En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 6
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refugıo entre estantes

El sector alto de Liber recibió a Grace con calles relucientes y un letrero de plata y bronce.

Allí los ángeles caminaban erguidos, con orgullo.

Grace, con su ropa raída, se sentía como una mancha en medio de tanta pulcritud.

Cada vez que intentaba acercarse a un jardín o pedir trabajo, bastaba con que vieran el tatuaje de su escudo, o su facha, para que le cerraran la puerta en la cara y la corrieran.

Pasó dos noches padeciendo frío en una banca pública.

Aun así, no se rindió. Deseaba ser feliz. Quería que sus padres y Christell se sintieran orgullosos de ella. Buscó empleo como ayudante de cocina, asistente en imprentas o conserje, pero siempre recibía la misma respuesta.

En la tercera vikra desde su viaje, exhausta y con los pies doloridos, se topó con un edificio distinto: amplio, dorado, semejante a un enorme lingote de oro. Ángeles jóvenes entraban y salían cargando libros y conversando con entusiasmo. Nadie le preguntó por su escudo al entrar.

Hasta donde alcanzaba a ver, había interminables filas de estantes llenos a reventar con tantos y tan diversos tomos que la imaginación de Grace no alcanzaba a cuantificar.

Había conocido los libros a través de Dido, quien cada noche le leía uno pequeño.

Pero esto era diametralmente distinto… maravilloso.

Era la biblioteca Éxodus, y para ella fue como entrar al paraíso.

La biblioteca contaba con distintas amenidades: un bello parque que acariciaba la vista con un diseño que permitía a los visitantes la práctica de la dialéctica, o simplemente dar un refrescante paseo bajo el cobijo de árboles aromáticos y cristalinos estanques artificiales.

Allí encontró la tranquilidad que estuvo buscando desde que salió de la cueva, no había ningún lugar semejante en toda la ciudad para ella.

Pasaba la tarde rodeada de montañas de conocimiento, leyendo cuanto caía en sus manos.

La biblioteca se convirtió en su refugio, un lugar donde nadie la juzgaba.

Durante varias vikras su rutina fue felizmente la misma: dormir en la calle, trabajar en lo que surgiera durante el día y correr a la biblioteca por las tardes.

Era ese su premio, su recompensa por el desgastante esfuerzo de su jornada.

En cuanto ponía un pie, se sentía transportada a un mundo diferente, uno donde se bastaba a sí misma, donde nada más importaba sino solo el momento presente.

En una de estas repetitivas vikras, Grace se encontraba hojeando libros, pero de un momento a otro, la burbuja mental en la cual se encontraba se reventó, pues se percató de que su entorno estaba demasiado tranquilo, más silencioso de lo normal.

Como estaba en uno de los extremos más alejados, caminó hasta el centro, comprobando así que se encontraba completamente sola.

Se había abstraído tanto en sus cosas que, sin darse cuenta, le habían cerrado.

Intentó contactar a quien pudiera escucharla, capaz de asistirle en su particular apuro, aunque no tardó mucho en convencerse a sí misma de su situación; no habría guardias nocturnos para una biblioteca (pues ningún ladrón con juicio robaría libros); así que, resignada a que estaría ahí hasta el amanecer, dio rienda suelta a su curiosidad.

Recorrió los pasillos vacíos como una niña explorando un suntuoso palacio.

Una vez que hubo llegado la noche, y junto con ella, el cansancio, buscó hasta encontrar una silla lo suficientemente cómoda como para dormir. Estaba en el ala norte hasta el fondo, donde podría reaccionar si alguien entraba, pues tardarían en llegar hasta ella.

Se dispuso a dormir bajando lentamente sus párpados, pero, aunque lo intentó en varias ocasiones, había un molesto silbido que le asustaba el sueño.

Se propuso ignorarlo… sin éxito. Se levantó irritada de la silla dispuesta a averiguar qué era eso, y tan pronto como se aproximó a un estante, guiada por el ruido, sintió una pequeña ráfaga de aire, un soplido casi imperceptible que salía de una tubería picada y que, al seguirle el rastro con la mirada, sugería un espacio vacío detrás del estante.

Lo empujó con sumo cuidado y al hacerlo, descubrió un pequeño cuarto oculto: doce metros cuadrados, alfombrado y con un foco que aún funcionaba.

No lo pensó dos veces. Aprovechó que faltaba mucho para que Éxodus abriera de nuevo y se apresuró en la tarea de adaptar el espacio con cojines viejos guardados en el almacén, recolocó el pesado estante con ella dentro y se recostó sobre la improvisada cama, siendo esa su primera noche durmiendo debajo de un techo desde que había salido de la caverna del bosque.

