9
el precıo de la lıbertad
Contaban con apenas siete vikras para ejecutar su plan. Gracias al tiempo que Amy había ganado con su sacrificio, concentraron cada segundo disponible en la planeación de su escape. No había margen para errores.
Amy se convirtió en el cerebro de la operación.
Durante horas, en los breves momentos en que los capataces bajaban la guardia, revisaba con discreción el muro perimetral del jardín.
Estudiaba las bardas, medía en su mente la altura de la reja exterior y memorizaba los puntos débiles donde las grietas eran más pronunciadas.
Grace, por su parte, se dedicó a una tarea más sigilosa pero igual de vital: conseguir una llave útil que les permitiera acceder a la pequeña bodega donde los constructores habían guardado el material tras reparar el muro.
Tuvo que moverse con extrema cautela, fingiendo inocencia mientras realizaba sus labores diarias.
Sin embargo, lo que más les representó un problema durante ese periodo fue conseguir ropa nueva para cambiarse apenas estuvieran fuera.
Vestir los harapos del orfanato en el bosque sería como llevar un cartel que dijera “prófugas”.
Necesitaban prendas discretas pero resistentes, calzado adecuado y algo para cubrirse la cabeza.
Para resolverlo, Amy confió un falso secreto a uno de los visitantes más persistentes y manipulables.
Le confió que Grace, quien todos sabían que era su mejor amiga, le había confesado que lo único con lo cual podría considerar ser compañera de alguien era con bellos y finos vestidos, zapatillas elegantes y decoraciones delicadas.
La mentira se propagó como un incendio entre los admiradores y a la tercera vikra desde el incidente con Melahniel, llovieron cantidades brutales de ropa de una calidad excelente, junto con montones de calzado y accesorios diversos.
Esperaron hasta la medianoche. Salieron de su habitación a hurtadillas moviéndose con el sigilo de delincuentes experimentadas y se dirigieron a la habitación 3-L, aquel lugar maldito donde ocurrían las cosas indeseables que nadie quería recordar.
Y mientras inspeccionaban el lugar, confirmaron las sospechas de Amy: una parte del piso de madera estaba floja y sonaba hueca al pisarla. Con paciencia y fuerza, quitaron las tablas una a una y escondieron allí las prendas obtenidas.
Se prepararon también en el plano de lo mental.
Se daban ánimos constantes, recordándose la una a la otra por qué luchaban.
Por las noches, cuando el orfanato dormía, bromeaban y reían en voz baja.
Se sentían extrañamente confiadas, casi eufóricas, convencidas de que aquella sería su última noche entre aquellas paredes.
Más es verdad que la providencia es caprichosa, lo mismo que inmisericorde, ignorando por completo los planes de los individuos pues, justo cuando se dirigían de regreso a su habitación, se detuvieron en seco.
Desde una ventana del pasillo vieron llegar un carruaje inconfundible: elegante, de oro blanco reluciente del cual descendió, con porte altivo y sonrisa hipócrita, el odiado Melahniel.
El pánico las invadió.
—¡No puede ser cierto! —expresó Grace, desesperada—. ¡Llegó antes de tiempo! Todo se acabó…
—Nada de eso —respondió Amy con determinación en la mirada—. Ese cerdo no va a tocarte un solo cabello mientras yo esté aquí para evitarlo, así que no te preocupes.
—Oigan, ustedes —interrumpió una de sus compañeras de habitación, asomándose con preocupación—. ¿Por qué están ahí paradas? Si llega a pasar un capataz y las ve así cuando deberíamos estar durmiendo, nos darán quince palazos a cada una.
—Tienes razón, Cizeth —respondió Amy con rapidez.
Entró a la habitación, recogió dos mantas negras entre sus manos, dio la media vuelta para salir de nuevo al corredor y cerró la puerta; después, se movilizó con urgencia para atrancarla con una silla desde fuera, haciendo imposible que se abriera desde adentro.
—Ya no hay marcha atrás desde este punto —sentenció—. Es tiempo de largarnos de este basurero.
Llegaron hasta la puerta del jardín, y como Melahniel ya iba en camino, no les fue posible pasar por las prendas de ropa, así que saltaron a la siguiente parte del plan.
Con las llaves que Grace había conseguido, se abrieron paso a la caseta donde se almacenaba el material de construcción; abrieron y Amy tomó en sus manos un pesado mazo, que arrastró con esfuerzo hasta el punto previamente elegido por ella, una parte específica del muro con el mayor número de grietas e imperfecciones.
Amy concentró sus fuerzas tanto como pudo, suficiente para levantar el mazo y asestar un duro golpe contra la pared. El estruendo fue inevitable y todo el orfanato se percató de ello.
El primero de los mazazos no abrió sino un pequeño orificio. Amy volvió a golpear con igual cantidad de fuerza, logrando tirar grandes pedazos de la pared, aunque todavía no era suficiente para pasar.
Los capataces golpeaban furiosos la puerta del jardín.
Con las fuerzas disminuidas, Amy apostó todo en un último golpe. Reunió su energía, alzó el mazo y, con un grito gutural de rabia, lo descargó con toda su potencia. El muro se abrió por completo y el mazo se rompió, pero ella conservó el mango metálico y lo sujetó en su cinturón.
