En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1) 4
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el prıncıpıo de la tormenta

En las instalaciones de algún lugar secreto, el mayor Zulzher Galazay se presentaba a una importante cita a la cual, y a razón de no arriesgar su integridad física, tenía que llegar a tiempo.

Con cada movimiento que hacía, las chispas doradas producidas por su energía combinaban con la dignidad de su porte.

Ingresó recibiendo muestras de deferencia por parte del personal, que, al igual que Zeo, lo saludaron con el ademán secreto.

La sala de espera era lujosa como pocas, de finas características: libreros llenos de volúmenes de literatura universal prohibida junto con obras de exquisita manufactura, bustos de próceres olvidados, estatuas que se alzaban como poderosas columnas y bellos cuadros elaborados con cada técnica artística imaginable.

En este amplio espacio, aguardó impaciente el tiempo necesario para obtener el permiso de acceso.

Ante él, una enorme puerta se materializó desde la nada como por arte de magia.

La cruzó de inmediato hacia un pasillo lúgubre y frío, apenas alumbrado y construido en su totalidad de ladrillo.

Solo una diminuta luz se veía al fondo y el eco de cada paso rebotaba con un ritmo hipnótico.

A medida que avanzaba, sus puños se cerraban con más fuerza.

Sentía incomodidad cada vez que recorría ese pasillo oscuro y la idea de ver a esa entidad le producía un nudo en el estómago que aborrecía experimentar.

—Muy pronto esto va a terminar —murmuró enfadado, con fuego en la mirada—. Todos se postrarán ante mí. Nadie se atreverá a darme órdenes sin miedo a perder su vida. ¡Lo juro!

Llegó tras un cansado andar hasta una cámara profunda, construida a semejanza de una habitación medieval, adornada con tapices y alfombras carmesí.

Al fondo, se alzaban cinco tronos acomodados en formación de medialuna.

Arriba de cada uno, labrados en piedra, se distinguían los escudos de las familias dirigentes de la organización.

En el asiento del centro, coronado con el escudo más importante, yacía sentado un ángel masculino ataviado en ropajes de monarca; sin embargo, este espíritu se postraba como un muñeco de trapo, con la cabeza caída y el cuello tan doblado hacia su lado izquierdo que parecía a punto de romperse.

—¿Es en serio? —inquirió Zulzher, arqueando una ceja con evidente desdén, sin perder su postura de reverencia, pero sintiendo en el interior que su ira se incrementaba por lo que consideró que era una burla hacia él—.

¿El viceministro de seguridad interior del tercer coro?

Pensé que había sido desterrado… pero veo que lo usa ya como una de sus tantas marionetas.

Para serle franco, esperaba que me diera el honor de su presencia… verdadera.

Cuando terminó de decir esto, el cuerpo del ángel en el trono comenzó a reaccionar.

Como si una corriente eléctrica hubiese recorrido su espina de punta a punta, cada una de sus extremidades cobró rigidez y su cuerpo adquirió una postura erguida.

El espíritu levantó la mirada, aunque mantenía los ojos fijos hacia la nada.

Hablaba con una voz penetrante y arrolladora, una voz femenina que retumbaba en cada esquina de la habitación:

—No te confundas, Zulzher. Que nuestras familias hayan sido aliadas desde los principios de la creación, y haya decidido mantener esos lazos tras finalizar la gran purga, no te da permiso para dirigirme la palabra de esa forma. Si algo así se repite, tendré que matarte en el acto. ¿Te queda claro?

El oficial de boina roja inclinó más la cabeza, casi chocando su frente con el piso.

Sus ojos se tornaron rojos de ira. En su mente ardía el mismo juramento de siempre: «Obtendré mis poderes de vuelta y tú serás la primera que ruegue por su vida a mis pies una vez que tome control sobre el E.R.I.S.

No volveré a bajar la mirada ante nadie… ni siquiera ante ti».

—Dime ya. ¿Por qué has solicitado mi atención? Tenía programada una reunión importante con el arcángel Uriel, misma que he pospuesto. Más te vale que valga la pena.

Zulzher levantó la mirada con un gesto arrogante y respondió:

—Vale la pena, y más que eso. ¡Al fin! Después de cientos de soles de espera, he encontrado a la más reciente de las Sagriari ascendidas en el cielo.

Se trata de una mocosa de un escudo insignificante y pobre de Gidae, cuya familia actualmente reside en Ai.

Se encuentra en estos momentos bajo mi resguardo.

