8
Apartir de entonces, fueron inseparables.
Por las noches, en la penumbra del dormitorio, Grace relataba a Amy y Catallena las historias que había devorado en la biblioteca Éxodus.
Les hablaba de héroes antiguos y de mundos lejanos.
Amy, por su parte, se convirtió en su escudo.
Respondía con puños y palabras ríspidas a cualquiera que se atreviera a molestar a su amiga.
En medio del horror del orfanato (castigos, gritos y humillaciones diarias), las tres encontraron refugio la una en la otra, y desde la muerte de Christell, Grace se sentía, hasta cierto punto, en casa.
Pero esa frágil paz, como no podía ser de otra forma, no duró.
La tempestad llegó en forma de un ángel llamado Melahniel.
Era un miembro respetado de la alta sociedad de Liber, conocido públicamente como “la Misericordia Alada”.
Llegaba con el resto de los visitantes, siempre elegante y sonriente, pero sus ojos se clavaban en Grace con una intensidad que helaba la sangre.
No se perdía de ninguna oportunidad por verla.
La contemplaba con sus ojos brillando y enfurecía en las ocasiones en las que su musa prefería no salir de su habitación.
A pesar de que le ofrecía hasta tres flores por intento, la joven se limitaba a recibirlas con un leve ademán de agradecimiento; sin embargo, ni a él, ni a ninguno de sus numerosos admiradores, les regresaba algo.
El punto de quiebre ocurrió una tarde cualquiera.
Mientras Grace limpiaba la cocina después de que los visitantes comenzaran ya a marcharse, encontró en el suelo un pañuelo de seda con una cadena dorada dentro.
Reconoció el objeto como propiedad de Melahniel.
Lo recogió con intención de devolvérselo y una vez que lo alcanzó, a punto este de subir a su carruaje, lo llamó por su nombre.
Ese simple acto selló su destino.
Desde entonces, Melahniel estaba incontrolable. No dejaba de repetir una y otra vez al pequeño ejército de admiradores cómo es que Grace, apareciendo de la nada, le había llamado con una voz tan dulce como el caramelo. Cómo la bella chica, en plena libertad, le había devuelto su pañuelo favorito.
Conforme las cosas transcurrieron, la obsesión de Melahniel degeneró hasta el punto de convencerse a sí mismo de que la joven lo amaba.
Pensaba que, si no le correspondía era por pena a hacerlo frente a todos, de modo que empezó por deshacerse de la competencia; usó su poder e influencia para hacer arrestar a muchos de ellos.
Inundaba a Grace con infinidad de regalos costosos, como piedras preciosas, anillos y cadenas de exquisita hechura.
Pero no solo no devolvió ninguno de los obsequios, ni siquiera le devolvía la mirada.
Y cuanto más lo rechazaba, más frustrado estaba.
Y no quedó ahí, pues ante la negativa persistente de su diosa a corresponder, el enamorado estalló en furia, y de amenazar a sus compañeros visitantes, pasó a hacer lo mismo con capataces y administradores.
Afirmaba que Grace le había devuelto su prenda, contando eso como la devolución de una rosa, por lo cual, según el protocolo establecido, había aceptado la oferta, siendo un derecho divino para él exigir su cariñoso amor.
Los capataces, presionados por el influyente visitante, endurecieron los castigos contra Amy. Catallena, una de sus más allegadas amigas, fue transferida de madrugada a otro orfanato sin que nadie se enterara. Grace quedó cada vez más sola.
Todo llegó a su cénit una siniestra noche en la cual, mientras Grace regresaba algo exhausta a su cama, intentó abrir como siempre la puerta a su dormitorio, pero estaba cerrado.
Probó todas las demás puertas a lo largo del pasillo.
Estaban bloqueadas. Las luces se apagaron una a una.
El silencio que vino después era enloquecedor.
Recorrió el orfanato entero percatándose al instante de que las salidas al patio eran inaccesibles.