Estaba tan contenta por lo que le había sucedido que reflejaba esta luz en sus acciones, recibía mejores propuestas de trabajo, cuyos frutos usaba para acondicionar su habitación.

De esa forma pudo hacerse de mejores condiciones de vida: cojines nuevos, cobertores, calzado, ropa e incluso un lindo taburete con lámpara incluida sobre el cual solía pasar parte de su tiempo, leyendo libro tras libro, en paz, y sin molestar a nadie.

En una vikra como en cualquier otra, se escondió y esperó hasta no escuchar sonido alguno para salir confiada, andando por las solitarias instalaciones con confianza y un conocimiento intachable de cada rincón del edificio.

Pero las cosas marcharon de manera distinta esta vez, pues estando a punto de entrar a su habitación, una sombra se le apareció como salida de la nada, un ente que Grace reconoció tan pronto como sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.

Era una de las empleadas de Éxodus, una desaliñada jovencita no mayor de doce soles de edad; de baja estatura y quien, al igual que Grace, provenía de una familia insignificante.

—A usted la conozco —confesó, rompiendo la tensión del momento—. Es la recepcionista de la planta baja, creo que también es bibliotecaria.

—Es lindo encontrarme con alguien que sabe que siquiera existo —respondió sin moverse un centímetro—. Pero supongo que, entre dos pedazos de escoria como nosotras, reconocernos es algo hasta cierto punto esperable.

Grace retrocedió un paso…

—¿Se quedó hasta tarde… solo para verme?

—Quería confirmar una teoría. Verás… desde hacía tiempo comencé a notar que entrabas siempre a la misma hora, aunque jamás te vi salir sino hasta la vikra siguiente, por la mañana.

—Me propuse olvidarlo hasta que fue evidente que libros que dejaba amontonados amanecían ordenados, y a pesar de mi reporte…

¿sabes qué pasó? Pues te lo diré: mis jefes, quienes apenas voltean a verme, me trataron como a una demente, y en cuanto a mis compañeros…

ellos sí te ubican, más ninguno aceptó escucharme.

Estaban embobados, como estúpidos sin remedio porque, a su perspectiva, eres la chica más bella que han visto.

—Bueno, ha descubierto mi escondite. Sus sospechas resultaron ser ciertas, debe estar contenta de haber estado en lo correcto.

—No solo me voy a conformar con eso, niñita —dijo con un semblante malicioso, mientras recorría con sus dedos los lomos de los libros en un estante—.

Es necesario que mis jefes sepan que este microbio tenía razón.

Sabrán que ni yo ni tampoco el escudo que abandera a mi familia somos más que motas de polvo flotando en el aire.

Además, ¡mírate! Eres como una pintura viviente.

Aun sumida en la oscuridad se ve cuán linda eres.

Estoy segura de que a alguien como tú no le esperan más que cosas buenas en la vida.

—¿En verdad? ¿Acaso cree que he sido bendecida por cómo me veo, y que mi vida ha sido un cuento de hadas? Señorita, ¿no ve que vivo detrás del estante de una biblioteca pública?

—Lo que sea —respondió con desinterés, mientras le daba la espalda…

—¡Por favor, señorita! —se interpuso en el camino de la resentida bibliotecaria—. Se lo suplico, no comparta esto con sus jefes. Si así lo hiciera, de seguro que me corren de aquí, y con excepción de la calle, no tengo un lugar a donde ir.

—Dime algo: ¿siquiera sabes cómo me llamo?

Hubo un silencio incómodo, ya que, por más que se esforzó por hurgar en su memoria, no consiguió dar con la información solicitada. La empleada le miró mostrando una gran sonrisa y posando la mano en el hombro de ella, expresó:

—Créeme, no tienes por qué estar preocupada. Sigue quedándote dentro de este sucio espacio, que por lo que a mí respecta, nada habrá de pasarte.

Grace brincó de alegría al escuchar la noticia y bendijo a su benefactora al tiempo que la recepcionista lentamente desaparecía cubierta por la obscuridad.

Tras este acontecimiento, hubo cuatro vikras en las que no ocurrió sobresalto alguno, pero en la quinta, una vez cerrado el complejo y preparándose Grace para ir a su habitación, las puertas se abrieron.

Al asomarse por el balcón del segundo piso, presenció a un contingente de seis soldados de boina verde quienes, guiados por la joven empleada y personal administrativo, subieron hasta el punto exacto en donde Grace, hasta ese instante, vivía.

