En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 7
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hıjas del cıelo roto

La trabajadora social condujo a Grace hasta el orfanato de Liber.

Durante el trayecto, dentro de la cabina de la carreta, la conversación fue estricta y nada amigable; un interrogatorio donde Grace debía responder lo poco que sabía de su escudo, del de su padre y su experiencia siendo arrestada por soldados rojos.

La charla no era para nada de su gusto, se sentía incómoda, pero, por ahora, su preocupación consistía en cuidar la posición de sus lentes.

Debía hacerlo al tener a alguien tan de cerca.

—Dime una cosa, niña —cuestionó siendo incisiva—: ¿acaso posees a tu corta edad un bloqueo a tu Vril y debes llevar esos lentes?

—N… no, no es eso, no tengo ningún bloqueo, señora —reviró un tanto nerviosa—, se trata de algún defecto de nacimiento. Seguro que es por el escudo tan bajo en cual ascendí…

—Tienes razón… debe de ser eso, sin duda —expresó segura y anotó dicha información también en su reporte; pero no hubo espacio para más preguntas, pues acababan de llegar.

El lugar en cuestión parecía estar en buenas condiciones físicas, pero apenas llegó, notó que estaba rodeado por una gruesa alambrada de púas y un perímetro bardeado con doble muro. Ubicado en medio del espeso bosque, desde lo alto se veía como una diminuta isla en medio de un inmenso mar verde.

La sentaron con poca delicadeza en un sillón mientras los empleados sociales conversaban animados con los administradores en una pequeña oficina junto al recibidor. Grace alcanzaba a escuchar aplausos y voces gozosas, como si celebraran una buena adquisición.

Salieron sonrientes y, tratándola como quien exhibe un trofeo valioso, la ingresaron a las instalaciones.

Solo llevaba consigo un bolso con dos cambios de ropa y la lámpara que había comprado gracias a su trabajo.

Le mostraron a continuación la habitación donde estaría y, a pesar de todo, la joven vio el cambio como algo bueno.

El catre era cómodo y la habitación, aunque compartida con otras siete jóvenes, era espaciosa y no olía a humedad, como en la biblioteca.

Fue recibida por los habitantes del orfanato con el mismo entusiasmo con el cual se ve crecer el pasto.

Y quizá fue debido a su nula experiencia en la socialización, aunado a su inocencia, que no vio algo fuera de lo común dentro de lo esperable en un orfanato, e incluso halló cierta normalidad en el trato de sus compañeros.

No fue sino hasta tiempo después, cuando ya reconocía algunos rostros e identificaba aquel sitio como su nuevo hogar temporal, que las cosas no parecían encajar de alguna manera.

Sus compañeros parecían tener problemas con su apariencia por alguna razón y, aunque en la intimidad de las habitaciones siempre lucían desesperanzados y grises, afuera, en las instalaciones, sonreían y se conducían con tanta energía como el más feliz de los seres vivientes.

En cierta ocasión, mientras exploraba el patio de juegos, una voz le llamó:

—Tss, tss… oye, tú.

Grace expurgó su entorno en busca de quien emitió la voz… sin encontrar nada. Pensando que bien podría tratarse de una broma de su imaginación, continuó caminando, pero la voz le habló de nuevo:

—Hey, tú… sí, tú. La que está viendo para todos lados.

Asustada, bajó la vista y descubrió una tapa metálica de coladera en el suelo. Desde el fondo oscuro, una joven la observaba agarrada a los barrotes. Era un sol mayor que ella (equivale a 1.8 años), de cabello castaño y bellos ojos color jade.

—Vaya, no eres muy inteligente que digamos, ¿no es verdad?

—¡Qué atrevimiento decirme tonta, siendo que fuiste tú quien cayó a ese oscuro agujero!

—Es claro que no conoces cómo funcionan las cosas por aquí. Y lo que tienes de linda, lo tienes también de ingenua. Al menos esos lentes te ayudan a aparentar lo contrario.

Suspiró profundo y golpeó la reja, mostrando una mirada cautivadora hacia la joven que tenía enfrente.

—¡Como sea! Mira, niña… no me caí, aquí me encuentro por haberme negado a hacer cosas que deseaban que hiciera. He estado, así como me ves, por bastante tiempo, por lo que tengo hambre y sed… así que, anda.

Sacó su brazo, señalando.

—Justo por allí, detrás de ese enorme árbol, vi cómo un par de niños tiraron sus sobras. Es todo un manjar que esos malagradecidos desperdiciaron. Tráeme esa comida, que en verdad que me encuentro al borde del desmayo. Si lo haces, tal vez me caigas bien.

Grace obedeció. Entregó la comida y regresó a su habitación con la cabeza llena de preguntas.

Un par de vikras más tarde, mientras caminaba con dos compañeras, sonó una campana.

Uno de los capataces, como llamaban a los encargados y administrativos, hizo una seña y al instante, la empujaron de regreso a su cuarto.

La encerraron hasta bien entrada la noche, cuando sus compañeros entraron como si nada hubiera pasado.

