En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 7 #2
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Solo ella se dio cuenta, guardó silencio y actuó lo más natural que le fue posible. Gracias a esta reacción, su rival de pelea terminó por quebrarse, admitiendo no solo la culpabilidad del hecho, sino también la existencia de las confabulaciones contra la nueva reclusa.

Ahora los ánimos dentro del orfanato se habían calmado bastante.

Los demás huérfanos poco a poco se alejaron de ella hasta dejarla aislada.

Solo contaba con Catallena y Amy; pero con esta última casi siempre castigada, el tiempo de Grace durante los recesos la obligó a explorar el patio de juegos.

Y mientras tomaba sombra debajo de un árbol, fue consciente de una grieta la cual, con la correcta postura, podía atravesarse incluso pasando por la alambrada (quizá el legado de algún exrecluso).

Ella se quedó un rato pensando en aquel descubrimiento, meditando sobre qué hacer, pero al final, decidió guardar silencio.

Dos noches más tarde, Grace salió furtiva hacia el patio.

Estaba tan preocupada porque no la vieran, que no se percató de que Amy, amarrada dos árboles al fondo, veía todo cuanto pasaba.

La observó escapar de ahí y pensó que no la volvería a ver a su amiga, aunque estaba feliz por ella; pero por sorpresa, en un acto que dejó a Amy perpleja, la pequeña Grace regresó a su cautiverio, por su propio pie, unas horas después.

Amy durmió muy poco aquellas noches, no entendía la razón por la cual podría estar haciendo eso. Pensó en preguntárselo cara a cara, pero decidió hacerlo de una manera distinta, pues lo mejor sería seguirla y esperar el momento justo para sorprenderla en el acto.

Durante la siguiente escapada, mientras la seguía, no podía soportarlo.

A cada paso que daba, a cada metro que avanzaba, Amy ardía en un renovado ímpetu de ira.

Le parecía una burla, como si el hecho de regresar o no, de escapar a la libertad o no hacerlo, fuera una decisión en su poder, mofándose tanto de ella como de los huérfanos para quienes no quedaba opción alguna.

Amy estuvo a nada de explotar, romper el anonimato y encarar a la joven.

Pero el impulso en ella quedó en pausa, pues la observó postrándose frente a un montón de tierra junto al arroyo.

Había arreglos florales y estaba rodeado por lisas piedras blancas.

Grace se inclinó con una actitud de respeto y charló por minutos hasta que abandonó el sitio.

Por sus sinceras palabras de bondad, Amy se conmovió, sintiendo vergüenza por la postura que hasta hace unos segundos sostenía.

Así regresaron juntas, aunque separadas, al orfanato. Ahí, en el momento que la fugitiva ingresó, uno de los capataces, quien husmeaba a través de las ventanas, escuchó ruidos y con linterna en mano procedió a caminar cauteloso hacia el origen del sonido.

Cuando se acercó al árbol, el vigilante fue consciente de la enorme grieta que conectaba con el exterior. Se aproximó tanto como pudo, pero estando a unos pasos de descubrir a Grace, Amy se adelantó a su encuentro. Con un “shhhh”, le tapó la boca con la palma de la mano y dijo:

—Soy yo. En cuanto salga, quiero que corras al ras de la barda y te metas al cuarto… ¡ya, ya! ¡Hazlo ahora!

Amy saltó por enfrente del capataz de una manera tan teatral y escandalosa que cubrió con éxito el escape de su amiga.

—¡Maldita niña endemoniada! Con que fuiste tú a quien vi metiéndose al igual que una rata por ese agujero, ¿no es así? Eres una sucia ladrona, pero ahora intentas ser también una prófuga.

—¿Sucia, me has dicho? —respondió soltando una carcajada—. Vaya risa que me causa ese calificativo de boca de un cerdo que husmea a los huérfanos por las noches en sus dormitorios.

Para dar cierre a su argumento, escupió a los pies del sujeto con un gesto de asco.

El capataz enfureció ante semejante actitud, no resistiendo el impulso de someterla a punta de macanazos en una actitud tan desenfrenada que tuvieron que ser sus compañeros quienes se lo quitaron de encima apenas llegaron.

No pasó mucho para que los administrativos resanaran el muro; adicional a ello, los rondines nocturnos se hicieron presentes para evitar nuevos intentos de fuga, y aun con todo esto, Grace fue capaz de encontrar el espacio para salir al jardín, llevando entre sus brazos trozos enteros de comida, guardados por ella misma durante la tarde.

Se asomó en la reja del suelo, donde Amy había estado castigada desde lo acontecido.

Ambas se miraron fijamente y fue Grace quien rompió primero el hielo al ofrecerle, llena de gratitud, la comida que Amy recibió gustosa.

—Por más que lo he pensado —dijo Grace, sentándose sobre el césped—, no logro entender por qué pasó lo que pasó.

—¿A qué te refieres? —contestó tan pronto como tragó su bocado.

—Has estado aquí, castigada por mi culpa. Tomaste mi lugar, salvándome. ¿Entiendes? Yo soy quien debería estar muriendo de hambre en esa jaula debajo de la tierra.

—Alguien como tú no debe pagar por sus ridículas reglas, además, bastante sufrimiento tienes ya con el maltrato que recibes allá adentro.

Creo que eso es suficiente para ti, ¿no lo crees?

—¿Acaso me has estado siguiendo?

—La verdad es que sí. Tenía en mente propinarte una buena paliza.

Pero creo que esa misma noche te conocí mejor, quiero decir…

el amor que profesas por tus padres es… es algo que me gustaría experimentar hacia los míos.

Es algo patético, ¿sabes?, pero por más que lo intento, solo consigo recordar pedazos separados de mi infancia; como pequeñas islas dispersas en el mar.

Al menos tú tienes bellos recuerdos a los cuales aferrarte.

Grace metió su brazo y alcanzó a tocar a Amy en el hombro.

—Te agradezco mucho por salvarme de los capataces. Y escúchame muy bien: desde este momento te prometo que no estarás sola. Te acompañaré cuando más me necesites e incluso cuando creas no hacerlo.

Amy regresó la mirada, sonrió y respondió:

—Yo soy quien debería decirlo. Estaré ahí para cuidar de ti cuando lo pidas, y vaya que si lo vas a necesitar.

Vi tu mechón de cabello rojo. De seguro que es ese tu color natural y juzgando por el empeño que pusiste en cortarlo, concluyo que eres uno de esos extraños ángeles de los que enseñan en los institutos y…

eso explica también tus bonitos lentes y por qué jamás te los quitas de encima.

Grace dio un salto hacia atrás, abriendo los ojos con el rostro lleno de espanto.

—¡No, no! No te pongas así. Conmigo tu secreto está más que seguro. Yo nunca iría con la corriente. Pero sobre todas las cosas, nunca permitiría que sufras por esas tonterías.

Con un incómodo abrazo, una a cada lado de la reja, comenzaron un pacto implícito de amistad. Una amistad incondicional que con el tiempo no haría otra cosa que fortalecerse.