Capítulo 26
A principios de octubre regresé a Madrid después de terminar los reportajes de Asturias y el Pirineo aragonés. Llevaba casi dos meses fuera del lugar donde conocí a Mauro, aprendiendo a reconocer la calidad de un camping por la presión de sus duchas.
Cuando abrí la puerta de mi piso y dejé las maletas en mitad del salón, tuve la sensación de estar entrando en una fotografía antigua.
Todo seguía exactamente donde lo había dejado: las plantas medio supervivientes junto a la ventana, los libros apilados sobre la mesa y aquella taza desconchada que no recordaba haber abandonado en el fregadero.
Sin embargo, yo ya no era la misma mujer que se había marchado a Cádiz convencida de que el amor era una enfermedad de la que había quedado definitivamente inmunizada.
Mauro me llamó mientras deshacía el equipaje. Apareció en la pantalla con el pelo revuelto, una camiseta gris y una pared blanca detrás que no reconocí. Respondí incapaz de contener la sonrisa que llevaba todo el día intentando reprimir.
—Por fin en casa —dijo—. Ya empezaba a pensar que Vera te obligaría a dormir dentro del coche para ahorrar dietas.
—Vera me obligaría a dormir en una tienda de campaña instalada en una rotonda si consiguiera buenas fotografías.
—No le des ideas. ¿Cómo ha ido el viaje?
—Largo. Estoy considerando seriamente no volver a conducir hasta Navidad.
—Perfecto, porque dentro de pocos días llegaré yo y podré hacerte de chófer.
—¿Dentro de pocos días cuánto es?
—Pocos.
—Mauro, esa no es una unidad de tiempo.
—Entre tres y cinco, dependiendo de cuánto tarde en organizarlo todo. Mañana termino en el camping, recojo mis cosas y dejo resueltos un par de asuntos. Después soy completamente tuyo.
—Eso ha sonado inquietante.
—Pues espera a verme instalado en Madrid. Pienso visitarte a todas horas.
—Tendré que mudarme sin dejarte la dirección.
—Te encontraría. Tienes demasiadas maletas para pasar desapercibida.
Me reí y me senté sobre una de ellas. Llevaba semanas imaginando aquel momento, aunque todavía me costaba creer que Mauro fuera a cumplirlo.
Desde que nos despedimos en Cádiz no habíamos pasado un solo día sin hablar.
Habíamos compartido amaneceres por videollamada, cenas a través de una pantalla y conversaciones que empezaban con una tontería y terminaban dos horas después, cuando alguno de los dos se quedaba dormido.
Aun así, verlo marcharse de su ciudad, abandonar su trabajo y empezar de nuevo en Madrid era distinto, porque esta vez era real.
Después de descubrir la verdad sobre Martín, me quedé varios días más en Cádiz. Cancelé el viaje anticipado a Asturias, deshice de nuevo el equipaje y me obligué a permanecer cerca de Mauro sin miedo.
Primero hablamos, después volvimos a reírnos y, una noche, sentados en la playa, me pidió que dejara de anticipar el desastre.
—No te estoy pidiendo promesas para toda la vida —me había dicho mientras dibujaba líneas en la arena—. Solo que me conozcas de verdad y que intentemos tener una relación sin que decidas de antemano cómo va a terminar.
Yo le expliqué que no veía la manera. Mi vida estaba en Madrid, su trabajo en Cádiz y mis reportajes me obligaban a viajar durante buena parte del año.
Mauro respondió que pensaba trasladarse. Al principio creí que se trataba de uno de sus impulsos, pero llevaba meses preparando una idea. Había recibido una pequeña herencia de su padre y conservaba ahorros suficientes para emprender sin endeudarse.
Quería crear una plataforma digital dirigida a campings, alojamientos rurales y pequeños negocios turísticos que no podían permitirse grandes agencias de publicidad.
El proyecto combinaría visitas virtuales, reportajes fotográficos, vídeos breves y rutas interactivas para que cada establecimiento pudiera mostrar su entorno y permitir que los viajeros reservaran experiencias desde el mismo lugar.
Lo había llamado Fuera de Ruta.
—La mayoría de los campings tienen páginas que parecen diseñadas cuando Internet todavía hacía ruidos para conectarse —me explicó—.
Tú consigues que un sitio apetezca con una sola imagen.
Yo quiero crear una herramienta para que esos negocios puedan enseñarse de verdad, no limitarse a poner cuatro fotos torcidas de una piscina vacía.
La idea era buena, mucho más de lo que esperaba, aunque no se lo confesé de inmediato porque su ego ya ocupaba suficiente espacio, como le decía entre bromas.
Mauro había trabajado durante años en el sector, conocía las necesidades de los campings y llevaba tiempo aprendiendo sobre gestión digital.
Había hablado con un programador y una diseñadora, estudiado costes y preparado un plan de negocio.
No pretendía que yo financiara nada ni que abandonara mi trabajo.
Solo quería contar conmigo para seleccionar fotógrafos, definir el estilo visual y realizar algunos de los primeros reportajes.
