En Cielo Hueco (El Cielo Hueco nº 1)
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una nueva luz ascıende
Ahí donde era corriente ver a mendigos de todo tipo pidiendo ayuda, suplicando por migajas y limosnas, se ubicaban pomposas las oficinas del Ministerio para la Asignación de Ascensos, en cuyas instalaciones se hallaba una larga fila de parejas.
Algunas contentas; algunas más, indiferentes; otras… con hambre.
El propósito de cada una podía variar un poco; sin embargo, tenían un solo objetivo en mente: aumentar el número de integrantes en sus respectivas familias mediante la asignación de un nuevo ascenso a los cielos.
Para la mayoría, era la única salida a sus problemas, su oportunidad para paliar sus carencias al obtener, además del bebé, una jugosa y estable cuota del estado.
—Que entre ya la siguiente pareja —anunció una voz casi mecánica.
Entonces pasó a la elegante sala de valoración una nada especial dupla de ángeles.
Ella, de buenos modos y caminar seguro, vestía las mejores ropas que su condición le permitía: una toga blanca de una sola pieza, un cordón de hilos de bronce en la cintura, calzado romano a media pantorrilla y un lindo broche sujetando su ondulado cabello cobrizo.
Había adornado sus alas con las piedras brillantes que pudo reunir.
El varón, de espalda curveada y dudoso porte, vestía túnicas similares, aunque más largas y de distinto modelo de calzado.
Frente a ellos se encontraba una larga mesa de mármol pulido donde se sentaban cinco funcionarios.
En el centro, el magistrado de ascensos lideraba a los demás: a su izquierda, el magistrado de archivo y el genealogista; a su derecha, el escriba y el asistente.
Todos portaban capas color magenta con bordados en plata, salpicaduras de oro en la parte superior de sus alas y rostros inexpresivos de severidad.
—Comenzaremos con el protocolo dándoles a ustedes dos el beneplácito del imperio para la celebración de este ritual, con el que demuestran su fidelidad como buenos hijos del estado.
¿Y bien? ¿Pueden presentarse, diciéndonos por qué han venido a nuestra presencia, hermanos?
—preguntó el magistrado principal acorde al procedimiento.
Inclinándose ambos en señal de reverencia, dando alabanza al Supremo, fue ella quien respondió primero la solicitud:
—Que el TODO los ilumine con su sagrada luz, hermanos.
Mi nombre es Dido. Pertenezco al escudo Galikary desde hace 36 soles, que ascendí inmerecidamente al cielo, y dentro de mi familia he aportado al pueblo con la función de diseñadora de parques públicos para zonas bajas del tercer coro, actividad que he desempeñado con diligencia hasta el momento.
Con esto dicho, confieso ante ustedes no haber tenido problema alguno con las sagradas leyes, ni con aquellos quienes las imparten.
Al finalizar su introducción, tanto el genealogista como el magistrado de archivo pusieron manos a la obra, escudriñando con desdén en sus áreas de conocimiento hasta que validaron estas declaraciones.
Tocó el turno para Adriano, quien, además de proferir su declaración en un orden similar al ya expuesto, expresó a nombre de ambos haber estado, desde hacía mucho tiempo, en busca de convertirse en los orgullosos mentores de una nueva vida.
Y una vez terminados los engorrosos trámites, los funcionarios acordaron conceder la petición.
—Antes de proceder, ¿tienen en mente bajo qué escudo crecerá, desarrollará sus habilidades y será identificado el ascendido?
—Sí. Será bajo el escudo de mi familia —respondió Dido.
—¿Se trata de una decisión consensuada, señor Adriano? —cuestionó el asistente, acomodando sus anteojos.
—No podría estar más de acuerdo —afirmó radiante—. Crecerá bajo el escudo de una familia humilde, como la mía, pero la más honorable que he conocido.
Resuelto el asunto de manera favorable, se pasó de inmediato a la asignación.
Adriano y Dido se arrodillaron, tomados de la mano, ante el magistrado principal y este, de pie frente a ellos, sostuvo con sus manos un suntuoso cáliz de oro, mismo que destapó para dejar salir un cúmulo de humo blanquecino que tan pronto como abarcó la sala, fue concentrándose hasta transformarse en una esfera compacta sobre las palmas abiertas del burócrata.
—Esta es un alma rescatada del mundo humano.
Habitó por milenios en el planeta tierra, deambulando de un cuerpo a otro; ensuciándose y limpiándose en un ciclo casi interminable de sufrimientos y desdichas, hasta ahora.
¡Ha alcanzado la iluminación! Debe comenzar un nuevo camino de aprendizaje con la inmortalidad natural como galardón y el cuidado de una familia que le guiará por los caminos eternos del TODO, Creador.
Dido posó su mano derecha sobre el pecho, donde tenía tatuado el escudo de su familia.
Una pequeña porción de su esencia salió despedida con la forma de un finísimo líquido etéreo, mientras que, por su parte, Adriano aportó con un poco de su entidad mental, tomada con el mismo proceso, de su frente.
