3
el fın de la ılusıón
La ciudad de Ai era famosa por su heroica historia de resistencia durante la gran guerra y, al igual que cada una de las siete ciudades del tercer coro, estaba dividida en tres estratos sociales bien definidos.
La parte baja era la destinada a las clases más humildes: mensajeros aprendices, obreros y familias cuyo escudo carece de prestigio.
Aquí, la implementación de las leyes divinas era más laxa de lo usual, dejándose la justicia en manos de los mismos ciudadanos del sector. Esta fue la razón por la cual la recién hospedada familia no tuvo problema alguno desde el momento en el cual llegaron.
A lo largo de los dos soles y medio de esta ilusoria tranquilidad, fue Dido quien dedicó su tiempo al cuidado de Grace, quien lucía y se expresaba como una niña humana de siete años.
Mientras tanto, Adriano se desempeñaba como custodio de turno nocturno, a cargo de proteger los activos de un almacén de abastecimiento.
No obstante, la despiadada calamidad llegó a sus vidas; pues a raíz de un levantamiento armado de un movimiento rebelde de poca monta, centenares de habitantes llegaron desde la vecina ciudad de Gidae con la esperanza de recibir suministros básicos y comida.
Esa misma vikra, cuando Adriano salió de las instalaciones del almacén, no tenía en cuenta la procedencia de quienes se aglomeraban haciendo fila afuera de la calle, pues quizá por causa de su justificado cansancio o la relativa confianza que había adquirido, su atención estaba difusa.
Caminaba de largo a la fila, pensando en cualquier otra cosa cuando de pronto, un ángel de los ahí formados lo detuvo de súbito, sujetándolo del brazo.
—Yo a ti te conozco —dijo—. No puedo equivocarme, y no me sorprendería si tú logras también reconocer mi rostro.
Al decir esto, Adriano fijó su atención a las facciones de aquel quien le hablaba y pudo ubicarlo en su memoria. Se trataba de uno de los habitantes de su antigua comunidad, en el sector bajo de Gidae.
—¿Verdad que sí me recuerdas? Puedo saberlo por la cara de terror que has puesto ahora. Si comienzas a sudar, no me extrañaría.
Apretó más fuerte el brazo de Adriano y siguió:
—Eres el padre en aquella extraña familia que desapareció hace más de dos soles. Y quiero que sepas que en el vecindario sabemos qué fue lo que pasó… cuál fue la razón por la que huyeron como cobardes hasta esta ciudad.
»Después de que las celebraciones del sol nuevo terminaran, comenzamos a extrañarnos de la ausencia del anciano Benemer, y no fue sino hasta unas vikras más tarde, cuando los oficiales boina verde inspeccionaron su domicilio, que se hizo el descubrimiento.
Adriano dio la media vuelta para huir fingiendo amabilidad; pero el intento fue inútil, ya que el tipo gritó a los cuatro vientos:
—¡Eres un asesino, tú y tu familia son corruptos infractores de la ley divina!
Ya te encontré, y no vas a poder seguir ocultándote, ¡maldito!
Más vale que disfrutes estas últimas vikras, porque esa ilusa mentira a la que llamabas vida está a punto de terminar para siempre.
El daño se había hecho, y aunque contó lo sucedido a Dido, las cartas estaban tiradas.
Tan pronto como el siguiente amanecer, cuando finalizó un turno tan normal como cualquier otro, fue llamado de inmediato, no a la oficina de su jefe, sino a la comisaría del sector, desde donde los oficiales boina roja operan.
Al entrar, se le ordenó pasar a un cuarto de características especiales: metálico, sin oro ni plata, solo metal pulido.
Había un par de ventanas oscuras a través de las cuales nada podía verse.
Una simple mesa de delgada madera y una silla del mismo material, donde él estaba sentado, era todo lo que había.
Estuvo sentado allí un rato hasta que la puerta, igualmente fabricada, dio entrada a un ángel distinto a los que estaba acostumbrado a ver.
Tenía oro incrustado en sus alas, no piedras de imitación.
Caminaba con gran seguridad y, sobre todo, la franja de oro en el borde de sus alas indicaba que se trataba de un espíritu de rango elevado.
—Mucho gusto en conocerlo —saludó con un cortés apretón de manos mientras se acomodaba en la silla frente a Adriano.
Su voz era educada, pero había algo en su tono que indicaba que algo no andaba bien—.
Deseo que el TODO le haya bendecido en su jornada de trabajo.
Mi nombre es Zeo, capitán de la División de Armonía Interna.
El primero de mis deberes es informarle que usted no se encuentra en peligro, ya que no ha sido formalmente acusado de ningún delito.
Por lo tanto, no necesita solicitar un defensor imperial. ¿Me comprende?
Él respondió bajando la cabeza, concentrado en controlar, con pocos resultados visibles, el titiritar de sus extremidades.
