Capítulo 25
A la mañana siguiente me desperté antes de que amaneciera, aunque apenas podía decir que hubiera dormido.
Había pasado la noche dando vueltas en la cama, repitiendo la discusión con Mauro y encontrando, a cada nueva vuelta, una frase todavía más cruel que la anterior. Esperaba que la rabia se apagara con el paso de las horas y me permitiera pensar con claridad, pero no fue así.
Seguía sintiéndome humillada por la broma de Sergio, traicionada por Mauro y avergonzada por haber creído que lo nuestro podía ser algo más que un entretenimiento de verano. Sin embargo, por debajo de todo aquello, había una duda mucho más incómoda que no conseguía silenciar.
Mauro había jurado que no había contado nada. Lo había hecho mirándome a los ojos, sin vacilar, y eso me dolía mucho más de lo que quería reconocer.
A las ocho ya estaba sentada frente al ordenador, con una taza de café que se enfrió sin que llegara a probarla. Revisé las fotografías que había realizado durante aquellos días, organicé varias carpetas y envié a Vera una selección mucho más completa de la que me había pedido.
Después me quedé mirando el icono de su contacto durante unos segundos antes de pulsarlo.
No tenía sentido alargarlo. Mi trabajo en aquel camping estaba prácticamente terminado y el siguiente destino de la ruta se encontraba en Asturias. En principio, debía disfrutar de unos días libres antes de viajar hacia el norte, pero ya no quería quedarme en Cádiz.
No quería cruzarme con Mauro en la piscina, verlo hablar con sus amigos ni fingir que la noche anterior no había sucedido.
Vera atendió al tercer tono con una voz que dejaba claro que mi llamada había interrumpido su sueño.
—Dime que no se ha incendiado el camping.
—Que yo sepa, no.
—Entonces son las ocho y cuarto de la mañana y estoy tratando de averiguar qué clase de emergencia fotográfica justifica que me hayas despertado. Es sábado, joder.
—Quiero adelantar el viaje a Asturias.
Al otro lado se produjo un silencio. Escuché el ruido de una cucharilla contra una taza y después la voz de Vera sonó mucho más despierta.
—¿Cuánto quieres adelantarlo?
—Hoy.
—Carla, ayer me enviaste el calendario y tenías previsto quedarte todavía varios días en Cádiz.
—El reportaje está terminado. Acabo de mandarte una carpeta con el material definitivo y puedo hacer las correcciones que necesites desde el siguiente camping. Si llamas para avisar, estoy segura de que no tendrán ningún problema en recibirme antes.
—El problema no es el camping. El problema es que tú me estás llamando a esta hora para recorrer media España a la carrera sin necesidad. ¿Qué ha pasado?
—Nada.
—A mí no me engañas con ese «nada». Te contraté cuando todavía creías que un balance de blancos era una enfermedad y sé perfectamente cuándo estás huyendo.
—Nunca he creído eso.
—Entonces no niegas que estés huyendo.
Me levanté de la silla y me acerqué a la ventana. El camping comenzaba a despertarse. Una mujer caminaba hacia los baños con una bolsa de aseo, dos hombres montaban una mesa en la parcela de enfrente y, a lo lejos, las primeras voces de los trabajadores llegaban desde la zona de la piscina.
—Solo quiero irme, Vera. No me apetece seguir aquí y el siguiente reportaje me servirá para adelantar trabajo. No voy a pedirte vacaciones ni cambiar la ruta. Únicamente quiero saltarme los días de descanso.
—Lo cual resulta todavía más preocupante, porque nadie renuncia a unos días libres ni aunque esté a punto de caer un meteorito.
—¿Puedes hacerlo o no?
Vera soltó un suspiro.
—Llamaré al camping de Asturias. Si tienen preparado tu alojamiento, puedes incorporarte cuando llegues, pero no pienso responsabilizarme de que conduzcas doce horas después de no haber dormido. Te conozco bien y tú no has pegado ojo.
—Haré una parada por el camino si estoy cansada.
—Eso espero. Y cuando dejes de comportarte como una fugitiva, me contarás qué demonios ha ocurrido en Cádiz.
—No ha ocurrido nada.
—Sí, claro. Y yo te he llamado esta mañana para ofrecerte un aumento. Te escribiré en cuanto hable con ellos.
Le di las gracias y colgué antes de que pudiera seguir interrogándome. La decisión estaba tomada.
Lo único que debía hacer era comunicárselo a Ainara, recoger mis cosas y marcharme sin coincidir con Mauro. Me repetí que aquello no era una huida, aunque ni yo misma fui capaz de creerlo.
Encontré a mi hermana desayunando en la terraza del bungaló, sosteniendo una taza de café con ambas manos. Su aspecto revelaba que tampoco había descansado demasiado, aunque sospeché que sus motivos eran bastante distintos de los míos.
Cuando me vio, bajó las gafas de sol que ya se había colocado hasta la punta de la nariz y me examinó con detenimiento.
—Tienes una cara horrible.
—Gracias. Tú siempre encuentras las palabras exactas.
—No has dormido, ¿verdad?
—No mucho.
Me senté frente a ella. Ainara dejó la taza sobre la mesa y su expresión perdió toda la ligereza.
—Quería ir detrás de ti anoche, pero Martín me dijo que Mauro te había seguido y pensé que era mejor dejaros hablar. Después volvió solo. Estaba destrozado, Carla. ¿De verdad crees que ha sido capaz de algo así?
