En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 5
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una luz en el bosque

La noche ya dominaba el cielo cuando apenas habían recorrido la mitad del trayecto. Así avanzaban: los dos grifos tirando del carro, los soldados en alerta y Grace maniatada en el interior.

Atravesaban el frondoso bosque de Vranqueth, un lugar solitario y misterioso. Una brisa suave acariciaba las copas de los árboles, y el resplandor tenue del TODO se filtraba entre las ramas con una luz plateada que engalanaba el camino de los hijos del cielo.

De pronto, uno de los oficiales alzó la vista, pues algo nada usual había llamado su atención.

—Arriba. ¿Qué son esas cosas? —alertó a su compañero.

Cuatro líneas de fuego bien definidas surcaban el cielo, dejando estelas rojas. No eran señales divinas ni maravillas de la naturaleza. Eran cuatro disparos de halcones de hierro: proyectiles de energía lanzados desde las montañas por agentes especializados del E.R.I.S.

Tres impactos sacudieron el camino, levantando tierra y rocas. El cuarto golpeó de lleno la parte delantera. La carroza salió despedida por los aires, envuelta en llamas, y se estrelló estrepitosamente contra el suelo.

La sacudida fue tan poderosa, que las puertas del vehículo se vencieron, dejando salir a Grace al lanzarla por los aires con la suficiente intensidad, como para dejarla inconsciente por un momento.

Despertó entre humo y metal retorcido. Aturdida y con el cuerpo dolorido, logró arrastrarse como pudo fuera de las llamas.

A su alrededor solo había oscuridad, los gemidos agonizantes de los soldados y caos.

Uno de ellos, con la vida escapándose de él, la miró con odio. No ocupaba sus últimos destellos de conciencia en pedir por ayuda, o arrepentirse, sino en gruñir desquiciado, en mostrar los dientes y golpear iracundo la hoja de madera que le había atravesado:

—¡Tú! Eres una desgracia, espero que jamás lo olvides y que recuerdes mi rostro cada vez que cierres los ojos… Todo lo que toques, todo lo que emprendas y aun todo aquel que siquiera intente ayudarte… se destruirá. Maldita Sagriari.

Grace quedó paralizada por semejantes palabras, pero recobró el sentido para atinar en moverse lejos de ahí, tan lejos como pudiera, y se marchó corriendo sin mirar atrás. El bosque la engulló mientras avanzaba sin rumbo, huyendo despavorida de aquella zona de muerte.

Los rebeldes llegaron poco después, pero solo encontraron escombros ardientes y cadáveres. De la niña no había rastro alguno.

Caminó durante horas, sin rumbo ni fuerzas, como un espectro. La falta de alimento debilitaba su energía Vril. Mareada, se recostó sobre un tronco. Allí percibió una sombra a lo lejos y, con sus últimas fuerzas, intentó seguirla. Tropezó con una raíz, golpeó su cabeza y cayó inconsciente.

Cuando despertó, ya más repuesta, se encontraba en una enorme cueva iluminada por velas.

Al fondo, una olla hervía sobre el fuego mientras que algo que parecía una sopa, borboteaba dentro.

El miedo la invadió como un potente aire helado que le llegó hasta el pecho y que le provocó respiraciones arrítmicas.

—Veo que despertaste llena de energía —dijo una voz ronca, amplificada por el eco de la misma cueva hasta hacerla parecer tenebrosa y del susto, ella saltó de regreso hasta el montón de paja sobre el cual había despertado…

—¿Quién… quién es usted? ¿Dónde están mamá y mi papá? ¡¿Dónde están?! No sé en dónde estoy, huele muy mal y ya me quiero ir… Ya no quiero estar sola. Señora, lléveme con ellos, ¡¡¡por favor!!!

—¡Niña ya cállate! —ordenó mientras daba un manotazo en la mesa, tan fuerte que provocó que los pocos artilugios de madera cayeran a la tierra. Grace se tranquilizó un poco por el shock, aunque también estaba mentalmente fatigada—. Así está mejor.

Se trataba de una anciana vestida con andrajos, tanto su calzado como su falda estaban elaborados con piel de animales sagrados del bosque cazados por ella misma. Vivía en un estado decadente, encorvada, con cabello de estropajo y la luz que emitía apenas brillaba en un triste tono grisáceo.

—¡El TODO me ampare de seguir teniendo tan mal destino! —declaró mientras alzaba ambos brazos de forma dramática—. De haber sabido que eras tan escandalosa, mejor no hubiera ido por ti —dijo mientras revisaba el fuego, moviendo el cucharón de la sopa y recogiendo las cosas que habían caído.

—Discúlpeme por favor, no quise portarme así…

—murmuró Grace, no debía olvidar ni pasar por alto los modales inculcados por sus padres, era una forma de mantenerlos con ella en cada momento—.

Lo que pasa es que… es que… Unos policías nos llevaron a una cárcel.

Vi morir a personas… Solo quiero volver a mi casa, en Ai, con mis padres…

Es lo que quiero y le suplico que me ayude…

La anciana la miró con dureza. Se limpió ambas manos y sacó un plato adicional de un hueco tapado con un tronco.