No encontró tampoco rastro de los capataces.
La tensión reinante se rompió en el momento en el cual la puerta principal se abrió de par en par y, ante ella, como un ente fantasmagórico o una aparición demoníaca, entró el mismísimo Melahniel.
Solo con verlo quitarse el abrigo y sonreírle con la misma gracia de un vulgar bastardo, entendió lo que estaba sucediendo.
—Al fin solos, mi amor. Ya no tienes que aparentar desinterés en mí, porque aquí, en este momento, nada ni nadie nos estorbará. Nuestros corazones se podrán fundir en uno solo sin que ojos extraños y ajenos cohíban los deseos puros que, estoy seguro, te mueres por mostrarme solo a mí, querida mía.
Grace retrocedió instintivamente hasta chocar con la pared. Sin despegar la mirada de su atacante, rasgaba las paredes a su alcance en busca de cualquier objeto que pudiera lanzarle. Los dedos se le doblaban, las uñas se lastimaban y el infeliz seguía y seguía, avanzando hacia su premio…
—¡Ni se le ocurra ponerme una mano encima! ¡Más le vale que no se me acerque un paso más! ¡DETÉNGASE YA! —gritó con las fuerzas de las que disponía.
Pero él se lanzó como un depredador y aunque Grace luchó con pundonor, en franco instinto de supervivencia (arañazos, patadas, gritos), al final fue inútil contra un ángel adulto y experimentado. Melahniel la sujetó con fuerza y comenzó a arrancarle la ropa como el ser bestial que en realidad era.
—¡Amy! Por el amor del TODO —gritó Grace con desesperación—. ¡Ayuda! Alguien…
Este desgarrador llamado logró llegar hasta las profundidades de la celda subterránea, Amy escuchó los gritos y se encendió en furia.
Sacudió los barrotes con desquiciante insistencia, pero el metal no cedía.
El llanto aterrado de su amiga resonaba en su cabeza y sin advertencia, algo dentro de ella cambió de pronto de naturaleza.
El escudo en su pecho brilló con intensidad y una oleada de poder desconocido recorrió su cuerpo, inundando con su cálida energía hasta la punta de sus plumas. Con un rugido, arrancó la reja de cuajo, derribó la puerta, corrió hacia el pasillo y avanzó rapaz por el edificio.
Irrumpió en la habitación justo a tiempo. Golpeó a Melahniel con una patada brutal en la espalda y se interpuso entre él y Grace. El golpe arrastró a Melahniel tres metros por el piso hasta impactar contra el estante de la cocina.
Para el momento en que el ángel logró reincorporarse de tremendo golpe, Amy había dejado de brillar con tan peculiar intensidad, por lo que no le fue tan difícil someterla, regresándole el castigo impartido.
—Mocosa insensata —dijo él—, mejor que no vuelvas a intentar otra estupidez como esa o de lo contrario, te mataré. ¿Quién irá a recordar a una tumultuosa huérfana como tú? ¡Así que largo de aquí! No te entrometas en los asuntos que solo a mi amor y a mí nos corresponden.
Retomó entonces su cometido original…
—¡Detente! —advirtió Amy, levantando la cabeza—. Escúchame ahora, ¿por qué conformarte con ella una sola noche —dijo con voz temblorosa pero firme—, cuando podrías tener la oportunidad de tenernos a las dos?
—¿De qué estás hablando? ¡Explícate ya! —respondió entrecerrando los ojos con insana suspicacia.
—¿Me negarás acaso que para todo gran manjar debe abrirse primero el apetito con un buen platillo de entrada?
—¿Estás proponiendo, pequeña demente, lo que yo creo que estás proponiendo?
—Sí —respondió, observándole directamente a los ojos—, lo que oíste. Me estoy ofreciendo como voluntaria por esta ocasión. Tienes mi palabra de que no diré nada. Es un trato que estoy segura de que alguien como tú, no podría rechazar jamás.
