Epílogo
Dos años después, regresé a Cádiz con un vestido blanco de corte ibicenco, del brazo de mi padre y con la firme intención de no tropezar antes de llegar hasta Mauro.
No era una aspiración demasiado ambiciosa, pero el camino de madera que atravesaba la arena, los nervios y unas sandalias que mi madre había calificado como «preciosas, aunque poco sensatas» convertían cada paso en una pequeña hazaña.
La boda se celebraba en una playa cercana al camping donde había empezado todo.
No quisimos salones, manteles interminables ni invitados sentados según un protocolo que nadie entendiera.
Habíamos elegido una celebración playera, sencilla y luminosa, con bancos blancos frente al mar, arcos cubiertos de flores silvestres y largas tiras de tela que se movían con la brisa.
Todos vestían de blanco o de colores claros y las guirnaldas de bombillas esperaban suspendidas sobre la arena a que el atardecer les cediera el protagonismo.
Mauro me aguardaba junto al arco floral, con un traje de lino beige, la camisa abierta en el cuello y una expresión que oscilaba entre la felicidad y el temor a que yo hubiera cambiado de opinión. Un temor más que infundado.
A su lado estaba su madre, la madrina, con los ojos llenos de lágrimas desde bastante antes de que empezara la ceremonia.
—Todavía puedes correr —murmuró mi padre mientras avanzábamos.
—¿Eso se le dice a una novia?
—Solo quería comprobar que estás segura.
—Lo estoy.
—Menos mal. Tu madre me mataría si tuviera que perseguirte por la playa.
Mi madre caminaba unos pasos por delante junto a Ainara. Ambas habían supervisado hasta el último detalle de la decoración y llevaban toda la mañana discutiendo sobre la colocación de unas velas que nadie, excepto ellas, habría notado.
Ainara estaba preciosa y radiante. A su lado se encontraba Álex, el hombre al que había conocido un año atrás y que logró enamorarla sin juegos, mentiras ni planes retorcidos.
Los niños lo adoraban y yo también, aunque me reservaba el derecho de someterlo a interrogatorios periódicos para asegurarme de que sus intenciones seguían siendo honorables.
Cuando llegamos al altar, mi padre besó mi mejilla y entregó mi mano a Mauro.
—Cuídala —le pidió.
—Lo haré.
—Y no le lleves la contraria si quieres que esto dure.
—Eso ya lo he aprendido.
—Perfecto. Entonces estáis preparados para el matrimonio.
Los niños fueron los encargados de llevar los anillos. Habían ensayado durante semanas y jurado que se comportarían con absoluta seriedad, promesa que duró hasta que Teo tropezó con el borde de la alfombra y estuvo a punto de lanzar las alianzas a la arena.
Noa consiguió atraparlas antes de que cayeran y levantó la cajita como si acabara de ganar una competición olímpica.
—¡Las he salvado! —gritó.
—Eso cuenta como servicio de emergencia —dijo Mauro—. Luego te doy una parte de mi antiguo sueldo de socorrista.
—Ya no tienes sueldo de socorrista —le recordó Teo.
—Menos mal, porque casi pierdo los anillos —añadió Noa.
Las risas recorrieron a los invitados. Observé a Mauro y encontré en sus ojos la misma luz de aquel verano. Habían cambiado muchas cosas desde entonces, pero él continuaba mirándome como si el resto del paisaje perdiera importancia cuando yo aparecía.
Fuera de Ruta había crecido mucho más deprisa de lo que cualquiera de los dos se había atrevido a imaginar.
Lo que empezó con una oficina modesta y tres establecimientos interesados se había convertido en una empresa con varios trabajadores, una amplia red de alojamientos asociados y proyectos por toda España.
Un año atrás, Mauro me había propuesto incorporarme como socia. Acepté con la condición de conservar mis propios reportajes y él respondió que jamás se le ocurriría intentar controlar mi cámara ni mi vida.
Durante los votos, volvió a sacar el tema.
—Prometo quererte, respetarte y recordar que eres mi mujer incluso durante las reuniones de socios.
—Yo prometo no despedirte —le respondí—, aunque dejes las tazas de café junto a los objetivos.
—No puedes despedirme. Tengo el mismo porcentaje de la empresa.
—Entonces prometo estudiar cómo hacerlo legalmente.
Los invitados volvieron a reír y Mauro me atrajo hacia él en cuanto terminamos de intercambiar las alianzas.
—A veces pienso que somos mejores socios que pareja —susurró.
—Imposible. Como pareja discutimos menos.
Nos besamos mientras el sol comenzaba a descender sobre el mar. Después, la ceremonia se transformó en una fiesta sobre la arena.
Varias furgonetas Volkswagen clásicas de colores, decoradas con flores y pequeñas luces, servían la comida: pescaíto frito, tortillas, montaditos, croquetas, quesos y cucuruchos de patatas.
No había lugares asignados. Los invitados comían de pie, descalzos o sentados sobre cojines, iban de una furgoneta a otra y brindaban cada vez que encontraban una excusa.
Mi padre acabó bailando con la madre de Mauro, mi madre reorganizó unas flores que no necesitaban ser reorganizadas y Ainara permaneció abrazada a Álex mientras los niños corrían alrededor de las luces.
Cuando el cielo se tiñó de naranja, rosa y violeta, Mauro me llevó hasta la orilla.
—¿Te acuerdas de lo mucho que querías marcharte de Cádiz? —me preguntó.
—Perfectamente. Hasta que apareció un socorrista insoportable para llevarme la contraria.
—Irresistible.
—Solo un poco.
Me rodeó la cintura y apoyó la frente contra la mía. Detrás de nosotros sonaban la música, las risas y el tintineo de las copas. Delante, el mar reflejaba los últimos colores del día.
Había llegado a Cádiz aquel verano para guardar recuerdos convertidos en imágenes.
Sin embargo, aquellos días me regalaron algo que ninguna cámara habría podido contener: un lugar al que regresar, una vida que compartir y un hombre capaz de demostrarme que algunas heridas no tenían por qué decidir mi futuro.