2 #2
Desesperados por la impotencia ante tal peligro, corrieron con todas sus fuerzas, y aunque la madre cubría a su hija con las manos, no podía evitar que la larga cabellera de la niña se le escapara por entre sus dedos.
Ese fue el momento en el que la desgracia se hizo presente, pues antes de que Adriano pusiera un pie en su hogar, pudo ver que justo al otro lado de su jardín, en la entrada de la casa vecina, se hallaba de pie y mirándole con fanática atención, Benemer.
Este decrépito ángel estaba parado sin moverse, no decía palabra alguna y eran solo sus malvados ojos los que desgarraban a Adriano desde adentro.
El anciano lo había visto todo. Soltó una sonrisa de oreja a oreja, dejó ver sus amarillentos dientes en un gesto de genuina maldad y, sin decir nada, cerró la puerta de su casa.
Adriano corrió como un desquiciado hasta la morada del vecino y golpeó la puerta pidiendo que saliera. Cuando el anciano por fin atendió, con un tono de voz escalofriante, pausado y amenazante, dijo:
—El cabello de la niña concuerda con el color de la luz que vi en su casa cuando recién llegaron del Ministerio para la Asignación de Ascensos.
¡Maldito seas tú y tu demoníaca familia de pervertidos!
Hoy, tanto el departamento de justicia como las autoridades pertinentes se encuentran ocupados; pero no lo dudes, traidor de nuestra raza, que en cuanto la luz ilumine el cielo, el secreto que tan celosos guardaban será de dominio público.
Ustedes dos serán castigados, pero para aquel monstruo de cabello rojo…
su único destino posible será la muerte.
Todo estaba perdido. Tan pronto como Adriano recobró el uso de la razón, entró a casa junto con Dido, quien había escuchado las amenazas.
Caminaban dando círculos, temblando de miedo y vibrando de ira…
la ira de quien se sabe descubierto, echando para abajo sus esfuerzos en tan solo un segundo de descuido.
—¡Listo! No hay nada más que pensar. Tenemos que guardar lo que podamos y huir cuanto antes, pues si nuestra mala fortuna sigue, soldados rojos estarán aquí afuera en minutos —propuso ella. Llevó a Grace a su habitación y guardó cuantas cosas veía en un par de maletas.
—No estarán afuera, Dido, al menos no en unos minutos —dijo él un tanto mesurado—.
Ese anciano decía la verdad, los servicios de justicia no estarán disponibles hasta mañana, por lo que tendremos el cobijo de la oscuridad de nuestro lado.
El humor en las calles, si bien se ha calmado, aún es peligroso.
Mejor será que nos tranquilicemos, ordenemos nuestras cosas con calma y cuando la noche esté en su punto más álgido, salgamos hacia el este, a la ciudad de Ai, donde poseo, como sabes, un lugar propio al cual llegar.
Con miradas bajas que expresaban derrota, hicieron conforme a lo planeado y tras esperar un poco, salieron por la parte trasera, cubiertos con ropajes que les protegerían contra el clima.
—Es tiempo de irnos —sentenció el padre—. Hoy no habrá quien nos vigile o nos delate si nos ven volar, así que usaremos eso para irnos de aquí lo más rápido posible.
Pero mientras decía estas cosas, era ignorado por su pareja, quien no podía perder de vista la casa del vecino y el descuido que éste había cometido al haber dejado una de sus ventanas, abierta.
Aunque bien sabía que la única opción posible era escapar a otra ciudad, también era muy cierto que, aun moviéndose de lugar, no cabría esperanza de paz para ellos.
Las autoridades del imperio bien podrían buscar hasta debajo de las piedras hasta dar con su amada hija.
La ventana abierta se apoderaba de su mente como si fuera la salida que tanto esperaba.
—Antes de irnos —apuntó Dido, apenas quitando la mirada de la casa en cuestión—, olvidé el cobertor favorito de Grace sobre su cama. La noche está muy fría y es mejor tenerla doblemente protegida. Anda, llévala contigo y trae la manta. Aquí estaré yo, esperándolos cuando regresen.
Tan pronto como se retiró, Dido se acercó a la ventana y, sin un ápice de duda, se introdujo por la parte de la cocina.
Furtiva como la serpiente, avanzó entre las sombras de la casa ajena.
Llegó hasta el dormitorio, y con la poca luz que se filtraba, contempló la escena: el anciano Benemer yacía en la cama, conectado a un artefacto dispensador de energía Vril mediante una máscara que cubría su rostro.
Tubos gruesos palpitaban suministrando la esencia vital que su cuerpo ya no podía absorber por sí mismo.
—Miserable espíritu —susurró sorprendida—. ¿Cuántas faltas y delitos habrás cometido para necesitar tanta energía?
Se acercó con pasos silenciosos. Sus manos vacilaron solo un instante antes de endurecerse.
Con un movimiento brusco, arrancó la máscara del rostro del anciano.
El viejo abrió los ojos de golpe, desorbitados por el terror.
Intentó emitir un sonido, pero Dido presionó con fuerza la palma contra su boca, ahogando cualquier grito.
Con la otra mano, destrozó con salvaje actitud las conexiones del artefacto: tubos se rompieron, botones saltaron y la máquina emitió un siseo agonizante mientras la energía Vril se disolvía en el aire.
Benemer se convulsionó violentamente bajo su agarre.
Sus ojos amarillentos, llenos de pánico y odio, se clavaron en los de Dido.
Pataleó con apenas algo de fuerza, sus alas raídas temblaron contra las sábanas sucias y poco a poco, su cuerpo se fue quedando rígido.
Un último, moribundo aliento escapó caliente entre los dedos de Dido, y luego solo quedó el silencio.
Ella estuvo allí unos segundos, respirando agitada, mirando el cadáver del anciano mientras lograba tranquilizarse un poco. No había arrepentimiento; pero tampoco había marcha atrás.
Cuando salió por el mismo sitio por el que entró, se encontró de frente con Adriano, quien, al verla agitada, no necesitó explicaciones, la conocía mejor que nadie y sabía de lo que era capaz. Unos segundos de penetrante mirada entre ambos fueron suficientes para procesar lo que había sucedido.
Así retomaron su plan original y se marcharon rumbo al este, a la bella ciudad de Ai, donde un destino incierto esperaba a la familia.