En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Te soltaré cuando digas quién te habló de mi intimidad con Carla. Anoche dijiste que era una broma, pero alguien tuvo que contártelo. Quiero un nombre.

Me sorprendió muchísimo, porque su actitud dejaba claro que había dicho la verdad la noche anterior.

—¡Mauro! —grité, abriéndome paso entre los demás—. Déjalo.

Él volvió la cabeza hacia mí. Durante un segundo su expresión vaciló, pero no soltó a Sergio.

—Te dije que averiguaría la verdad.

—Y yo te digo ahora que lo dejes. No quiero saber nada más de este tema —le pedí entre la sorpresa y la vergüenza.

El dolor endureció de nuevo sus facciones. Se volvió hacia Sergio y le dio otro tirón de la camiseta.

—Ya has visto lo que has conseguido. Y te juro que no voy a parar hasta…

Estaba realmente enfurecido y, para estupor general, levantó el puño.

—Vale, vale —cedió Sergio, alzando las manos—. Fue Martín.

El nombre cayó sobre todos nosotros y provocó un murmullo. Ainara se quedó rígida a mi lado y Mauro soltó lentamente la camiseta de Sergio, aunque no se apartó de él.

—¿Martín? —pregunté.

—Sí. Martín me habló de lo vuestro, de lo que pasó entre los dos.

—Eso es mentira.

La voz llegó desde detrás del grupo. Martín acababa de aparecer y avanzaba hacia nosotros con el rostro tenso. Apartó a dos de los trabajadores que se interponían en su camino y se encaró con Sergio.

—Eres un puto mentiroso. Yo no te he contado nada.

—No empieces —le advirtió Sergio—. Bastante he hecho ya por ti.

—¿Por mí? Lo que has hecho ha sido soltar una impertinencia delante de todo el mundo y ahora quieres cargarme el muerto porque Mauro te va a partir la cara.

Ainara dio un paso al frente. Había palidecido y sus ojos buscaban los de Martín con una mezcla de temor y desconcierto.

—¿Es verdad? —le preguntó—. ¿Tú le contaste a Sergio lo de Carla y Mauro?

—Claro que no —respondió él de inmediato—. No te habría delatado.

Mi hermana se puso roja. No fue un rubor leve, sino una oleada de color que le cubrió las mejillas y el cuello. Se llevó una mano a la frente y cerró los ojos durante un instante.

—¡Fuiste tú! Qué maldito…

Martín la miró como si acabara de traicionarlo.

—Ainara, no.

—Yo se lo conté —confesó ella, volviéndose hacia mí—. Carla, fui yo. Cuando antes te dije que la gente era muy bocachancla, no quise incluirme, pero lo soy.

»Me fui de la lengua y le comenté a Martín lo que había pasado entre Mauro y tú. Te juro que, en ningún momento desde anoche, se me ha pasado por la cabeza que él pudiera haberme delatado.

Tardé varios segundos en reaccionar.

—¿Qué hiciste?

—Lo siento muchísimo. Estábamos hablando y… no sé, confiaba en él. Le dije que habías estado con Mauro, que habíais pasado la noche juntos y que por fin parecías feliz. Además, me pareció tan cómico lo del estriptis…

»Jamás pensé que Martín fuera a contárselo a nadie, mucho menos que fuera a utilizarlo para haceros daño.

—Yo no he utilizado nada —insistió Martín—. Ainara me lo contó, sí, pero no se lo repetí a Sergio.

—¿Qué has hecho, tío? —preguntó Mauro, todavía desconcertado.

—Nada. No le hagáis ni puto caso.

—¡Venga ya! —estalló Sergio—. Confiesa de una vez y deja de hacerte el santo, porque me estás dejando a mí como el único cabrón cuando todo esto fue idea tuya.

Martín giró la cabeza hacia él.

—Cierra la boca.

—No. Se acabó. Te debía un par de favores y me los has cobrado de la forma más miserable posible, pero no voy a dejar que después digas que me lo he inventado todo.

Sergio se recolocó la camiseta, deformada por las manos de Mauro, y miró a quienes nos rodeaban como si necesitara asegurarse de que todos iban a escucharlo.

—Martín me contó lo que Ainara le había dicho. Me pidió que soltara la broma durante la fiesta, delante de Carla y de Mauro, para que pareciera que este iba presumiendo de haberse acostado con ella. Quería que Carla se cabreara, que discutieran y que todo se fuera a la mierda.

El rostro de Martín cambió. Hasta entonces había fingido indignación, pero una sombra de miedo cruzó sus ojos.

—Estás loco.

—No tanto como tú. Porque también podrías explicar por qué querías separarlos.

—No quería separar a nadie.

—Claro que sí. Estás colado por Carla desde que llegó y no soportas verla con Mauro. Te has pasado semanas fingiendo que solo te preocupabas por ella mientras tonteabas con su hermana. Todo para estar cerca, enterarte de lo que hacían y esperar a que apareciera una oportunidad.

Ainara retrocedió como si Sergio acabara de abofetearla. Martín trató de acercarse, pero ella levantó una mano para mantenerlo lejos.

—No le hagas caso —le pidió él—. Está diciendo cualquier cosa para salvarse.

—Entonces mírame y dime que no estás enamorado de Carla.

—Ainara, esto no tiene nada que ver contigo.

