En caso de amor, llama al socorrista Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Miré de nuevo a Mauro. Seguía colorado y parecía querer estrangular a Sergio, pero, en aquel momento, su vergüenza pesaba para mí mucho más que su enfado.

Pensé en la noche de los farolillos, en aquel lugar que había creído solo nuestro y en todo lo que había ocurrido entre besos y caricias cuando nos tumbamos bajo las luces.

Después pensé en su bungaló, en el estriptis y en todo lo que vino tras él.

Recordé mi cuerpo entre sus manos y la confianza con la que me había entregado a él. Algo se me cerró en el estómago.

—Ven conmigo —ordené.

—Carla…

—He dicho que vengas conmigo.

Me alejé de la barra sin comprobar si me seguía. Crucé la terraza, bajé los tres escalones que conducían a la arena y continué hasta quedar fuera del alcance de las guirnaldas. La música todavía llegaba hasta nosotros, aunque el rumor del mar empezaba a imponerse.

Mauro me alcanzó unos metros más allá y trató de cogerme del brazo, pero me aparté antes de que pudiera tocarme.

—¿Se puede saber qué le has contado?

—Nada.

—No me mientas.

—No te estoy mintiendo. No le he contado nada a Sergio ni a nadie.

—Entonces, ¿cómo sabe que lo hicimos? ¿Y que bailé desnuda para ti?

—No lo sé.

—Claro que lo sabes. Te has puesto colorado en cuanto lo ha dicho.

—Me he puesto colorado porque ha soltado esa mierda delante de todos y sabía que estabas a mi lado. ¿Cómo querías que reaccionara?

—Podrías haber reaccionado como alguien que no sabe de qué están hablando.

—¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿Reírme mientras ese imbécil insinuaba cosas sobre nosotros?

—Lo que no tenías que hacer era ir aireando nuestras cosas. No me creo nada de lo que estás diciendo.

Mauro se pasó las manos por el pelo y soltó el aire con fuerza, visiblemente alterado.

—Te juro que no he dicho una sola palabra.

—¡Y una mierda!

—Carla, por favor, escúchame. Jamás haría algo así.

—No sé lo que harías. En realidad, no sé nada de ti.

—Sabes bastante más de lo que quieres reconocer.

—Sé que te gusta hacerte el gracioso, presumir delante de tus amigos y actuar como si todo te diera igual. También sé que acabamos de entrar en una fiesta y uno de ellos ha hecho una broma sobre algo que solo conocíamos tú y yo. ¿Cómo explicas eso?

—No tengo ni idea. Déjame preguntárselo.

—¿Para que os pongáis de acuerdo con la versión? No, perdona, pero no. Igual te parezco ingenua, aunque no lo soy tanto.

La mandíbula de Mauro se tensó. Durante unos segundos permaneció callado, mirándome como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por no responder desde la rabia.

—Eso es muy injusto.

—Injusto es descubrir delante de todo el mundo que el hombre con el que te has acostado va contando los detalles.

—Yo no he contado nada —repitió, elevando por fin la voz—. Puedes enfadarte, gritarme o llamarme lo que quieras, pero no voy a permitir que me acuses de algo que no he hecho.

—¿No vas a permitírmelo? —pregunté con una risa amarga—. No eres nadie para permitirme o prohibirme nada, Mauro. Tampoco eras nadie para airear mi intimidad como si fuera una anécdota divertida que contar entre cervezas.

—¡No la he aireado! ¿Qué parte no entiendes? Lo que ocurrió entre nosotros es nuestro. No se lo contaría a Sergio ni aunque me arrancara las uñas una por una.

—¡Y dale!

—Tienes que dejar de mirarme como si fuera un miserable, Carla.

—Tal vez porque siempre has sido un chulo. Lo fuiste desde el primer día y yo fui tan estúpida como para creer que debajo de toda esa pose había un hombre en quien podía confiar.

El dolor cruzó su rostro antes de que pudiera ocultarlo.

Lo vi con claridad y, aun así, no me detuve.

Por supuesto que no. Estaba demasiado enfadada, demasiado avergonzada y, sobre todo, demasiado asustada por lo mucho que me importaba lo que él pudiera haber hecho.

Me había jodido, esa era la verdad, por mucho que lo compartido entre ambos no estuviera etiquetado.

—Debajo de esa pose hay un hombre que no te ha mentido —dijo en voz baja—. Ni una sola vez.

—Un hombre de verdad no necesita ir contando a sus amigos con quién se acuesta.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿Te molesta?

—Me molesta que hayas decidido creer antes a Sergio que a mí.

—Sergio no ha tenido que convencerme de nada. Ha hablado y tú te has puesto como un tomate. Ha sido bastante esclarecedor. Además, no podría saberlo por otra boca. Fin de la historia.

—Me he puesto así por ti. Porque sabía que ibas a sentirte expuesta y porque quería partirle la cara, no porque me hubiera pillado contando nada.