—No quiero hablar de Mauro.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Me voy a Asturias.
Ainara parpadeó varias veces, convencida quizá de que no me había oído bien.
—¿Cuándo?
—Hoy. He hablado con Vera para adelantar el siguiente reportaje y estoy esperando que me confirme que pueden recibirme.
—Pero todavía nos quedaban varios días aquí.
—A ti te quedan. Yo tengo que trabajar.
—No tenías que marcharte todavía.
—Ahora sí.
Mi hermana me observó en silencio. Después se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa con cuidado.
—Te vas por lo que ocurrió anoche. Pero igual Mauro no quiso…
—Ainara, por favor, no empieces.
—No estoy empezando nada. Solo trato de entender por qué Mauro parecía haber recibido una paliza cuando regresó a la fiesta. Puede que se fuera de la lengua, pero mucha gente lo hace y eso no la convierte automáticamente en una criminal.
»Mira, el mismo Sergio se largó antes de que él regresara. El mal rollo era evidente. Debió de sentirse fatal después de soltar aquello y Mauro, de verdad, estaba destrozado.
—¿Es impresión mía o de verdad lo estás defendiendo?
Ainara bajó la mirada durante un instante tan breve que no llegué a concederle importancia.
—Mi conclusión es que parecía muy, pero que muy disgustado. Debes de importarle.
—No quiero analizar su actitud. Le dije que se olvidara de mí y eso es exactamente lo que voy a hacer yo.
—Marcharte a Asturias no hará que lo olvides.
—Me ahorrará verlo.
Ainara se reclinó en la silla y me observó con una tristeza que consiguió atravesar todas mis defensas.
—Entonces nos iremos contigo.
—No.
—Los niños y yo vinimos para acompañarte. No tiene sentido quedarnos aquí si tú te marchas.
—Claro que lo tiene. Se lo están pasando de maravilla y tú también. No voy a arruinaros las vacaciones porque mi tiempo aquí haya terminado antes de lo previsto.
—No me parece bien que conduzcas sola hasta Asturias estando así.
—He conducido sola cientos de veces. Además, no estoy «así». Solo estoy enfadada.
—Y triste.
—Eso se me pasará.
—Carla…
—Quédate tú, Ainara —le pedí, inclinándome sobre la mesa para cogerle la mano—. Quédate unos días más en Cádiz, deja que los niños disfruten y disfruta tú también.
»Sé que te gusta Martín y no tienes por qué interrumpir lo que sea que está empezando entre vosotros solo porque yo haya metido la pata con Mauro.
Una sonrisa pequeña y avergonzada asomó a sus labios, aunque desapareció enseguida.
—No sé qué está empezando entre nosotros.
—Pues quédate y averígualo. Martín parece un buen hombre.
Pronunciar aquello me hizo recordar las palabras que había utilizado para herir a Mauro: «Martín sí que es un hombre de verdad». Sentí una punzada de culpa, pero la aparté antes de que pudiera hacerme cambiar de opinión.
—No me gusta que te vayas así —insistió Ainara.
—Lo sé, pero necesito hacerlo. No te estoy pidiendo que lo entiendas, solo que no conviertas mi marcha en un drama familiar.
—Viajar doce horas para huir de un socorrista ya es bastante dramático. Yo no necesito añadir nada.
Solté una risa sin ganas y me levanté. Ainara también lo hizo y me abrazó con fuerza.
—Llámame durante el camino —me pidió junto al oído—. Y, si cambias de opinión antes de arrancar el coche, prometo no decir «te lo dije» más de tres veces.
—Qué generosa.
Vera confirmó poco después que podía instalarme aquella misma noche en el camping de Asturias.
Hice el equipaje con la rapidez que proporcionan las ganas de escapar. Fui guardando ropa, zapatos, cargadores y material de trabajo mientras intentaba no mirar hacia la puerta cada vez que escuchaba pasos en el camino.
Una parte de mí temía que Mauro apareciera; otra, mucho más difícil de admitir, deseaba que lo hiciera.
No vino.
Cerca del mediodía, mis pertenencias descansaban junto a la entrada y la cámara permanecía protegida dentro de su mochila. Revisé dos veces los armarios y regresé para despedirme de Ainara y de los niños.
Los pequeños sintieron mucho mi marcha, pero mi hermana y yo la disfrazamos de urgencia laboral y no tuvieron más remedio que conformarse.
Ya había cargado casi todo en el coche cuando escuché el revuelo.
Al principio pensé que se trataba de una discusión entre campistas. Varias voces llegaban desde el camino principal y un pequeño grupo de trabajadores se había congregado cerca del edificio de recepción. Entonces reconocí un grito de Sergio y, por encima de él, la voz de Mauro.
—¡Dime quién te lo contó!
Dejé la última bolsa en el suelo y me dirigí hacia allí. Ainara salió del bungaló al mismo tiempo y ambas apretamos el paso.
Cuando alcanzamos al grupo, encontré a Mauro sujetando a Sergio por la pechera de la camiseta y empujándolo contra la pared lateral de recepción.
Sergio trataba de apartarle las manos, pero Mauro parecía no sentir sus golpes.
Tenía el rostro desencajado y una furia en los ojos que nunca le había visto.
—¡Suéltame, joder! —protestó Sergio.