—Acabas de responderme.

La voz de mi hermana se quebró y yo sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.

Miré a Martín, a aquel hombre al que la noche anterior había utilizado como ejemplo para humillar a Mauro, y todas las piezas empezaron a recolocarse de una manera nauseabunda: sus consejos, su presencia constante y aquellas intervenciones disfrazadas de preocupación.

Incluso su acercamiento a Ainara adquiría ahora un significado distinto.

—Es asqueroso —admití.

Martín sostuvo mi mirada.

—Yo siempre he querido que estés bien —confesó finalmente.

—¿Montando una mentira para que yo creyera que Mauro me había traicionado?

—Tú no sabes cómo es Mauro.

—Tú tampoco sabes cómo soy yo si pensaste que tenías derecho a manipularme.

—Lo hice porque me preocupo por ti.

—No. Lo hiciste porque eres incapaz de aceptar que yo eligiera a otro.

—¡Exactamente! —intervino Sergio, cada vez más alterado—. Y no es la primera vez que hace algo así. Confiesa también eso, Martín. Cuéntales lo que le hiciste a tu ex cuando quiso dejarte o cómo te dedicaste a enviar mensajes desde otro número para que creyera que su nuevo novio se reía de ella.

»Eres un experto en joderles la vida a las mujeres cuando no hacen lo que tú quieres. Siempre has sido un tóxico, solo que esta vez me has utilizado a mí para hacer el trabajo sucio.

—¡Cállate! —rugió Martín.

Se abalanzó sobre Sergio, pero Mauro se interpuso y lo empujó hacia atrás. Martín recuperó el equilibrio y trató de devolverle el golpe. En un instante, los dos quedaron frente a frente, con los cuerpos tensos y la rabia a punto de estallar.

—Así que fuiste tú —dijo Mauro en voz baja—. Me dejaste quedar como un miserable delante de ella porque no soportabas que estuviera conmigo.

—Carla estaría mucho mejor lejos de ti.

—Eso no te corresponde decidirlo.

—Tú solo querías acostarte con ella. No finjas ahora que te importa.

Mauro cerró los puños. Vi cómo el brazo derecho se tensaba y supe que iba a golpearlo. Me lancé hacia él antes de que levantara del todo el puño y le sujeté la muñeca con ambas manos.

—No —le pedí—. Mauro, no lo hagas.

Él intentó soltarse sin hacerme daño.

—Apártate, Carla.

—No voy a dejar que te metas en un problema por él.

—Se lo merece.

—Puede que sí, pero tú no mereces pagar las consecuencias.

Mauro me miró. Toda la furia de su rostro tropezó con mis ojos y, poco a poco, el puño comenzó a aflojarse. Aproveché para colocarme delante de él, obligándolo a dejar de mirar a Martín. Tenía el pecho agitado y la mandíbula tan tensa que parecía dolerle.

—Mírame —le pedí—. Por favor.

Lo hizo, aunque en sus ojos no encontré el calor de los días anteriores, sino dolor, cansancio y una distancia que yo misma había colocado allí.

—Tenías razón —murmuré—. No contaste nada.

Mauro no respondió.

—Me lo juraste y no te creí. Preferí pensar lo peor de ti porque era más fácil que admitir que podía confiar en alguien otra vez. Te acusé, te comparé con la persona que más daño me ha hecho y dije cosas horribles solo para herirte. No tengo ninguna justificación.

—Carla…

—Déjame terminar, por favor. Sé que pedirte perdón no va a borrar lo que dije. También sé que no puedo exigirte que olvides que convertí nuestra noche en algo sin importancia cuando significó muchísimo para mí.

»Lo dije porque estaba enfadada y porque necesitaba hacerte daño antes de que pudieras hacérmelo tú. Pero tú no me habías hecho nada. Fui yo quien no confió en ti.

A nuestro alrededor se había hecho un silencio absoluto. Ni siquiera recordaba que seguíamos rodeados de gente hasta que escuché a Ainara llorar a pocos metros, pero no fui capaz de apartar la mirada de Mauro.

—Perdóname —le pedí—. Por no haberte creído, por tratarte como si fueras culpable sin darte ninguna oportunidad y, sobre todo, por decirte que no había significado nada.

»Era mentira. Todo fue mentira menos una cosa: tenía miedo. Muchísimo. Y he estado a punto de echarte a los leones por culpa de él.

Mauro dejó caer la mano a un lado del cuerpo. Durante unos segundos pensé que se marcharía sin decir nada, pero entonces miró por encima de mi hombro hacia el coche, donde las maletas podían verse a través del maletero abierto.

—¿Te ibas?

—A Asturias.

—Entiendo.

—Mauro, ya no quiero irme. Quiero quedarme unos días.

Sus ojos regresaron a los míos y encontré alivio en ellos, un alivio que ambos compartimos. Lo besé delante de todo el camping, que se había congregado allí.

El único que no debió verlo fue Martín, que se apresuró a salir corriendo. Supuse que había ido a recoger sus cosas, porque dignidad ya no le quedaba por recoger. Sergio también se apartó con lentitud, haciendo un gesto con las manos para pedirnos perdón.

Más tarde, Rubén nos explicó que no era la primera vez que Martín utilizaba a otras personas. Esperábamos que fuera la última.