia el último de los Blesser, quién, por difícil que fuera la misión de infiltración, regresaba cubierto de gloria.
Era el héroe indiscutido de la comunidad, los habitantes se reunían cada cierto tiempo con el fin de organizar fiestas en su honor, le atendían con muestras de amabilidad y a donde sea que el imponente ángel se dirigiera, era recibido con la misma loa que un príncipe, o un rey.