—Guarda silencio. Si empiezas a llorar una vez más o escucho algún quejido tuyo, te dejaré sola en lo más profundo del bosque. ¡Vive el TODO en mí que lo haré si no te controlas, niña!

Tras unos minutos de miradas penetrantes, la anciana le ofreció sopa y, en tono más compasivo, dijo:

—Espero que entiendas lo que estoy por decirte, pero, juzgando por el color de tu cabello, dudo mucho que tengas la oportunidad de volver a verlos, me refiero a tus padres. Es mejor que lo asimiles desde ahora, y que no crezcas con esa ilusión muerta pudriéndose en tu alma.

Grace reaccionó con mesura. Analizó lo dicho por la aún desconocida frente a ella y aceptó la sopa en silencio.

—Muchas gracias por la comida —expresó la pelirroja apenas dio el último sorbo—. Me parece que fue usted aquella sombra que vi antes de no saber nada más. Me llamo Grace, es un gusto conocerla.

La ermitaña le sonrió; una niña con semejante nivel de educación y expresión le indicaron el buen trabajo de sus padres.

—Es un gusto conocerte para mí también, Grace. Yo soy

Christell…

Y a lo largo de los siguientes tres soles y seis lunas, convivieron juntas, haciéndose compañía en la cueva mientras que Grace crecía y se hacía fuerte.

Al principio Christell era brusca, pero con el tiempo se encariñó de la niña.

La consolaba en sus pesadillas, le enseñó a cazar, a sobrevivir en el bosque, a sanar con hierbas y los primeros rudimentos del uso de la energía, incluso la práctica prohibida de extender las alas para volar.

A pesar de las limitantes y precariedades con las cuales lidiaban, Christell supo endulzar la existencia de una pequeña niña caída en la más cruenta desgracia.

En cierta ocasión, una vez que hubieron cenado, Grace se recostó sobre su cama, fabricada también en paja y puesta justo a un lado de la de Christell. Admiraba ella, con sus redondos ojos color lila, a la benevolente viejecita mientras apagaba el fuego de la fogata.

Captaba sus torpes, lentos movimientos, con esos temblorosos brazos que apenas sostenían el improvisado bastón de madera con el cual se apoyaba; de cabellos blancos, piel agrietada y evidente joroba. La joven, con confianza e inocencia, le preguntó:

—¿Por qué eres anciana?

—Vaya pregunta, chiquilla —respondió al tiempo que terminaba con lo suyo. Con calma se acostó mirando hacia el techo rocoso y cuestionó:

»¿Acaso no viste ancianos en la ciudad de dónde vienes?

—Mamá dijo que somos inmortales… Al menos en el sentido de que no morimos de viejos, como los humanos. Por eso es por lo que pregunto.

—¿Y tú qué sabes de envejecer, de crecer o de morir, si eres una mocosa?

—reclamó un tanto molesta; pero reculó—.

Bueno, espero que a tu edad ya puedas entender lo que diré: los ángeles en el cielo sí contamos con inmortalidad natural, es decir, poseemos juventud eterna.

Pero eso cambia para aquellos que cometen delitos; pues como castigo, es posible bloquear ciertos porcentajes de energía Vril, de lo que tú, yo y todos estamos hechos.

Dependiendo de la falta cometida, alguien puede ser bloqueado con un 15%, 20%, 30% y así… Son acumulables, y son de por vida.

—Ya veo —respondió mientras se acomodaba en su cama—. Entonces, los viejos que hay en las calles…

—Correcto. Cuanto más anciano veas a alguien, significa que ha cometido, o algo muy grave, o bien, faltas menores, pero acumuladas a través del tiempo.

Es así como funciona. En mi caso, la condición que sobre mí pesa es tan grande, siendo tan poca la energía que mi cuerpo recibe de parte del TODO, que necesito contar con la ayuda de una máquina especial que me mantenga estable con lo básico.

Detuvo en ese punto la explicación, no hacía falta continuar y la pequeña ya estaba siendo vencida por el sueño. Arropó a Grace y esperó a su lado hasta que quedó dormida.

No muchas vikras después de lo narrado, la joven encontró a Christell sentada a orillas un pacífico arroyo, mojando sus pies descalzos con semblante decaído.

—¿Qué es lo que te tiene tan triste? —preguntó. Christell volteó a verla y le confesó:

—Verás, pequeña. Desde aquella charla no he dejado de pensar en mi destino. Mi cuerpo está ya muy marchito. Ruego al TODO porque nada malo te pase, y porque nunca llegues a verte como yo me veo.

—No digas eso. Además, ¿qué cosa pudiste haber hecho? Estoy bien segura de que un error se cometió contigo, porque alguien tan bueno como tú, o mis padres, no puede ser castigado a no ser que se trate de una equivocación.

—Eso no es del todo cierto, pequeña. Debes saber que antes de verme así, tenía una maravillosa familia.

—Eso es grandioso —opinó Grace, pero con tacto al decirlo—. ¿Y dónde están ellos?

—Mi compañero de vida fue asesinado en un operativo para eliminar reductos del ejército enemigo. Era soldado y murió en el cumplimiento de su deber. Fue así como me quedé sola, a cargo de mis dos pequeños.