Al instante de escuchar esto, el muñeco saltó en un violento arranque de sorpresa y alegría tales que, debido a la enorme energía de su controladora, terminó por desmembrarse. Solo el torso, con la cabeza y el brazo izquierdo, hablaba flotando en el aire.

—En verdad te has redimido ante mis ojos con esta noticia, Zulzher Galazay —respondió la imponente voz—. La Sagriari es una pieza imprescindible para mis objetivos y los de la organización. ¿Hubo individuos que la hayan visto y que no pertenezcan al E.R.I.S.?

—Los hubo. Cuatro agentes boina roja dentro del equipo que fue a su casa para sustraerla, además de unos cuantos vecinos y familiares. Un total de nueve espíritus.

—Sabes bien que la existencia de esa niña requiere de extremo hermetismo. Si el imperio se enterara, se la llevarían para matarla, o la desterrarían, si tiene suerte. Ni siquiera yo sé con qué cosas puedan salir los doce arcángeles, o alguna de las familias aristocráticas más leales.

—Por eso no debe preocuparse —dijo Zulzher con actitud altiva—. Esos nueve testigos serán eliminados al instante y sus rastros, encubiertos. Yo me encargaré en persona de hacer de todos ellos unos aborrecibles traidores ante la sociedad. Nadie va a extrañarlos, se lo aseguro.

—Me parece muy bien. Has hecho un excelente trabajo, debo admitir que haber sido estafado por Koueh Blesser te hizo más insistente y terco, lo que benefició tu eficiencia.

Ahora, necesito que la mantengas vigilada bajo nuestro control hasta que llegue el momento en que haga uso de ella.

Por supuesto, deberás tener un mayor acceso a sistemas de vigilancia, fuerzas del orden y expandir tu zona de influencia.

Zulzher sonrió por dentro; sabía lo que estaba por venir.

—Felicidades, señor Galazay. A partir de la vikra de mañana tomarás cargo como el jefe de boinas rojas sobre las siete ciudades del tercer coro, secretario coronel Zulzher.

La atmósfera dentro del centro de detención era horripilante, solo comparable con el insoportable hedor a comida podrida y desechos apilados que taladraba la mente.

Era una zona gris amplia, llena de diminutas celdas individuales, similar a una perrera.

Se separaban por un extenso corredor cuyo destino se perdía entre la obscuridad causada por la deficiente iluminación.

Era uno de los varios centros de detención, a cargo del departamento de armonía interna, para ciudadanos transgresores a la ley divina.

Para reeducarlos y ponerlos de vuelta en el redil y en los caminos amorosos del infinitamente piadoso TODO, Creador.

Grace se hallaba metida en una de estas tantas celdas, sobre el piso sucio, abrazada de sus rodillas.

Había estado llorando el último par de horas sin parar hasta que sus ojos dejaron de producir lágrimas debido a la fatiga mental y física.

De pronto dos oficiales, encargados de mantener cierto orden entre los prisioneros, caminaron a paso firme, entre burlas y maldiciones, hasta que llegaron a la solitaria jaula de la profética niña, entraron y se la llevaron cargando en la espalda como si de un bulto de papas se tratara.

Salieron a la calle. Estaba todo listo para ella, un carro de similar manufactura al que la había traído; pero antes de trasladarla a otro punto, pudo escuchar la conversación que sus captores sostenían…

—Hermanos míos —saludaron los conductores al también par de custodios en la caseta de vigilancia—.

Como ya deben de saber, tenemos la instrucción de llevar con nosotros a la reclusa cuanto antes a la ciudad de Liber para iniciar un proceso contra ella.

Se ordenó un juicio exprés debido a lo excepcional y urgente del caso.

—En efecto, hermanos —respondió uno de ellos—, tenemos la instrucción de la cual hablan.

Está firmada con el escudo de la familia Nesher.

No es posible decir que no ante tal nivel de seres; sin embargo, respóndanme si es que lo saben: ¿qué destino depara a los otros reclusos que llegaron junto con la niña?

—Solo llevaremos a un ángel hasta Liber, y ya está apresada en la parte trasera. De los demás, se nos avisó que pronto llegarán las órdenes para su ejecución.

—Perfecto. Siendo así, pueden continuar con su camino.

Abrieron las compuertas, dando comienzo al viaje.

—Que el TODO los bendiga por tan noble acto de sacrificio —dijeron los custodios, a modo de despedida.