Las vikras siguientes repitieron el mismo protocolo.

Sus compañeras regresaban al cuarto sosteniendo rosas de colores, pero nadie le explicaba su significado.

Y aunque no se cansó de preguntar el propósito de aquello que atestiguaba, no fue sino hasta que una de sus más confiables compañeras (una amable chica de cabello cobrizo y ojos de miel llamada Catallena) sostuvo con ella una charla, que logró comprender lo que pasaba.

—No debe de tardar mucho para que te dejen verlos.

Me refiero a los visitantes, y puesto que eres la niña más bonita que he visto, es probable que te hayan estado reservando.

Ellos otorgan una rosa a quienes les parecen agradables.

Si el huérfano acepta, devuelve la rosa y se completa el acuerdo.

A cambio, ellos dan metales preciosos y otros objetos de valor.

No sé si lo sabes, pero nosotras, en cuanto cumplimos once soles, si no hemos sido adoptadas, seremos echadas a la calle sin remedio.

La realidad es que la gran mayoría de nosotros pasará por ese destino y, la opción más inteligente es contar con todo tipo de cosas de valor, tanto como convenga para asegurar esa vida que nos depara a muchos.

—Eso es terrible, Catallena, pero hablaste de un acuerdo. ¿De qué clase de acuerdo se trata?

—Bueno… suelen conformarse con ser bien tratados. Pero no es forzoso, por ley divina no pueden obligarte, a fin de cuentas, no somos tan bárbaros como los humanos… es decir, esto es el cielo, ¿no? Solo procura no meterte en problemas o serás castigada por los capataces.

—Ya que hablamos de los capataces y sus castigos…

Grace estuvo a punto de preguntar por la identidad de la misteriosa joven del hoyo, pero la puerta fue abierta de una escandalosa patada, siendo la misma joven de ojos de jade quien ingresó cargando una graciosa maleta.

—¡Hola, queridas nuevas compañeras de celda!

—anunció mientras lanzaba sus pertenencias sobre la superficie del primer catre que vio vacante—.

Los carceleros me transfirieron a este nuevo basurero.

Es el último del que no me han corrido; así que seremos hermanas de sufrimiento.

A ti ya te conozco, querida Catallena; pero tú…

tú eres, la que me pasó la comida cuando estaba en la jaula, ¿no?

Grace asintió haciéndose hacia atrás, intimidada por el carácter tan activo de la chica.

—Igual era imposible equivocarme contigo, eres la única con la doble mala fortuna de, además de no tener padres, necesitar lentes. Gracias al TODO que al menos eres bonita. Te agradezco por haberme ayudado. Me llamo Amy.

—No es nada, fue un gusto haberte ayudado allá afuera. Yo soy Grace.

Estrecharon las manos de una forma inesperada,ya que Amy le agitó el brazo para que se animara y sonriera un poco antes de salir con rumbo a la cocina, pues debían consumir la cena. Y fue así como comenzó su amistad.

Los “visitantes” llegaban en lujosas carrozas.

Eran ángeles de buena posición que se paseaban por el lugar observando a los huérfanos.

Grace llamó su atención de inmediato. Su belleza se propagó como un rumor y pronto recibió montañas de rosas.

Ella las aceptaba por educación, pero nunca devolvía ninguna.

Comportamiento que, lejos de ahuyentar el enjambre que se arremolinaba a su alrededor, aumentó su volumen.

Con semejante nueva rutina, Grace sobrellevó su vikra a vikra.

Amy, su cada vez más cercana compañera, se metía en problemas y golpeaba a los visitantes que intentaban pasarse de listos.

Catallena, por otro lado, platicaba con Grace sobre temas de conocimiento humano y una sabiduría celestial tan profunda, que rara vez era comprendida del todo.

Mientras que con los capataces sostenía una relación de estricta subordinación.

Sin embargo, el ambiente en el orfanato comenzó a cambiar debido a sus mismas compañeras, pues sucedía que, al contentarse los visitantes tan solo con ir a contemplar a Grace, los otros jóvenes dejaban de recibir atención y recompensas, lo que provocó que los capataces endurecieran los castigos.

Pronto se organizó una confabulación contra ella.

Recibía insultos, golpes, zancadillas y hasta un balde de agua hirviendo que por poco da en el blanco.

Finalmente se reunieron las huérfanas para urdir su siguiente asalto a la ahora pelinegra.

Hicieron competiciones para comprobar quién poseía mayores habilidades físicas de defensa.

Una vez lista la elegida, y con Grace dentro de la habitación, la joven ganadora entró, cerró la puerta con candado y apenas amenazándola, se lanzó a los golpes.

La riña fue violenta, pero Amy llegó a tiempo, forcejeó la puerta y separó a las contendientes.

Y quizás fue por el ardid de la situación que nadie puso atención; pero en ese justo instante no hubo quien advirtiera que un mechón de su cabello se le había descolorado, tornándose, de su otrora tono obscuro, en su natural y reluciente cabello carmesí, parecido al de la sangre antes de coagular.