—Bien, me da gusto que pueda comprender lo que le digo. Una vez aclarado esto, y ya que viene de una agotadora campaña laboral, seré lo más breve posible.
Vestido con un traje impecable, Zeo colocó sobre la mesa un portafolios del mismo color y lo abrió con movimientos precisos.
Sacó una carpeta, la hojeó durante unos segundos con aparente indiferencia y luego la cerró, dejándola a un lado.
Observó a Adriano por un breve, pero interminable instante…
lo examinó como pensando mil y una cosas, y al final, soltó un suspiro.
—La responsabilidad que el TODO y su sagrado imperio me han encomendado es la de estar al tanto; así como de prevenir cualquier brote, por pequeño que sea, de ideas contrarias a la armonía del imperio —explicó, mirándolo los ojos con una expresión de solemnidad—.
Investigo hasta el rumor más insignificante que pueda amenazar la ideología del TODO, Creador.
Es un trabajo que tomo muy en serio, hermano. Muy en serio.
Abrió la carpeta y dijo:
—Tengo entendido que ayer protagonizó un altercado con un ciudadano de Gidae. ¿Podría contarme qué ocurrió?
—Fueron… solo invenciones de ese sujeto —balbuceó—. Estoy seguro de que me confundió con otra persona.
—El sujeto, como usted lo llama, tiene por nombre, Atael —precisó Zeo sin levantar la voz—.
Asegura que su familia desapareció del vecindario hace más de dos soles.
También menciona que, antes de eso, recibieron la visita de tres oficiales boina verde.
Estos datos han sido verificados con antelación. Son ciertos.
»Después investigué el domicilio que su antiguo vecino nos indicó y las autoridades de Gidae me confirmaron que la familia que vivía allí era, en efecto, la suya.
—Escuche, señor… por favor… no es lo que está pensando…
—No se trata de lo que yo piense —interrumpió Zeo con elegancia—.
De manera oficial no se le acusa de nada; sin embargo, resulta…
curioso que, apenas unas vikras después de su repentina partida, se encontrara el cuerpo sin vida de uno de sus vecinos.
Sin signos de violencia externa. Solo una máquina de energía Vril desconectada y destruida.
Adriano se hundió aún más en la silla y, consumido por el terror, empezó a tartamudear incoherencias.
Zeo lo observó en silencio durante unos segundos, dejando que el peso del momento cayera sobre él. Luego suspiró con aparente cansancio, se despeinó despreocupado el cabello rubio y, con una sonrisa de alivio, guardó la carpeta de nuevo en el portafolios.
—Sin embargo, tiene usted razón, hermano Adriano —dijo en ánimo conciliador—.
Siendo sincero, desde un principio sabía que no podría tratarse de otra cosa que simples suposiciones.
Es más, ese Atael me pareció un loco paranoico.
Y hay que agregar que la familia de la cual procede no es nada de fiar, son unos vagos sin remedio.
Es lógico pensar que cometió un error con usted.
Los informes redactados por los oficiales descartan cualquier acto sospechoso, y teniendo en cuenta el horrible lugar donde vivía, comprendo a la perfección su decisión de irse cuanto antes.
Se levantó de su silla mostrando tanta indiferencia, que reflejaba en sus acciones la insignificancia de su interrogado. Mientras guardaba los documentos en su lugar y acomodaba su traje, remató:
—Puede regresar a casa con su pareja y su linda hijita. Disculpe las molestias que esto pudo haberle causado.
Lleno de confusión junto con dejos de alivio, se disculpó trastabillando y se dirigió hacia la puerta. Apenas había dado unos pasos cuando Zeo lo detuvo, y sin dejar de acomodar sus cosas, le dijo:
—Una última cosa, antes de que se retire: según Atael, la vikra en que obtuvieron el permiso para su nuevo ascenso, una intensa luz roja brotó de su casa e iluminó toda la calle hasta que se apresuraron a cubrir las ventanas.
Tras ese extraño acontecimiento, según nos cuentan, fue que cambiaron por completo sus hábitos de vida.
Hizo una pausa deliberada.
—Dígame, hermano… ¿será que eso también es una mentira?
—Por supuesto que sí, nada más que un invento. No tenga duda alguna de ello.
Zeo asintió bajando con suavidad el mentón a la vez que Adriano salía a toda prisa.
En cuanto la puerta se cerró, se dirigió al cuarto de observación detrás del vidrio polarizado. Allí lo esperaba un ángel imponente, de anchos hombros y presencia abrumadora. Sus alas mostraban franjas gruesas de oro y sus ojos brillaban con una ambición enfermiza.
El Mayor Zulzher Galazay. Potestad al mando de los escuadrones boina roja en Ai, era un ser cuya mera presencia infundía respeto. No era solo un militar: era un visionario cruel que veía en cada crisis una oportunidad para acumular poder.
