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la bendıcıón prohıbıda
El destino había anunciado su veredicto echando a andar la rueda sin que nadie pudiera detenerla.
Y con la determinación de construir un futuro propio rebosante de felicidad, comenzó un arduo periodo para la familia; pues no quedó más opción que alejarse de todos, limitando la interacción a lo esencial.
Sellaron cada ventana de la casa, atrancaron la puerta con enormes tablas y, de un momento a otro, se transformaron en asociales.
Adriano renunció a sus labores dentro de su escudo, dedicándose al cuidado de Grace. Dido, por su parte, se limitaba a salir directo a su trabajo. Obtenía suministros y regresaba para encerrarse.
En calma transcurrieron once lunas (equivalentes a cincuenta y cinco días), y no tardaron en surgir rumores.
Algunos aseguraban que, tras arrepentirse de tener un hijo, habían caído en la locura; otros afirmaban que habían matado al niño en un arranque de ira y que, desde entonces, se escondían de la justicia.
Las teorías más peligrosas los vinculaban con grupos rebeldes afines al gran enemigo del cielo, organizaciones tan poderosas como Liberaty o el mismísimo E.R.I.S.
Pero la tensión explotó cuando los habitantes de la comunidad llamaron a un par de soldados, instándolos a investigar el asunto. Les preocupaba la seguridad del vecindario… o quizá solo querían ver sufrir a la joven pareja de inadaptados.
Momentos antes, Dido y Adriano pasaban un agradable instante en familia. Se habían habituado a su propia realidad, encontrando en la alegría que Grace aportaba, cierta estabilidad rutinaria.
Entonces llamaron a la puerta con insistencia. Un gesto tan poco común que los asustó. Adriano se acercó cauteloso, pero antes de tocar el picaporte, escuchó:
—Saludos. Esta es la división de patrullaje e investigación civil del cuerpo de boinas verdes. Abran la puerta.
Saltó como un gato y corrió hacia su familia. Dido, temblando, rodeó a Grace con sus alas.
—¡Es la policía! Verán a Grace. ¡¿Qué vamos a hacer?! —dijo con espanto contenido, tratando de no alterar a su hija.
—Quizá estemos adelantando conclusiones —respondió él, intentando calmarla—. Puede que investiguen algún incidente común en el vecindario o se trate de alguna inspección de rutina. Iré a abrirles. Llévate a Grace a la recámara trasera y que no las vean.
Poco antes de que la autoridad decidiera forzar cerraduras, abrió como si nada, con la frescura y confianza máximas de las que podía disponer en tan difícil momento. Los oficiales le miraron con la ceja arqueada.
—Gracias por atender, hermano. ¿Es usted el señor Adriano?
Él confirmó su identidad.
—Desde hace varias vikras hemos recibido numerosas quejas con respecto a usted, su compañera de vida y la extraña manera en la cual se conducen. Dígame ahora: ¿por qué razón será que se especula con que estén haciendo actividades rebeldes en el interior de esta casa?
—Puedo asegurarle que no son más que simples rumores de gente que no tiene nada mejor que hacer con su tiempo, deberían estar trabajando para el imperio en lugar de generar problemas, ¿no lo cree, oficial?
—Eso no explica por qué tienen sus ventanas cubiertas con mantas, o por qué no se les ve salir por ningún motivo que no sea necesario, según nos informan sus vecinos.
—Bueno… eso es algo un tanto difícil de explicar…
—Por fortuna para usted, no tiene que hacerlo —interrumpió el elemento boina verde—. Nosotros pasaremos a comprobar que, en efecto, los rumores sean solo eso. Hágase a un lado.
Empujaron a Adriano e ingresaron.
Disimulando su ansiedad, él los observaba inspeccionar cada rincón con fanática minuciosidad y tras poner media casa de cabeza, sin aparentes resultados, uno de los oficiales preguntó:
—¿Dónde está su compañera? Sabemos que no salió a trabajar. Además, tenemos reportes de que fueron admitidos como mentores de una nueva vida hace no mucho tiempo. Señor Adriano, ¿puede presentarnos a su familia?
Dido, escondida en la recámara, abrazaba a Grace. En su mente solo veía un destino terrible: prisión, escarnio público o ejecución. Pero no había tiempo para fantasías, debía actuar rápido.
Cuando el oficial avanzó por el corredor, observó una luz encendida al interior de uno de los cuartos; así que, sin el menor pudor, ingresó.
Una vez dentro, notó que los artefactos sobre el tocador estaban movidos y recién usados.
A punto estuvo de mover los cobertores sobre la cama cuando él y uno de sus compañeros escucharon el sonido de una puerta más, cerrándose detrás de ellos.
Se dirigieron a esa puerta, la forzaron hasta conseguir acceso y su sorpresa fue grande e insospechada, pues lejos de encontrar alguna prueba que acreditara los rumores del vecindario, se encontraron con una escena normal: Dido estaba en la bañera en compañía de su hija, quien tenía el cabello recogido dentro de una gorra de baño y los ojos cerrados a causa del agua.