No pasó mucho tiempo después de que Grace fuera trasladada, cuando llegó hasta el centro de detención el capitán Zeo.

Se aproximó a la celda vacía donde debería de estar la pelirroja.

Se quedó de pie unos momentos frente a la jaula, inspeccionando confundido el fondo oscuro de la misma, y una vez estuvo seguro de que no había nadie ahí adentro, mandó a llamar, un tanto irritado, al responsable del área.

—Recuerdo haber indicado que ingresaran a la niña específicamente en esta celda, era la adecuada porque está separada de las demás por el corredor. Veo que son tan ineptos como dicen y la movieron junto con la población general… Da igual, ¿en dónde la tienen?

El carcelero, con el corazón en la garganta, dio el reporte de lo acontecido minutos atrás.

Dio parte de cómo habían llegado las órdenes directas para el traslado de la joven pelirroja y cómo fue qué, en tiempo récord, el personal se apresuró en ir por ella y llevársela con tal premura, que ni siquiera se molestaron en amarrarla o encadenarla como era debido.

Una vez que el capitán Zeo terminó de gritar furioso, verificó la información brindada, sacó su comunicador (parecido a una radio de mano), cuidando en todo momento de no maltratar su costoso traje a la medida, y llamó a su jefe:

—Llegamos tarde, señor. De alguna manera, los Nesher se enteraron de la existencia de la Sagriari y consiguieron la autorización para llevársela hasta su ciudad.

Es seguro concluir que tienen infiltrados dentro del cuartel y sala de interrogatorios.

Si esa familia llena de locos fanáticos seguidores del TODO llega a ponerle las manos encima, el E.R.I.S. no tendrá manera de acceder a ella.

Tras unos segundos de estática, se escuchó de vuelta:

“Si eso que propones llegara a ocurrir —respondió Zulzher—, mis planes se irán para abajo. Y tú con ellos, no tengas duda; así que más vale que encuentres la manera de resolver todo esto cuanto antes,

¿comprendes?”

—No debe preocuparse por nada, señor. Tan pronto como me dé su permiso, enviaré un escuadrón de choque, solo gente nuestra, a interceptar la carroza fortificada que la transporta.

“Tienes mi beneplácito para proceder como gustes. Pero debe ser silencioso, invisible al ojo público. Mata a todo aquel no perteneciente al E.R.I.S. que haya atestiguado la existencia de esa pelirroja, corta las comunicaciones de la carroza y limpia la evidencia que quede. Quiero un trabajo limpio y no me molestes hasta que hayas terminado este encargo con éxito”.

El aparato cesó de transmitir y a espaldas de Zeo, el carcelero no podía disimular su miedo.

—Ya escuchaste a mi jefe, ¿verdad? Entonces sabrás que no puedo negarme a una de sus órdenes, y para desgracia tuya, no solo eres un testigo de la existencia de una nueva Sagriari en el cielo, también escuchaste cosas que no debiste.

Cuando el sujeto intentó escapar corriendo, pidiendo por apoyo, Zeo le atravesó el pecho con su espada bañada en plata, y con el charco de líquido vital mojando su calzado, el capitán boina roja se limitó a hacer un pequeño gesto de desagrado mientras limpiaba con un pañuelo la hoja de su arma.

Luego dio un profundo suspiro, como era su costumbre hacer, y admitió tranquilo:

—Es una verdadera suerte que la celda haya estado tan apartada de todas las demás, porque gracias a ello, estoy solo…

—¿Por qué lo dices, Zeo? —intervino de repente una colega suya, quien había llegado mientras Zeo eliminaba al carcelero sin este notar su presencia.

Su comentario lo sorprendió, y en su mente agradeció no haber dicho lo que, en su sentir, tenía intención de confesar—.

¿Por qué razón es una suerte que estemos tan apartados de cualquiera que nos pueda escuchar?

¿Tienes problemas con matar testigos…? ¿Será acaso que tenías otros planes… ? ¿Ibas a informar a alguien más…?

—No me percaté de tu llegada, Birmania, pero igual lo agradezco porque habrá quien me ayude a limpiar este desastre.

Y no seas impertinente con todas esas preguntas sin sentido —respondió fingiendo ofensa—.

Pondremos en marcha la operación para interceptar el vehículo blindado y capturar a la Sagriari.

—Veo que ya hablas con cordura. No esperaba escuchar otra cosa.

—Bien, entonces, por el bien y la gloria del E.R.I.S., y el éxito de nuestro señor Zulzher Galazay. ¡Que así sea!