Corrieron hacia la estrecha franja entre los muros y la alambrada.
—Bueno, hermanita mía —admitió Amy, jadeando—, debo disculparme contigo en este punto. Estuve tan ocupada en la parte que me correspondía que no te pregunté cómo harías para que pasáramos por esta alambrada. ¿Lograste hacerte de algunas pinzas, un par de alicates o algún enorme cuchillo?
—No —respondió Grace, segura de sí misma—. No tengo conmigo nada de eso. De hecho, no cargo nada más que mi ropa y mi propia persona.
—¡¿Es en serio lo que me estás diciendo?! —exclamó Amy—. Si no hiciste tu trabajo, entonces es un hecho que hasta aquí llegamos.
—El que no traiga artefacto alguno no quiere decir que no escaparemos.
—¿A qué te refieres? ¿Cómo haremos para pasar por la alambrada?
—Simple —replicó Grace. Acto seguido, desdobló sus alas con determinación, como un halcón preparándose para el vuelo—. Nos iremos volando.
Amy la miró incrédula.
—¿Sabes volar? —preguntó en un susurro—. ¿Cómo es que sabes volar? El imperio prohibió esa práctica a escudos menores, son muy pocos quienes están autorizados para aprender eso. ¡Qué bien que te lo tenías guardado!
—Fueron mis padres. Ellos me enseñaron lo básico cuando era muy pequeña. Christell continuó con las lecciones en el bosque. Aunque es verdad que mi experiencia es casi nula y nunca lo he hecho bajo presión… pero ya hablé demasiado. ¡Hagámoslo!
Abrazando a Amy, agitó sus blancas alas para comenzar a elevarse, pero el intento resultó ser desastroso. Los capataces habían conseguido un robusto juego de llaves y probaban cada una con apremio cuando las jóvenes se estrellaron contra la alambrada.
Ignorando el dolor en sus rodillas y codos, lo intentó de nuevo. Y otra vez. Cada fracaso era más frustrante que el anterior. Sus alas, aunque fuertes, no estaban acostumbradas a cargar el peso adicional de otra persona en pleno vuelo, mucho menos bajo semejante presión.
—Al menos eso responde por qué no nos fuimos volando desde un principio —apuntó Amy con un tono irónico—. ¿Estás dudando si puedes hacerlo?
—Volé unas cuantas veces sin asistencia —respondió Grace, jadeando—. Hacerlo así, con un obstáculo enfrente y contigo encima, es un reto para mí.
—Escúchame bien. Comparado con lo que has tenido que afrontar a tu corta edad, esto es un juego de niños. Eres más fuerte de lo que crees, Grace. Creo en ti. Ahora, levanta el vuelo.
Así que lo hizo de nuevo. En su quinto intento se elevaron como en cámara lenta, ganando altura con esfuerzo.
Ante la atónita mirada de varios compañeros y de los mismos capataces que ya habían entrado al jardín, lograron pasar por encima de la alambrada con apenas centímetros de espacio.
El aterrizaje al otro lado fue estrepitoso, rodaron por el suelo cubierto de hojas y ramas. Sin aliento, pero libres.
No había ni un segundo que desperdiciar. Se pusieron de pie y avanzaron a toda velocidad entre los árboles del bosque.
Amy volteó hacia atrás por un instante y una sonrisa se dibujó en su rostro al ver a los capataces vociferando maldiciones hacia ellas, incapaces de seguirlas.
Sin embargo, esa paz mental duró apenas un suspiro.
Una silueta se elevó por encima del muro con alas enormes, bordeando el obstáculo con facilidad.
—¡Es él, Melahniel! ¡El desgraciado ese viene para acá! —gritó Amy —. ¡Corramos más rápido!
Avanzaron a paso galopante, apenas pudiendo sostener las mantas que cubrían su brillo. Sin un rumbo claro al cual seguir sino solo tan lejos del cautiverio como fuera posible.
El ángel las perseguía proclamando a todo pulmón su amor por Grace y las piernas de las jóvenes, de a poco, dejaban de responderles.
Ya no les era posible continuar…
—Oye, hermana —dijo Amy, al ritmo agitado de su respiración. Detuvo el paso de ambas y sujetó a Grace de los hombros—. Ponme atención, quiero que me hagas un favor.
—¿Un favor? ¿De qué hablas?
—Apártate lo más lejos de mí y cúbrete muy bien con tu manta. Pero lo que más importa es que, pase lo que pase o escuches lo que escuches, no vengas a buscarme. Yo llegaré contigo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con la voz quebrada.
—Entre menos sepas, mejor será para ambas. Vete y no salgas hasta que te llame por tu nombre. Te amo.
Grace intentó protestar, pero Amy la empujó con suavidad hacia la oscuridad. La pelirroja corrió escondiéndose entre los arbustos, cubriéndose con la manta.