—¿Me estás proponiendo una relación o contratándome? —le pregunté entonces.
—Las dos cosas, pero pienso pagarte por una de ellas.
—Espero que te refieras al trabajo.
—Eso dependerá de tus tarifas.
Aquel fue el momento en que comprendí que iba en serio.
No se trasladaba únicamente por mí. Madrid le ofrecía contactos, posibles inversores y acceso a profesionales con los que desarrollar el proyecto.
Yo formaba parte de su decisión, pero no era su única razón.
Mauro no venía a renunciar a su vida, sino a construir otra.
Dos días después de mi regreso, el telefonillo sonó poco antes de las seis de la tarde. No esperaba que Mauro llegara hasta la noche siguiente, así que abrí sin preguntar, convencida de que se trataba del repartidor que debía traerme un trípode.
Cuando llamaron a la puerta, aparecí con el pelo recogido en una coleta baja, unos pantalones viejos y una mascarilla verde extendida por la cara. Mauro esperaba al otro lado con dos maletas, una mochila y una sonrisa imposible de disimular.
—Espero que eso no sea permanente —dijo después de examinarme.
—¿Qué haces aquí tan pronto?
—Yo también me alegro de verte.
Me lancé a sus brazos antes de que pudiera añadir nada. Mauro soltó las maletas y me levantó del suelo, riéndose mientras yo le rodeaba el cuello.
Lo besé sin importarme la mascarilla, el pasillo ni la vecina que acababa de abrir su puerta para averiguar el motivo del escándalo. Él me devolvió el beso con tanta fuerza que todos los kilómetros y semanas de espera desaparecieron de golpe.
—Me has llenado la cara de algo verde —murmuró al separarse.
—Es hidratante.
—Parece guacamole.
—Pues estás guapísimo.
—Tú también. Como una tostada moderna.
Le di un golpe en el hombro y él volvió a besarme. Después recogimos sus maletas y entramos en casa.
Mauro había alquilado un pequeño estudio a veinte minutos del mío, aunque tardó menos de una hora en dejar claro que no pensaba utilizarlo demasiado.
Contra todo pronóstico, aquel chico tenía las cosas muy claras: íbamos a intentarlo poco a poco y no era plan de instalarse en mi casa de buenas a primeras.
Aquella primera noche pedimos comida, abrimos una botella de vino y terminamos sentados en el suelo del salón, de lo más relajados.
Hablamos hasta la madrugada, nos besamos como si necesitáramos recuperar todo el tiempo perdido, hicimos el amor como leones y nos dormimos abrazados con la tranquilidad extraña de quienes, por fin, ya no tienen que despedirse a través de una pantalla.
Durante las semanas siguientes, nuestra vida empezó a encontrar su ritmo. Mauro alquiló una oficina diminuta en un espacio compartido y convirtió una mesa, dos ordenadores y una pizarra en la sede de Fuera de Ruta.
La diseñadora desarrolló la imagen de la marca, el programador comenzó a construir la plataforma y yo preparé una selección de fotógrafos dispuestos a colaborar.
El camping de Cádiz aceptó convertirse en el primer proyecto piloto y otros tres establecimientos mostraron interés antes incluso de que la web estuviera terminada.
Mauro trabajaba sin descanso, aunque nunca perdía su capacidad para aparecer en mi casa con la excusa más tonta. A veces traía comida; otras aseguraba que necesitaba mi opinión profesional sobre un color que ya había elegido.
Se acostumbró a dejar camisetas en mis cajones y yo a encontrar sus zapatillas junto a la puerta.
Discutíamos por el desorden, por sus horarios y porque pretendía utilizar fotografías mías sin reconocer que le encantaban.
Después hacíamos las paces con la misma facilidad con la que antes habíamos levantado barreras.
No todo resultaba sencillo. Yo aún tenía miedo y Mauro todavía conservaba la mala costumbre de bromear cuando algo le importaba demasiado. Pero estábamos aprendiendo a hablar antes de hacernos daño, a preguntar en lugar de imaginar y a confiar sin exigir garantías imposibles.
Una noche, mientras él trabajaba con el portátil en mi sofá y yo seleccionaba fotografías en el suelo, levanté la mirada y comprendí que aquello era exactamente lo que había creído que nunca volvería a tener: no una historia perfecta, sino una vida compartida que comenzaba a ponerse en marcha.
Mauro notó que lo observaba y sonrió.
—¿Qué pasa? Y no me digas que «nada».
Cerré el ordenador, me acerqué y me senté sobre sus piernas.
—Estaba pensando que Madrid te queda bastante bien.
—Espera a que pasen más meses y vuelva a ponerme blanco.
—Entonces tendré que fotografiarte siempre en blanco y negro.
—Mientras no vuelvas a mandarme al fondo del encuadre…
Lo besé antes de que terminara. Esta vez no había una fecha de despedida esperándonos ni cientos de kilómetros al otro lado de la mañana.
Solo estábamos Mauro y yo, una empresa que empezaba a crecer y la certeza, por primera vez en mucho tiempo, de que ya no quería seguir huyendo de lo que venía después.