—Escuché el alboroto que hicieron al llegar sin ser invitados, señores…
—espetó Dido, fingiendo molestia, cuidando en todo momento porque la pequeña no abriera los ojos—.
Y debo decir que es muy desagradable ver a tres funcionarios públicos malgastando el tiempo en dar seguimiento a chismes corrientes, difundidos por ángeles holgazanes sin nada mejor que hacer.
Y ahora vienen a irrumpir en mi intimidad con mi hija mientras la estoy bañando.
Deberían sentirse avergonzados, caballeros.
Los oficiales se miraron incómodos, y el tercero informó que no había hallado nada sospechoso; así que dieron por terminada su tarea. Antes de retirarse, uno insistió:
—Nos indicaron que jamás salen de casa, ni muestran a su hija por ningún motivo. Adicional a eso, las ventanas cerradas y las tablas en puertas, era razonable pensar que…
—Nosotros somos una familia conservadora de las antiguas tradiciones de antes de la guerra —interrumpió Adriano—, seguimos al pie de la letra lo dictado a los ángeles por el Santo Creador, expuesto en el libro de fuego.
Por eso no mostraremos a nuestra hija al ojo público hasta los tres soles de vida, para evitar cualquier impureza en su naturaleza.
La respuesta fue excelente y eficaz. Los oficiales se disculparon y se marcharon ruborizados.
El suceso había sido un punto de quiebre del que debían sacar partida.
La pareja comprendió la importancia de pasar inadvertida haciendo de la cotidianidad pública una de sus aliadas.
Comenzaron a dejarse ver un poco más, alternando salidas para abastecerse y actuando despreocupados ante las miradas ajenas.
Pero la prueba definitiva sería el multitudinario festejo del sol nuevo, a seis vikras de distancia.
En esa fecha, la ciudad saldría a las calles en procesiones jubilosas y así, ambos padres resolvieron que esa sería la ocasión perfecta para mostrar a Grace en brazos y, después de once lunas de hermetismo, lanzarse a los lobos.
El ansiado momento por fin llegó. Conforme la vikra avanzaba, cientos de espíritus, en particular jóvenes y niños, se aglomeraban para festejar junto con sus familias. Danzaban alegres y cantaban alabanzas al TODO, creador.
De pronto apareció, partiendo a la muchedumbre, la famosa, pero hasta entonces desconocida familia. Salieron ataviados conforme a la ocasión, con vestimentas semiformales, pero con algún distintivo en oro, como la tradición lo indicaba.
Dido llevaba cargando a Grace, quien tenía tres años de apariencia humana.
Iba cubierta en su mayor parte con un manto guinda que dejaba al descubierto sus lindas alas blancas.
Adriano le había conseguido una boina roja que hacía juego con su vestido; además, llevaba un velo blanco apenas cubriendo su rostro, el cual permitía ver sus facciones, pero distorsionaba eficazmente el color de sus ojos, haciéndola ver elegante.
De inmediato los vecinos se acercaron para hacer las más diversas e incómodas preguntas, buscando saciar su curiosidad.
Incluso Benemer, el vecino que había dado pie a los rumores y quien era también culpable de haber llamado a la policía, se acercó escéptico.
Observó de cerca a Grace y, tan sospechoso como se había acercado, desapareció entre la multitud, sin perder de vista a la familia ni por un solo segundo.
Los recitales se disfrutaban con deleite, los concursos de vecindario finalizaban entre risas sinceras y el ambiente festivo impregnó de color cada esquina de la ciudad hasta bien entrada la noche, y junto a ella, la atracción principal, preparada para el deleite del pueblo, no tardó en hacerse presente.
Unas trompetas anunciaron el comienzo de la caravana, secundadas por los vítores enardecidos de los ciudadanos.
Uno a uno, los carruajes desfilaban a lo largo de la vía principal del sector.
Cada uno era no más que una jaula con ruedas en cuyo interior yacían atados diferentes tipos de transgresores a la ley; traidores que bien se habían ganado su lugar en aquella fiesta.
Algunos estaban ahí por habérseles escuchado hablar mal del Creador, otros fueron encontrados culpables de difundir ideas anarquistas o de negarse a cumplir con el tributo.
Estaban ordenados desde el criminal menos conocido hasta terminar la noche con los más odiados enemigos del imperio.
Ya con el ambiente decaído y tras estar seguros de haber realizado la tarea con éxito, creyeron conveniente regresar a casa; no obstante, a medio camino los altoparlantes dieron un anuncio sorpresa: un último carruaje, cargado con un famoso delincuente, saldría de último.
Esto provocó que la gente se volcara entusiasmada con la intención de ganar un lugar a orillas de la vía.
Adriano, que cargaba a Grace entre sus brazos, hacía lo posible por esquivar a la multitud, soportando los golpes que le propinaban.