Amy apretó los puños con tanta fuerza que sintió dolor. Un odio recalcitrante, nacido desde lo más profundo de sus entrañas, tomó control de su ser. Sacó el mango metálico del mazo que aún cargaba en el cinturón. Calculó la trayectoria del sujeto y se ocultó entre las sombras, esperando…
Cuando Melahniel pasó volando cerca, gritando el nombre de Grace, Amy surgió de su escondite y le asestó un golpe devastador en la cara. El impacto fue tan brutal que provocó que el ángel azotara con violencia contra el fango.
Lo que siguió fue una explosión de rabia contenida. Amy se abalanzó sobre él, golpeándolo una y otra vez con el mango metálico, mientras gritaba entre lágrimas:
—¡Maldito cerdo! ¡Aléjate de ella! ¡No la toques nunca más!
Sus manos brillaban con cada golpe, ganando más fuerza. Melahniel aullaba de dolor, pero logró quitársela de encima y lanzarla contra un árbol.
Grace, que había regresado atraída por los gritos, se quedó paralizada al ver la escena: Amy tendida en el lodo, sangrando, apenas consciente y Melahniel, herido, pero arrastrándose hacia ella con intención de terminar lo que había empezado.
Entonces, el bosque entero se iluminó.
Una luz dorada descendió desde lo alto. Los árboles alrededor se inclinaron como consecuencia de la energía que se aproximaba.
Una figura levitaba sin tocar el suelo, envuelta en un aura tan densa que el aire mismo parecía vibrar.
En su mano derecha sostenía una espada larga cuya hoja emitía chispas.
Su porte era impecable y aristocrático. Era el secretario coronel, Zulzher Galazay.
—¿Quién carajos es ese presuntuoso sujeto? —preguntó Melahniel—. Apuesto que es uno de esos tantos imbéciles, admiradores de mi amada, que desea llevársela lejos de mí, ¿no es así?
Sin embargo, al reconocerlo después de una breve inspección, palideció de terror y cayó de rodillas en el barro.
—Coronel… esto es un malentendido… yo solo…
Zulzher ni siquiera le prestó atención. Levantó a Melahniel del cuello con una sola mano y sin pronunciar palabra alguna, lo ejecutó con un corte limpio de su espada. El cuerpo del ángel cayó,como hecho de plomo, al suelo.
Luego, se giró hacia Grace. Sus ojos, fríos y calculadores, la recorrieron de arriba abajo con un desprecio enorme. Como observando un insecto interesante, pero repugnante.
—Así que tú… eres la famosa Sagriari —dijo con voz profunda—. La mocosa que ha causado tantos problemas. Mi subordinado te encontró, pero quise venir yo para conocerte. Qué… decepcionante.
Grace sintió que sus piernas se doblaban. Ese nombre, Zulzher, había quedado grabado a fuego en su memoria desde la vikra en que se la llevaron del hogar de sus padres. El mismo nombre que escuchó en el carro blindado. El monstruo que había ordenado la destrucción de su familia.
Zulzher se aproximó a ella, levitando apenas unos centímetros sobre el suelo cubierto de hojas y sangre.
—No te muevas, niña —continuó, con una mirada despectiva—. Eres muy valiosa para matarte ahora. Tu existencia impura, la sangre diluida que corre por tus venas… de ella depende gran parte de mi futuro. Por eso, aunque me repugne la idea, sucia obrera, me veré obligado a vigilarte más de cerca.
Grace retrocedió de inmediato, pero, aunque quiso ir contra su instinto y golpear en la cara al maldito, no pudo hacerlo. El miedo la paralizaba, pero también había un rencor profundo que comenzaba a arder en su pecho.
Zulzher inclinó la cabeza con suavidad, observándola como quien estudia una rareza.
—A mí no me engañas, puedo ver en tus ojos que me reconoces. Bien. Eso facilitará las cosas. Jamás olvides lo que eres: una anomalía, una mancha en la perfección del cielo. Pero por ahora… eres útil. Y yo no desperdicio herramientas útiles.
Se acercó aún más. Su aura dorada iluminaba el rostro aterrado de Grace.
—Si intentas huir de nuevo, si te atreves a causar más problemas… no solo te encontraré. Destruiré todo lo que te importe. Y lo haré lentamente, para que aprendas cuál es tu lugar en este mundo.
Grace sintió que el alma se le escapaba, pero no se movió. Su cuerpo no quería responderle. Zulzher la barrió de abajo hacia arriba, con la ceja arqueada y lleno de desprecio.
—Qué patética te ves temblando como una hoja. Eres la primer Sagriari que conozco en persona, y veo que son seres lamentables en verdad.
Y sin realizar ningún movimiento visible, en un parpadeo, desapareció del lugar, dejando solo el eco de su voz.
Amy llegó tambaleándose hasta donde estaba Grace. La encontró apoyada contra el árbol, con la mirada perdida y el cuerpo rígido y, con esfuerzo, la abrazó hasta lograr sacarla de su estado de shock.
—Vamos, hermana —musitó—. Ya escapamos. Tenemos que seguir moviéndonos o nos pueden encontrar.
Confundidas, al borde del colapso nervioso y con la oscuridad de la noche como única guardaespaldas, se adentraron en lo profundo del bosque, dejando atrás el orfanato que casi las destruye… y al monstruo que ahora las vigilaría sin descanso.