Negué con la cabeza y me volví hacia la terraza. Desde allí distinguía a Ainara junto a la barandilla. Martín le decía algo y ella lo escuchaba con una mano apoyada en su brazo.

Poco después regresaron a la pista y comenzaron a bailar, seguramente porque mi hermana había entendido que no quería que viniera a rescatarme o porque Martín había logrado tranquilizarla.

Los observé durante unos segundos, unidos por una complicidad que parecía sencilla y limpia.

Entonces pronuncié lo peor que podía decir, precisamente porque sabía que haría daño.

—Míralo —murmuré, señalando hacia ellos—.

Martín sí que es un hombre de verdad. No necesita montar un espectáculo ni presumir de cada mujer que se acerca a él.

Mi hermana puede confiar en que no convertirá lo que ocurra entre los dos en el chiste de la siguiente fiesta. Deberías aprender un poco de él.

Mauro palideció. La rabia desapareció de su cara y dejó en su lugar algo mucho más difícil de soportar.

—No metas a Martín en esto.

—¿Por qué no? Es la prueba de que se puede ser divertido sin comportarse como un crío.

—Carla, sabes perfectamente que estás diciendo eso para hacerme daño.

—Entonces quizás lo hayas entendido mejor de lo que creía.

Me di la vuelta y empecé a caminar hacia el camping. Mauro tardó unos segundos en reaccionar, pero enseguida escuché sus pasos sobre la arena.

—No te vayas así.

—Déjame en paz.

—No. Puedes marcharte de la fiesta si quieres, pero no después de acusarme, compararme con Martín y dar por hecho que soy una basura sin dejarme demostrarte nada.

Aceleré el paso. Él volvió a alcanzarme y se colocó delante de mí, obligándome a detenerme. Tenía los ojos brillantes de furia y dolor.

—Quítate de en medio.

—No hasta que me mires y me repitas que de verdad crees que he contado algo.

—Lo creo.

—No es verdad.

—¿Ahora también sabes lo que pienso?

—Sé lo que haces cuando tienes miedo. Atacas antes de que puedan atacarte. Llevas haciéndolo desde que llegaste.

Aquello me hirió porque se acercaba demasiado a la verdad.

—No utilices lo que sabes de mí para darle la vuelta a esto.

—No le estoy dando la vuelta. Estoy intentando que entiendas que no te he traicionado.

—La única persona que me ha traicionado ha sido siempre la que juraba que jamás lo haría. Así que perdona si tus juramentos no me impresionan.

Mauro bajó la voz.

—Yo no soy tu ex.

—No, tú eres peor, porque al menos de él ya sabía qué podía esperar. Contigo he cometido el error de confiar.

—No me compares con el hombre que te destrozó la vida.

—No necesito compararos. Acabas de demostrarme que sois exactamente iguales en lo importante.

—Eso no te lo permito.

—Te he dicho que no puedes prohibirme nada.

—Pues esto sí. Te prohíbo que digas que soy como él cuando sabes que no es verdad. Te prohíbo que utilices todo lo que te hizo para castigarme por algo que no he hecho y, sobre todo, te prohíbo que conviertas lo que pasó entre nosotros en un error solo porque ahora tienes miedo.

Sentí que las lágrimas me quemaban detrás de los ojos. La rabia se mezcló con la humillación y necesité herirlo antes de que pudiera ver hasta qué punto me estaba afectando.

—No tengo miedo. Lo único que tengo es arrepentimiento. No debí acostarme contigo.

Mauro se quedó paralizado.

—No digas eso.

—¿Por qué? Es la verdad. Fue una noche, nada más. Habíamos bebido, me dejé llevar y tú estabas allí. No significó nada.

La mentira quedó suspendida entre nosotros, enorme y cruel. Él la recibió sin pestañear, aunque vi cómo se le endurecía la expresión poco a poco, como si estuviera levantando una pared delante de mí.

—Entiendo —dijo finalmente.

—Espero que, al menos, te lo pasaras bien. Así tendrás algo más que contar cuando vuelvas con tus amigos.

—No voy a contestarte a eso.

—Mejor. De hecho, no vuelvas a dirigirme la palabra. Olvídate de mí, de lo que ocurrió la otra noche y de todo lo vivido. Para ti no debería ser difícil. Al fin y al cabo, el verano está lleno de distracciones.

Pasé a su lado antes de que las lágrimas pudieran vencerme. Esta vez Mauro no me siguió.

Continué por la orilla con las sandalias hundiéndose en la arena y la música alejándose a mi espalda. Durante varios minutos deseé que corriera tras de mí, que volviera a detenerme, que insistiera hasta derribar cada una de las mentiras que acababa de arrojarle.

Sin embargo, cuando miré por encima del hombro, él seguía en el mismo lugar, solo frente al mar, con las manos cerradas a ambos lados del cuerpo.

Me obligué a continuar. Había conseguido exactamente lo que pretendía: alejarlo antes de que pudiera hacerme más daño.

El problema era que, con cada paso que daba, el dolor me golpeaba el estómago.