Al terminar de hacerlo, ambas sustancias fueron absorbidas por la esfera, que brilló con una luz tan blanca, que parecía una diminuta, hermosa estrella.
Terminaron el ritual mostrándose agradecidos con el imperio y llegaron a su hogar cargando aquella invaluable bola de energía que habría de convertirse en su primogénito. No habían experimentado tanta dicha desde que ascendieron. Colocaron la esfera entre ellos y la rodearon con sus brazos.
—Digámosles a todos: a mi familia, tu familia, nuestros vecinos, a quien venga de paso. Anunciemos al mundo entero que ha llegado el primer fruto de nuestra descendencia —expresó extasiado el joven padre.
—Podremos hacer eso mañana —aclaró Dido con voz tersa, sosteniendo su mano—. Esta ocasión tan especial quiero que sea solo nuestra… y de nuestro hijo.
Pero mientras se hablaban así, compartiendo su amor, la bola de energía comenzó a comportarse de una forma inusual, giraba sobre su eje, aumentó en volumen y de un momento a otro, la casa fue invadida por una potente luz que lastimaba la vista.
Adriano y Dido llevaron la expectativa al terreno del espanto cuando el resplandor se tornó rojo, vivo como el fuego y tan intenso como la sangre.
—¡Adriano, date prisa… las ventanas! —gritó ella sin perder el tiempo, sosteniéndose de la mesa.
Cerraron cada una de las ventanas y recovecos por los cuales pudiera filtrarse la luz, evitando así que alguien más se diera cuenta del sorpresivo hecho.
El miedo recorría sus cuerpos, se miraban el uno al otro sin saber qué hacer o qué decir.
La modesta vivienda vibró desde sus cimientos y de no haber sido porque la potente luz bajó en intensidad, se hubiera desmoronado.
Cuando las cosas por fin se calmaron, tanto Dido como Adriano se levantaron asombrados, sin idea de lo que había pasado.
Se acercaron preocupados hasta el ser de quien había manado la energía y ante sus ojos yacía su hermosa hija, quien lucía como cualquier ángel recién ascendido (de un año humano de edad en apariencia).
Sin embargo, además del extraño fenómeno que acababa de acontecer…
algo no andaba bien, pues el vibrante color de aquella luz escarlata anidaba ahora en el reluciente cabello ondulado de la bebé.
Al instante quedaron petrificados, e incluso dieron un grito ahogado cuando abrió por primera vez los ojos y al hacerlo, dejó al descubierto las más bellas lumbreras, de un tono tan violeta como la flor de jacaranda.
—¡¿Qué?!… ¿Por qué nos quedamos viendo de esa manera, Adriano?
—Como si tú misma no supieras ya lo que sucede. Ese color en su cabello, y esos ojos…
—¡Lo sé! —respondió tajante, procurando retomar el control—. Lo más seguro es que a nuestro mundo haya llegado, después de no sé cuántos cientos de soles, un ángel de la misteriosa raza Sagriari. La misma de la cual habla Rabamael, el profeta.
—¡Exacto!Y por eso sabrás que, si esto llega a saberse, se llevarán a nuestra hija, tenga la edad que tenga. No dejarán de perseguirla para llevársela y separarla de nosotros.
—¡¡¡Eso no va a suceder!!!
Dido se acercó a su criatura, la cubrió de inmediato con una manta y la cargó para abrazarla con fuerza.
—Ella… esta niña, es nuestra hija. No importa si resulta ser una Sagriari o si, en consecuencia, tenemos que defenderla de quien sea en cada momento de nuestras vidas, porque lo haremos.
—Tienes razón —admitió él—. Sin importar nada, sin importar lo que venga… Incluso por encima de cualquier profecía o creencia, ella porta tu escudo y nuestras esencias.
Ambos la cargaron y llenos de amor, le besaron las mejillas cual padres orgullosos.
—Entonces, ¿qué nombre le pondrás esta preciosura? —cuestionó Dido, alegre mientras traía juguetes y ropa—. Después de todo, ella lleva consigo mi escudo en su pecho; así que es justo conceder que tú la nombres.
—Bueno… el profeta habló hasta el cansancio de la rara especie de nuestra niña, y en todo momento, se refiere a esta como a una maldición… una enfermedad que hay que erradicar a toda costa.
En ese instante, mientras la cargaba alzándola hacia arriba, la bebé y Adriano se miraron fijamente, el espíritu de este último se liberó de toda atadura y declaró tan firme como un templo:
—Eres una bendición. Crecerás para ser tan grande como el más digno de los ángeles y en algún momento, demostrarás al imperio entero la equivocación en sus creencias.
Rebosante de gracia, mi bebé con cabello de fuego, estará tu vida.
No traerás maldición, sino esperanza y amor a todo aquel que te conozca y tu nombre… tu nombre será… Grace.