—¿Y bien? —preguntó Zulzher con acento marcial y severo—. ¿Consideras que nuestras sospechas son fundadas, capitán?
—Lo que dijo Atael resultó ser cierto, señor —respondió con deferencia—. Hace tres soles y cinco lunas nació en Gidae el más reciente ángel de la raza Sagriari. Además de su familia y de nosotros, nadie más lo sabe.
Una mueca de arrogancia se dibujó en el rostro de Zulzher. Se recostó en su asiento con total comodidad y estiró ambos brazos hacia el cielo.
—Por fin… —expresó satisfecho—. La oportunidad que tanto esperaba está al alcance de mi mano. Como era de esperarse, el destino me favorece una vez más. Cada paso que dé a partir de ahora me acercará más al mando supremo de nuestras legiones. ¡Del poder absoluto! Es solo cuestión de tiempo.
—Entonces, ¿qué hacemos con la Sagriari y su familia? —preguntó Zeo.
Zulzher soltó un gruñido desdeñoso.
—No pierdan el tiempo y vayan por ella de inmediato.
En cuanto a sus padres… —hizo un gesto vago con la mano, descartando algo insignificante— enciérrenlos, destiérralos o mátenlos, lo que resulte más conveniente.
No me importa el método, siempre y cuando no me causen más molestias.
Utiliza a los escuadrones boina roja leales.
Yo iré en persona a informarle a… “ella”.
—Que así sea —respondió Zeo, realizando el saludo secreto del movimiento. Se cubrió el hombro derecho con la mano izquierda y declaró con fervor—: ¡Gloria y honra al E.R.I.S.!
Adriano fue recibido con muestras de amor, aunque hubo un pequeño altercado por causa de la demora que tanto las tenía preocupadas.
—Por favor —dijo Grace, expresándose con fluidez—, no lo hagas otra vez. Mamá estaba muy inquieta, al igual que yo.
Quiso distraerlas regalándoles una vikra de atenciones. Les preparó la comida junto con diversos bocadillos de acompañamiento, y solo después del tiempo compartido, en tan alegre atmósfera, llamó la atención de Dido con el fin de compartirle:
—La vikra de hoy fui citado de urgencia a una base militar donde me hicieron preguntas. El agente que me interrogó lo hizo en seguimiento al incidente con nuestro anterior vecino de Gidae, que te conté ayer. Además de eso, sacó a colación otro tema, y me refiero a la muerte de Benemer.
Cuando lo dijo, Dido puso a un lado a su hija y se acercó incrédula hasta su pareja.
—¿¡Hablas en serio!? ¿¡Cómo puedes decir que eso es una bendición!? ¿No te das cuenta de que eso significa nuestra perdición?
—Puedo asegurar que no hay por qué estar preocupados.
Ese agente de quien te hablo resultó ser bastante comprensivo.
Tanto así, que antes de que me permitiera venir a casa, resolvió convencido que todo se trató de coloridas fantasías dentro de ociosas mentes.
Nada más que vulgares chismes de barrio y, por ende, te prometo que desde este momento ninguna sospecha pesa sobre nuestras espaldas. ¿No es esa una enorme bendición?
—En verdad que lo es —respondió con lágrimas en los ojos—. Desde que Grace llegó a nuestras vidas, no había escuchado una noticia así de buena.
La familia se dispuso a continuar con sus actividades con un renovado denuedo, llenos de esperanza hasta el momento en el cual su humilde hogar se encontró rodeado por soldados de boina roja.
Ni siquiera pudieron disponer del tiempo suficiente para la más básica y elemental de las reacciones, pues en solo un parpadeo la puerta de entrada había sido derribada.
Sin mediar palabra, sin ofrecer una oportunidad para defenderse, los soldados arrestaron, sustrajeron y subieron a los tres a transportes especialmente designados: un par de carrozas fortificadas, con ruedas llameantes y tiradas cada una por un par de grifos alados.
Subieron a los padres al interior de una de estas carrozas, pero a pesar de las súplicas de Dido, ingresaron a Grace dentro del otro carro.
Ella lucía desconcertada, abrumada por el torbellino de emociones que a tan corta edad experimentaba; pero ahí, llorando y sujetando los barrotes de la ventanilla en la carroza, pudo escuchar un nombre, al cual estos despiadados reportaban por medio de un transmisor de mano y que desde ese momento anidaría en su memoria:
—El encargo ha sido hecho, los objetivos fueron asegurados y procedemos a retirarnos con su autorización, señor Zulzher.
Y fue así, sin más, que el otrora hermoso sueño de una humilde, honrada pareja por tener su propia descendencia llegó a su final, tornándose en un verdadero infierno personal para ellos. Un infierno como los muchos otros que abundan en el cielo.