No pudo hacer nada para evitar su aprehensión.

Mientras los oficiales la llevaban, pasó de largo a su delatora, quien no ocultaba una mirada de malévola satisfacción…

—Te dije que por lo que a mí respectaba, nada habría de ocurrir contigo; pero nunca dije algo acerca de estos amables oficiales. Mejor suerte para la próxima, muñequita.

De nuevo la arrestaron, al completo amparo de lo que el destino quisiera depararle.

Llegó resguardada por los oficiales hasta las instalaciones de la comisaría local y ahí esperó, en una anticuada sala, antes de pasar a la oficina del ángel a cargo.

Él se acompañaba de una formal trabajadora social.

La sentaron, le quitaron las esposas y el oficial al mando, de semblante maduro pero amable, dijo:

—Buenos días, señorita. ¿Cuántos soles tiene desde que ascendió?

—Exactamente siete soles y dos lunas de edad, señor.

—¡¿En verdad?! —respondieron ambos.

—Es raro de ver, pero si eso que dices es cierto, tienes el aspecto de alguien mayor. Quizá fue por eso por lo que pasaste desapercibida hasta ahora —agregó la trabajadora social.

—Aun así —continuó el oficial—. Basándome en el escudo en su pecho, aunque me fue difícil localizarlo, concluí que provienes de una clase muy baja, oriunda de la ciudad de Gidae.

Lamentablemente, por más que busqué, no encontré registros de ascenso, lo que quiere decir que tu familia no tiene ya integrantes conocidos disponibles para responder por ti.

—¿Podría confirmar si mis padres continúan con vida? Nada me gustaría más que saber lo que ha sido de ellos. Dígame por favor.

—Yendo al grano, señorita —interrumpió la trabajadora—. Usted es todavía una menor y en vista de que no tiene padres, me veré en la necesidad de llevármela.

—¿A dónde? —preguntó volteando tan bruscamente hacia la interlocutora, que por poco se le caen los lentes.

—A una central para la adopción y reinserción angelical, se les llama C.A.R.A.

por sus siglas. Es un lugar en el cual convivirás con muchos jóvenes que, como tú, no cuentan con parientes que cuiden de ellos.

Permanecerás ahí hasta que una familia con restricciones para tener a un ascendido decida tenerte como su hija.

Grace rogó por no ser enviada al centro de reinserción; pues ella tenía padres, un escudo y la misión de vivir feliz, pero no le hicieron caso.

—Al menos da gracias al TODO porque, debido a esta extraña situación, no te serán imputados cargos por el delito de invadir propiedad del imperio.

Con desalentador ademán de despedida, se la llevaron lejos, a la C.A.R.A. de Liber, nombre amable para llamar a lo que realmente constituía una prisión.

Mientras tanto, dentro del bosque de Vranqueth, un comando de soldados entraba a paso firme a la misma cueva en la cual Christell y Grace forjaran sus bellas memorias.

Escudriñaron hasta el último centímetro de aquel lugar.

Con herramientas especializadas y personal entrenado, revisaron posibles pistas y elaboraban hipótesis de todo cuanto ahí pudo haber sucedido.

—Capitán Zeo —irrumpió uno de sus hombres—, parece que hemos encontrado algo que merece su atención, por aquí, sígame por favor.

Caminó con una mirada fiera, hambrienta de cumplir a toda costa con su misión.

Llegó a paso veloz hasta donde se le había indicado, y con una mueca un tanto incrédula, se acercó al piso.

Justo encima de un montículo de tierra adornado con piedras de río y flores, se hallaba un letrero apenas bien hecho, donde sobre un pedazo de corteza se leía:

Honrad siempre a vuestra madre, pues ella os da la vida y el alma.

—Y bien… ¿qué opina de esto, señor? —preguntó el subordinado.

«¿A tan temprana edad y ya le leías Sófocles? No cabe duda de que jamás cambiaste, tanto fue tu amor al conocimiento humano que se lo enseñaste a tu hija, ¿no es así…?» —pensó. Recompuso su semblante y retomando la conversación, repartió sus órdenes:

—Quiero que caven hasta el atardecer si es necesario y que hagan todas las indagaciones pertinentes.

Si aún queda energía restante bajo tierra, quiero saber de quién era y cómo se conecta esta persona con nuestra presa, mientras tanto, yo informaré de inmediato al coronel.

Estará encantado de esta gran noticia, y ustedes serán bien recompensados.