—¡¡¡Amy, no!!! —gritó corriendo hacia su amiga para rodearla con sus brazos—. No sé qué pretendas con esto, pero no lo hagas.
—Tiene razón —interpeló Melahniel—. ¿Qué ganarías con semejante trato que me propones?
—Ganar tiempo, tiempo para estar con Grace y prepararla. Ella, aunque parezca que es de mi edad, es en realidad menor, o dime, ¿te gustaría dejar traumas en el amor de tu vida?
—¿Quién diría que la más problemática de las huérfanas sería también la más inteligente?
Ciertamente no puedo refutar tus argumentaciones; además, para serte franco, aunque tu belleza no supera a la de mi amada, eres una lindura de ojos verdes.
Haces honor a tu condición de ángel. Anda, acepto gustoso el trato. Acompáñame.
Grace se tiró a los pies de Amy para suplicarle no hacerlo, le decía que no la dejaría avanzar un solo centímetro hasta que se retractara de su decisión.
La escena llegó a niveles de dramatismo tales que pidió a su amiga que la matara o, como mínimo, le dejara el rostro desfigurado, así Melahniel perdería interés en ella.
Entonces Amy se puso a su altura, le soltó una bofetada para tranquilizarla y con Melahniel impaciente a su espalda, tomó las manos de la naturalmente pelirroja.
—Grace… necesito que te tranquilices ya mismo y que me pongas toda tu atención:
—Desde este momento y en adelante, dejaremos de ser amigas, ¿entiendes?
Seremos hermanas. Lo seremos porque compartiremos un vínculo que ningún otro tendrá, y me refiero al infierno de haber estado en este asqueroso lugar.
También tendremos el objetivo en común de llegar a ser verdaderamente felices.
Respóndeme ahora: ¿quieres ser mi hermana menor, Grace?
Llorando, ella aceptó, sujetándola de la mano.
—Bueno, por mi parte yo acepto ser tu hermana mayor, y como tal, no permitiré que nadie te ponga una mano encima. Es una promesa que hago frente a ti. Que no se romperá hasta la misma vikra en la que muera y me vaya al infierno. ¡Lo juro!
Así, Grace vio a Amy perderse a la vista, rodeada por los brazos de un demonio, caminando a lo largo del silencioso e interminable pasillo, con rumbo al infame cuarto 3-L.
Tiempo después, cuando tuvieron la oportunidad de estar juntas, Grace le agradeció lo que había hecho.
Reafirmó su promesa por estar junto a ella; pues le había ya salvado en un par de ocasiones, de ser gravemente castigada tras haber escapado hacia el bosque y ahora también de ser víctima de Melahniel y, en palabras de la misma Grace:
—De hacerle promesas de amor o mimarle con cariños… lo que sea que esos enfermos hagan detrás de la puerta…
—¿Acaso no lo sabes, hermana? —dijo Amy con una voz tranquila, con el mentón hacia lo alto—. Ese desgraciado, aunque vive aquí en Liber, es un funcionario alimentario que proviene del segundo coro.
Sin que Grace entendiera el propósito de aquel comentario, le preguntó:
—Y eso… ¿qué quiere decir?
Con la cara todavía mirando hacia arriba, lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Y con su cuerpo entero sacudiéndose a causa de incesables temblores, respondió:
—Las actividades comunes a nosotros los espíritus, como beber, comer o incluso disfrutar de una buena lectura, generan un grado de satisfacción saludable, siempre limitado a la pureza de la energía Vril que nos compone, pero, a partir del segundo coro, algunos encontraron la manera de saltar esas restricciones…
y del deleite, corromperse cual demonios, con el placer…
—Eso… eso quiere decir que…
—A partir del segundo coro, algunos de ellos saben cómo materializarse. ¿Entiendes? Ellos… ellos pueden materializarse y también… materializar a otros…